Desde las montañas hasta el Caribe. Autor: Fran Nore

1

ENTRE LAS MONTAÑAS

Soy un joven hermoso y apuesto, aventurero y mujeriego.

Ando muchas horas de la tarde por caminos infinitos, por sendas de montañas escarpadas y agrestes, expuesto a los animales carniceros que gobiernan las riberas de los riscos y los altos montes, a las serpientes trepando los árboles frutales y sorteando los escondrijos de  las cascadas, sobreviviendo a los forajidos y traficantes mercenarios que sé que me observan ocultos entre las malezas de los senderos. Desde la lejanía murmuran  frenéticos y errabundos, desorientados en la distancia.

Presto el manto de la noche aborda el atardecer.

Ando y desando, por varios días, por entre caminos y selvas.

Salí de mi casa un amanecer en que el cielo era una gran llamarada rojiza.

Me dio la bienvenida el jolgorioso río, sus aguas lentas y monótonas; el viento matutino ahogando la visión de mis enrojecidos ojos, el sol detenido y pequeño en la distancia.

Las liebres saltaban y las iguanas  cavaban profundos túneles en la tierra cerca de las raíces de los árboles derrumbados, unos perros salvajes emitían feroces ladridos.

A poca distancia, divisé una cabaña entre las montañas.

La cabaña estaba escondida en el epicentro del camino, iluminada su rústica fachada por los rayos solares de la mañana, sobre los techos se depositaban gigantescas hojas y ramas, figuras invocadas  desde el viento. Las externas paredes eran de madera y sólo tenía hacia afuera una ventana.

Sobrevolaban las aves peregrinas.

Cuando me aproximé, a pesar de estar exhausto,  continué caminando el  estimulante trayecto.  Caminando hacia la cabaña, con la mirada cansina y una emoción extraña.

Escuché las voces del viento mortuorio.

La  cabaña entre las montañas parecía suspendida en el aire, ya sin alientos, sólo alcancé a descargar toda mi humanidad doliente sobre las gradas rocosas.

La frágil puerta de madera estaba abierta.

Entré y escuché voces.

Me adentré por la estancia y descubrí  un largo  pasillo que conducía a una amplia salita improvisada con canecas y tablas donde esperaba sentado un hombre que oraba.

Al verme, no se desconcertó.

– ¡Te esperaba!

– ¿Quién eres?

– Un mendicante.

– ¿Y por qué estás aquí solo?

– Te esperaba para que continuemos el viaje.

–  Pero, ¿tú, quién eres?

– Soy tu guía… Me he descubierto ante ti por mi terrible estado de infortunio y mendicidad, afortunadamente te brindaré hospedaje en mi casa. No debes exponerte a la mal sanidad de los caminos.

Los escuálidos ojos del hombre se posaban en mi cara  y en su rostro se descubrían cicatrices.

Pero seguramente también era un viajero.

Sus ojos brillaban como astros desvariados.

Le di las gracias por el recibimiento y el tener consideración por mi suerte.

Me dijo que podría tenerme dentro de la cabaña, pero que mañana temprano debíamos salir puesto que volvían los trabajadores a aserrar en el monte.

Finalmente se levantó de la silla de improvisadas tablas.

El amanecer corría despavorido por las ramadas entre brumas matutinas.

El viento gritaba,  hizo rechinar las tablas despotricadas del lugar.

Los rayos del sol mañanero penetraban por la fragmentada ventana, iluminando un poco el penumbroso ámbito de la salita donde el hombre asomaba invadido por los poderosos ecos del tiempo.

El viento revoloteaba por doquier, rompiendo las alas de la ventana, despotricando aún más los techos resquebrajados de la cabaña, desprendiendo de su seno aural las hojarascas de las ramas de los árboles, depositándolas por los suelos del pasillo humedecido y sobre los pocos objetos. El viento traía un fuerte perfume estiado.

Allá, en los montes, fuertes avalanchas de pedregones sacudían  la sofocante claridad de la mañana.

Al mirar hacia afuera, contemplé las borrosas líneas de los caminos hacia  los bosques invadidos por las cenizas fluviales de la noche pasada.

Una delgada llovizna caía sobre  los techos descuajados de la cabaña, por las paredes fisuradas y por el corredor hundido.

