Un cambio de rumbo. Autor: Lauren Morán

Andrea y Valeria habían sido amigas desde pequeñas pero el tiempo se había ocupado de llevarlas por caminos diferentes haciendo que perdieran el contacto. Fue una tarde que Andrea quedó a tomar café con unos compañeros de trabajo cuando descubrió gratamente que la novia de uno de ellos no era otra que su vieja amiga.

A partir de ese momento, prometieron no volver a separarse. Quedaban a menudo y, el día que no, permanecían en contacto mediante llamadas ó emails. Su relación era tal que, a simple vista, nadie podría decir que llevaran sin verse cerca de diez años.

Las semanas se fueron sucediendo y cuando sólo faltaban dos semanas para que la primavera hiciera su aparición, Valeria le propuso a Andrea que hicieran un viaje juntas. La idea era fantástica pero el novio de su amiga podría poner objeciones al respecto. Valeria le dijo que se tranquilizara, que había sido idea suya y ya tenía todo pensado.

Les llevó solamente cinco días hacer todos los preparativos y el sábado de esa semana ya contaban con billetes de avión, hoteles, folletos de museos y edificios emblemáticos y un gran mapa que no las haría pasar desapercibidas en la metrópoli del Danubio.

Los días se iban dejando tachar en el calendario y la expectación era latente en las dos muchachas. Cada vez que oían pronunciar el nombre de su destino, prestaban atención a cualquier detalle que pudiera serles útil en el viaje. El anhelo porque todo fuera como habían soñado las había hecho comprar varias guías de viaje y ver algún que otro documental de Viena. Habían visitado desde el sofá de casa todo lo que podía verse en la ciudad e incluso habían hecho acopio de un listado de discotecas concurridas para salir de fiesta.

La noche anterior al día D, Andrea había ido a dormir a casa de Valeria. Ésta vivía a la otra punta de la ciudad y más cerca si cabe del aeropuerto. Además, las posibilidades de que alguna de las dos se durmiera se reducían drásticamente.

El reloj de la mesilla emitía una brillante luz que marcaba las 5.59 de la mañana. El día comenzaba a renacer tras las persianas del dormitorio. Dentro, Andrea dormía plácidamente con su cuerpo extendido a lo largo y ancho del colchón de uno cinco. Su rostro, cándido, sereno, era reflejo de sus ensoñaciones.

La luz volvió a cambiar los dígitos del despertador como hubiera hecho a lo largo de la noche, para continuar con un estridente sonido que hizo que Andrea se tapara la cabeza con la almohada y terminara tirando el reloj al suelo, a la vista del continuo y martilleante ruido que había terminado por meterse en sus oídos.

Un ruido en el exterior la sacó de su letargo y la hizo darse cuenta de que debía darse prisa si no quería perder el vuelo. El reloj de su muñeca marcaba esta vez las seis y media. No podía explicarse como lo que habían sido apenas unos segundos para ella, había acabado convirtiéndose finalmente en casi media hora.

Valeria, a su vez, segura de sí misma y con la hora del trabajo cogida, yacía boca arriba sobre la cama. Un brazo permanecía caído en el aire, desafiando las leyes de la gravedad. Un pequeño murmullo parecía provenir de algún lado de la sala. Andrea no fue consciente de que su amiga roncaba hasta que se acercó a ella y la tiró con fuerza del brazo para que se despertara. Ésta sufrió tal sobresalto que ambas se asustaron, para luego terminar riendo como locas.

Se vistieron rápido y tras tomar un rápido tentempié salieron raudas por la puerta. Dos paradas de metro más tarde, conseguían entrar en el interior del aeropuerto, mostrar su billete de embarque y su DNI, y ocupar sus correspondientes asientos en el avión.

Brindaron con café por haberlo logrado con tanta rapidez. Les habían sobrado algunos minutos, tiempo justo para colocar sus maletas de mano en los compartimentos de arriba. Las dos amigas habían preparado tan bien el viaje que incluso habían dispuesto actividades para hacer a lo largo de las tres horas de trayecto que cubrían los cerca de dos mil kilómetros de diferencia entre ambos puntos geográficos. Sendos MP3 reproducían canciones de Johann Strauss y Amadeus Mozart haciendo que tardaran poco en volver a un estado de semiletargo. Su sueño se vio bruscamente interrumpido por la azafata, quien cumpliendo con sus obligaciones las despertó para que se pusieran el cinturón de seguridad. En breves momentos aterrizarían en la capital austríaca.

