Medellín. Autor: Fran Nore

“Con los que viajo, sueño…”

Víctor Gaviria

  Todos los domingos salía a pasear por la ciudad.

Era Medellín en ese entonces, una austera ciudadela perdida entre insalvables serranías, un extenso y grisáceo poblado de callejas interminables, callejones y autopistas infranqueables, bulevares y tabernáculos envueltos en un olor a incienso barato y a pútridos sándalos. Refugio de políticos desmedidos, de burgueses homéricos, de ladrones y usureros de noble jerga, de curas evangelistas y de monjas in confesso, de mendicantes y de enloquecidas romerías de mujeres lucífugas entre risas disimuladas. De calles nobles y de muchas calles miserables donde se respiraba el sórdido idioma de marginalidad.

Caminaba por entre aquellas calles de dudosos relieves, casi geométricos.

Encontraba por las calles a unos chiquillos  jugando a la guerra, lo que me desapasionaba terriblemente.

Recorría aquellas calles desencantadas, pareciendo un bandido mirando con un visillo de inquietud. Escuchaba más estallidos pavorosos de los revoltosos conspiradores y me sentía invadido de terribles emociones y pensamientos atolondrados.

Descubría a las viudas que huían y a los despavoridos hombres heridos borboteando sangre como animales destazados por entre los arbustos de las verandas.

Se incendiaba mi curiosidad que iba y venía entre  funestas señales de devastación, encontrándome también con los recios semblantes de los guardias policiales vigilando desde los vivaques. Sobretodo encontrándose con los rostros de los civiles abandonados en los andenes de las casas también despobladas.

Por esas callejas amoscados rostros vigilantes por entre las rendijas de los muros de las casas.

En la calle, compraba caramelos de chocolate a los comerciantes modestos.

Sonaban las bocinas y rechinaban  las ruedas metálicas de los tranvías entre los rieles.

Estaba  sutilmente contento, pero también inquieto.

Avanzaban los tranvías guiados por una infinita carrilera y cada vez se alejaban más del centro de la ciudad, perdiéndose entre las brumas del atardecer, y allí daban vuelta, y en otro deslizamiento se curvaban las maquinas como gusanos elásticos.

Entre mis inquietudes estaba el perderme  en mí mismo, como ya me había ocurrido varias veces.

Me sentía como un fugitivo.

Cuando tomaba el tranvía para llegar al hotel de turistas, a mi lado viajaban obreros y amas de casa con sus chiquitines alborotadores.  Después  se escuchaban los ruidos de sus rondas y el sonido de las bocinas del tranvía que huía de la ciudad.

Estaba turbado, no quería escuchar nada, sólo sentía un espasmo que me rescataba de mis atribulaciones.

Todo el panorama cobraba un aspecto embrujado.

Estaba impresionado con la belleza xerofítica y marciana de los paisajes de la ciudad que dejaba atrás el tranvía.

Se abrían a la vista terrenos amarillentos con vegetación espinosa que brillaban bajo el cielo azul oscuro.

Los árboles espinosos formaban figuras bastante inusuales.

Mi incomodidad entre todos los pasajeros era evidente y la ansiedad de mi impaciencia por llegar a mi respectivo destino.

En el camino hacia el hotel de turistas encontré mercaderes y viajeros de todas las ciudades del país, de todos los barrios de la ciudad y de todos los lugares del mundo.

Había estado preocupado, invadido por premoniciones aciagas.

Me parecía que la vida en la ciudad era un establo de reglas estúpidas que no hacían sino desorganizar cada vez más todo. Aunque trataba de alcanzar un poco la noción y las normas del orden y la disciplina, sin embargo seguía prefiriendo la vida disoluta, libraba en mi interior la apatía que me resultaba vivir en ese hotel de turistas. Además porque se me acababa el dinero. Y así pude vivir  maldiciente un tiempo, que palpitaba angustioso dentro de mi corazón.

Fueron tiempos difíciles que despertaban en mí hondos sentimientos. Desfallecido por una antigua herida en mi interior desde años atrás, hastiado como una figura enrarecida.