Desde los lejanos montes llegaban a mis oídos, voces y graznidos de cuervos peligrosos sobrevolando por encima de los peñascos volcánicos de las sierras mientras el cielo detonaba su legendario sol precipitado sobre las capas de la tierra, sobre las cascadas de arenas oscuras.

El monte poblado de sonidos fieros  e iracundos de bestias refugiadas, precipitando  las aguas discontinuas de los arroyos del río.

En aquel lugar emergía la cabaña de viajeros.

Las luces matutinas invadían  el penumbroso ámbito de la cabaña.

El hombre abría y cerraba sus ojos  impregnado de claras siluetas lluviosas.

A veces sentía que mi corazón alcanzaba mi garganta como si quisiera salírseme, desmenuzarse de una vez por todas ante el desmedido tic de mi tiempo terreno, entre tempranas palpitaciones.

Salí de la estancia tratando de alejar mi somnolencia.

Ahora, sorpresivamente, vi caminar hacia mí la extraña figura del hombre por la senda del florido caminito, creí que era una alucinación, pero efectivamente se trataba de una retraída figura humana por la senda del río.

–  ¡No me asustes más! ¿Quién eres?

– Soy tu reflejo que te llevará de viaje por el mundo…

En sus manos aparecieron especímenes de hierbas, a través del vacío gris refulgente de su mirada me fulminó.

Su rostro estaba descompuesto y quebrado por el transcurso de los años en que me esperaba, sus cabellos enredados y pelambrados por el tiempo, sus manos y sus piernas temblaban sacudidas frágilmente por el siroco, su rostro estaba ataviado de cicatrices y por eso no pude reconocer su senectud.

Su súbita presencia no aliviaba mi mirada.

Ahora se plantaba ante mí, oliente a yerbas silvestres, su mirada refulgía  mientras todo mi ser se estremecía de frío, lleno de asombro y de espanto.

Me alargó su mano y yo toqué sus dedos furtivos.

Retuve mis alientos, no me salían las palabras, sentía que mi corazón iba a estallar de  soledumbre y de amargura.

Traté de controlar y de retener mis emociones.

– He regresado porque esta es mi casa. –Le respondí al reflejo-hombre, somnoliento aún-. ¿Y qué va a ser de mí?

Moví la cabeza de un lado a otro, cobraba mi rostro un rictus patibulario.

– Vivir errante por el mundo.

Dicho esto, entramos  los dos a la cabaña, tomados de la mano, como los amigos que no logran  escapar de su presencia embrujante.

Los primeros días de mi regreso a la cabaña, adolecía de caminar ruidosamente por los alrededores, despertaba desde temprano mientras repentinamente entraba el amanecer.

Era mi reflejo-hombre, un ser fantasmal, con su negra, larga y descuidada capa sobre los hombros, sus ojos pequeños y puntiagudos, respirando a veces con dificultad.

Provocaba mi soledad reacciones desagradables.

– ¡Estoy delirando! –Me repetía.

Por la cabaña se podían oler los mortuorios perfumes de dalias cristalinas.

Me dolían  los ojos, inyectados de una infinita y simple tristeza.

Afuera, la lluvia que traía el crepúsculo de la mañana entraba a habitar con su liquidez la catastrófica estampa de la cabaña arruinada.

– ¿A dónde iré? –Me preguntaba sin atinar  a moverme, como paralizado y pálido, queriendo balbucir algo más-. ¿Por qué he vuelto? ¡No, no puede ser!

Daba mengua a la locura de mi regreso, sumergido en un charco de desecantes lágrimas,  conturbado ante aquella desolación.

El viento ondulaba entre mis cabellos. Mi presencia aquí volvía a ser tan imprecisa. Mi rostro estaba salpicado de picaduras de mosquitos.

Dentro de la sórdida cabaña se concentraban sombras de lodo,  en las riberas del río un silencio hechicero espantaba la corriente y ululaba un viento con su vozarrón de chacal.

Solitario fabulaba con silbidos estentóreos.

En el tiempo en que había vivido en esta cabaña,  estuve  reducido a la fatalidad, las cosas aún no habían cambiado, pero esperaba una nueva oportunidad de surgir como un hombre honesto.

La cabaña fue envuelta por la noche con sus negros tentáculos.

Un pájaro de mal agüero emitía cantos  en el alto tejado de la cabaña.

