Tierra sin frío. Autor: Graciela Rosa Litvak

A mi padre

Ambas Áfricas diminutas sugerían la idea de una

muerte brutal, violenta.

Kenzaburo Oé, Una cuestión personal

 

Cae la noche, y Juan comprende que al amanecer habrá muerto.

Los espasmos le acalambran el pecho. Tendido sobre el suelo arcilloso, su propio pulso golpea en sus oídos como el percutir de los djembé de la aldea que intuye próxima. Los mosquitos son salpicaduras inquietas contra el cielo rojo de la sabana. No necesita verlos: siente los aguijones en el cuello y el hombro izquierdo, donde la camisa se ha desgarrado. Sacudido por escalofríos, su cuerpo está cubierto de sudor.

De repente la túnica colorida de un guerrero parece flotar frente a los ojos de Juan. Los brazos del negro se extienden hacia él para rescatarlo, antes de volver a transformarse en las ramas torcidas y oscuras de un arbusto cercano.

La sed le enciende la boca una vez más. El peso de la roca sobre su pecho le impide alcanzar la cantimplora, que se desprendió de su cinturón con el accidente. Se estira todo lo que puede y consigue rozarla: percibe en las yemas la suavidad de la funda, afelpada como la piel de una mujer. El páramo se le convierte entonces en una gigantesca manta amarillenta. Recostada encima, una hermosa etíope lo llama por su nombre, gimiendo. La respiración de Juan se alborota aun más, hasta que un nuevo pinchazo de la sed desvanece la imagen. La tierra arenosa, apenas cubierta por setos de espinos y rocas calizas, lo devuelve a la soledad y a la certeza de la muerte.

Juan Achával cobra impulso y ensaya un manotazo torpe que acaba alejando la cantimplora fuera de su alcance.

—Aquí tengo lo suyo, don Juan —le dijo la empleada, extendiéndole los folletos—. Recién saliditos de la imprenta. Llegaron esta mañana, y se los estuve guardando hasta que acabase el turno.

—Muchas gracias, señorita Ana. ¿No me da otro? Es por si se me estropea, ¿vio? Entre los trapos húmedos y los cepillos, hasta que llego a la pensión…

—Dos, como siempre —y la chica sonrió—. Ya se los tenía apartados. Igual, seguro que pronto nos mandan cambiarlos por otros nuevos. Unos con más leones, más negros pintarrajeados, más palmeras y más montañas para turistas… y menos comisiones para mí. Una época mala, ésta. Ya sabe… —desde su escritorio, la chica agitó la mano en un gesto vago, que tanto podía indicar desdén ante la escasez de clientes como una invitación para que el hombre se retirase.

Juan, de pie, con el balde en una mano y la gorra con el logotipo del servicio de limpieza apretada en la otra, asintió.

Había pasado la tarde lavando la vidriera de la agencia sin dejar de observar de reojo el expositor repleto de catálogos y guías turísticas. Tampoco era que le hiciese falta concentrarse en su trabajo. Tras veintidós años como limpiador de vidrios, hubiera podido reconocer cada mancha incluso con los ojos cerrados: las marcas ligeras de la lluvia desparramadas por todo el cristal; las de la grasa de la persiana metálica, en los laterales; las del orín de los perros, en el borde inferior, poco más abajo que las de los dedos pringosos de niños atraídos por los avioncitos con publicidad de las compañías aéreas.

El estante del exhibidor destinado a los folletos de África tironeaba de su mirada como una mano infantil del hilo de un barrilete. Su pasión había despertado por la época en que el padre le regaló el primer globo terráqueo. Ojalá lo aproveches más que yo, le dijo el hombre poco antes de morir, dejando a la viuda a cargo de un Juan de seis años. Su padre había salido de Pacheco en pocas ocasiones, y jamás viajó más de los cuarenta minutos que demandaba el traslado hasta la capital.

Juan no sabía en qué momento había decidido ir a Etiopía. Quizá fue cuando en Catecismo aprendió que el río que la atraviesa brotaba del Paraíso. O más tarde, mientras seguía recopilando datos. Que fuese el único país jamás colonizado de todo el continente —tal como explicaban los libros que sacaba de la biblioteca—, enclavado entre macizos montañosos que volvían impenetrable aquel territorio, lo fascinaba. Los folletos de la agencia, con su vocabulario recargado de esdrújulas —«naturaleza indómita», «caótica amalgama de primitivismo y exótica fantasía»—, espoleaban aún más el apetito de Juan. En Etiopía, las cosas son lo que de verdad son, resumía, incapaz de formular su admiración en otros términos.

