A orillas del Danubio. Autor: Hajnóczy

La vida es eso que te va pasando, mientras

haces planes para ver qué hacer con ella.

 

I

Me despierto en cuanto suena el despertador. Desde que Eva se fue, la casa me resulta más fría. A veces me tengo que poner varias prendas. Al mirarme en el espejo parezco un astronauta. En mi vida he llevado tanta ropa. Me cuesta andar hasta la cocina, sacar un cartón de leche y verterlo en el vaso. El microondas gruñe y sé que ya está caliente. El reloj marca las siete y media.

En la calle, las farolas desparraman su vómito de luz. La casa está hecha un asco. Hay suciedad por todas partes. Los cacharros llevan en el fregadero más de una semana. La roña se adhiere a las juntas de los azulejos y en el balcón se apilan al menos una docena de bolsas de basura. El día menos pensado compartiré el piso con las ratas y las cucarachas.

Pero no me importa. La semana pasada bajó el vecino del sexto a quejarse. Dice que me va a denunciar. Que no puedo seguir así. Que soy un dejado. Y yo asiento con la cabeza. Le doy la razón hasta que coge el ascensor y regresa a su casa.

Me llamo David y tengo 34 años. Trabajo en una agencia de publicidad desde el 2000. Soy redactor. Mi tarea en la empresa consiste básicamente en mentir. La publicidad se basa en el engaño. Crear necesidades en el público para fomentar el consumo. Comparto el despacho con Matías. Es argentino, de Buenos Aires, y cruzó el charco cuando sucedió lo del corralito en su país. Desempeña tareas comerciales y es muy bueno. Si se lo propusiera, podría endilgarle a cualquiera una plancha estropeada.

A mí me endosó una enciclopedia de treinta y dos volúmenes que conservo en el salón. Jamás he consultado nada, pero aun así la he sacado bastante provecho. Desde que la compré, no he vuelto a ir al gimnasio. Cada tomo pesa casi tres kilos. Normalmente hago pesas hasta que me duelen los bíceps y el sudor me embadurna el rostro.

Repaso los trajes del armario y elijo el gris. Lo compró Eva en El corte inglés. Lo vio y no pudo resistirse. Noventa y tres euros en oferta, una ganga. Con frecuencia me entran ganas de marcar su número. Más de una vez he escrito un mensaje en el móvil que no he llegado a enviar. Los acumulo en la memoria. Debe haber unos sesenta y seis.

Mientras me pongo la corbata roja, me doy cuenta de lo viejo que soy. Me han salido canas en la barba y patas de gallo. Ya hace nueve meses que lo dejamos. No obstante, ella sigue presente en mi vida como un fantasma que se apega a una casa y no se quiere ir. Eva ya no está conmigo. Ahora sale con otra persona.

Una tarde los vi de lejos y los seguí. Entraron en una cafetería y se estuvieron haciendo carantoñas durante un rato. Después se marcharon al cine y vieron una película. Ella parecía contenta. Sonreía y sus ojos poseían un brillo que ya ni siquiera recordaba. Algunas tardes tras salir de la oficina, me gusta acercarme hasta su piso. Una vez llamé al timbre de abajo solo para escuchar su voz. Propaganda, dije. Ni siquiera se enteró.

Al salir a la calle ya se han apagado las farolas. Recorro los doscientos metros que me separan de la parada del autobús. Los edificios de hormigón se levantan a lo lejos como inexpugnables códigos de barra. En los locales hay un sinfín de eslóganes: se traspasa, se vende, se alquila. Los coches circulan con rapidez sumergidos en la vorágine de la ciudad. Madrid a esas horas es un lugar indómito, hostil.

Me siento junto a la ventana y fijo mi atención en la chica de piel oscura. Coincido todos los días con ella. De vez en cuando cruzamos nuestras miradas. Siempre lleva un kindle de la mano. Jamás hemos llegado a hablar. En más de una ocasión se me ha pasado por la cabeza pedirle una cita, pero yo no soy así.

Desde que acabé con Eva me he acostado con varias mujeres que se podrían contar con los dedos de una mano. Han sido rollos de una noche. Pasión desenfrenada tras unas cuantas copas de más. Ni siquiera recuerdo sus nombres. Ni siquiera les pedí el teléfono. Tal vez debería comenzar de cero en otro lugar.

