En busca del oro perdido. Autor: Galán

Erase una vez un reino muy lejano, situado entre dos montañas, cuyos habitantes vivían  felices, gobernados por un rey bueno y justo.

Una mañana del mes de Mayo, los ciudadanos se despertaron como siempre y comenzaron a hacer sus tareas. El panadero calentó el horno, el sastre  comenzó a cortar sus telas, los campesinos cultivaban los campos, los trabajadores comercializaban… y algunas mujeres y niños ya empezaban a pasear por los puestos del mercado realizando sus compras.

De pronto el sol se nubló y una luz extraña iluminó todo el reino, la gente sorprendida miró al cielo:

-Es extraño -dijo uno de los campesinos-. La época de lluvia ya pasó.

Los trabajadores dudaron entre dejar sus tareas y correr al campo para ver qué estaba sucediendo, sabiendo  que por ausentarse unos minutos, se les descontarían una parte del salario normal, o seguir trabajando y no entender nada de lo que estaba pasando.

Se pusieron de acuerdo y sacaron en conclusión que todos preferían saber que ocurría. El coste de oportunidad de descubrir que estaba pasando era esa parte del salario que recibirían en el caso que siguieran sus labores. La curiosidad les podía más y todos corrieron al descampado.

Todavía estaban pensando en qué estaba ocurriendo cuando brillantes monedas doradas comenzaron a llover del cielo.

A pesar del ensimismamiento, niños, mujeres y hombres corrieron al suelo a coger las miles de monedas que habían caído. No entendían nada, pero eso no importaba, puesto que las consecuencias no podrían ser muy graves.

Pero los habitantes se equivocaban, ya que al aumentar la riqueza en sus bolsillos, también aumentarían los precios en el mercado.

El poblado no pensó en ello, y ese mismo día, se dedicaron a comprar y comprar sin tener en cuenta la subida de precios.

Fue un aumento del consumo de las economías domésticas bastante notable en tan sólo unas horas, y por lo tanto una reducción del ahorro de las familias. Y en un período a corto plazo, perjudicaría a todo el reino.

Esto no podía seguir así.

El rey se preguntó cuál era la causa de esta situación. Su mano derecha, un Conde que se había criado con los monjes, quienes le habían enseñado matemáticas, lectura y escritura, intentó explicarle la situación. Pero como al rey se le tenía que explicar todo muy detalladamente para que entendiera bien las circunstancias, sólo se le ocurrió ponerle el ejemplo de un globo con el que juegan los niños:

-Cuanto más aire, más se infla y más grande se hace el globo, Majestad, igual que cuanto más dinero hay, más crecen los precios.

-¡¡¡Ya está!!!! -dijo el rey triunfante- lo llamaremos inflación.

Los campesinos, sastres y demás dejaron de ir a sus puestos de trabajo.

Se preguntaban para qué iban a seguir yendo si poseían bastante cantidad de monedas.

De una población mayormente activa pasaron a estar todos parados. Ya que, aunque había gente que quería seguir trabajando, no existía oferta de trabajo.

Esto suponía un problema para el futuro: No se producirían más tomates, lechugas, prendas de vestir… Se reduciría el empleo, y aumentaría el paro, y todo lo que estaba en los almacenes llegaría un momento en el que se agotarían las existencias.

Pasaron un par de días, y una noche  que todo estaba en calma, el pueblo empezó a notar unos temblores que cada vez se acercaban más. Algunos pensaron que se trataba de un terremoto, pero la mayoría de ellos sabían que el gigante Axa había bajado de su montaña para comerse parte del ganado del pueblo como llevaba haciendo  desde hacía meses. Se quedaron en sus camas procurando no hacer ningún ruido. Los niños se escondieron debajo de sus mantas y cerraron los ojos con fuerza hasta que lograron dormirse.

A la mañana siguiente, los habitantes de la comarca descubrieron con gran pesar que Axa no sólo se había comido parte de su ganado sino que además se había llevado todo su oro que habían guardado en una caseta, a la que los habitantes del reino llamaron Banco.