Desde hacía años coleccionaba recortes de diarios y revistas acerca de África, que leía y releía con avidez. La casera le avisaba cuando pescaba en la tele algún documental sobre el tema, y Juan bajaba apresuradamente a la salita con su libreta para tomar notas destinadas a la planificación del viaje.

Había ahorrado todo el dinero que una vida sin mujer ni familia le posibilitó. Cada aguinaldo, cada peso de horas extras que no pagaba su habitación, el abono del tren, los cigarrillos, su comida y la del perro —única compañía permitida, aunque a regañadientes, en la pensión—, y poco más, iba a parar a la cuenta del banco que lo llevaría a Etiopía una vez que se jubilara. Cuando la empresa de limpieza lo destinó, entre otros negocios y oficinas que atendía, a la agencia de turismo, Juan sintió que Dios estaba de su parte. Desde aquel momento, cuatro años atrás, aguardaba los martes con impaciencia.

Aquel martes, indiferente al traqueteo del tren y a los empujones del resto de los pasajeros, con el folleto desplegado sobre las rodillas, el hombre se sumergió en cada lago y visitó cada aldea. Por enésima vez, recorrió con el índice las carreteras dibujadas en los pequeños recuadros y siguió el curso de los ríos ribeteados de verde. Su dedo acariciaba los paisajes, para luego apretarse contra la imagen como si desease penetrarla. Ascendió hasta la cima del monte Dashan, rozándola en círculos, y se hundió por fin en la depresión de Dancalia, en lo más profundo de la tierra, por debajo del nivel del mar.

—Etiopía… —dijo, y descubrió que había pronunciado la palabra en voz alta al notar la mirada suspicaz de su compañero de asiento.

—Es un país que… que… —atinó a agregar— que llama mucho la atención, ¿no?

El otro alzó una ceja y giró la cabeza hacia la ventanilla.

Etiopía, repitió Juan para sí. Si hasta nombre de mujer tiene. Y sonrió.

A menudo la agencia repetía las fotos en sus impresos, pero el ansia de Juan siempre estaba de estreno: al llegar a su cuarto los pegaría en alguna de las paredes. Quedaba poco sitio libre. Había empapelado hasta el último rincón con los pares de folletos idénticos, uno al lado del otro, para que quedasen a la vista el anverso y el reverso de cada uno. Cara y ceca, solía decirse. Así gano sí o sí.

En la soledad de la pensión, sin embargo, aquel país pintado de anaranjado en su globo terráqueo le hacía pensar en voraces fauces, en una cabeza de lobo con el hocico anhelante apuntando al mar, sin alcanzarlo nunca. Unas escuálidas franjas de tierra extranjera separaban Etiopía del mar Rojo y del océano Índico, como si el continente hubiese condenado al lobo a una sed insaciable. Es esa pena la que hace llorar al Tana, conjeturaba Juan al contemplar el gran ojo celeste y los lagos menores del valle del Rift, semejantes a lágrimas.

Pero no era hombre de conformarse con ensoñaciones. No vivía más que para concretar su proyecto y no había dejado detalle librado al azar. Sabía que convenía llevar globos y hojas de afeitar para negociar favores con niños y adultos; que al llegar debería cambiar su dinero por billetes pequeños, de un birr —en un banco oficial y no en la calle—, y conseguir pastillas de cloro para potabilizar el agua, a la que imaginaba oscura como la de su balde a medida que avanzaba el día. Sabía que los etíopes se manejaban por un calendario diferente, que le servirían  injera con hígado crudo y ensangrentado, y que lo comería para no ofenderlos. Le había demandado unos cuantos minutos copiar, con  letra grande y despareja, el nombre de aquel parásito («cryptosporidium») que se combatía con iodo. No quería que nada estropease su travesía, y aquellos bichos podían dejarlo unos días fuera de combate.

Se había enterado de que en la zona de Arba Minch una enfermedad acababa con el noventa y cinco por ciento de quienes la contraían, tras pocos días de espantosas fiebres. La nota ocupaba una página entera de su libreta y estaba subrayada en rojo: «BACUNARME CONTRA LA FIEBRE AMARILLA».

Juan tiene una imagen borrosa de su partida apresurada de Murile, cuando comenzaron las náuseas y el mareo. Sabía que le esperaban tres o cuatro horas por una ruta de tierra hasta Turmi, pero había confiado en los mapas que llevaba en la camioneta y en su memoria. Seguramente se vio obligado a apearse; no recuerda el motivo. Tal vez un desperfecto. O la falta de combustible. Calcula que debió de golpearse la cabeza al caer, porque tampoco es capaz de evocar con claridad el ruido del desprendimiento ni cómo acabó lejos de la carretera con una roca aplastándole el esternón.