Tardo veinte minutos hasta que me bajo en Atocha y camino otros seis hasta el bloque de oficinas. En el trabajo, apenas me relaciono. Todos creen que soy muy callado, que debo hablar más. Sin embargo, les comento que se me da bien escuchar. Hoy, hay que terminar una campaña para un cliente que se dedica al sector textil.

Redacto unos textos y se los paso al director de arte. Asiente con la cabeza. Le gusta la idea y se pone a diseñar. Creo que soy un genio mintiendo.

Durante la comida mis compañeros abren sus tupperware e hincan la cuchara con furia. Alberto, de contabilidad, quiere que pruebe los raviolis que ha cocinado su madre. Declino su oferta. Estoy a dieta, comento. Como se pone pesado, me levanto con una disculpa y salgo al pasillo. En la máquina extraigo unas chocolatinas. Es gratificante escuchar la palabra gracias, al menos una vez al día.

Mientras me inyecto una dosis de azúcar, me viene a la memoria el viaje a Budapest. Fue una excursión de fin de curso con la universidad, al concluir la licenciatura en comunicación. Tras varias horas de avión y autobús llegamos a un hotel a las afueras. Según el folleto de la agencia las instalaciones eran de lujo. Pero el lujo de Budapest, no guarda ninguna relación con el de Madrid. Las habitaciones desprendían un olor rancio, los muelles de la cama gruñían, las paredes precisaban con urgencia un nuevo empapelado y debajo de la moqueta era fácil encontrar bacterias y gérmenes del pleistoceno. Eso sí, las vistas a un parque me resultaron bonitas.

La ciudad poseía un encanto peculiar. Sus calles aún conservaban la huella indeleble del comunismo. Los edificios de las multinacionales como Philips, Thompson o Toyota constituían una rara avis en aquel hábitat. En las fachadas se advertían síntomas de dejadez. Grietas y fisuras por las que se inmiscuía la humedad. Al caminar por algunas plazas parecía como si hubiese retrocedido en el tiempo más de veinte años, como si de repente me hubiese metido dentro de una de aquellas películas de espías de la KGB de los años sesenta.

Muchos ciudadanos poseían una mentalidad antigua. Para ellos no existían términos como la depreciación, la sociedad de masas o el consumo. Cuando adquirían un coche era para toda la vida. Y en caso de que no existiesen piezas de recambio cuando se averiaba, se las ingeniaban para fabricarlas. Así habían vivido durante años, sometidos a las estrecheces del régimen soviético.

La gente se levantaba muy pronto. A las cinco de la mañana ya era de día y se iniciaba la actividad. Durante el viaje la lluvia no nos concedió ninguna tregua. Las gotas repiqueteaban furiosas en los aleros de los tejados, se precipitaban sobre las aceras y el asfalto de alquitrán. Un antiguo tranvía de color rojo nos condujo hasta una de las arterias principales de Buda.

Me fijé en los rostros serios y en las caras de preocupación de algunas personas. Las mujeres envolvían sus cabezas con pañuelos y en los ojos de muchos hombres se podía vislumbrar una marca imborrable. Ellos habían conocido tiempos de hambre y escasez. Y eso, por mucho que cambien las cosas, jamás se olvida.

Como el tiempo no acompañaba, el guía optó por llevarnos a los Gellért, un famoso balneario de aguas termales. Allí alquilé un bañador porque el mío me lo dejé en casa. Al ponérmelo, me dio la impresión de que no llevaba nada encima. Se me marcaba el paquete como uno de esos machos ibéricos de playa, ataviados con un minúsculo tanga, que pretenden causar furor en el sexo opuesto, pero lo único que dan es lástima.

Una vez dentro, aquello parecía un geriátrico. Por todas partes había viejos medio desnudos. Era una sensación desagradable, contemplar los cuerpos fofos de los ancianos, exhibiendo sus michelines, las varices y los pliegues de arrugas. Me recordó a una feria antigua de la carne. En aquel lugar habían rodado el anuncio del Yogur Griego de Danone. Físicos esculturales de modelos, tallados en los gimnasios que publicitaban las virtudes del yogur. Me pregunté cuántos conseguirían vender emitiendo aquellas imágenes.

Y entonces la vi, apoyada junto a una de las columnas. Iba embutida en un bikini azul y su piel morena realzaba sus rasgos exóticos. Hasta entonces yo no había manifestado mucho interés. Prefería contemplar los acontecimientos desde la distancia. Aun así, en cuanto se metió en la piscina noté un golpe en el vientre. Ella se llevó al viaje a varias de sus amigas. A mí me acompañaba Luis, mi fiel escudero. En la maleta se había traído una docena de cajas de condones. Por si surge algo, me dijo. Él siempre pecó de optimista.

