Un lugar en el mundo. Autor: Carmen Rosa Barrere

El mar se despereza con los primeros albores de ese amanecer. Mi compañera de camarote duerme, así que decido bajar a Buzios con el primer contingente madrugador.   El barco se contonea sensualmente, acomodando su corpachón algo lejos de la costa. Con increíble diligencia, las lanchas que nos llevarán a tierra se desprenden de sus flancos y esa leve neblina a la que los lugareños llaman fumazza nos envuelve. Miro hacia arriba. A no temer una lluvia, gente. Los soles brasileños no son tímidos, se abren paso entre celajes violetas y nubes, sometiendo vasallos. Se eleva, todavía tibio.  Pero escuché el pronóstico a bordo: a medio día, 33 grados me convertirán en mísero chicharrón.

Mis compañeros se dispersan. La península es pequeña, pero tiene abiertas al público 22 playas. Por señas, me entero dónde está la que busco: ésa elegida por la joven y hermosa  Brigitte Bardot  “COMO SU LUGAR EN EL MUNDO”.

Mis pies se introducen en la humedad de una arena blanca y harinosa. Busco el homenaje que la ciudad le hizo, agradecida por haber sido amada por ella. Al final, la diviso. Una joven hermosa, sentada sobre una valija, con la vista perdida en la distancia. Sus bellos senos sobresalen desde una remerita a rayas. Acaricio la rigidez del bronce de ese cabello, palpo sus hombros, redondeados por Christina Motta, la artista que la inmortalizó, y adivino entre las luces y las sombras de su cuerpo, la figura de su gran amor, el brasileño Bob Zagury.

 

Mi cabeza de saltimbanqui suelta ideas. Recuerdos  que brotan de mi corazón, de tiempos fugaces, cuando creía haber hallado, yo también, mi lugar en el mundo. Lugar siempre vinculado al ser que era la otra mitad de mi mitad enamorada. A veces correspondida, otras no tanto, aunque disfrutando un glorioso autoengaño.

 

¿Hacia dónde miran sus ojos? ¿Es moreno y gallardo? ¿La llama con la mano, para hacer el amor dentro del agua? ¿Se alejó enojado porque todos la miran con deleite? ¿Es un celoso empedernido, un bohemio, un guitarrista gimiendo sus saudades?

Me pierdo en conjeturas y me enredo con mis historias y las que invento para esa estatua. Pisoteo la arena. Mojo mis pies dentro de la espuma que deja una olita que regresa a su fenomenal asilo. Idealizo mis momentos dichosos, cuando sentía que ése era mi lugar, mi última casa. Incorporada para siempre a otro, para beber juntos la brisa y masticar entre risas un emparedado repleto de arenilla fina. O discutir quién descubría primero la Vía Láctea. Un insecto inexistente tropieza con mis párpados, y debo secar esa otra sal, la de mis ojos.

Y ella, mi estatua de cabellera  larga y piernas abiertas, expectantes,  va quedando atrás, solitaria, esperando, esperando quieta el futuro con Bernard el de la madurez, el que la ayuda en su lucha  por evitar la muerte de los elefantes y le señala el camino para aquietarse, otra vez, en algún lugar del mundo. Ése que muchas de nosotras perdimos, y hoy buscamos viajando, oliendo, tocando, con el sueño a cuestas.

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