Viaje al recuerdo de mi padre. Autor: Fran Nore

In memoriam de mi difunto padre

 

1

 

Soy igual de intrépido que mi difunto padre.

A lontananza aparece mi pueblo natal como un distante espejismo.

Cielo Roto es un pueblo remoto, un poblado rodeado de tierras húmedas y con valles hermosos donde hay antiguos caserones construidos.

Llevo una vida viajera y huraña,  como un andante fantasma gorjeador.

Arrastro mi maleta mientras me acerco al pueblo.

En el cielo se forman impresiones nebúleas.

Después de tantos años de errancia por el mundo regreso a mi pueblo natal paralizado en el tiempo.

Desde la iglesia del pueblo viajan hasta mis oídos los acoplados coros de los feligreses.

Pienso que todos los lugares están enfermos y me siento solo.

En el pueblo los tediosos días comienzan a pasar lánguidamente.

Por  las callecitas  se escuchan rumores acerca de mi regreso.

Una orquesta de cantos de pájaros en crescendo traídos por el viento inquieto me ocasiona escalofríos.

Tantos años viajando sin rumbo y todavía me asustan los chillidos de los pájaros.

Mis  pasos vuelven a recorrer este lugar tan retirado del mundo, rodeado por montes y bosques y por casitas tenebrosas. Regreso nuevamente a este lazareto de mi infancia, sólo porque me han notificado que ha muerto mi padre, de lo contrario estaría viajando por caminos de países indecibles, expuesto a lo desconocido de las estampas viajeras, comprando postales y tomando fotografías.

Las luces de la tarde alejan de una vez por siempre el sufrimiento de mi viaje.

Pasados unos instantes, me encuentro con un viejo amigo,  que estaba sentado tranquilamente en una banca del parque.

– Hola.

– Hola.

– ¿Te acuerdas de mí?

– Por supuesto… ¿Cómo has estado?

La luz de la tarde enciende aún más mis ojos negros.

Brilla el sol en la tarde con sus rayos como fogatas.

Mi amigo parecía dormirse ante el flotante vaivén del viento sobre las ramas de los árboles. No ha cambiado mucho ni él ni la urbanidad del parquecito central de mi pueblo natal.

Estoy inmerso en el sofoco.

– ¿Y tus amigos? –Le despierto de su ensoñamiento vespertino, queriendo escuchar su voz.

– Todavía por ahí de fiesta en fiesta, algunos ya se han casado, otros se han ido del pueblo, y no se ha vuelto a saber nada de ellos… –responde Néstor, que así se llama mi amigo,   mirándome detenidamente-. ¿Y tú a qué has vuelto?

– Me han informado que mi padre Samuel ha muerto… Vengo de las Islas del Caribe…

– Debes estar muy cansado por el viaje tan agotador…

– Sí, lo estoy…

– Claro, es de suponer…  Desde luego.

– ¡Debes estar hambriento! ¿Tienes hambre?

– Sí.

–  ¿Si quieres nos vamos para la fonda a tomar algo de beber.

– No, no te molestes, estoy bien. Más bien cuéntame de ti. ¿A qué te dedicas ahora?

– A nada en especial. Trabajo en una cantina. Oye.  Me han hablado mucho de ti.  Dicen que estuviste en prisión por haber matado a alguien, y que después te fugaste de la cárcel y desapareciste por muchos años. ¿Dónde has estado todo este tiempo?

– Viajando por ahí, sin rumbo…

– ¿En verdad? Así de fácil…

– Sí, Néstor, así de fácil…

– ¿Todavía te acuerdas de mi nombre? –Se rió-.Yo no recuerdo el tuyo… la verdad…

Y permanecimos en silencio, buscando como seguir la conversación, que parecía ser tensa, propensa a tener un desenlace desastroso.

– Sí, ya lo recuerdo… ¿Y a tu padre todavía lo recuerdas mucho? Me han dicho  que ya estaba muy viejo, rondando por los ochenta años… Mi padre también nos abandonó. Yo no te recuerdo bien a ti, tal vez porque para ese entonces era muy chicuelo y no lograba retener los  rostros de los amigos en mi memoria. A mi padre tampoco lo recuerdo mucho…

Nos quedamos en silencio, buscando de qué hablar a continuación, llegó la conversación a un punto insalvable, muerto.