Eva me parecía guapa, una de esas jóvenes inaccesibles destinadas a alcanzar la gloria en la vida. Era de Lanzarote, se le notaba el acento canario y poseía una arrebatadora sensualidad. Tenía unos ojos azules, una cara bonita y unas tetas de actriz porno. Durante el último trimestre, solo hablé con ella en un par de ocasiones. La última vez fue durante una noche de fiesta mientras esperábamos en la cola para entrar en los servicios. Charlamos durante un rato y terminamos en la barra contándonos nuestras penas igual que dos viejos amigos que tras años sin verse hacen un repaso de sus vidas.

—¿Te está gustando el viaje, chico de la mirada triste?—me preguntó con una sonrisa que iluminó sus labios.

—Bueno… Podría estar mejor.

El agua le llegaba a la altura del ombligo y sus ojos se enroscaban en mí como una serpiente que se atornilla a las ramas desnudas de los árboles.

—¡Quiero enseñarte una cosa!

Me agarró del brazo y me condujo hasta una habitación con las puertas de metal. Al abrirla, distinguí tres nichos circulares, excavados en la piedra y llenos de agua. En al aire flotaba una película de vapor, densa y asfixiante.

—¡Es un baño de contrastes! ¿Te apuntas? —me preguntó guiñándome el ojo.

II

Esa tarde estaba prevista una visita guiada a un antiguo campo de concentración. A mí me aterraban esas prisiones, con las paredes desconchadas, los barracones atestados de literas, las alambradas inexpugnables y el rastro de la sangre. Así que decidí quedarme en el hotel hasta que regresaran. Eva tampoco quiso ir, de modo que terminamos pasando la tarde juntos. Como ella ya había estado un par de años atrás en Budapest, optamos por recorrer todos los rincones. Tomamos el metro y nos dirigimos a la zona de Pest.

La primera parada en nuestra ruta fue la Basílica de San Esteban, una majestuosa iglesia que se recortaba solemne al final de la plaza. El lugar se encontraba lleno de turistas. Algunos subían a la azotea de la torre sur y se quedaban durante bastante tiempo admirando la asombrosa panorámica que se desplegaba en el horizonte. Mientras me enseñaba aquellas joyas arquitectónicas, Eva no paraba de hablar. Una sonrisa cómplice se dibujaba en su rostro y sus pupilas brillaban con el fulgor de las luciérnagas en las noches de oscuridad. A las seis, nos dejamos caer por la sinagoga de la calle Dohány.

Durante la Segunda Guerra Mundial las tropas del Reich habían convertido aquel lugar en un gueto. En el interior había una pequeña plaza con lápidas y tumbas, presididas por un monumento a la memoria de las víctimas. En una pared del recinto, distinguí un sinfín de nombres grabados en una placa de mármol. Eva se puso a hacer fotografías y yo aproveché para sentarme junto a un anciano de ojos tristes y ropa gastada que sostenía con firmeza un bastón.

Me habló en inglés. Preguntó de dónde era, a qué me dedicaba y qué hacía allí. Yo le tomé por uno de esos ancianos curiosos que siempre se inmiscuyen en las vidas de otras personas. De inmediato encadenó frases sin parar como si estuviese poseído por una extraña verborrea. Mencionó a una chica de siete años que vivía dos calles más abajo. Dijo que aquella niña tenía los ojos azules como el mar y que su risa lo llenaba todo. A veces saltaba a la comba y jugaba con las muñecas. Le gustaba una de trapo de la que nunca se separaba. Lo que me faltaba, pensé, un pederasta. Aun así, él continuó articulando vocablos hasta que las lágrimas inundaron sus mejillas.

¿Sabes dónde está esa pequeña?, me preguntó. Yo me encogí en el abrigo,  igual que una tortuga dentro de su caparazón. Y él señaló con el bastón uno de los nombres impresos en la pared. Se llamaba Gyula y un soldado alemán le voló la tapa de los sesos, comentó.

III

—El Manzanares es un charco comparado con el Danubio —me susurró Eva.

Desde el Puente de las Cadenas observamos el inmenso caudal del agua y nos fijamos en los barcos que se deslizaban por la alfombra incolora. Aquel río atravesaba Alemania, Eslovaquia, Hungría, Croacia, Rumanía y Ucrania entre otros países.

