Y allí estaba. Autor: Ricardo A. Elías

Pasó el segundo microbús repleto de gente mirando por las ventanillas, como eligiendo a la próxima víctima presta a subir a ese mar humano. Aquella víctima era yo entre otros. Haciendo espacio entre gordas caderas, mochilas zarrapastrosas, ejerciendo presión desmedida en todas las direcciones, abriéndome camino con codo pude por fin llegar adentro. El odioso microclima duró alrededor de cuarenta minutos y luego dio paso a un bus ahora pasajerilmente organizado, aceptable.

Pude darme el gusto de tomar asiento, incluso, hacia atrás. En el asiento del lado aterrizó con suavidad confiada un viejo flaco de ropa sencilla y ojos tranquilos. Sus mangas, replegadas hasta más arriba del codo, exhibían unos brazos oscurecidos por el sol de toda una vida. El asombroso brote tímido de su barba cana me hizo elucubrar, sin permiso, que la afeitada había sido hace dos días. Sin embargo, el hombre desplegaba incauto un halo (tremendamente sustancial) de bondad sincera, sencilla como sus pantalones. Tanta confianza proyectaba en una especie de lenguaje no verbal (siútica definición para el caso) que pensé que si llegase a hablarme sería a la única persona a la que podría contestarle, en ese bus.

-Tan llenos que van estos vehículos- comentó de forma natural-. Mire, yo vengo de Teno a cobrar unas imposiciones aquí a la capital… ¡Y me ha tomado toda la mañana!

-Figúrese- respondí cordial.

El hombre sacó un papelito de su bolsillo, donde tenía apuntada una dirección a pasta corrida de lápiz. Quedaba en evidencia que el tinte apenas aguantaba el pasar del tiempo y el manoseo continuo, ante la persistente inseguridad de calle y número.

-En provincia la cosa es bien distinta- dijo guardando el papel-. Aquí en Santiago todos andan para allá y para acá, es tan grande esta ciudad que uno se pierde. Con decirle que yo tengo que volverme a Teno hoy en la tarde ¡No sé si voy a alcanzar a hacer todo lo que tengo que hacer!

-Así es- respondí, tratando de decir algo, aunque conforme con mi posición de escucha.

Hay gente que no tiene pudor de hablarle a los desconocidos, pensé, porque mis viajes en transporte público son generalmente de silencio cementeríl. Cuando no conozco a quien va al lado no muevo ni un solo músculo de la cara, me sería incómodo, más de lo que el sólo hecho de subir a una micro significa, en términos del juicio que tácitamente todos los pasajeros construyen de mí cuando piso el último peldaño, el que me presenta de frente, ahí, desnudo, y me obliga a cancelar el servicio hurgando las monedas que mis yemas nunca tactibilizan y esos segundos de tensión son largas horas.

Mi profesión me llevó a vivir a Montevideo, Uruguay. El tema de las exportaciones me tenía haciendo el mismo trabajo informático que hacía en Santiago de Chile, pero ahora frente al horizonte diáfano, fundiendo cielo y agua, que el Río de la Plata ofrecía frente a mi departamento, un lujo. Esa imagen eterna reemplazaba de buena forma la postal del Santiago negruzco y sus microbuses. De vez en cuando acomodaba el lapicero de mi escritorio en el marco de la ventana, intentando calzar la línea recta que dejaba su boca en la superficie con la línea mágica del horizonte. Entonces me parecía que aquellas tapas de bolígrafo eran enormes peces emergiendo desde las profundidades marinas, monstruos de tinta. Entonces también me daba cuenta que estaba distraído… y volvía al ordenador.