Néstor fijaba sus ojos en mí, como queriendo escudriñarme, quería preguntarme tal vez muchas cosas del pasado.

Me incomodé  y traté de cambiar de conversación.

– Sí. Mi padre estaba ya viejo y enfermo…

– ¿Pretendes permanecer por mucho tiempo por estos lados o sólo estás de paso?

– Sólo estoy de paso…

– ¡Ah, ya!

De pronto el solitario Néstor, sentado en la banca del parque, desvió la mirada hacia algún punto perdido de la plaza, parecía querer mirar hacia todas partes, excepto posar sus ojos en mí que ya me sentía verdaderamente incómodo con su frío recibimiento, tal vez molesto.

Entonces me ubiqué frente a él, para que me mirara cuando tuviera que preguntarle algo, increpándolo. Con mucha importancia. Y así pensé que estaba mejor.

– ¿Verdaderamente qué te trae por acá? –Volvió a preguntarme.

– Vine al sepelio de mi padre, como comprenderás hace años no sabía de él, hasta que me enteré de su muerte, sé que mi viejo padre vivía  confinado en una casita retirada del pueblo, voy para allá, todavía recuerdo el camino…, mi vida ha transcurrido entre posadas y lugares extraños;  siempre me hizo falta ver a mi padre.

– Me han hablado muchas cosas de ti, pero está bien que hayas vuelto al sepelio de tu padre…

– Sí, pero en  mi mente sólo permanecen ya  recuerdos inconexos y borrosos…- ¿Y qué te ha dicho de mí?

– Muchas cosas. Cosas buenas y cosas malas. Cosas, simplemente cosas…

–    – ¡Ah, ya!  Es de suponer… Me duele la cabeza… Bueno, Néstor, te vi sentado aquí y me acordé de ti, sólo quería saludarte…

– Sí, hombre, muchas gracias… Mucha suerte te deseo al fin… –evadió la mirada  mientras la palidez y los calofríos del cansancio me recorrían el cuerpo.

Pero ya se me pasará el malestar.

Néstor me observaba ya más detenidamente, en su triste apariencia de obrero, y descubrí con asombro, que verdaderamente ese muchacho ya no era mi amigo de antaño, sólo un fugaz conocido.

Me estremecí.

No podía ocultar mi ingravidez.

Aún así traté de controlarme y ocultar todas mis intenciones de preguntarle sobre algunas personas conocidas de ambos.

De sólo pensar que ante mí aparecían imágenes distorsionadas del pasado me  ensombrecí, me cambiaba el estado de ánimo.

Supuse que el haberme ido por tantos años ya no me colocaba en una situación cómoda.

Sólo haber venido al sepelio de mi padre me animaba a estar en mi pueblo natal,  y esta inquietud me sobrecogió aterradoramente.

A mi  memoria fluyeron los recuerdos como una cascada donde nítidamente se reproducían los acontecimientos de mi vida pasada en el pueblo.

Y en un santiamén  dejé solo al pensativo Néstor en el parque y me dirigí a  buscar la casa, necesitaba pronto llegar y alojarme, pues la noche ya se avecinaba. Me removieron las culpas y los sentimientos encontrados que experimentaba en medio de la zozobra y la desazón.

Encontré la antigua casa de mi padre muerto cerca a la vera del camino, a dos kilómetros del pueblo.

Mi prima Fulgencia estaba sentada en el umbral de la puerta, recogiendo unos costales con granos de café.

– Hola, Fulgencia…

– ¡Gabriel! ¿Eres tú?

– Sí, soy yo…

– Necesito hablar contigo –me dijo-, ¿has sabido sobre la muerte de tu padre?

Fulgencia  tenía una cara desvelada.

– Sí, por eso he regresado. ¿Qué pasó con él?

– Le dio un infarto. No necesito explicártelo…

– Está bien.

Entonces me prestó toda su atención. Estaba inflexible frente a mí.

Comprendí entonces que lloraba levemente, envejecida, y denotando unas  profundas ojeras que demacraban su cara.

– Perdona. No puedo soportarlo.