A diferencia de su experiencia en el aeropuerto español, allí se tomaron las cosas con calma. Bajaron las maletas del avión y mientras descendían por las escalerillas del mismo, contemplaron embobadas la enorme pista que rodeaba al edificio y la torre de control como si allí pudieran apreciar la belleza y magnificencia de la ciudad que las esperaba.

Siguieron al resto de pasajeros y después de pasar por el control de seguridad y recoger el resto de maletas, se dirigieron a la salida en busca del autobús que les llevaría al centro de la ciudad. Eran las once de la mañana. Hacía un sol radiante que despuntaba en lo alto, anuncio del extraordinario día que tendrían por delante.

Decidieron ir primeramente al hotel a registrarse, dejar el equipaje y darse una buena ducha fría para despertar. Entonces, buscarían un lugar para comer y dedicarían el resto del día a pasear tranquilamente por la ciudad y conocer las calles principales. El resto de días los ocuparían visitando museos, palacios y, por supuesto, acudiendo a la ópera, uno de los grandes atractivos de Viena.

Se dedicaron a pasear por el centro de la ciudad, disfrutando de la agradable temperatura y de las espectaculares vistas a pie de calle. Grandiosos e imponentes edificios se erigían desde cientos de años atrás formando parte del pasado, presente y futuro de la ciudad. Una profusión de estilos que no dejaba indiferente a nadie: desde el barroco del Palacio Imperial, pasando por el neogótico de su Iglesia Votiva y llegando al historicista del Parlamento, que simulaba los edificios de la antigua Grecia.

Una cosa era verlo en un documental ó en fotografías y otra muy distinta, en persona, a pocos metros de distancia y en todo su esplendor. Valeria se quedó plantada de pie contemplando el enorme conjunto arquitectónico que una vez fue morada de la emperatriz Sissi. Una mujer rebelde, culta y demasiado avanzada para su tiempo, que como otras muchas tuvo que superar ciertas adversidades como la muerte de una hija, la pérdida de custodia del resto de su prole y la coronación de su marido como rey de Hungría.

Valeria le contó a su amiga que le apasionaba leer las biografías de grandes mujeres de la historia e Isabel de Baviera formaba parte de esas lecturas.

Continuaron con su charla en el Café Central, la legendaria cafetería donde intelectuales como Altenberg ó Trotsky compartían tardes de tertulia. Allí, entre sus altos techos, las enormes cristaleras que cubrían casi por completo la pared y la música de piano como telón de fondo, las chicas se sentían fuera de lugar. Aquello más parecía un palacio que un lugar de encuentro para amigos y familia. Los cinco primeros minutos transcurrieron observando los alrededores del local y siendo objeto de miradas por su atípico comportamiento. Después, se relajaron, se sentaron, disfrutaron de dos rodajas de tarta sacher acompañadas de un melange y un café vienés con helado.

El lugar era un ir y venir de gente, una simbiosis de personas de todas las edades, razas y culturas. Cuando Andrea y Valeria quisieron darse cuenta, el reloj marcaba las seis de la tarde, hora en que los vieneses solían cenar. Las jóvenes decidieron volver al hotel, cambiarse de ropa y salir un rato sin saber lo que la noche iba a depararlas.

Gracias a Falter, la revista mensual de la ciudad con todas las actividades y citas indispensables en Viena, acuden al triángulo de las Bermudas donde hay sesión de djs. Allí piden unas copas y se dirigen al centro de la pista donde terminan bailando. El ambiente es inmejorable y las buenas canciones no paran de sucederse. Valeria y Andrea se mueven al ritmo de la música, más despiertas si cabe que esta misma mañana, cuando corrían hacia el aeropuerto ó que a media tarde cuando no paraban de hablar con un tentempié entre tanto. Están disfrutando del lugar y en cuanto éste cierra, preguntan a unos chicos si hay algo más abierto a aquellas horas. Casualmente resultan ser españoles y las risas no se hacen esperar. Una pequeña conversación iniciada allí y que seguirá a orillas del Danubio, donde varias discotecas tienen su sede, las hará saber que Jorge y Fran viven allí, uno por motivos de trabajo, el otro terminando el último año de carrera. Ambos comparten piso, amistades, gustos musicales y devoción por el producto nacional, el suyo, claro.