Una lluvia menuda le aquieta de a ratos los labios resecos, aunque tiembla como si un terremoto le sacudiese las entrañas. Grita, o cree gritar, aunque no oye su propia voz: sólo el ulular del viento en el cañón y el chillido de un ave que, por un instante, le hace olvidar la sed. Siente el aleteo contra su mejilla. Tienen apuro los buitres, se dice. Pero todavía no, todavía no; y menea apenas la cabeza. El pájaro que ha creído vislumbrar se transforma en una sábana negra que lo cubre y lo adormece.

—Ya va siendo hora, don Achával —dijo el contable guiñando un ojo—. Con sesenta años, aún puede disfrutar de la vida. Los pesitos no le van a venir mal, ¿no?

—No sé, señor Di Pietri… —respondió Juan—. No es lo que yo tenía pensado, ¿vio?

—La jubilación anticipada es una buena opción, créame. Le supondrá un recorte de un ocho por ciento por cada año que le faltaría… —Di Pietri hizo una pausa y carraspeó antes de seguir—. Los coeficientes reductores que marca la ley respecto a la pensión que hubiera correspondido al retiro a los sesenta y cinco años son…

Juan meneaba la cabeza, los ojos fijos en el parquet del tercer piso, en la oficina de Personal.

El otro calló y cruzó los brazos sobre el estómago. Apoyando un codo en la otra mano, bajó un poco la cabeza y se llevó el puño a la nariz, para inspirar con brusquedad. Luego colocó las palmas sobre el escritorio y se inclinó hacia adelante, acercando su cara a la de Juan.

—Mire, Achával, le voy a ser sincero. Hay muchachos jóvenes que necesitan su puesto. Gente con más energía, ¿entiende? Que demoran menos en hacer la tarea, que se toman menos días por enfermedad…

—Yo no he faltado casi nunca, señor. La empresa no puede quejarse.

—¡Si no hay quejas, mi amigo! No hay —recalcó— nin-gu-na queja. Pero está calculado que a partir de esta edad empiezan los achaques. Además… —mientras hablaba, revolvía entre unos biblioratos apilados sobre el escritorio. Enseguida encontró el que buscaba, y abriéndolo prosiguió—: Tenemos entendido que su padre murió joven, ¿verdad?

—A los cuarenta y siete. Pero él fumaba mucho, y yo apenas…

—En fin —lo interrumpió el contable al tiempo que cerraba la carpeta—, lo que la compañía quiere es prevenir disgustos para ambas partes, ¿me comprende? Por eso se le ofrece esta alternativa en lugar de un despido. Ahora, tómese el día. Vaya a su casa, piénselo tranquilo y mañana nos contesta ¿Qué le parece?

Juan recogió el balde, los trapos y los cepillos, y caminó hacia la puerta.

Al regresar a la pensión, se dirigió directamente al cajón del armario. Lo abrió y sacó de debajo de los calzoncillos la libreta del banco. Luego, buscó un lápiz y un papel.

Una hora después, al acabar, apartó la hoja con sumas y restas y lanzó una carcajada. Entonces giró la cabeza hacia el globo terráqueo. Aquella mañana, el Nilo Azul, cuya curva envuelve la región central de Etiopía, se le antojó su propio brazo rodeando la cintura de una novia.

—Ya voy, mi querida, ya voy —susurró—. Te tengo una sorpresa: adelantamos la cosa. A que no te lo imaginabas, ¿eh?

De pronto un sonido diferente de los que se ha acostumbrado a oír en las últimas horas logra que Juan abra un poco los ojos. Los párpados le pesan como la persiana metálica de la agencia. Intenta una vez más desembarazarse de la roca, pero está demasiado entumecido. La ropa, empapada de transpiración, se le ha pegado al cuerpo como una mortaja.

El sonido se va acercando, rítmico. Aun en medio de su delirio, Juan se da cuenta de que proviene de algo mecánico. Es una bocina, piensa.

—Salieron a buscarme— balbucea.

La luz del alba se filtra entre los arbustos, quizá consigan dar con él.

En un último esfuerzo levanta el brazo, lo deja caer y vuelve a alzarlo una y otra vez.

—Que en paz descanse —dice Ana.

—Qué destino, che —acota la compañera.

—¿Te fijaste con qué devoción agarraba siempre los folletos? Como si fuesen algo… Algo sagrado, eso. Y tenías que haberlo visto ayer. Traía todo el dinero para el pasaje en billetes chicos, ordenaditos dentro de una caja de zapatos…

—Pobre Juan. Es triste irse así, solo…

—Al menos no sufrió. Dicen los que lo encontraron que sonreía, mirá vos.

—Precisamente lo que alarmó a la casera fue que el despertador no dejara de sonar: me contaron que Juan tenía el brazo estirado hacia la mesa de luz. Se ve que el infarto le dio justo cuando se estaba despertando…

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