Ya había anochecido. Las luces estaban encendidas y desprendían destellos brillantes, jirones anaranjados que resplandecían en la oscuridad. Aquella instantánea me trajo a la memoria la imagen de un concierto. Miles de personas con los brazos extendidos. Miles de gargantas coreando el estribillo de una canción, sujetando un encendedor que emite una llama y rasga las sombras.

Eva se colocó junto a mí. Me cogió del brazo y se apoyó con dulzura en mi hombro. Yo puse la mano en su antebrazo y recorrí su piel con la yema de mis dedos. Estábamos tan cerca el uno del otro, que podíamos escuchar los compases del corazón.

—Antes —dijo— no había ningún puente. Si alguien quería cruzar de Buda a Pest o viceversa, debía hacerlo en barco. Pero en invierno, cuando las temperaturas eran extremas, el río se congelaba. Y algunos intrépidos se aventuraban a caminar como suicidas por el hielo. ¡Imagina cómo sería andar por una pista de patinaje gigante con la incertidumbre de saber que el suelo podía resquebrajarse bajo tus pies!

—¡Creo que nunca he visto nada más hermoso! —dije girando la cabeza y vislumbrando el rostro de Eva recortado en la oscuridad. Ella me miró y acercó sus labios a mi boca, introdujo su lengua y me abrazó. No sé cuánto tiempo estuvimos besándonos. Luego extrajo una moneda del bolso, la lanzó todo lo lejos que pudo hasta que se oyó un leve chapoteo y se hundió en el agua.

—¡Pide un deseo!

Una vez, cuando era pequeño, mi padre me regaló una piedra que se encontró en el campo. Era de cuarzo y me dijo que cuando estuviese triste, debía cerrar los ojos, pedir un deseo y frotarla. Lo hice muchas noches. Me desgarré las yemas de tanto rozarla. No obstante, mi madre jamás regresó.

—¡Ya lo he pedido! —dije.

Después nos marchamos a cenar a un restaurante que se hallaba muy cerca de la Plaza de los Héroes. Nos decantamos por el goulash de ternera, medallones de salmón en salsa y de postre una generosa ración de tarta de arándanos. Regamos la cena con un vino blanco joven. Al terminar nos hallábamos algo achispados y optamos por regresar al hotel en taxi.

En la habitación, Eva se puso a desvestirse. Se deshizo de la blusa, los vaqueros y las botas hasta quedarse en ropa interior. Nos tumbamos sobre la cama. El somier bostezó. Enseguida comenzamos a revolvernos entre las sábanas en una apasionada vorágine de caricias y besos robados a la noche.

Su mirada desprendía un fuego salvaje. Éramos dos animales en celo, poseídos por la pasión. Nos estuvimos amando durante treinta minutos. Y entonces, ella gritó y yo grité, y no quedamos abrazados. Y se hizo el silencio, hasta que poco a poco el sueño nos envolvió en sus fauces.

—¡Eh, tío! —me grita Matías— ¿Estás empanado o qué? La jefa quiere verte.

—Voy enseguida.

Saco la cartera del bolso y miro una vieja foto. Es de noche. Y a lo lejos se extiende el Danubio y una ciudad misteriosa. Estamos Eva y yo. Nos hallamos en el Puente de las Cadenas. A nuestro alrededor circulan coches. Se escucha el bullicio del tráfico y sopla una ligera brisa. Han transcurrido más de trece años y el viaje es ya solo un recuerdo perdido en mi memoria.

Cojo la fotografía y la rompo. La hago pedazos hasta convertir la copia en confeti. Trozos de papel que lanzo por la ventana y que la gente en la calle se queda mirando con sorpresa.

Al día siguiente, al montar en el autobús, me siento junto a la chica del kindle.

—¿Cuándo duermes con qué sueñas?

Ella me mira extrañada, como si fuese un ser recién llegado de otro planeta. Deja el lector electrónico encima de sus piernas y estudia con minuciosidad mis facciones. Se lleva el dedo índice al cabello y juega con uno de sus mechones que se le enreda tras la oreja.

—Con el viaje que voy a hacer el próximo verano a Francia. ¿Has estado alguna vez en París?

—No.

Y entonces al mirar la sonrisa que se despliega en su semblante, advierto que puede ser el comienzo de una hermosa amistad.

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  1. luisa cacheiro q

    creo que tiene añoranza por el pasado y la vida se va pasando no espera a nadie está embelesado recordando su vida anterior

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