– No, pero… -Me le acerqué y la tomé febrilmente de las manos, me convidó a sentarme en un entarimado de rústica madera que estaba en el umbral de la casa, a su lado.

– Pero  tienes todo el derecho de saber sobre la muerte de tu padre, quiero contártelo todo… Todo lo vas a saber  por muy oscuro que sea, hasta el último segundo de sus días. Sufrió mucho por ti cuando estuviste en prisión y cuando nos dijeron que te habías fugado de la cárcel y nadie sabía de tu paradero, tu padre y yo te dimos por muerto… Te he jurado contarte todo. ¿Puedes prometerme tú lo mismo?

– Yo no tengo nada que contar, sólo viajes y penurias, huir de la justicia y otras cosas más que nadie quisiera saber. Pero antes quiero saber todo lo referente a la muerte de mi padre.

– ¿Qué quieres que te cuente, entonces? Ayer fue enterrado en el cementerio del pueblo, fue muy poca gente a la misa. Y a mí me acompañaron mis dos hermanas.  Su partida fue tan inesperada. Es una larga historia… Él sufría muchos dolores en el pecho.

Y así, Fulgencia dio comienzo a la historia de la muerte de mi padre en los tiempos en que yo había abandonado el pueblo, huyendo de los nefastos sentimientos que me habían inspirado la muerte de otros hombres.

– ¿Por qué me has contado hasta ahora todo esto?

Se nubló su mirada gris en un fragoso silencio, refugiada en su postura de matrona bíblica. Se incorporó de la butaca de pino, las manos temblorosas, los ojos undívagos. Y me invitó a entrar a la casa.

Vislumbré en el pasado el tormentoso sino de mi vida, en los tiempos en que había huido de las sombras luciferinas de mis enemigos en el pueblo que temía me  alcanzaran.

– ¿Eso no es acaso lo que querías saber sobre los últimos momentos de vida de tu padre?

– Sí. Pero no creí que fuera tan terrible.

– En su comienzo fue terrible, pero luego, en medio de su dolor, pudo ya descansar en paz… -Hizo una pausa prolongada antes de mirarme inquisitivamente-.  – ¿Y ahora, qué pretendes lograr con tu regreso?

– Absolutamente nada… Sólo quiero que me lleves al cementerio y me indiques su tumba…

Mi destino estaba escrito: vagar y vagar por el mundo, dentro de poco volvería  a mi vida errante, y tardaría meses, tal vez años, en regresar otra vez a la casa de mi familia en el pueblo y de volver a ver a mi prima Fulgencia nuevamente.

– Entonces, ¿no te quedarás?

– No.

El viento entre suaves fracciones vespertinas, entre murmullos de criaturas musicales, se colaba por las fisuras de las paredes ennegrecidas de la casa.

En aquel ámbito flotaba un olor nauseabundo de cuerpos podridos.

Fulgencia abrió la pequeña ventanas de la sala para que entrara aire más purificador.

El día bondadoso inundaba nuestros rostros.

2

Se asomaba la mañana crepitando con un fulgente sol.

El cielo pronto se convirtió en una gran llama dorada.

Adiviné que mi prima Fulgencia  desde hace mucho tiempo albergaba la ilusión de marcharse definitivamente de la casa en el pueblo y querer  olvidar todo el pasado.

El viento de la mañana suplicaba.

En la sutil mañana veraniega, me disponía a salir de la casa y meterme en la sombreada espesura de los alrededores, fuertes brisas me sacudían el cabello.

Mi prima Fulgencia, desde la ventana de su cuarto, me observaba enfilarme hacia la espesura de los caminos imaginando que no volvería a verme  nunca más.

A mí me movía una dulce tristeza aflautada, mis pasos resquebrajaban las fértiles hojarascas de los senderos hacia las montañas.

Me  decía a mí mismo que no volvería a ver a mi prima ni al pueblo ni a la casa. Lo que en definitiva era un ferviente deseo de escapar, tal vez este escape originaría mi renuncia al mundo.

El recuerdo de mi difunto padre estaba latente en mí.

Llegaba hasta los senderos al pie de las montañas, uno de esos senderos conducía al pueblo y otro a la ciudad de Medellín.