Cuando el disco solar remonta en el horizonte, con los primeros rayos del día, un viejo Volkswagen escarabajo hace su entrada en la calle del hotel. Las chicas descienden de la antigualla detrás de los españoles con los que han pasado el resto de la noche. Ha sido una noche divertida, llena de anécdotas y ciertamente corta para todos. Se despiden prometiendo volver a verse esa misma tarde, el tiempo suficiente para que todos descansen y recuperen fuerzas después de tan ajetreada noche.

Como dos colegialas, Valeria y Andrea esperan a que el ascensor llegue tras saludar educadamente al recepcionista y entran raudas dentro. Una vez que están solas, se miran y no paran de reírse y de comentar lo que les ha parecido el ambiente nocturno de la ciudad y, sobre todo, los chicos.

Valeria tiene novio pero eso no es motivo para que no anime a su amiga a disfrutar de todo lo que Viena le ofrece. Y con eso se refiere a algo más que el turismo. Al fin y al cabo, ambas se saben de memoria cada rincón de la ciudad gracias a la cantidad de guías de viaje que leyeron. Deciden acostarse pronto ó esa misma tarde tendrán las caras como una pasa, arrugadas de no haber descansado lo suficiente.

Son las cuatro de la tarde. El día no parece tan alentador como el anterior. Las nubes grises amenazan con lluvia en cualquier momento. Las chicas han olvidado el paraguas en el hotel. Se dan la vuelta y justo cuando entran por la puerta de la habitación, el teléfono de Andrea comienza a sonar. Un mensaje de Jorge le comunica que no podrá acudir a la cita de esa misma tarde por problemas familiares. La chica piensa que ha sido demasiado bonito para ser verdad, le hace partícipe de la noticia a Valeria y deciden salir igualmente. Tarde de museos. Aunque en la capital hay más de cien, las chicas han venido con un planning de los lugares más interesantes para visitar.

El primer lugar, imprescindible para cualquier devoto del arte es el Albertina. Ubicado dentro del Palacio Imperial, ofrece cuadros de pintores tan famosos como Durero o Klimt, Cezanne, Monet ó incluso Picasso. Sin moverse del mismo edificio y en los aposentos imperiales visitan el Museo Sissi. Valeria escucha, en la audioguía, sin perder detalle de la vida de la emperatriz. Algunos de los vestidos de Isabel, además de otros objetos personales, completan el material expuesto a los visitantes. Cuando quieren darse cuenta, una de las azafatas les indica que deben desalojar el lugar. Es la hora de cierre.

No están cansadas, pues han pasado medio día durmiendo, pero aún así ponen rumbo al hotel. Allí vacían los bolsos de planos, folletos, tickets, postales y todo un repertorio de papeles que han acumulado de su productiva tarde. Descartan lo que vale de lo que no y terminan recostadas sobre la cama viendo una película en el ordenador de Valeria. La mayoría de canales son de habla alemana a excepción de un par de ellos, internacionales de noticias, como la BBC ó la TV italiana. Deciden ver “Antes del Amanecer”, con unos entrañables Ethan Hawke y Julie Delpy recorriendo las calles de Viena, hablando de la vida y de un futuro que no compartirán. Andrea se pone nostálgica recordando a Jorge y lo bien que lo pasaron todos juntos la noche anterior. Sin embargo, recapacita, trata de ser positiva y pensar que al igual que los protagonistas de la película, ella tampoco estará allí mucho tiempo por lo que es mejor que las cosas queden como están. La noche transcurre lenta, silenciosa y finalmente a las once de la noche cierran el ordenador y los ojos hasta el día siguiente.