Y efectivamente fue así como pasó. Ahora nadie tenía dinero para comprar ni producir.

En el castillo se armó un gran revuelo y ni el rey, ni el inteligente Conde, ni sus consejeros  sabían que hacer para sacar a su pueblo adelante.

Tras horas de meditación, decidieron los trabajadores colocarse de nuevo en sus puestos, no sin antes organizar un torneo para elegir al valiente caballero que iría a la montaña para recuperar todas las monedas que el gigante se había llevado.

De entre todos los hombres del reino, el elegido resultó ser un muchacho que trabajaba forjando las espadas que hacía el herrero, y no sólo por ser más rápido que los demás, sino por demostrar una gran inteligencia. Su nombre era Álvaro, que significa “el que actúa con prudencia”.Álvaro Jhones.

Él, de acuerdo con la decisión de su pueblo, y viéndose capaz de conseguir lo que le pedían, partió al amanecer llevando consigo una espada que él mismo había forjado, un escudo con el sello real, y un caballo con algunas provisiones.

Se adentró en el bosque  y comenzó a subir la montaña procurando no pensar en lo que habitaba en ella.

Caminó, caminó, y al anochecer se encontraba ante las enormes rocas que guardaban  la cueva  del gigante. Como estaba muy cansado del viaje y además la cueva le pareció un tanto oscura, especialmente al no llevar antorcha, decidió pasar la noche a la intemperie y esperar a la mañana siguiente.

Cuando los primeros rayos de luz iluminaron el bosque, el valiente Álvaro se adentró en la cueva. Haciendo honor a su nombre avanzó escondiéndose entre las rocas (pues siempre es preferible conocer la posición del enemigo antes de descubrir la tuya)

Al final le encontró. Medía unos cinco metros, tenía la cara redonda  y los dedos gordos como troncos de árbol. Sus ropas estaban sucias y descuidadas, y en ese momento devoraba un enorme trozo de carne.

Álvaro, valiente, se situó delante de él y empuñando su espada le gritó:

-¡¡¡¡Gigante!!!!! ¡Devuelve el dinero que has robado a mi pueblo!

El gigante dejó caer el trozo de carne, que resultó ser media vaca, y le miró sorprendido cogiendo uno de los paquetes donde tenía guardado parte del oro del reino, agarrándolo como dando a entender que era suyo.

-El oro estar en cueva del gigante y ser del gigante –contestó de manera muy ruda. Se notaba que no hablaba bien su lengua, seguramente porque no había tenido a nadie con quien hablar. -¡Y gigante tener nombre! ¡Su nombre ser Axa! -dijo.

Álvaro se dio cuenta de que su enemigo no iba a acceder fácilmente. Y teniendo en cuenta que podía aplastarle con su dedo meñique, decidió recurrir a otras formas para convencerle:

-Axa –empezó a decir con cuidado-. ¿Para qué quieres el oro? Tal vez yo pueda darte algo que quieras a cambio.

El gigante hizo una mueca y el joven dedujo que estaba intentando entender lo que acababa de decirle. Después de unos segundos, que le parecieron eternos, al fin el gigante habló:

-Solo hay una cosa que querer Axa. Axa tener heridas, muchas heridas por manos y cara.

Le mostró las manos y, Álvaro comprendió que lo que había asociado a la horrible naturaleza del gigante era un sarpullido que se había extendido por sus extremidades.

Pensó como debía ser que nadie se acordara de tu nombre y te hiciera compañía y sintió lástima por él.

-De acuerdo Axa –respondió, ante lo cual el gigante sonrió-. ¿Cómo podemos quitarte ese sarpullido?

Éste le explicó que la única forma de curarle era extendiéndose por el cuerpo saliva de dragón. El gigante le dio una de sus burbujas mágicas que le encubrieran por si Álvaro tuviera algún problema pudiera acogerse en ella.