Salí ese día con dos bolsas llenas de comestibles desde un almacén de esquina que me encantaba. A las 5 de la tarde tomé la micro que me dejaría a una cuadra del lugar donde estaba viviendo, un edificio desteñido, de pintura resquebrajada y escondido bajo unos pinos gigantes que llenaban la acera de una resina pegajosa en todas las épocas del año. Sin duda era un lugar privilegiado, algo de romántico hay en esas capas de pintura desprendiéndose lento y esa resina. La tarde tranquila no se alteraba con el viaje en bus. La gente pasaba amable, en baja cantidad, daban la preferencia al que venía y el hombre detrás del volante planetario saludaba… ¡Saludaba! Y lo que es más increíble: amablemente. Algunos pasajeros llevaban tiempo tomando ese número y ya conocían al hombre, le consultaban acerca del estado de salud de su hijo Alfredo y su señora Isabel, que se había mejorado de amigdalitis, según pude captar. Agradable viaje con asientos de sobra, sin la presión moral de cederlo a la anciana que subía justo, o a la mujer embarazada que por llevar un niño en el vientre (como cualquier mamífero) hay que hacer el supremo esfuerzo de levantar las nalgas de tan sabroso receptáculo. El acento distinto que tenía el uruguayo y esa tranquilidad para armar frases algo más complejas de las que había escuchado toda la vida en mi país, sonaban como una melodía para el oído, para el mío, desde luego; extranjero, chileno, habituado a escuchar frases rápidas, ojalá con pocas palabras, fáciles, donde una significaba varios conceptos increíblemente contrapuestos a veces.

Al levantarse la señora junto a mí y al despedirse (inaudito) tomó asiento un hombre desgarbado y sencillo que me sonó familiar. “En algún lado he visto a este hombre antes”. Por alguna casualidad su rostro y estampa se me hacían conocidos, me sonaba en la cabeza un pito de reloj despertador que no me dejaba concentrar en nada más hasta que recordase quién era. Sus manos de piel gastada sacudían un pañuelo beige con hoyitos, como jaspeado, su mirada tranquila desprendía una calma de pueblo. Sonó su nariz ruidosa sin mediar pudor y guardó el pañuelo en el bolsillo de su camisa, empujándolo rápidamente con los dedos, como forzándolo a entrar en ese pequeño compartimento.

-Esta primavera ¿eh?- comentó al voleo.

Supe al instante de quién se trataba, sólo me faltó escuchar ese timbre de voz. Aquel viejo, hace un año atrás, había subido a ese microbús en Santiago; venía de un pueblo buscando una dirección en la ciudad atochada. Lo recuerdo porque mi asombro fue tal cuando me habló, que lo archivé en la retina hasta hoy. Era el mismo hombre sencillo, sólo variaba su acento, sonaba más uruguayo, asumo que por el tiempo viviendo a orillas del Río de la Plata.

-¿Cómo está señor?… ¿Se acuerda de mí? Nos vimos en un bus repleto, en Santiago, Chile…

-¡Mirá! ¡Qué decís!… Dónde nos vinimos a encontrar ¡En el Uruguay!… ¿Y qué hacés por acá en un ómnibus de nuevo?- Me sonreí, su acento había cambiado considerablemente.

-Trabajo en exportaciones, me trasladaron a Montevideo, aunque olfateo que es temporal. ¿Y usted? ¿Consiguió finalmente llegar a la dirección?- pregunté de vuelta.

-Y sí, llegué… pero perdí todo el día, viste… es una ciudad grande Santiago… Montevideo no lo hace nada mal, fijáte vos.

Amén de su acento, me parecía tan familiar que no quería despegarme de su lado. Hablamos bastante de lo bueno y malo de ambos países, fue un simpático encuentro. Viejo encantador, si hubiera habido una fábrica de empanadas lo invitaba a comer una docena, como en Chile.

-Me bajo por aquí… ha sido un gusto verlo.

-El gusto es mío- respondió afable el hombre-. Que yo sigo al centro ¿eh? Tengo que hacer unos trámites por allá… varios trámites tengo que hacer. Cuidáte.

Nos despedimos de un fuerte apretón de manos y bajé del transporte cuando las puertas me lo permitieron.

