New York, New York. Autor: Sinatra

Conseguir una pistola en Nueva York es muy fácil. Tanto como comprar réplicas de bolsos Gucci en Chinatown o adquirir un perrito caliente en un puesto callejero de la Quinta Avenida. Desde hace años el ayuntamiento está obsesionado con deshacerse de los vendedores ambulantes. Pretende cambiarlos de sitio y ubicarlos en algunas de las arterias peatonales aledañas. Es una forma de alejarlos de la zona turística.

—¿Todo bien? —me pregunta Giovanni.

Desenvuelvo el papel de periódico con tranquilidad. A todo color hay una fotografía del encuentro que disputaron la semana pasada los Knicks. Melo anotó la friolera de cuarenta y siete puntos, repartió nueve asistencias y se quedó a dos rebotes de conseguir el primer triple doble de su carrera.

Hace un par de años le vi jugar en el Madison Square Garden contra los Atlanta Hawks. Pagué setenta pavos por unos asientos en una de las tribunas. Me pasé todo el partido sin ver la pista. Delante de mí había un tipo gordo, con una espalda tan ancha, que parecía una pared. Al final tuve que seguir el encuentro por la pantalla que había junto al marcador. Perdieron por doce y ese día juré que jamás volvería a presenciar un partido en directo.

—Eso parece —le replico con mi acento que delata mi origen latino.

Sostengo entre mis manos un Smith & Wesson con silenciador. No usa munición del calibre 44 Magnum ni es el que empleó Clint Eastwood en Harry el Sucio, pero puede reventar cualquier cabeza a menos de diez metros, por dura que sea. Es un modelo adaptado a los nuevos tiempos, muy flexible y se puede esconder con facilidad.

—¡Aquí está la dirección!

Me extiende un sobre que contiene una foto, una nota manuscrita y un fajo de billetes en los que está impreso el rostro de Benjamin Franklin. Espero unos minutos desde que Mike se marcha y después salgo de la destartalada nave industrial del Bronx donde acordamos la cita. En mi oficio hay que andarse con mucho ojo. Los errores son inadmisibles.

Solo en una ocasión pisé la cárcel. Estuve dos años y tres meses encerrado en la Penitenciaría Estatal de Luisiana por conducir en estado de embriaguez y estrellar un viejo Lincoln contra una escuela secundaria. Por aquel entonces era joven y estúpido. Las prisiones no sirven para rehabilitar a las personas. En aquel lugar me convertí en un ser violento. Una mañana dos tipos me agarraron en la duchas, me pusieron a cuatro patas y me dieron por el culo, hasta desgarrármelo. Ni siquiera utilizaron vaselina.

Cuando sucede una cosa semejante, la vida se ve de otra forma. A uno de los que me atacó, los guardias le encontraron unos meses más tarde en su celda. Le habían abierto la garganta en canal, le arrancaron los párpados y la polla. El forense, al realizar la autopsia, encontró los testículos en su ano. Con el otro ajusté cuentas cinco años después en Detroit. Me llevó un tiempo dar con su paradero, pero cuando lo hice, le rompí los brazos y las piernas con un bate y lo até a una silla. Rogó por su vida. Me confesó que tenía una mujer inválida y dos hijos pequeños.

—Te puedes marchar —le dije liberándole de las cuerdas.

Pero como sus rodillas estaban destrozadas y fue incapaz de ponerse en pie, rocié su cuerpo con gasolina y lancé el Zippo. Las llamas lo devoraron al instante. Los ojos se le salían de las cuencas. Su ropa comenzó a arder. Se revolvió sobre la moqueta como un animal desesperado. Trató de apagar el fuego que lo envolvía, pero solo consiguió que se propagase por la alfombra, los muebles y el sofá. Parecía una antorcha. Su cuerpo desprendía jirones anaranjados y sus ojos oscuros, como dos gotas de aceite, me observaban con terror. Agitaba los brazos, su cabeza chisporroteaba  y no dejaba de gritar. Cuando me marché de allí, una cortina de humo, densa y asfixiante, rasgó el cielo y envolvió la caravana.

El tipo al que tengo que liquidar vive en el Soho, una zona de grandes contrastes. En sus calles conviven exclusivas tiendas de moda junto con el pequeño comercio de toda la vida. Durante el siglo XIX al barrio se le llegó a conocer como Los cien acres del infierno por los constantes incendios que asolaban los edificios de madera. En los ochenta, la fisonomía del Soho varió. Atraídos por los alquileres bajos llegaron cientos de artistas que remodelaron las viejas tiendas, los talleres, las fábricas y los almacenes y los transformaron en estudios y lofts. Aun así, en la última década el carácter bohemio se ha perdido. Muchas multinacionales han convertido el barrio en pura mercadotecnia.