Parecía refugiado en una postura temblorosa y con los ojos vagos pero musicales,  extendía mi mirada desde lo más recóndito mientras un hálito fantasmal me sacudía el cabello.

Todo en mí, era de cierta manera dulce y triste.

Ahora toda mi vida quedaba atrás del camino y estaba solo y me sentía desamparado y  confundido. Pero estaba seguro que alcanzaría mi propósito de llegar a los sinfines de mi ser.

Después asomó la naciente luna por el cielo lejano  bañando mi cara de una tristeza ceremonial.

Era la ciudad de Medellín, un fortín, una gigantesca fortaleza donde podía aguantar los embates del desaforado destino.

Y para dilucidar mi penosa y delirante situación, concluía para mis adentros, con alivio protector: “Nada malo puede ocurrirme ya”.

Para mí fue fácil acostumbrarse a la vida citadina de la fantástica ciudad de Medellín.

Todos los domingos solía salir a pasear por la ciudad donde sólo era un desconocido.

Quise escribir un diario personal, donde recreaba a mis insomnes amigos y a mis queridos parientes, sobretodo, para conservarlos en mi memoria, algo así como un tratado, donde también explicaba: “Cómo curarse de la crisis económica en una ciudad extranjera y no desintegrarse en el intento”.

Aun así, en las noches más frías de la ciudad, me invadían los recuerdos atormentadores de mi vida pasada, entonces no podía evitar entristecerme r desafortunadamente.

Una noche de relámpagos estrepitosos sobre los rascacielos de la ciudad, tuve pesadillas con lo que anteriormente me había sucedido en la cárcel, en el pueblo con la muerte de mi padre, en las aisladas montañas, en el pasado.

Soñaba que me reencontraba con el espectro de mi padre en un lugar indefinido.

Pero luego descubría alterado que ya no era el mismo hombre, sino un fantasma del pasado desfigurado.

Mi difunto padre se presentaba ante mí, sin manos y sin pies. Y me sonreía sin afectación por lo que me sucedía, tampoco parecía amoscado. Y me sobresaltaba tan macabra esa infortunada pesadilla, hasta hacerme llegar a elucubrar formidables lagrimas.

Entonces como un destello cruzando por mi cerebro, concluía que definitivamente yo también estaba muerto, no sentía latir mi corazón dentro de mí y su lucecita pronto se iría apagando convirtiéndose dentro de mi pecho en una nébula donde todo era undívago e impreciso.

En un comienzo creí que era un desvarío provocado por la ausencia de todos los seres queridos.

Y esto de igual forma me sobrecogió terriblemente.

Esa noche sentí que de veras mi mundo se había derrumbado ante mis propias narices. Y rogué a Dios que me permitiera vivir en esta ciudad. Y que me fuera permitida la senilidad de mi tiempo terreno, que pudiera convertirme en un personaje adorable y adorado por todos, para mí esto representaba el ideario de mi existencia, aunque todavía me atormentaba irremediablemente el pasado. Lo único que quería era borrar esas alucinaciones de mi mente.

La espera de resurgir de mis extintas cenizas era tan poderosa que eximió todas mis últimas fuerzas hasta el desperdicio de las horas, quizás porque ya estaba cansado de ese ajetreo cotidiano que me desgastaba, entonces nuevamente languidecí hasta quedar exiguo como una estatua demolida, en un doliente estertor abandonado al mundo que siempre me condenaba a la huida, al viaje, a la errancia.

Luego volvieron las noches en que con el corazón destrozado recorría los pasillos del hotel de turistas,  como un loco excitado.

Carecía de fuerzas para echarme solo contra el mundo.

Me sentía profundamente indignado con toda la gente de la ciudad paisa, sus  secretos intereses eclipsaban mi nobleza.

Pero, en definitiva, no sabía a quién acudir para que me ayudara.

Pensé en mi prima Fulgencia, tal vez escribirle una carta, pero me pareció inadecuado involucrarla en mis  asuntos que no le concernían.