Caminando por Benito Blanco, llevando las bolsas del almacén, medité sobre el ameno incidente “¿Dónde habrá estado viviendo este hombre?” Quizás debí preocuparme antes “¿Podía asegurar que tuviera casa?” Aunque si estaba aquí entonces estaba bien instalado, de otra forma ya se hubiese ido. Su rostro campechano lucía bien, nada descoloraba su imagen descolorida por esencia, no se veía en su figura sino una honesta actitud natural porque en su ánimo no habían pretensiones ni exitismos. “No como mi llavero” pensé, mientras la llave giraba dentro del picaporte, logrando, en base a un extraño sistema de sensores, que unas lucecitas se encendieran y apagaran en colores diversos para escribir “Las Vegas Nevada”, poderosa linterna cuando se cortaba la luz.

Pasaron los días en el tranquilo Uruguay. Las milanesas napolitanas me habían hecho engordar; las horas frente a la pantallita del computador también habían ayudado. La bandeja de entrada en el correo electrónico me tenía esclavizado al punto que decidí no verla más hasta que la noche cayera totalmente. Fue en ese momento cuando llegó el mensaje de la Compañía. Armé las maletas y partí.

-Uno- dije volviendo la vista, un poco avergonzado. El tipo se me quedó fijo, por encima de sus bigotes enormes me miraba sin pestañear. Volví a enfrentarlo, ahora fruncí los labios, incómodo:

-U… une- dije esta vez, sintiéndome absolutamente bajo su delantal de poder, obedeciéndole en sus órdenes, que no hacía otra cosa que enseñarme quién mandaba. Me entregó el crêpe estallando en goterones que de mala forma tuve que secar en mi chaqueta.

-Merci- puntualicé, marcando a propósito las dos letras finales. El sujeto sonrió sarcásticamente con un solo lado de la boca, sabía perfectamente lo que hacía. El idioma me costaba muchísimo ese segundo mes, a ratos me consumía la desesperación, cuando no hallaba cómo decir lo que era necesario decir, por básico que suene. Pero es que le hemos confiado tanto al lenguaje verbal que al no poder usarlo quedamos suspendidos en existencia y olvidamos todo el resto de herramientas que hay a nuestra disposición. Quizás por eso fue que tuve tanto cuento amoroso. Iba al bar, al Régis en Montmartre, tomaba Vodka hasta “entrar en razón” (que no era sino al revés). Luego el mundo dejaba de ser una jaula, se abría, tan fácil se volvía todo. En un rato estaba compartiendo el dormitorio con una francesa, bellísima en luna menguante, prometiéndole amor eterno con actos y un ímpetu amoroso que aseguraba funcionar toda la noche. Mentira. Luego de apenas el primer coito, caíamos rendidos. A veces estos romances duraban varios días y para estos casos la comunicación no requería de vocablos. Vertía entonces toda mi expresión de lenguaje reprimido en estas relaciones. En Francia sí empecé a extrañar a mi familia y amigos, la gente de mi país, esas micros llenas hasta el techo que tan terrible fueron antes, el vendedor ambulante ofreciendo un producto multiuso a precio ridículo, el maestro de la construcción oliendo a una extraña mezcla de sudor, metal y pasta muro. En el Metro de Paris también habían hedores horribles de cuerpos desaseados o ropas eternas sin lavar. Entremedio, me abría paso hasta el fondo del vagón para encontrar una esquina de aire menos viciado. Entonces me quedaba ahí dando respiros breves, estertóricos, sin acabarlo de un pulmonazo. Junto a mí, un hombre cargaba su espalda contra mi hombro y una mujer de anteojos me miraba fijo. Faltando ya menos estaciones, la gente comenzó a bajar en número y los asientos a ofrecerse desnudos y serviles. No quise tomar ninguno, supuse que el hombre a mi lado, viejo, tenía la preferencia. Ahora, si él no lo tomaba yo no me haría esperar. Empero, la incertidumbre me obligaba a apurar las cosas y el tren avanzaba. “O me siento o dejo ahí que el regalo se pierda, el regalo que probablemente el mismísimo Dios me haya ofrecido”. Golpeteé el brazo del viejo para hacerle optar, por lo menos, y no sentir culpas después, con todo el trabajo que uno tiene en el día:

-Monsieur, quoi est-ce que a besoin? -me consultó al darse vuelta. No hice más que mirarlo a la cara y una extraña sensación de agrado me subió por la sangre saliendo hacia el exterior como risa entrecortada, alegre. El viejo sonrió también de vuelta, liviano.