Volvería a las lejanas cordilleras atravesando el resto del mundo.

Profundas meditaciones me atribulaban.

Luego cayó la tarde sobre nosotros.

Con mi padre o sin él,  mi vida de todos modos era tormentosa.

Desfallecido, pero confortado de la caminata por los alrededores, regresaba a la casa y me reunía con mi prima Fulgencia a quien le tenía afecto.

A poco, Fulgencia comenzaba sus oraciones en un férvido delirio.

Yo la observaba desde un rincón de la sala, inmóvil, sin poder gesticular, sin interés de unirme a sus plegarias.

Luego de las oraciones, nos sentábamos a comer alrededor de la mesa.

Terminada  la cena, Fulgencia amontonaba las escudillas para llevarlas a fregar a la cocina.

Yo estaba cansado de un modo perceptible, adoptaba una posición ceremoniosa, sintiendo una soporosa incomodidad, el aire enrarecido, obnubilado, inquieto por una ardida herida que llevaba oculta en mi interior desde años, debido a los sobresaltos de mi vida vagabunda.

Fulgencia regresó de la cocina.

– ¿Por qué estás tan pensativo?

– No puedo quedarme mucho tiempo.

-¿Por qué?

– Mis enemigos pronto sabrán que he vuelto al pueblo y vendrán a buscarme…

– Nadie sabrá que estás acá…

. Ya algunas personas me han visto cuando llegué  el primer día… No puedo quedarme… mañana mismo me iré…

– ¿Y a dónde irás?

– Pienso viajar por el Sur…

– ¿Tienes dinero?

– No mucho…

– ¿Y entonces qué harás?

– No puedo quedarme aquí… Mis enemigos tarde que temprano vendrán a ajusticiarme… Saben que todavía estoy vivo y no descansarán hasta encontrarme y darme muerte…

– No digas eso, primo…

– Es la verdad… Nunca me perdonarán la vida por los hombres que maté…   Escapé de ellos muchas veces, de la cárcel también, pero en ese entonces conté con suerte, ya no será igual si me  quedó acá…   Me iré al amanecer.

El silencio reinó entre los dos.

Fulgencia estaba lívida y pálida como una estatua, exclamó, rompiendo el silencio:

– ¡Dios mío!   – Y temblaba de miedo y apenas parpadeaba quedamente.

Yo la  escruté nervioso con la mirada, castañeteando los dientes en un frenesí sonoro.

Luego me retiré y me fui a descansar a la alcoba, dejando a  Fulgencia inquieta, inmóvil e impresionada.

Una extraña vorágine de enfado agitaba mis  emociones.

Me resistía a la ansiedad de suicidarme.  Pero no debía sentirme amilanado u oprimido por mi destino.

Mirando a través de la ventana de la habitación hacia la noche permanecí  como en un trance, pensativo.

Estaba impaciente por marchame y ahora me sentía desvelado.

Efectivamente, como había resuelto, a las primeras luces del día, me dispuse  a dejar atrás la casa de mi difunto padre.

La despedida de mi prima Fulgencia fue muy emotiva, la abracé, la besé en la frente, ella lloró y me dio su bendición en silencio, porque cada uno sabía que era la última vez que en vida nos veríamos.

Pronto todo estuvo dispuesto para mi viaje.

Cuando todo estuvo listo y presto a concluir, le dije a mi prima:

–  Probaré suerte en la ciudad…

Alcé la mano en señal de luenga despedida y eché a andar hacia el camino desolado.

Mi prima Fulgencia quedó en la entrada de la puerta de la casa, solitaria, mientras el viento entre las frondas de los árboles bajaba hasta ella y le alborotaba los largos cabellos encanecidos. Las lágrimas caían de sus ojos a la tierra, mezclándose con los minúsculos granos de arena del camino, entre las hierbas. Se sentía desamparada y destrozada por mi abandono infinito.

Un vórtice de confusiones  anidaba en mi corazón, en mi alma atribulada.

Nunca más volvería a ver a mi prima Fulgencia en aquel lazareto donde estaba refugiada desde los tiempos en que decidió ser la que cuidaba a mi  padre enfermo.

