La cueva misteriosa. Autor: Petra Dindinger

No hay nada más sobrecogedor que penetrar en una cueva subterránea. Ésta la conocía bastante bien, al menos lo creía, por haber estado en ella con mis compañeros espeleólogos unas cuántas veces. Ayer  entré yo solo, había tenido una trifulca muy desagradable con mi mujer y necesitaba la más absoluta calma para concentrarme en la solución del problema que nos distanciaba. Entrar en una cueva es como entrar en lo más profundo de ti mismo, y yo soy explorador por naturaleza. Había cruzado el pequeño lago para llegar a una especie de plaza redonda y buscaba aquel enorme pedrusco para sentarme encima como en una silla. La linterna incorporada en mi casco me dejó encontrarla sin dificultad. En realidad está prohibido meterse sin compañía en una cueva, pero yo estaba tranquilo por las veces que había entrado. E intranquilo por la discusión con mi mujer. Desde hacía días nuestra armonía era inexistente, los niños todavía son pequeños y no es plan de decir hasta aquí hemos llegado. Nací bajo el signo solar de cáncer, o sea, soy familiar a tope.

Ya sentado sobre el  pedrusco apagué la linterna para intentar escuchar la voz del silencio y ordenar mis pensamientos. Silvia fue y es mi gran amor, pero nuestras mentes no ven las mismas cosas y perspectivas. ¿Cómo es posible eso? Abrí los ojos mirando de hito en hito la oscuridad, me agrada esa negrura aterciopelada que me traslada a la placenta materna. De pronto percibí una sensación táctil alrededor de mi cabeza, un levísimo soplo de aire e intenté escudriñar la oscuridad. Un haz de luz viajó por una rendija en el techo. Sabía que era del todo imposible. Estaba a unos siete metros bajo la superficie. Si encendía la linterna no vería el rayo luminoso. ¿Había sido mi imaginación? Tuve que conectar la linterna porque una sensación de temor a algo incontrolable me invadió. Seguí unos pasos adelante donde sabía que había una especie de túnel que se adentraba más a la cueva y observé una luminosidad sin identificar.  Una sensación de miedo me estrangulaba las amígdalas cuando me pareció ver una salida del túnel, opuesto a donde había entrado. ¡No era posible! Todavía no perdía la chaveta… -pensé, cuando fui absorbido con fuerza y trasladado afuera, con efecto sifón.

Un bosque de abedules me dio la bienvenida bajo un cielo espléndido y cálida temperatura. Otro enigma… Cuando entré en la cueva hacía frío afuera, ¿y calor a la salida? Además, ese paisaje me era desconocido. Anduve un buen rato hasta divisar un conjunto de casas. No hubo indicación alguna por el camino de tierra. Cerca ya de las casas escuché las alegres risas de unas niñas y un fuerte chirrido de ruedas. Ante mi vista apareció un carruaje guiado por un labrador vestido a la antigua fustigando dos caballos. ¿Estaba viendo una película? –me preguntaba. Me apeé a un lado del camino, no fuera que estuviesen filmando algo. A bastante velocidad pasó el carruaje que dejó una  voluminosa estela de polvo. Volví a escuchar las risas infantiles y pude ver que también ellas vestían como hace doscientos años. Vi las casas, bajitas y de adobe y un algo me hacía dudar de mi mismo y de lo que veía. ¿Estaba embrujado? ¿Soñando tal vez? La curiosidad pudo más que mi precaución. Había llegada al pueblecito y ya me vi rodeado de gente estupefacta mirándome con incredulidad. La misma mirada que ofrecía yo con toda seguridad. Un hombre rudo, vestido también de época, tocó mis vestimentas, cogieron mi casco, lo inspeccionaron y comenzaron a preguntarme de donde venía de esta guisa. –Me he perdido, -espeté asombrado. No sabía qué decir, o estaba loco yo, o lo estaban todos ellos, o me había adentrado en un rodaje cinematográfico y todos estaban de broma. –Tengo hambre –me aventuré a decir, esperando a ver qué pasaba. El hombre rudo me llevó a la casa más cercana, parecía la suya y llamó a su mujer. Me ofrecieron pan recién hecho y una jarra de vino. La llegada de un jinete interrumpió nuestras mutuas preguntas. Entró un alguacil con mirada amenazante. Tocó con curiosidad la tela de mi vestimenta, le trajeron mi casco y comenzó un interrogatorio. Me sentí preso de una angustia inexplicable y deseaba salir de ese embrollo, que se estaba convirtiendo en pesadilla. Comencé a sospechar que había retrocedido doscientos años atrás, verdad o no, pero algo en la cueva tenía que ver con ello y necesitaba volver a ella.