Imaginaba tantas soluciones en mi ferviente cabecita, que incluso sabía que podía irme a otra ciudad, a otro país, empezar una nueva vida.

Pero  las cosas por aquí con los habitantes no funcionaban de esa manera, y  había que conservar la calma y la prudencia.

Desistí  de mis arrebatos y de mis impulsos de irme de la ciudad, de abandonar el país.

Entonces comprendí que mi vida estaba signada por la pérdida y por la tragedia.

Y quería que me venciera un sueño interminable para no preocuparme por todo lo que me preocupaba.

Sólo podría decir:

“Soy un hijo perdido que retorna a vivir acá, pobre y miserable, gasté todo mi dinero  en viajes inútiles”.

Me mortificaba con esos  horribles pensamientos.

Luego en los parques de la ciudad se armaban los aquelarres nocturnos.

Fulgía el breve amanecer entre las frondas de los árboles nebrisenses.

Vagué por los profundos corredores del hotel de turistas despoblado a esas horas de la mañana, por los solitarios salones salían los vigilantes a dar su vuelta de turno.

A mi habitación  entró una aseadora, escuché un leve ruido de pisadas.

– ¿Quién anda ahí?

– Señor, vengo a arreglar su habitación.

Era una mujer bonita.

– ¿Cómo te llamas?

Pregunté, nervioso, al descubrir su bella silueta.

– Cristina,

– Qué bonito nombre.

– Gracias, señor.

Ahora sacudía el resquicio de los entredoses.

Luego salió de la umbrosidad de las figulinas.

Me quedé solo.

Pensé que ya no podía seguir en aquel hotel, y que debería empacar de nuevo para volver a irme,  me iría de Medellín y llegaría quizá al exuberante Caribe a vivir con  una manada de negros aldeanos, a los que con gusto patearía sus traseros.  Irme para El Caribe, en definitiva la tierra que más me gustaba. Me entusiasmé de ir a las playas caribeñas.

Flotaba sobre el aire de la habitación un olor a cigarrillo proveniente de los pasillos del hotel.

Sobre la ciudad hacía una noche abstracta.

Me contuve de pensar más en las cosas y en las situaciones negativas.

Invoqué a mi padre.

– Padre. Soy tu hijo que espera ser feliz en alguna parte del mundo…

Era la ocasión de pedirle favores.

Pensaría en irme a una ciudad caliente, tal vez Santa Marta, Cartagena de Indias, un lugar donde escuchara a la gente divertirse y escuchar también  canciones alegres  de música foránea.

Cuando salí de la casa de mi difunto padre, allá en el pueblo, no sabía adónde ir.

Pero en el trayecto encontré los campamentos de los leñadores y obreros que construían El Ferrocarril.

Allí me recibieron y me brindaron comida y alojamiento algunas noches. Luego pasaron los días y cómo no podía quedarme allí me enfilé hacia la ciudad.

A varios kilómetros estaban las nacientes estaciones ferroviarias.

Pero estuve muchas horas, errando solitario, observando bellos valles, conociendo pueblitos serranos que se abrían en la distancia paisajística.

Caminando como un residual ser, los que me veían pasar por los caminos murmuraban de mí.

Las murmuraciones no se dejaron ni por un minuto esperar.

Y ya en los pueblos y en las veredas se hablaba de un viajero desquiciado.

Decían que se me había metido en el alma un espanto, por la cara que tenía, que sufría de las mismas alucinaciones de los turistas extranjeros locos de frenesí contemplativo.

Y sí, lo confieso, me embargaban pesadillas.

Luego enfermé y me recogieron los campesinos de la región.

Me descubrieron por casualidad una tarde tirado en la hierba húmeda de un valle florido, después de varios días a la intemperie, sumido en el sueño de las contemplaciones.

Era tan magnífica toda la naturaleza de esos campos atrayentes alrededor de Medellín, que quedaba maravillado, extasiado, encantado de inmersiones próvidas.