Al cabo de unos instantes, desviaba mi mirada rápidamente hacia el horizonte.

Todo en mí  había cambiado, así lo notaba.

Entre grandes zancadas desviaba mis pasos a la única habitación que tenía la cabaña.

Por los solitarios alrededores se escuchaba ese canto del pájaro infernal entre los latidos del nadir, el polvo del tiempo jugaba incansable entre el sepulcral relieve de las húmedas paredes y entre las rendijas del techo.

La fabulesca brisa de la noche traía consigo los ocultos bramidos de las bestiales fieras desde los bosques.

La noche existía en la distancia.

Me  encontraba tan solo en el silencio bullente de la cabaña. Mi  mirada se perdía en la belleza de los alrededores.

Pronto el nuevo amanecer devoraría mi  sombra penitente.

Trataba siempre de huir, y esas huidas me producían un terrible malestar, incluso cuando me sentía observado por mi gris reflejo de niebla avivado por la chispa  del desasosiego.  Ahora era solamente un espectro vigilante que perdía las horas.

En la penumbra solana de la alcoba invadida de  profundas marañas de moho, observaba durante intensos lapsos de tiempo cómo el viento con sus soplos aéreos mecía las ramas de los árboles de hilo. Pero como me aburría solo regresaba a lo habitual y usual: caminar por los alrededores.

Estaba apesadumbrado.

A veces bajaba hasta el río y cortaba de sus orillas diversas flores con las que formaba ramos.. Para alegrar mi ocio me lanzaba a los charcos a nadar un buen rato, o simulaba volar como una alondra por los campos corriendo.

El cielo destellaba entre luces lontanas.

Cuando estaba poblado de la escuálida sombra de mi reflejo humano parapetado a los cuatro muros  de la cabaña se agigantaban mis delirios.

En los bosques cortaba  la leña para el fogón, recogía los frutos de los árboles, de los mandarinos y los limoneros, picado de hierba y por mosquitos.

Caída la tarde, me sentaba  bajo las  sombras de los sauces del río, presentía que mi reflejo-hombre continuaba espiándome con el gris profundo de sus dilatados ojos de anacoreta difuso.

Ensombrecido, decidí partir.

¿A dónde iría?

El mundo entero espera a un solitario sorprendido.

Iría a todos los países que finalmente me acogerían. A lo mejor.

La vida que me era extraña me abriría  por fin los ojos  por los senderos del destino.

Presa del sopor, me refugiaba en la alcoba oliente a soledad, me aprestaba a iluminar  la penumbra con la temblorosa luz  de una vela.

La noche murmuraba entre  enloquecedores orquestas de despiadadas fieras a unísono.

Sabía que no tenía a dónde ir, entonces me resignaba a imaginar esos países que recorrería mi solitaria existencia.

Había sido una larga y penosa travesía por las montañas para regresar a la cabaña.

Al amanecer me dispuse a cargar mi gran equipaje con viandas.

Sabía que tendría que irme nuevamente, abandonar la cabaña, y seguir el viaje entre las montañas.

Me abrazaba fuertemente a esta felicidad de viajar.

Empezó un hermoso y ardiente verano.

Comencé a empacar maletas. Me causaba una fuerte impresión irme de nuevo, pero no quería quedarme solo en la cabaña.

Sentí el olor que emanaba la prontitud del verano y no me pude resistir a irme.

Ese amanecer, el claro horizonte invitaba a cruzar lo inimaginable del verano,  sus inhóspitas playas,  sus bellos y maravillosos paisajes de ensoñación.

Arrastré mis maletas y partí.

En el cielo se formaba un cono lejano de luz.

Este estado alucinante de viajar preocupó mucho a mi reflejo-hombre que volvió con los bebedizos necesarios para calmar esos síntomas de mi alma viajera y errante.

– No debes viajar tanto a la loca –se aventuraba a decirme,  cabeceando  hacia los lados y volviendo a hacer sonar sus pasos errabundos y erráticos.

Cantando se unió a mí un coro de diminutos pájaros azules, saltando entre las ramas de las verdosas palmeras. Y aunque cantaba atropelladamente, mi reflejo-hombre supo, por fin, libremente, mis tonadas de amor.

2

CARIBE

  Después de atravesar  los caminos invernosos de Antioquia, por fin arribé a las playas del Caribe.