El joven sintió que le temblaban las piernas: no sólo había entablado amistad con un gigante, sino que ahora tenía que irse a buscar un dragón.

Se despidió de Axa, montó su caballo y puso rumbo al único lugar donde pensó que podría encontrar dragones. Pasó dos duros días de camino, y por fin llegó al Valle del Fuego, lugar del que había oído contar fascinantes historias desde que era  niño.

Bajó del caballo, cuando de repente una sombra le cubrió por completo. Alzó la vista, y vio un enorme dragón de color rojo intenso que descendió ante él. Le miró con sus ojos de serpiente; Álvaro sintió escalofríos.

-¿Qué has venido a hacer aquí? –exclamó el dragón enfurecido.

-Necesito saliva de dragón –dijo el muchacho intentando que su voz no temblara y usando la burbuja que le dio Axa de protección ante la duda que le fuera a atacar– Es para curar un sarpullido.

-Mucha gente ha venido buscando eso –rugió–. Pero todo tiene su precio.

-Yo no tengo oro. Pero tal vez pueda daros algo que queráis a cambio.

El dragón pensó sólo un instante. Desde luego, era mucho más listo que Axa.

-Sí, hay algo que necesito –contestó el dragón intentando parecer lo que era y no un furioso dragón– Mi compañera espera una nidada. Últimamente se encuentra muy débil. Sabemos que existe una flor, llamada Americus que proporciona una gran energía a quien la come. Iría yo mismo, pero el jefe del clan no debe ausentarse nunca del valle. La flor se encuentra en el jardín de una muchacha llamada Rebeca, en una montaña cercana. Se cuenta que el jardín esta custodiado por un terrible maleficio contra los dragones. Tráeme la flor y tendrás tu saliva. Cuando la tengas, búscame, pregunta por Cuzco.

-Y ahora una chica -pensó Álvaro mientras trotaba hacia su nuevo destino- lo que me faltaba-. Hacer tratos con dragones y gigantes parecía más fácil que establecer cualquier tipo de pacto con una mujer.

La casa de Rebeca era grande y hermosa, con vistas al mar, y estaba custodiada por un jardín inmenso lleno de flores que, aunque a primera vista le parecían verdes, más tarde descubrió que el verde que veía era el del suelo, puesto que algunas de las flores eran transparentes. El único maleficio que le pareció ver fue la gran cantidad de polen que soltaban el resto de las plantas del jardín, así que dedujo que no existía magia alguna en ese lugar. Lo que resultó ser era que los dragones eran alérgicos al polen.

Rebeca estaba en medio del jardín, regándolas con sumo cuidado. Cuando sus ojos le traspasaron por primera vez, Álvaro sintió que eso era mucho más difícil de lo que había hecho hasta ahora. Rebeca caminó hacia él:

-¿Y tú quién eres? –Preguntó con cierta brusquedad- Estás en propiedad privada.

-Soy. Soy….necesito una flor –dijo él, pensando en lo estúpido que debía parecer.

Rebeca sonrió:

-No puedo darte lo que me pides. Está prohibido. Esto es un usufructo. –Dijo ella-.

-¿Un qué? –preguntó Álvaro sintiéndose más perdido que al principio.

-Un usufructo. –Contesto Rebeca-. Son mías, las puedo cuidar y disfrutar, pero no puedo venderlas.

-Yo no tengo monedas. Pero si queréis algo a cambio, que es lo que supongo dado el resultado de mi viaje, tal vez pueda dároslo. –Dijo él-.

Rebeca volvió a sonreír:

-Muy bien. Hay algo que siempre he querido: ser una sirena. Pero no puedo, porque soy humana.  Entonces me gustaría tener algo suyo.

El chico sintió la extraña sensación de que por alguna razón él le habría llevado a Rebeca algo de la sirena aunque no hubiera querido las flores.

-El mar no está lejos –comentó ella– si me traes algo suyo podrás coger todas las flores que quieras.