Al día siguiente, preguntaron en recepción si había algún recado para ellas. Seguían sin tener noticias de Jorge y Fran. Aquello definitivamente daba todos los visos de ser una fuga sin rehenes. Andrea llegó a la conclusión de que lo que Jorge buscaba esa noche era una chica de una sola noche. Valeria le aconsejaba que se relajara y trataran de disfrutar del viaje. Finalmente, le hizo caso y consiguió distraerse en el Museo de Obras de Arte Falsificadas, para después terminar la parada en el Parlamento y volver al hotel a comer. Ya habían pasado la edad de las locuras y sus estómagos ya no estaban hechos a hamburguesas y pizzas. Ahora requerían de un tiempo más pausado para digerir las comidas mientras hablaban con total tranquilidad. Eran ciclos que las personas sufrían. Aquel era el que marcaba la época de los treintañeros. Triunfadores, soñadores y que no se conformaban con cualquier cosa.

El resto de los días los repartieron tranquilamente para disfrutar de los pocos monumentos que todavía no habían visitado. Decidieron dejar la noche en la Ópera para el último día y así fue cómo se vieron a media tarde de un domingo engalanándose y empolvándose la nariz para acudir a la representación de Parsifal. Cuatro horas y media de Wagner que bien merecían el precio que habían pagado.  En la agencia de viajes les habían recomendado hacer cola en la taquilla unas horas antes si querían comprar las entradas a un precio bastante módico pero se arriesgaban a que no hubiera ninguna el día que fueran. Pensaron que por una vez poco importaba el precio si disfrutaban por primera vez de algo tan apasionante y vibrante como música clásica en directo. Valeria guardaba las entradas a buen recaudo dentro de su pequeño bolso plateado, el cual iba a juego con su vestido largo.

Andrea andaba dándose los últimos retoques al maquillaje antes de salir del hotel cuando una llamada de teléfono irrumpió el silencio instalado en la habitación.

-Cógelo tú, ¿quieres? Si no, no nos iremos en la vida- respondió Andrea mientras guardaba todos los cosméticos en su neceser.

Valeria tomó la llamada, escuchó atentamente para luego dar un “gracias” y colgar.

-¿Quién era?-preguntó Andrea mientras agarraba el bolso dispuesta a salir por la puerta.

-Enseguida lo verás –respondió su amiga, dejando entrever una pequeña sonrisa en sus labios. Unos nudillos golpeando en la puerta interrumpieron el gesto sorprendido de Andrea, que terminó abriendo la puerta y encontrándose de frente con Jorge.

El joven moreno de ojos castaños trataba de ajustar sus respiraciones tras la maratón que había liderado por las escaleras. El ascensor permanecía ocupado y no tenía tiempo para esperar a que éste estuviera libre. Por su parte, Andrea tuvo tiempo de recuperarse de la sorpresa.

-¿Qué demonios haces aquí? Creí que ya nos habíamos divertido bastante la otra noche –soltó a modo de reproche.

-¿Qué? No, diablos, no. La otra noche fue increíble para mí. Hacía tiempo que no lo pasaba tan bien. Creí que para ti también lo había sido pero cuando te vi irte del bar donde habíamos quedado comprendí que te habías arrepentido de todo. He tratado de no pensar en ello pero necesitaba hablar contigo y decirte lo que pensaba.

Andrea incapaz de hablar tuvo que recibir un codazo de Valeria para reaccionar a sus palabras.

-Está bien –dijo mientras cruzaba sus brazos tratando de hacerse la dura y no mostrar lo que realmente sentía. -Dime que es lo que piensas.

-Pienso que me ha bastado una sola noche para saber que eres una chica divertida e interesante. No voy a decirte que te quiero porque es algo que aún no siento y sería acelerar demasiado las cosas, pero si quiero que sepas que me gustas, que quiero conocerte y que si nuestra relación va más allá de la amistad, bienvenida sea.

Andrea sujetó sus brazos con más fuerza sí cabe. Se sentía sola a pesar de ser tres, con ella, los que ocupaban la estancia. Observó con detenimiento sus ojos y vio que Jorge no retiraba la mirada en ningún momento. La mantenía firme y segura. No mentía.

En ese momento, Valeria interrumpió la escena sacando de su bolso las dos entradas de la ópera y poniéndolas entre ellos dos.

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  1. luisa cacheiro q

    valio la pena el cambio de planes qué por supuesto cambiaria seguro sus vidas con un amor en positivo

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