Me paralizó la belleza de los rayos del sol cantando sobre la piel de los bañistas, inundando de risa a los niños jugando en las arenas calientes de las playas.

Aunque yo todavía mantenía ese semblante marchito y desolado, me sentí jovial. Y mi lúgubre aspecto se fue iluminando de a poco, encendiendo mi estado de ánimo.

Por  las playas  se escuchaban rumores  de alegría.

De súbito me invadió un entusiasmo  que me estremeció.

La algarabía del verano en crescendo me inquietó de dulces calofríos.

Tantos años sumidos en las tierras frías, viviendo envuelto en emociones nostálgicas, atristado.

Al amanecer hacía un sol rojizo y penetrante.

Anduve, sin rumbo, expuesto al inclemente sol, cuya luz brillante  hería mis ojos. Su luz no me dejaba ver con claridad los paisajes perdidos en la lejanía.

Los chillidos de los pájaros enloquecidos por el calor.

Mis  pasos recorrían  villorrios aldeanos, resguardos y campamentos rodeados por mar y playas boscosas.

Estaba expuesto a las estampas viajeras, comprando cremas y protectores solares, como un turista apasionado.

Con mi balaca  blanca en  el pelo, parecía un marinero, vestido para la ocasión,  unas sandalias con las que caminaba a  la medida de mis pasos, revolviendo las areniscas de los suelos.

Luego entonces marché a Cartagena de Indias, para olvidar.

Todo era tan hermoso en esa ciudad, tan colonial, la gente se reunía en los mercados y los enamorados se esperaban en La Ciudad Amurallada.

Ahora estaba tan lejano mi pueblo natal, sus valles y sus montañas y tan lejana la ciudad de Medellín.

En Cartagena alejaría mi destrozo y mi  depresión.   Crecería mi confianza en mí mismo, sana y alegre, y volvería a la belleza de la vida, de sus paisajes, de su gente, a la armonía, recompensa que aliviaría de una u otra forma la soledad que me agobiaba.

No me agradaba que los cartageneros me escrutaran los ojos, evadía siempre las miradas y los encuentros con los pobladores de la ciudad. Había crecido y madurado de esa manera, casi desdeñando todo lo que ocurría a mi alrededor en una actitud pueril.

Pero poco a poco, el ambiente de la ciudad fue modelando mi agria actitud prevenida. Y me fui entregando a la amabilidad de los habitantes de la ciudad, mostrando más accesibilidad.

Los otros hombres y mujeres de las barriadas parecían saber de mi misantropía, a veces cuando me encontraban con ellos en las playas, me acosaban entre risas y carcajadas, me preguntaban muchas cosas de Medellín y yo que ya no podía  molestarme les satisfacía sus curiosidades, pero aún así se  inquietaban demasiado y también cuando me resistía a complacerlos con sus interrogatorios me arrojaban flores y restos de caracoles.

Esos jóvenes morochos querían saber mucho de la cultura paisa y de su cotidianidad.

También me esmeré por transmitir mis conocimientos básicos de las regiones a la gente curiosa que se me acercaba a invadirme de preguntas casi inoficiosas,   en el desvelo por las necesidades de enseñar a algunos a no cometer mis errores.    Todo se había vuelto un lenguaje esencial.  Y para mí también fue como una especie de retorno al ritmo normal de mi vida.

El viento entraba a los pulcros bohíos.  Sus ráfagas sacudían levemente las hamacas donde colgaban los cuerpos de los negros expuestos al verano.

Empujado por los jirones de la brisa me sacudía revoltoso en las arenas de las playas, cuando estaba atrapado en el delirio del cercano mar que respiraba.

Yo compartía las mismas habitaciones con los costeños, para estar más pendiente del bienestar y cuidado de las tradiciones populares, algo que siempre me había llamado la atención.

Mi  habitación de hojas de palmeras en la playa era como el centro de un confesionario donde contaba y me contaban historias.

Y en las noches relampagueantes de calor, los costeños me narraban cuentos y  compartían conmigo canciones de mágica tradición oral,  hasta llegar a cantarines susurros que ahogaba la proximidad del amanecer.

Mientras tanto, los hombres apasionados y fiesteros y las falcónidas hembras de los otros bohíos, pregonaban, sedientos de pasión los amores narrados.