Después asomó el ardiente sol por el oriente, cubriendo todo el rededor, bañando a mi prima Fulgencia en su tristeza confinada. A poco, Fulgencia se fue acercando al interior de la casa, y entró cubriéndose la cara inundada de férvidas lágrimas

Toda la casa se cubrió de penumbras cuando el sol se ocultó entre una nube gigantesca.

Fueron  pasando los meses en que el  recuerdo de mi prima Fulgencia rondaba por mi vida perturbando mi paz. Me perseguía su imagen triste en  las noches oscuras.

Cuando abandoné la casa de mi difunto padre, supe desde entonces que era  vagar por los intrincados caminos de la vida.

Anduve por muchas calles de ciudad y por muchos pueblos, por muchos senderos troncados de montañas filosas y escarpadas, expuesto a los peligros y a las vicisitudes del mundo.

3

  De la estación ferroviaria, antaño construida por  tropas de negros esclavos traídos de los países africanos, hasta la llamada Estación Central, sale todas las mañanas el tren hacia la ciudad.

Los ciudadanos frecuentaban emocionados el lugar, aunque el viaje de recorrido dura por lo menos seis horas, esto no ocasiona que se sientan entusiasmados con el tour turístico.

Los pasajeros salen en compañía de sus familias y de sus amigos, cargando maletas llenas de víveres y de suvenires innecesarios. Pero resulta el viaje tan atrayente, que lo importante es disfrutar de las espaciales panorámicas que se abren ante la vista.

La Compañía de Vías ha habilitado otros tramos con el fin de promocionar el turismo entre los capitalinos.

Entonces el horario del funcionamiento del tren se extiende incluso hasta la media noche, horas extremas que la gente suele  utilizar para abordar precipitadamente el último tren hacia la  ciudad.

Los turistas, son seres pálidos y taciturnos, pero con la tentativa de conocer las landas de geometrías diversas que rodean la gran urbe, mientras la chispa de la alegría poco a poco aviva sus rostros alargados.

Pero resulta que el tren no se aventura más allá de aquellas estaciones ya señaladas, porque seguramente no hay más vía, incluso se supone que están en construcción, pues a lo sumo siguen kilómetros infinitos de inclementes dunas. Lo que parece aterrar a los turistas o fascinarlos con desmedida afectación. Entonces los tiquetes de compra sólo cubren aquellas rutas ya establecidas por la agencia del Ferrocarril.

Aunque los habitantes de la capital saben con cierta incertidumbre que fuera de las estaciones no se ha empezado  ni tan siquiera la contratación de los terrenos para la ampliación de la vía principal. Y con certeza sí, que fuera de aquellas estaciones, sólo se puede ver una vasta zona maltratada que hiere la visión.

Es sabido por todos los habitantes de la ciudad  que  la estación principal está rodeada por todos los puntos cardinales posibles de desiertos imposibles, y  más  allá de los límites, por un infinito mar de pantano y de niebla que sumergió hacia tiempo un poblado. Todo esto se ha convertido  en una leyenda y hasta incluso se recrean  cuentos sobre el episodio.

Las estaciones son solamente puertas de entrada a esos impenetrables desiertos que muchos se atreven a visitar, conocer y poblar.

Alrededor de la estación principal hay tiendas de artesanías, un restaurante llamado “La Tienda de Paco”, un pequeño parque de recreación para los niños donde se distribuyen golosinas y globos de colores, y un puesto de información permanente custodiado por dos agentes de policía y atendido por una secretaria miope. Y vallas publicitarias de productos de diversa índole. Además todas las estaciones están  rodeadas por alambres de púas electrificados. Asimismo custodiadas por comandos de seguridad y administradas por el personal del Ferrocarril.

4

Entonces me armé de valor.

Y después de mucho caminar por inacabables sendas que no conocía se abrió ante mí el claro del bosque entre la estación ferroviaria construida antaño por los negros esclavos de África.

En la estación me encontré con los despavoridos rostros de los forajidos, de los comerciantes y de los turistas: caricaturas movedizas de los viajeros; salidos de los montes y de sus caminos gravosos, de los alcores y de las isbas de Cielo Roto, y que se amontonaban y emergían astrosos a formar la algarada en la estación.