En muchas ocasiones, me ocupaba el tiempo en un sonámbulo desvarío, aullando o chillando como un animal, corriendo por el campo.

Yo no cesaba en mi búsqueda de la felicidad y viajar por toda parte era una experiencia fascinante que copaba todo mi tiempo.

Ahora lograba llegar más allá de los valles del Aburrá y sus alrededores.

Después transcurrieron los días y mis encuentros con los campesinos, con la gente humilde de la región, eran cada vez más fraternales. Eso empezó a aliviar mis congojas.

Ya me sabía lejos de la venganza de mis persecutores.

Sin embargo, de estar tan expuesto, yo tenía la apariencia de un bacalao.  Rogaba  a Dios para que me diera siempre fuerzas de seguir el interminable viaje de mi vida.

Es América, en sí, un continente apasionado.

Alguna vez tropecé con una mujer que iba con su valija, sola por el camino hacia las estaciones del Ferrocarril.

– ¿Por qué estás tan triste?

– ¿Quién eres tú? No sé quién eres, ¡vete de aquí!

– ¡Pobre mujer! ¿No sabes que llevamos el mismo camino?

La voz de la mujer era estentórea.

Yo no permití que me amedrentara.

Le propuse que viajáramos juntos y echamos a andar un buen trecho.

Ella se embelesó con los paisajes y yo canturreaba canciones mientras ella hablaba de lo bonito de las estampas.

Estaba como en la tontina del encanto.

Con aquella desconocida anduve por muchas partes.

Al fin le pregunté cómo se llamaba.

– Me llamo Mirta. Soy chilena.

Era una mujer radiante. Con unos grandes ojos verdes.

Aletargado a su lado me echaba a correr por los valles encendidos de flores vistosas, y ella también me perseguía lanzando clamores de alegría.

Nunca viví unos días tan felices con nadie más.

Alarmados por nuestros gritos de felicidad, vinieron a nosotros algunos residentes de las veredas campesinas de los barrios de la ciudad, a averiguar  qué nos sucedía, entonces nos encontrábamos Mirta y yo con las caras extrañadas de los aldeanos,

Nuestros  aspavientos de alegría viajera los alertaban.

Pero nosotros simplemente seguíamos felices riendo.

– ¿Y qué te trae por Medellín?

– Solo quiero conocer, abandoné mi país hace dos semanas. Soy de Santiago.

– ¡Ah, ya!

– Me tiene fascinada Colombia.

– ¿Te gusta este país?

– Me encanta. Todo lo que he visto es de mi agrado, la gente es maravillosa y los lugares simplemente fantásticos.

– ¿Habías venido ya antes?

– No. Es mi primera vez.

– ¿Tienes parientes en Colombia?

– No. ¿Y tú?

– Sólo una prima que se llama Fulgencia.

Ella se rió.

– ¿Fulgencia? ¿Qué nombre es ése?

– Uno tan raro como el de Mirta.

Le respondí y ella continuó riéndose  sin poder detenerse.

Ella preguntaba en vez de responder a mis preguntas.

En verdad no sabía quién era esa mujer tan simpática y maravillosa.

Entonces Mirta me  explicaba todo lo que sucedía en su país, las dictaduras y cosas así, la represión y el desempleo, todo referido con voz hueca.

Desde mi huida del pueblo y de la casa y de mi extravío por los caminos de las montañas, de mi viaje y errancia  por los bosques y serranías, nunca había encontrado tan encantadora acompañante.

– ¿Y eres casada?

– No.

– ¡Ah, qué bueno!

– Bueno, ¿para quién?

Se reía tan mágicamente, que sus carcajadas me embrujaban.

– Pues… Para ti…

Yo también reía sin poder controlar un sonrojo.

La noche llegaba a envolvernos con sus mágicos telones oscuros.

Mirta  contraía las  cejas en su frente cuando se reía.

Conmovida se extendía a hablar conmigo, pero casi fogosamente, tratando de hacerme reír.