Yo,  en la agonía de la soledad, había estado dispuesto a entregarme sin pudor a aquella popularidad terrena, siendo todavía tan joven,  envuelto en las artes de hechicería de los nativos.

Los hombres viajeros, sobretodo los turistas, y también  aquellos pobres diablos de las barriadas no se podían resistir a todas esa cultura envolvente de La Costa Atlántica, poblada de seres de formidable esmero, deseosos de amor y sexo; y esto tenía alterados los ánimos entre todos ellos.

Pero ante los eventuales sucesos de infortunio que me habían estado impacientando, cuando supuse que mi vida estaba condenada a la extinción y a la mala suerte, permití con benevolencia que todo ese bagaje cultural y turístico se apoderara de mí.

La vida  en Cartagena de Indias  es simplemente un carnaval, mientras que en otras ciudades de Colombia es una estrategia.

Pero ya imaginaba yo que en Cartagena era diferente, como lo había creído desde un principio cuando viajé acá. Y nada de esto me tomó por sorpresa. Por el contrario, me adapté ligeramente a la vida que me brindaba sus calles y sus lugares coloniales, y todo eso por fin había cambiado a otra esfera más aceptable mis intenciones depresivas.  Pero aún así evitaba presentarme ante el público nativo  como un ser envejecido y enclenque, quería ser recordada por todos como un viajero y aventurero,  de fortaleza extraordinaria e intrépida, incluso en el tiempo  en que ya exento de las fuerzas de la vida, me sentía usurpado.

En definitiva, yo no  parecía darle rienda suelta a las preocupaciones de la edad. Me  sentía incluso más rejuvenecido, desde que había llegado a Cartagena de Indias, sabía que había brindado mi vida con sabiduría y benevolencia a todos los que me rodeaban, conocidos y desconocidos a pesar de mi estado litúrgico y fantasmal.

Emergían las retorcidas raíces de las palmeras caribeñas sembradas en la plenitud de las calientes playas, mientras las canciones de los nativos inyectaban melancolía al primitivo folclor del mar.

La música quebradiza de los costeños carnavalescos emergía ligera al viento.

Y giraban en torno a los juveniles e improvisados músicos y cantantes las parejas de bailarines de los bohíos aplaudiendo como cristalinas mariposas por la cálida playa.

Alguna que otra turista solitaria por las atardecidas orillas del mar, se rendía al trajín y al ritmo vital de ser perseguida por un amor pasajero.

Alguno que otro de los mozos galantes abordaba a una de las calandrias con propósitos sensuales. Y ella entre risas juguetonas iba a contarles entre secreteos a las demás  mujeres que aplaudían férvidas de fiesta.

Todos los habitantes de las playas cartageneras reían agraciados, cantando y bailando.

A las mujeres que como aves paradisiacas por las playas desnudas, se les notaba en el brillo de los ojos que estaban enamoradísimas de las ilusiones de sus hombres, de las súbitas y hermosas apariciones de los albatros migratorios, del viento como un hombre que les acariciaba los cabellos desenvueltos, del cantarín y eterno son del mar y sus olas dispersas hasta la profundidad de los oscuros precipicios fustigados por los temblores de la tierra embravecida. Las mujeres enamoradísimas de los embelesos y flirteos de los mismos hombres de los bohíos que eran intrépidos notoriamente entre ellos, y tímidos y acobardados, algunas veces, con ellas.

En la lejanía, detrás de las edificaciones, más allá de las avenidas de la ciudad,  estaban las comarcas, los barrios, los villorrios de los negros, las colonias extranjeras y los pueblos calurosos, la inigualable ciudad entre el inalcanzable mar pirata.

Todo un mundo que para mí era nuevo y que se abría nítidamente ante mis ojos en todo su extraño y fascinante esplendor.

Llegué a una choza ubicada en una playa exótica.

Una mujer se me acercó a venderme limonadas frías. Me recibió con su sonrisa achocolatada. También vendía galletas.

De pronto, escuché canciones festivas que narraban historias tradicionales de los amores de los nativos de aquella región.   Inducían  a los nativos a las danzas.

Sus historias significaban la religiosidad o el amor y solo existían en la leyenda popular.

