Sonrojo y humildad. Autor: Cala

Aunque esta no sea, únicamente, mi historia, me estremezco  al recrear aquella escena y deseo contarla.

La tarde caía y algo ocurrió en mí al escuchar aquella voz. Recuerdo su tono mezclado con otras voces, y le veo a él; armado con aquella sonrisa que desarmaba.  Miraba  de través a la lejanía, intranquilo; y se percibía que sin tiempo que perder.

Desequilibrado por las prisas, detrás de mí; casi a mi lado, el cuerpo le oscilaba hacia adelante. Febril y sonrojado, debatía su cuerpo  contra el aire anunciándole que quizá  le persiguieran. Un metro noventa largo disputándole a la gravedad un sitio acorde con su zancada con su paso largo; largo de sueños, de escasez; la llevaba escrita en la ropa y los zapatos, y de humildad; rezaba en sus ojos negros como una plegaria en antesala  de  desamparo…; y todo esto descontrolado se venía hacia mí.

Yo no pasaba casualmente por allí, como tampoco él; pero esto yo aún no lo sabía; él no hubiera reparado en mi al pasar, salvo por sus trompicones ahora  convertidos en un Sunami embravecido. Segundos después, de esta primera y delicada impresión, supe que pretendía en aquel momento, como saberlo mientras ocurría; si todas mis fuerzas se aglutinaron en esquivarlo. Vivías, respirabas, sudabas, eras una  tromba que corría sin control, y lo hacías hacia mí Tahifa.

Sin mucha escapatoria de salir ilesa y, a pesar de eso,  esperaba ser liberada por alguien, o algo,  a tiempo y antes de caer  al suelo. Por esa razón, cuál fue mi reacción- acción ante tal mole, que parecía pasar desapercibida a la rutina de aquél escenario y a sus viajeros; a pesar de mis grotescos escorzos; desequilibrio, asombro en el rostro, languidez en la colocación de los brazos y en la mirada, cual podía ser, la más natural; moverme para echarme a un lado.

Me encontraba en ese momento en el extremo del aeropuerto  Internacional Cape Town de Ciudad del Cabo. En una de sus cinco terminales; en  la terminal de Llegadas Internacionales. Con las últimas reformas, debido al aumento del turismo, prácticamente no lo observe a él  con demasiada precaución en un principio;  más bien me galopaba la mirada hacia las personas que circulaban fieles a su plan de viaje. Lo hacían de forma inocente y rutinaria, caminando de una terminal a otra; solo una de ellas cuenta con pasarela,  para nada deseaban ser embestirlas  con mi sonambulismo improvisado, pensé, tampoco yo.

Estaba impregnada en esta tarea y, esperaba la musiquilla anunciadora del vuelo que traía a mis hijos de  Johannesburgo, cuando  tuve la plena seguridad de caminar con un pie descalzo. El traspié, de tanta peripecia, sorprendió a mi zapato y deslizado, cayó al instante  del pie al suelo. En este laberinto de  baldosas movedizas y una posible e importante caída,  presencie  un encuentro de cine.

Una voz comprometida y sollozante, gritó tras de mí: Tahifa, Tahifa, Tahifaaa… Tan magnífico tono impresionaba, y en un segundo se incorporo a los hechos. Mi sensación de peligro se trasformo en desconcierto, tanto que me olvide de mi propio lamento y el miedo que pasaba en ese momento, y pude adentrarme  en la escena familiar para al escucharla recobrar el aliento.

Su musicalidad me sedujo y trasformo hasta hacerme palidecer. Así lo valoraron, mis amigos, a juzgar por las expresiones de preocupación que, según  ellos, desperté en la gente.

No esperaban ese voceo tan próximo, imagino, ni su trasparencia atravesando los tímpanos, ni esa fuerza, que dulcemente se dirigía hacia aquél hombrón mientras él se precipitaba hacia mí. Yo tampoco.