Mi pecho estaba  sofocado de fuga.

En la lejanía se escuchó el ronco silbido del tren que se acercaba velozmente por los raíles renegridos.

La multitud de pasajeros se agitaba entre gritos y exclamaciones, movida por la ola del desespero del abordaje. Aumentaba visiblemente la conmoción a un segundo ronquido del tren por la vía oscurecida.

Los pasajeros estaban impacientes, soportando heroicamente  la turbamulta enajenada, algunos desesperados por la fatiga

Y el tren se acercaba por los villorrios apagados de la noche, con su atronador y picante rugido en la distancia.

Aumentaba considerablemente la masa de seres que provenía de los mangles.

Aunque nadie alcanzaba a divisar la descomunal máquina, los viajeros parecían agitarse más y mucho más en la conformidad de lo que nunca llega.

Tronaban voces entre el viento neblinoso entrando a las gradas de la estación.

Las montañas polvorientas y agrietadas temblaban al estruendo del lejano tren o al contacto del viento morado de la noche.

Un hombre de rostro asqueroso, llagado de úlceras y viscosidades, que estaba a mi lado, me preguntó en una vieja lengua:

– “¿Quis est?”.

Yo no le respondí.

No le agradó al hombre astroso que lo ignorara. Ahora tenía el hombrecillo unos ojos de mermelada derretida.

Y cuando volvió a rugir el tren, el leproso hombrecillo se lanzó hacia la zaragata renegando lenguas funestas mientras los pezguatos se golpeaban por alcanzar los oscuros y funestos vagones del tren imposible que los conduciría a la fantástica Ciudad Central.

Enturbiado, creyendo que era inútil aquel abordaje, poco a poco me fui alejando de la enloquecida trifulca de la riada en la estación.

El tren volvía a rugir en la lontananza sin fin, se acercaba con sus vagones garrapiñados de turistas, imposibles de arribar a la estación, donde esperaban los enloquecidos viajeros arrojarse sobre él cuando llegara.

Cobraba el gusano metálico una lejanía infinita entre más quisiera acercarse.

La multitud en la estación reventaba en globos de sangre, a la espera de un tren imposible en la noche pegante.

5

Amaneció entre la neblina.

La luz brillando del día que nacía entre coros de pajaritos invernando invadía los alrededores con una transparentada calidez que hería mis ojos.

El viento sacudía los ramajes de los arboles del camino.

Allende se cruzaban los límites de las cumbres disueltas: espantosos desiertos  donde amotinados nidos de víboras gigantescas colmaban las arenas. Y más allá de las dunas sabía que estaba la ciudad por la que tendría que luchar por llegar.

Escuché en el aire un fuerte rugido aéreo.

Un avión cruzaba el cielo, estruendosamente. Me subí a un montículo de arena y agité los brazos al aire, para que me reconocieran.

Pero la nave siguió su curso indiferente por el firmamento.

La luz del sol no me dejaba ver con claridad el avión que se perdía entre el crepúsculo.

El gigantesco pájaro metálico se perdió en la infinitud del día.

Me alimentaba de hojas y semillas esparcidas por el viento y del agua que brotaba de las peñas.

Hallé en los agrestes caminos, cadáveres de animales: vacas, pájaros, serpientes, una gaviota que devoré insaciable.

Continué caminando, hasta hacerme un hombre enclenque con el semblante escuálido y descarnado, y mi mirada estaba increíblemente extraviada por los alrededores.

En los senderos encontraba restos de aves, de hombres y de mamíferos expuestos a la furiosa fuerza de los elementos de los médanos.

En las noches tenebrosas sin luna, dormía en las cavernas medanosas formadas por los simunes que traía el horizonte, resguardado entre las hiedras como un animal, arropado por vestidos ya hechos jirones, pero aun así, por fin podía descansar y sentirme libre de la persecución de mis enemigos.

En constante peligro la pelmaza constitución de mi vocinglero cuerpo.

Pero me sabía en el camino correcto hacia la magnífica ciudad que se ocultaba más allá del horizonte entre un hálito de niebla lluviosa.

En aquel juvenil destierro no menguarían mis fuerzas para continuar.

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