Yo  sospechaba que me seducía.

Vayamos al hotel de turistas.

No sabía qué sentir con certitud ante la inesperada presencia de la hermosa turista chilena.

Nudos de palabras atosigaban  abrasantes  mi garganta.

Luego de que Mirta se marchara para la ciudad de Bogotá, yo quedé como un ave de funesto vuelo, con las alas rotas.

Permanecía abotagado en la ribera del río Medellín. Sin querer hablar.

Y volvían a mi mente las reminiscencias de aquellos enloquecedores días en que la bella chilena Mirta se preocupaba por rescatarme de la tristeza.

Ahora los  valles y los ríos, en sus lapsos de delirio y locura mística, me dejaban desencantado.

Pronto la mujer abandonó Antioquia y se fue para La Capital.

Yo permanecía en un silencio profano. Me rehusaba a hablar con los campesinos, que eran chismosos, cuando de vez en vez me encontraba con ellos en las plazas de mercado que transitaba, comprando algunas fruslerías.

Y por los otros pobladores de los barrios y de las comunas, de las veredas y de los caseríos, parecía sentir repudio en una conducta a veces despreocupada.

Pero la verdad todo esto me lo supuse, y no me importaban mucho las cuestiones de los habitantes de la ciudad, o de lo que pensaran sobre mí, además por que en definitiva la bella Mirta no estaba ya conmigo y seguramente no volvería a verla.

Entonces volví a estar  inmerso en mi interior agobio. Tan distraído, tan sofocado de abstraída derrota.

Cuando me pude recuperar un poco de mis debilitamientos y fracasos, los pobladores, parecieron consolidar conmigo su simpatía. Me asediaban por todas partes, por las plazas públicas, por los caminos hacia los barrios y los pueblos antioqueños,  por los valles florecidos, a veces hablaban mucho y en otras ocasiones se mantenían frente a mí embargados por un silencio solemne pero aterrador, que lograba suscitarme risas.

A todos nos unía este viaje de la vida, sin dudarlo.

Pero yo estaba seguro que Mirta, en sus más recónditas entrañas, era incapaz de amarme  y entonces no podía albergar esperanzas.

Ahora me condenaba a mí mismo por la muerte de mi padre y por el abandono de esa mujer fascinante y alegre.

En todas las calles de la ciudad sentía que hervían chismes sobre mí.

Me encontraba alrededor del fuego del dolor, el dolor del abandono de Mirta y el de mi padre.

Ella, tal vez, hubiera transformado mi mundo en un torbellino de sentimientos embellecedores, pero ahora el desgarro giraba en torno a mí, haciendo que mi intimidad más lubrica y amorosa se desgarrara.

Mi  alma  alcanzaba los miserables ánimos morales que me invadían de agobio.

Supuse que mi comportamiento desbordado era lo que me impedía ser feliz en mi viaje alocado por el mundo.

La conducta del amor.

Luego a todos los que estaban a mi lado,  los había perdido.

Era la memoria mi única forma de revivir el pasado, suplantando todas las imágenes como si las trajera el viento sobre mi cara, perfectamente.

Pero  estaba vivo y muerto, al mismo tiempo, que era lo correcto.

La amenaza del sufrimiento total me haría sucumbir en un lelo y relapso estado de ansiedad.

Confundí los espacios y las identidades.

Me confundí en mis territorios humanos, y ahora la soledad y el dolor sin fosilizar acabarían conmigo.

Me sonreía, sin fuerzas, tímido y enojadizo, ágil para viajar por los senderos de los valles antioqueños.

En los pueblos y en la misma ciudad bullían intensos comentarios sobre mi desvarío viajero.

Pero mis buenas intenciones siempre me salvaron de la depresión.

Volvía presuroso a las postrimerías de los pueblos, de las comunas y de los barrios alrededor de la ciudad de Medellín, o al hotel de turistas en el centro de la ciudad,  pronto a recuperar mis espacios perdidos. Pero en definitiva quería irme a vivir a una ciudad o un territorio donde el sol ennegreciera mi pálida piel.