Ella pensó regalárselas, sin recibir nada a cambio, pero viendo que Álvaro se prestaba a traerla lo que fuera, ella optó por esta decisión.

Álvaro miró a su cansado caballo, se dio cuenta que tendría que hacer ese camino a pie.

Solo tardó unas horas en llegar hasta la playa, y no pudo reprimir el deseo de tumbarse en la orilla a descansar un momento. Una dulce voz le despertó pasado un rato:

-¿Vives?

Al abrir los ojos Álvaro vio por primera vez en su vida a una sirena.

Tenía una cola brillante de escamas de color verde, y su largo cabello rubio y mojado reposaba sobre sus hombros y su espalda. Se dio cuenta de que además de nariz, tenia branquias en el cuello.

Al incorporarse él, la sirena dio por respondida su pregunta y prosiguió:

-Soy Miriam –sonrió– Mi nombre significa “Gota de mar”. ¿Quién eres tú?

-Me llamo Álvaro. Vengo de unas tierras muy lejanas. Necesito algo que pertenezca a una sirena –ante la risa de ésta, él contestó–: Por supuesto no me refiero a la cola.

-¿Y qué me darás a cambio?

-Ya estamos. A ver, ¿qué necesitas?

-Me gustaría un beso.

-¿Un beso? -preguntó él sorprendido.

-Sí. En el mar tengo todo lo que quiero. Pero nunca he tenido un beso.

-Los besos no se tienen –rió Álvaro- Se dan.

Se inclinó sobre ella y pensó si en el pueblo le creerían cuando contara que había besado a una sirena. Tras unos breves segundos, se apartó, y ella, cumpliendo su promesa, cogió una de sus orquillas doradas de su pelo, se la entregó, y volvió a sumergirse en el mar con una sonrisa.

Álvaro, cansado con sólo pensar en su camino de vuelta, la llamó para pedirla si le podía acercar donde se encontraba Rebeca. Ella avisó que no estaba bien, puesto que se trataba de hacer un viaje gratuito, pero no dio importancia al tema y aceptó. Se sumergieron los dos y de ahí acordaron en llamarlo: Economía Sumergida.

Álvaro volvió triunfante y el viaje se le hizo mucho más ligero. Le entregó la orquilla a Rebeca y antes de despedirse, por pura curiosidad, le preguntó, y descubrió que su nombre significaba “lazo”, precisamente con lo que había atado un pequeño ramillete de flores.

Después corrió al valle del fuego, y encontró a Cuzco en un nido cuidando de una dragona de un hermoso color violeta que parecía a punto de poner sus huevos. Le entregó las delicadas flores y el dragón, sumamente agradecido, encargó a uno de sus dragones más veloces que acompañaran al joven y a su caballo a su destino.

Cuando llegó a la cueva Axa parecía muy contento de verle. El dragón dejo una buena cantidad de su saliva en un rudimentario cuenco que el gigante tenía. Había suficiente para toda una vida de sarpullidos y Axa no solo le devolvió todas las monedas, sino que también le ayudó a transportarlas hasta su reino.

Al ver su casa desde lejos, Álvaro sintió un profundo alivio. El gigante le dejó en un bosque cerca del reino. Axa devolvió las monedas y las colocó al lado del banco, en el cuál, hace unos días él mismo había robado.

Todos le estaban esperando impacientemente y nada más llegar Álvaro, el rey le entregó una espada nueva, con la que le nombró caballero.

El sabio Conde felicitó a Álvaro y empezó a llevar la contabilidad del banco.

Repartieron el dinero entre los habitantes del reino. El consumo volvió a aumentar, y los precios se quedaron como estaban antes del robo.

Los trabajadores continuaban en sus mismos puestos y la gente siguió comercializando.

Al meterse en su cama por primera vez desde hacía días, Álvaro pensó:

-“Pues claro. Antes de llegar a la moneda, tuvimos que pasar por el trueque”-

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