Caí en la cuenta de mi posible derribo, si no lo remediaba, y recordé en lo que estaba cuando la voz de la mujer me distrajo   “gira sobre tu espalda” volví a ordenar a mi cerebro, y al volverme la vi… ¡Qué guapa la cara que estrello su eco delante… bueno, detrás de mí! Vestía su cuerpo ágil y delgado con una rebeca celeste, muy sencilla, e imponía, a pesar de eso,  su presencia generosamente,  su pequeña estatura se agitaba compulsivamente, como si quisiera apurar, en ese punto del aeropuerto Cape Town,  el gozo, o la mejor diversión.

Ese rostro fresco, y abundante de color, le dirigía a su hombre su voz y sus brazos. Escurriéndolos, le cubrió los hombros con ellos,  y enseguida los transito por todos los rincones que le separaban de él. Este, cada vez más abatido, aletargado, excitado   e intranquilo, se debatía con su centro de gravedad, con ella, y conmigo para no aplastarnos en su caída.

Vi que era  su hombre nada más observar al grupo de jóvenes arrancados de la madre voluntariamente, y, a juzgar por el parecido con los chicos; jubilosos y abrazados a el lo anunciaban sin palabras. La misma fuerza en la mirada; la misma ansiedad reflejaban las pupilas del africano que las oscuras y profundas expresiones de los cuatro muchachos emocionados y frenéticos de felicidad.

Afortunadamente conseguí por fin, y con sorpresa en la voz hablar para decir hay, tras un pequeño roce en la planta del pie descalzo con un objeto minúsculo, y echarme a un lado ya totalmente. Deseaba abandonar gustosa el protagonismo de ese alborozo familiar, pero solo lo hice por un momento.

Complacida y sonriendo me emocione, era tan escalofriante observar el placer pleno, en esas miradas fundidas unas en otras, que me despisté de la increíble visión de las numerosas manos agitadas, bocas, lágrimas, risas, sollozos, cuerpos… formando una gran esfera familiar, que rodaba, y rodaba por los suelos de Ciudad del Cabo. Parece ser, cuentan  mis amigos, y algo he visto yo gracias a las fotografías;me las mostraron después,  que tanta efusión termino con la familia abrazada en el suelo y rodando, por el.

En esos momentos, entre llorosa y emocionada, solo contemplé algo pequeño, salía despedido del bolsillo de su dueño Tahifa,  y llegó a mis pies, casi como le ocurrió a él conmigo poco antes.

Lo vi pasar delante mis zapatos y lo tome del suelo. Un librito muy gastado llamo mi atención hasta el punto de hojearlo indiscretamente. Mis sentidos cuando lo vieron pasar, se fijaron en su forma y me alertaron.

Desde mi altura podía leer en su pasta marrón “Pasaporte”, impresionada, decidida a ayudar;  y suspirando por desterrar mis  dudas lo recogí, y de un vistazo husmee en sus primeras  páginas. En ellas pude leer: Nacionalidad: Surafricana. Lugar de nacimiento: Ciudad del Cabo Nombre: Tahifa. Edad: 41 años. Visado en: Ciudad del Cabo- Madrid- 6 de Enero de 2000.

Con curiosidad aparente, seguí leyendo el matasellos de la página siguiente donde aparecía, visado en: Madrid- Ciudad del Cabo –14- de Febrero de 2013. No hacía apenas un día de esto. El venia de España. Esto me hizo comprender, según el visado venia de Madrid… trece  años después de marcharse de aquí, de Ciudad del Cabo.

Efectivamente escuche bien, Tahifa, era el nombre que la mujer desbordaba por su boca y que aquí aparecía como  su nombre propio junto a su fotografía; volvía a reunirse con los suyos en su país y el mío después de tanto tiempo.

Los observe. Continuaban siendo muy pobres, sus ropas muy gastadas y recosidas, en  las mangas y los bajos de los pantalones de los chicos, lo mostraban; ellos parecían mejor arreglados, igual guardaban con esmero el mismo vestido de su despedida trece años atrás. Pero en su pobreza, se les sentía una  familia  unida y seguramente, una pareja  muy enamorada; lo decían  sus abrazos y sus  largas miradas, desvanecidas en los ojos el  uno del  otro.

Gustosamente, tras recogerlo y repasarlo, se lo devolví a ella, y con una sonrisa de complicidad  y un, entrecortado por la emoción,  “bienvenido a casa Tahifa” le hice un ademan de amistad a él.

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