¡Cuánto ansiaba estar de nuevo al lado de Silvia! ¡De nuestros hijos! ¿Sufría una angustia demencial o estaba dormido? Pero no, estaba comiendo un trozo de pan mientras el alguacil quería saber de donde había salido. Le expliqué que del centro de la tierra, de una cueva que lleva a otro lugar y otro tiempo. Me tomaron por loco, pero les enseñé  la linterna incorporada al casco y saqué del cinto mi móvil. No daba señal, tuve suerte: la cámara funcionaba y se quedaron pasmados. Hubo un cambio de consideración hacia mí y les expliqué que debía volver a mi hogar. Que si querían acompañarme… Todo fuera que encontrara la cueva de nuevo. Quedamos para el día siguiente al amanecer.

No pude dormir en toda la noche, me habían habilitado un rincón de la casa, donde trajeron paja para que descansara. Yo estaba bajo un estado de ansiedad por lo inexplicable de lo ocurrido. Solo podía ser algo sobrenatural, algo que te hace viajar en el tiempo sin que lo puedas dirigir, una máquina del tiempo sin que esa máquina se manifieste como tal, o que puedas guiarla para adelante o atrás. Evidentemente no me subí al ANACRONÓPETE de Enrique Gaspar, de ese aparato tan magistral del que nos reíamos mis espeleólogos y yo tiempo atrás… ¡Dios! ¿Ironía del destino? Eso era, una ironía, una broma macabra. Tengo que volver con los míos –pensé una y otra vez.

Al alba vino Jerónimo, mi hospitalero, a comprobar si todavía estaba ahí y me invitó con voz bajita a llevarlo a esa cueva milagrosa, donde puedes penetrar en otra época. Su mujer nos trajo leche recién ordeñada que sabía a gloria y nos pusimos en marcha. No tardamos en llegar al lugar del que había salido yo, lo reconocí por haber dejado un arnés con un trozo de cuerda. Tuvimos que entrar agachados hasta llegar a mi tan conocida plaza redonda con el pedrusco grande. Le hice sentarse a Jerónimo que no hablaba, se estaba acabando la batería de mi linterna del casco y saqué otra pequeña y enfoqué todo ese rincón calmado. Yo estaba eufórico, sabía que estaba a salvo, ahora comenzaría el regreso a la civilización que conocía y que Jerónimo iba a conocer… Y a Silvia le diría “he recorrido océanos de tiempo en tu busca”.

Jerónimo se dio cuenta de que yo estaba muy contento, pero pensando en él me puse serio. Tenía que prevenirle de que él iba a conocer un mundo inimaginable, invaluable desde su perspectiva. Puse mis manos sobre sus hombros y le dije que pronto veríamos la luz del día y que no se debía de asustar por lo que le esperaba. Que lo mejor sería que bajo ningún concepto se separase de mí hasta acostumbrarse a ruidos extraños y velocidades vertiginosas que le explicaría poco a poco.

Avanzamos hasta la salida de la gruta y una luz deslumbrante nos recibió. Todavía estábamos en plena naturaleza. Le guié hasta mi coche y le expliqué que para andar en él no necesitábamos caballos. No comprendía. Le pregunté si deseaba volver a su mundo, porque el mío le iba a ser muy extraño, podía ser que se asustara mucho, mas yo intentaría explicarle la vida a este lado del túnel de la gruta. Él vaciló, pero finalmente quiso seguir adelante y yo comprendí que tal vez había sido un error el haber querido ser mago del tiempo, aunque no me lo propusiera en absoluto.

Un año después Jerónimo tuvo que ser ingresado en un psiquiátrico y ya nunca más he podido dormir sin pensar en el cruce de los tiempos. El misterio le había robado la cordura y a mí la consciencia tranquila.

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