Entro en un bar, pido un milk shake a un camarero con apariencia hostil y tomo asiento en una de las mesas que se hallan junto a la ventana. El objetivo reside en uno de esos bloques de viviendas antiguos con escaleras de metal en la fachada que inmortalizó Woody Allen en Manhattan. Mientras pruebo el batido de plátano, me acuerdo de las tareas que me encargó Dakota, mi mujer. Debo recoger su traje de la tintorería, reparar el cortacésped (es la cuarta vez en dos meses que se estropea) y el próximo jueves tengo que llevar a Katie, nuestra hija con síndrome de Down, al albergue juvenil de la asociación cristiana. Tal vez con un poco de suerte esta misma noche pueda coger un avión de vuelta a Los Ángeles.

Cuando estoy hojeando el New York Times, me fijo en el señor mayor que sale por la puerta del portal. Es menudo, con barba blanca y viste un traje que pasó de moda el siglo pasado. Cojea levemente de la pierna izquierda y camina en dirección a Greenwich Village. La mafia me ha encomendado el trabajo. Desean dejar impresa su firma. Hace más de una década Luca Timoresini, del clan Benisi, delató a tres lugartenientes y al jefe de la mafia de Boston. A pesar de que cambió de identidad y el FBI le incluyó en el programa de protección de testigos, es casi imposible huir de los lazos de sangre de La Familia.

Aunque uno se esconda debajo de las piedras, La Cosa Nostra  es rencorosa y tarde o temprano te encuentra. Ellos no olvidan. Cuando se realiza un juramento de sangre es para siempre, un vínculo que solo se rompe cuando a uno le llega la hora. Testificando contra Marcelo Carabinieri, Timoresini compró un boleto para la otra vida. Matar a un ser humano es algo muy duro. Se le despoja de cuanto tiene y de todo aquello que podría llegar a poseer. No obstante, si no me encargo yo del asunto otro sicario me reemplazará. Además, los italianos pagan bien.

Dejo diez pavos en la mesa y salgo a toda velocidad. Una ligera brisa se desliza por el aire. Las aceras de Nueva York están llenas de vitalidad. A todas horas hay gente. Mareas humanas que transitan a ambos lados de la avenida. Muchos se detienen a admirar los escaparates. Otros aprietan el paso porque llegan tarde a alguna cita.

Me gusta guardar las distancias y ser precavido. Por eso permito que se separe unos metros. Al llegar a Broadway Avenue los letreros de neón de los teatros comienzan a parpadear, emiten centelleos y reclaman la atención de los turistas. Ráfagas de luz bañan la ciudad. En los carteles hay innumerables obras de teatro y musicales.

La panorámica es increíble y un ruido ensordecedor envuelve a los viandantes. Una sinfonía de cláxones y voces flotan en la atmósfera. El tráfico es muy denso. Y se pueden contemplar un enjambre de limusinas, repartidores en bicicleta, autobuses y coches amarillos que se pierden más allá de la séptima avenida. Times Square es completamente diferente de día y de noche. Se trata de un rincón emblemático para los neoyorkinos, pues en él se celebra el jolgorio de nochevieja.

Es la decimocuarta vez que viajo a La Gran Manzana y cada vez estoy más impresionado. Los individuos que habitan en los inmensos códigos de barras que se alzan a lo largo y ancho de la ciudad solo viven para trabajar. Siempre están estresados, yendo de un lado para otro, en la jauría de taxis que no cesan de moverse por el asfalto de alquitrán. Los neoyorkinos no saben disfrutar de la vida. Solo les interesa el dinero. Dólares con los que contratar un seguro con más coberturas, hacer frente a la hipoteca de su cuarta casa, pagar los nuevos implantes mamarios de su mujer, adquirir el último modelo de Range Rover o un barco con diez metros de eslora con el que ir a pescar durante las dos semanas escasas de vacaciones.

La gente se desvive por el trabajo. La jornada laboral puede llegar a ser maratoniana. Un amigo mío se pasa dieciséis horas diarias en la oficina. Los yanquis están locos. Al menos para mí, que crucé el charco a los 19 años y como español que soy, poseo otra mentalidad. De eso hace ya casi más de tres décadas y desde entonces he recorrido medio Estados Unidos. Ser un asesino profesional no es fácil y a veces me toca visitar muchos lugares.