No era un hombre adinerado, pero tenía suerte al viajar.

Cuando viajes sólo lleva en tus maletas un montón de promesas de amigos.

Una gran sonrisa en definitiva era lo que quedaba entre mis labios.

En los  valles alrededor de la ciudad extendida de concreto, las  noches arreciaban con silbidos infrahumanos.

Salía a la noche a cantar canciones festivas desde el balcón del hotel, para que citadinos se despertaran con mi canto y se unieran a mí en las fiestas de amanecida.

Además nunca me dormía tan rápido.

Al día siguiente la resaca al lado de las riberas del río Medellín.

Las mañanas lluviosas de abril, arribaban a los montes encantados.

Por ahí deambulaba algún turista viajero que estaba perdido en el camino.

Yo tenía sólo veintisiete años y Mirta treinta y cuatro.

La diferencia de edad también puede ser la inspiración del amor.

Hubo un tiempo en que  empecé a escribir mucho, tal vez mis memorias, en un cuadernillo, entre puñados de letras desorganizadas, para aclarar mis pensamientos.

Parecía que estuviera redactando los dictados y dictámenes que me inspiraba la memoria, las normas necesarias para subsistir en medio de la gente de la ciudad.

Acaso sólo transcribía simplemente los diarios requerimientos de mi conciencia abruptamente sacudida por los acontecimientos. Pero, sin embargo, todavía me sentía abotagado con el desarrollo de mis desesperados viajes.

Se trataba de que me disciplinara leyendo novelitas o cuentos fantásticos, a escribir o a hacer dibujos.

Yo era  como un institutriz  o un maestro de escuela con  alumnos callejeros.

Sin embargo, seguía como un nuevo habitante más de la fantástica ciudad y sus alrededores sumergidos en un profundo sueño cotidiano, con mi vida aletargada y sufriente creciendo acelerada a causa de mis derrotas y de mis viajes fallidos.

Sometido casi imparcialmente a alentadoras inmersiones de ánimo moral.

Tal vez yo era un hombre desprovisto de codicia y de ambiciones, mi nobleza sólo me  alegraba a mí, a mi manera.

También creo que había envejecido considerablemente, tal vez por mis inadaptaciones.

Siempre había sufrido ataques de nervios que me mantenían alerta, atento y preparado para un inesperado desenlace.

Mi cara presentaba rasgos discontinuos, al transcurrir de los años, parecían cicatrices,   cada vez más pronunciadas.

Las reglas y los reglamentos en el hotel de turistas  en Medellín eran las pancartas de todos los días.

Entonces, ahora podía sujetar las invisibles cuerdas del destino y podía enrollararme  en ellas para salvarme de la desesperanza. Para ello era necesario que retornara a mí la felicidad  después de aquellas inmerecidas tragedias sembradas en mi pasado.

Pero todavía era un joven enjuto, con unos grandes ojos negros que hacían mi mirada fría y penetrante. Todavía era un errante de mi vida, un demiurgo, lleno de sopor viajero que se abrazaba constantemente  a la soledad,   de cara alargada y amarillenta, vestido con un atuendo convencional.

La inquietud que siempre atosigaba mis palabras y que mortificaba mis recuerdos, que descubría en mí secretos de mi vida pasada, de mis viajes por las montañas y por los pueblos de mercaderes, de mis travesías y permanencia por las ciudades y los  pueblos, secretos que ahora y siempre serían inconfesables. Pero mis secretos se reducían a travesuras de cuando era un adolescente inquieto,  y gustaba jugar inventando correrías y bromas.

Mi vida pasada cuando vivía en mi pueblo natal de Cielo Roto, con mi familia, envuelto en mis amores frustrados.

Luego terminaba recordando los nombres de antiguos amigos.

De nuevo tendría que volver a la errancia, irme de Medellín, una ciudad que en definitiva, tampoco soportaba.

El estado afiebrado de conocer Suramérica no menguaría mis ánimos de proseguir.

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