-¡Cómo está amigo mío! -dijo, yo miraba al suelo no pudiendo creer lo que veía. El hombre se aferró a mi omóplato tratando de sostenerse en una risa que le debilitaba.

-No puedo creer donde nos encontramos… ¡Usted me anda siguiendo! -bromeé.

Por supuesto nadie ocupó el asiento libre y al llegar a la Estación Pigalle descendimos ambos charlando.

-Tuve que ir a pagar unas cuentas -me explicó con un notorio sonsonete francés. Pude darme cuenta que el hombre había adoptado muy bien la entonación-. Gracias a Dios aquí en Francia la cosa es re ordenada.

-Oiga -le dije-, vamos a tomarnos un vinito a algún local por aquí ¡Yo invito!

Llegamos al bar Les Curieux y al cabo de unas horas, que avanzaron increíblemente veloces, nos habíamos tomado tres botellas de Pinot chileno. Entre la conversación ininterrumpida, miré su bigote y noté que le había crecido ancho y su pelo se veía más oscuro. Hicimos amistad con uno de los garzones y terminamos cantando “la Bohême” con una guitarra que él nos consiguió no sé dónde.

-¡Vamos a mi casa! -invitó el cariñoso hombre mientras pagaba la cuenta que yo debía cancelar.

-¡Yo pago! -exclamé lanzando al cielo un manojo de brillantes euros que traía en el bolsillo.

-Déjeme a mí no más, amigo, y vamos para mi casa a seguir tomando como contratados -cerró.

Tenía una casa rústica muy especial, acogedora, en las afueras de Paris y un patio que daba a unos verdes cerros rellenos de arbolitos de baja altura. El suelo no era especialmente húmedo ese día y aunque el declinante sol había estado incierto, pudimos beber sentados en la terraza sin congelarnos hasta que oscureció totalmente y partimos a la cocina. Don Alfredo, como resultó llamarse, sabía interesantes preparaciones francesas que se esmeró en mostrarme, aunque el vino apenas le dejaba mantenerse en pie. Fui a buscar el aceite de oliva sobre un estante junto al horno. Mientras todo me daba vuelta tomé la botellita, confiando que ella podría sostener mi borracho vaivén y me fui contra la mesita de centro para quedar ahí incrustado, soltando una bulliciosa carcajada. El hombre fue a recogerme con un plato de Bourgignon en su mano izquierda y tropezó con la plataforma del sillón, aterrizando de cabeza sobre la alfombra. Después de reírnos horas empezamos una ronda de canciones “a capella”, ahí tirados, que sonaron tan lindo como nada más pueden entonar un par de chilenos ebrios en el suelo. Qué día fue ése. A la mañana el sol me pegaba en la frente por el gigantesco ventanal. Somnoliento fui a darme una ducha tibia mientras rememoraba el despilfarro de la noche. Como buen chileno, don Alfredo partió a comprar carne para hacer un asado y yo ayudé a armar esa parrilla que nos sacaría el alcohol intravenoso que guardábamos desde ayer. Aún permanecía el mareo, pero en un grado bastante menor.

-El vecino tiene buen olfato, apenas huela va a saltar -decía don Alfredo, riéndose a toda boca.