Yo escuchaba atento y maravillado, a esos seres en esos lugares cálidos, inventando  tantos juegos, tantos relatos excepcionales que ocasionaban que mis sentidos viajaran a través de las crónicas  atmosféricas.

Me gustaba estar allí, abrazado al calor de aquella gente humilde.

Pero en la distancia sólo se veía el sol acaso blanco, como en un territorio agreste.

Se escapaban las mujeres de las cabañas atravesando los mangles a verme.

Yo trepaba las palmeras para divisar los barquitos elevados sobre las ondas del mar.

Se tostaba mi piel y era necesario aplicarme aceite de palmera,  atestado de ardor, bañarme en agua fría, y no exponerme más al sol.  Pero seguía  participando de la gente que quería ver el espectáculo del verano sobre todos.

En ese entonces yo era un muchacho apasionado, bronceado, arrojándose al mar desde  las peñas de los espolones.

Los rayos del sol me circundaban.

El mar frente a  mis ojos.

A veces me atrevía a entrar a las chozas.

Todos me miraban y yo miraba hacia el cielo, tendido sobre la arena de la playa.

Con los ungüentos naturales de los nativos los ardores en mi piel se evaporaban.

En los rostros de los nativos había rictus de desaprobación.

Se quedaban mirándome con recelo.

Luego movidos por fuerzas levadizas, me apretaban las manos. Pero aún así no dejaban de escrutarme, sopesándome.

Yo quería  entrar con todos a las chozas, enternecido, por sus semblantes radiantes, inundado de ardientes y copiosas lágrimas de felicidad.

Era un viajero sediento de aventuras, parecía supuestamente feliz y alcanzaba la enajenación propia de los embriagados, lanzando bromas y burlas parlanchinas a los nativos entre risas borrachinas, a los cuales les parecía natural que me desfogara de esa manera.

Pero siempre volvía mi mirada desconfiada y agresiva contra ellos mientras los escuchaba borboritar extraños vocablos de sus lenguas tradicionales.

Finalmente, cuando asomaban las primeras sombras de la noche, yo quedaba  como aturdido y me iba a dormir a la choza que me habían preparado las mujeres.

Fruncía las comisuras mientras agitaba los brazos en signos de diversión consumada, hasta la choza  de huésped.

Las distraídas mujeres sólo alcanzaban a sonreírme.

Pero no tenía ningún interés en decirles nada.

Y cada una de ellas  también prefirió retirarse a descansar a sus chozas en la playa.

Me quedé en la choza sumido en  cavilaciones.

Afuera, el cielo de la noche crujía.

Su oscuridad  invadía los alrededores con su calor caribeño  que hería.

Un salvaje orquestal de ruidos y silbidos extraños y confusos se escuchaban por los alrededores de las playas.

Desde la lontananza el viento arreciaba zumbos perturbadores y nostálgicos.

Apenas  estaba empezando a dormirme.

El viento sacudía con sus flotantes arrullos las palmas que cubrían el techo de la choza.

Amaneció haciendo mucho calor.

Luego me desperté  y fui  a buscar comida.

El humo de los fogones se esparcía por el interior de las chozas.

Me  le unía a las mujeres nativas  queriendo  ayudarles a asear, con un aire en la mirada de perturbación que siempre me daba vueltas por la cabeza y me  atormentaba.

Dentro de las cocinas ahumadas de las chozas, se formaban figuras con el humo de los fogones de reverbero.

Entre las hermosas nativas había silencios cómplices.

Luego  platicaban, pero ya de otras cosas menos importantes.

Ahora no me sentía tan solo como antes, tenía la compañía de los nativos caribeños. Me restablecía en mis ánimos y parecía cada vez más dispuesto a organizar la mampostería de la choza.

En mi dinamismo me contagiaba de nuevas fuerzas, aunque a veces me sentía agotado y desvalido, desde tiempos atrás.

Por fin, dejaba de juguetear con toda la exuberancia hechizante que me ofrecían las playas del Caribe y sus míticos alrededores, en los momentos en que  me  sentía tan solo, tan desamparado.  Y me dedicaba verdaderamente a lo que tenía que hacer, cuidar mi bienestar y salud.

Las nativas preparaban el desayuno para los hombres, con un regocijo cambiante que hacía olvidar los rumbos aciagos.

Presa de una febril descarga de deseos desatados.

 

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