Cada ciudad es una aventura. Lo que más me sigue asombrando de los yanquis es la pasión y el entusiasmo que ponen cuando se fijan unos objetivos. Siguen creyendo que el sueño americano no es ninguna utopía y se desloman a diario como animales de carga. En América, hacen las cosas a lo grande. Aquí todo es gigante: los coches, las casas, las calles, las avenidas, las hamburguesas y los edificios, claro.

Paso delante de un policía que escruta mi rostro durante unos segundos. Tras el 11 de septiembre la seguridad se ha incrementado. A veces, detienen a los viajeros y les piden la documentación. Registran locales, comercios amparados en una ley que con frecuencia vulnera los derechos civiles. Cualquier precaución es poca. Ya nadie se fía de un hombre con la piel tostada por el sol, barba y mucho menos si porta en sus hombros una mochila.

Hace un par de décadas se registró el mayor número de asesinatos de la historia. Se sobrepasaron los 2.200. Aun así, los neoyorkinos supieron sobreponerse a las circunstancias y afrontaron una de las mayores crisis de su historia. Fue un duro golpe para la ciudad perder sus señas de identidad. Las Torres Gemelas eran un símbolo para Nueva York, una forma de decir al mundo que ningún pueblo podría llegar tan alto.

Timoresini se dirige a Central Park. Hileras de alces, robles, sicomoros, arbustos y tilos se abren a su paso. A lo lejos se extiende un manto de césped salpicado de chicos jugando al fútbol, parejas tumbadas sobre la hierba comiéndose a besos, madres que llevan a pasear a sus hijos y ciclistas que pedalean sin parar en las zonas señalizadas para bicicletas. El sol se alza en el horizonte igual que un inabarcable queso. Casi 340 hectáreas de bosque con cuidadas praderas y lagos artificiales que hacen las delicias de los visitantes. Y alrededor inmensos muros rectangulares, un skyline que se recorta majestuoso sobre un lienzo añil, solo fragmentado por alguna que otra nube. Aquel lugar es el pulmón de Nueva York.

Timoresini se instala en un banco. Cruza las piernas y mira el reloj. A unos metros hay unos chicos conversando. Sus voces se propagan con el resonar del eco. Las ramas de un alce proyectan su sombra sobre el césped. Tras diez minutos de espera me acerco hasta Timoresini. Al sentarme, apoyo la espalda contra el respaldo.

—¡Bonito día! —me dice.

Escruta mi semblante con curiosidad y repara en mis patas de gallo, en la cicatriz que viste el mentón y en la mirada turbia como el agua mezclada con barro.

—Ya, lo creo.

—¿Es usted de aquí?

—¡No, sólo estoy de paso! Negocios ya sabe.

—Nueva York —comenta—posee la rara habilidad de reinventarse a cada minuto. Jamás se termina de ver todo. Siempre existen nuevos museos que visitar, nuevos barrios que descubrir, nuevos restaurantes donde degustar la gastronomía. Yo llegué hace unos años y, la verdad, no me canso nunca. ¡Aquí todo es hermoso!

—¿Y el 11 de septiembre?

—Fue una tragedia. Hubo un antes y un después. Los seres humanos somos estúpidos. Al final terminamos matando aquello que más queremos. Está en nuestra naturaleza.

Mientras habla, introduzco la mano en el bolsillo de la cazadora y atiento el metal del arma. Los dedos me sudan. Coloco el índice en el gatillo y reparo en la pequeña protuberancia que sobresale del cuero y exhibe su punta. Los pájaros pliegan sus alas y aterrizan con determinación en las copas de los árboles.

—¡Abuelito, abuelito! —se escucha una voz a nuestras espaldas.

El viejo se gira y se le iluminan los ojos. Un niño se acerca a él con una sonrisa en los labios. Detrás una mujer espigada y bastante atractiva conduce un carrito de bebé. Timoresini extrae una piruleta, clava las rodillas en la hierba y se la ofrece al pequeño. Me quedo observando la escena y aprieto los dientes. Tras unos segundos me incorporo, extiendo el brazo en señal de despedida y enfilo el sendero que conduce hasta la cascada, bañado en una película de sudor.

Joder, joder, mascullo para mis adentros.

Cuando me cercioro de que no hay nadie, extraigo las balas de la Smith & Wesson, las sopeso en la palma de mi mano y las lanzo sobre la charca. Se escucha un leve chapoteo y el impacto de los proyectiles dibuja ondas perfectas sobre la alfombra acuática.

Son las seis y el avión hacia Los Ángeles sale dentro de un par de horas. Si me doy prisa, aún estoy a tiempo de cogerlo.

 

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