Dicho y hecho. Daniel Mercier asomó su cabeza por encima del muro con un gorro de bufón de pompones multicolores y se unió a la celebración con una preciosa botella de Pomerol. Encaramándose sobre los ladrillos resquebrajados con la ayuda de una inestable silla de escritorio, era un gracioso espectáculo ver cómo intentaba subir esa tapia mugrienta, mientras las rueditas del artilugio lo llevaban de aquí para allá en esa insegura maniobra. Ese día hablamos de las monarquías, de las batallas ancestrales, de la victoria de Vercingétorix y de porqué Brahms era mejor que Beethoven. Acordamos escuchar la primera Sinfonía de Brahms y la Novena de Beethoven para establecer la influencia de uno en el otro. Este experimento desestabilizaría mis razones ya que, como defensor de Brahms, sabía que uno de los movimientos tenía un parecido escandaloso con la Novena -rescate, me gustaba decir- pero que de seguro me desacreditaba. Como era de esperar, el intento se disipó en el concho granate de los vasos y las etiquetas que despegamos a dentelladas para construir minúsculos barquitos.

Me habían advertido del frío trato que tenían los franceses con la gente y no puedo negar que en los primeros días algo de eso vi, pero finalmente me pude dar cuenta que la cosa era distinta. Hasta el idioma terminé por adquirir en buenos niveles y mi estadía pasó a ser más llevadera.

La Compañía me instaló en una oficina en el segundo piso de ese moderno edificio. Todo el edificio había sido diseñado y construido para la Compañía de exportaciones CONNER CO. En un principio yo sólo debía ir a hacer una exposición a los jefes acerca de mis resultados para regresar a Francia, pero terminaron por decidir que yo les sería más útil trabajando allí mismo, en Shenzhen, en esa linda oficina.

Convertido en un abejorro nómada, no puse el menor problema ante la propuesta, es más, redefiní todos mis proyectos para quedarme allí el tiempo que la Compañía estimara conveniente, bien fuera un año, dos años o tres… quien sabe. Con la abolición total, a esas alturas, de mis miedos originales a vivir en países distintos, me presentaba como un elemento tremendamente útil para los directores. La gente, en general, espera encontrarse con trabas más que desprendimiento, al momento de proponer traslados a sus trabajadores, y no los culpo, no es fácil al principio. De hecho, aquí en China, la cosa sí que es alienante, el idioma es concretamente algo muy distinto y se articula de sonidos que no son sencillos de reproducir para las cuerdas vocales de una garganta occidental.

Bajé las escaleras del gigantesco y tecnológico inmueble y salí a la calle a respirar un aire espeso que ya me parecía contrapuesto a todo esa segunda semana en Shenzhen. Caminé observando cada uno de los autos que paseaban por la calle y cada uno de ellos era un modelo más nuevo que el anterior, en ese escenario de ciencia ficción. Mi pequeño departamentito, asignado por la Compañía, no quedaba lejos. A medida que caminaba, todo mi entorno se llenaba de una simbología intraducible sobre cuadros, letreros, indicaciones, parecía perseguirme a donde iba y, no poder asirla, me tenía nervioso. A cada paso, colosales estructuras brotaban del sub-suelo hasta la estratósfera, como semillas tiradas del futuro y, de sus puertas, miles de personas entraban y salían a paso veloz. Era una locura de ojos chinos.

Cambiando canales, recostado sobre mi cama, me sentí solitario. Volvía ese sentimiento de saberse ajeno. Bebí un café mirando hacia la calle sintiéndome algo inquieto, pero obstaculizado por no tener ninguna alternativa para administrar esa ansiedad. De pronto algo se me vino en mente “¡Lógico!” me oí decir cuando ya estaba caminando por la recta vereda a paso fijo. Bajé al tren subterráneo como persiguiendo algo que se escapa y tomé el carro que abrió su puerta frente a mis narices. Me abrí paso entre la multitud y caminé por dentro, bien allá, dejando tubérculos de gente que exageraban la capacidad de la máquina. Me detuve en un punto y esperé. Entonces sentí que alguien se acomodaba cerca de mí, hacia la puerta. Pude ver unos jeans descoloridos y supe de inmediato que allí estaba. Quizás ahora llevaría los ojos rasgados pero seguiría siendo el mismo. Esta vez le preguntaría a qué se dedicaba, para saber por fin, quizás no. En realidad aquello no tenía ni la menor importancia.

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