Apagado fuego de Navidad. Autor: Esperanza Tejera Viera

Esto pasó durante una semana que pasé en casa de mis padres.

Me había ido a estudiar a Londres hacía cinco años. Era una buena alumna de Filosofía que aprovechaba el tiempo libre para otras actividades. Por ejemplo, visitar en forma recurrente la National Gallery, donde caminaba hasta el segundo piso y me detenía frente al cuadro del Sr. y la Sra. Arnolfini de Jan Van Eyck, que una querida profesora me había enseñado a observar. En esas figuras pequeñas siempre encontraba un detalle nuevo. ¿Calma? ¿Un posible embarazo? ¿Felicidad? ¿Mensajes? Me gustaba tenerlos enfrente.

Luego volvía a mi apartamento de la Universidad. Me había adaptado con facilidad a esa vida de estudiante joven, con muchos compañeros para compartir clases y sueños. El sol del estío en caída sobre Hyde Park. Una cerveza en la vereda de un pub. Relaciones íntimas que duraban unas semanas y se diluían sin saber por qué. Era una búsqueda.

Recordaba a mi familia en Montevideo. Cada vez menos. Eran dos mundos. Distintos. Distantes. Hasta hace dos años que por su insistencia volví para el receso de fin de año. Me estimuló la perspectiva de huir del frío y la nieve. También de verlos. Nos relacionábamos por Internet. Los veía. Los leía. Ellos recibían lo yo quería. Lo suficiente para demostrar que usaba bien su apoyo económico y que no los había olvidado.

En las horas de vuelo, con el aburrimiento que no calman las películas, un libro o las comodidades de la clase ejecutiva, hasta pensé en la posibilidad de volver definitivamente cuando terminaran los cursos. Y encontré la ciudad muy bella. Retomé el cariño de la familia, las risas por una palabra olvidada del español, el agua saltando en la piscina, la presencia de antiguos amigos. También las malas noticias, como un caleidoscopio que a veces oscurece más los coloridos brillos.

En la primera mañana, el cambio de horario hizo que me levantara muy temprano. Descorrí la pesada cortina que convertía a la habitación en un hueco oscuro. El sol apareció bajo la lámpara del cielo y el césped verde esmeralda saltó encendido por la humedad.

En la casa vecina un hombre, también madrugador, daba un paseo por el parque. Mientras tomaba un café lo observaba a través de una leve cortina que se movía al contacto de mi respiración. Pensé en él. Creí que tenía un secreto que exorcizaba a cada paso. Su mano movía con calma un cigarro iluminado. Su silueta se recortaba entre las plantas que remataban en tallos curvos con flores de variados colores. Parecía que lo llamaban el aroma que velaba el aire y las gotas de rocío semejantes a diamantes falsos.

Me gustó penetrar en su silencio, buscar sus pensamientos, profanar su soledad. En ese momento mi vida era lo que yo tocaba y mis ojos lo estaban acariciando. Además la distancia le daba una pátina de dignidad. No tardé en deducir fantasías porque mi expectativa quería ser complacida. Solo un segundo recordé a quien había dejado del otro lado del océano.

Más tarde, cuando planeamos la noche de Navidad, mi padre insistió en invitar al vecino. Ya lo vas a conocer, es una buena persona y hace tiempo que vive solo, me dijo. Mi cara de aceptación apenas demostraba el río de mi sangre ansiosa. Después de un día intenso todos nos acostamos tarde. No fue obstáculo para que a la mañana siguiente me levantara como un resorte. Allí estaba yo, bañada y perfumada, con mi café en la mano a la espera de ese hombre. Para poder así remontar y revelar su profundidad.

Me puse los lentes para redondear su imagen. Me perdía el canto de los pájaros que picoteaban semillas o el rumor de las ramas de los árboles. Pero no quería correr el riesgo de abrir la ventana y que me viera. Con ello terminaría el encanto inexplicable que me traía esa figura ambulante.

Faltaba poco para la noche del 24 que llegó con la luna abierta como un espejo que no dejaba rincón sin iluminar. Lo vi desde lejos. Mi copa de vino se movió un poco; aun así noté con extrañeza el poco entusiasmo de mis hermanos cuando lo saludaron. La presentación de  mi padre, cortés, me hizo sentir un viento frío.

Era un hombre viejo. Exhibía una sonrisa triste de vendedor callejero que debe convencer sin ganas por una mercadería. Su andar ágil, seguro lo heredó de los caminos recorridos a pie. El cigarro en la mano era el maletín lleno de muestras gastadas. El pelo entrecano obra de una tintura de ocasión. Sus palabras rutinarias casi repetían los textos de tantos días de trabajo y lucha. Ese era su secreto. Éramos dos personas que terminábamos de desconocernos al instante.

Subí al dormitorio. El sonido y las luces de los fuegos artificiales comenzaban a poblar el aire. Cerré la ventana y corrí con premura las cortinas.

No he vuelto a Montevideo.  

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