Un vuelo privado. Autor: Jairo Sánchez Hoyos

El lugar me llamó la atención. Decidí bajarme para desocupar la vejiga, tenía horas de venir conduciendo. Me lavé la cara, el cuello y los brazos. De nuevo me refresqué los brazos para sentir lo agradable que estaba el agua. Me puso de pie y dejé caer un grueso chorro de orín que la corriente se llevó apaciblemente en espumas disgregadas. En ese instante sonó el celular.

-Hola Jaime.

-¿Qué hubo patrón, por dónde anda?

-Todavía me faltan tres o cuatro horas para llegar. ¿Y tú, dónde te encuentras?

No tuve tiempo de escuchar la respuesta porque en ese preciso momento me fue arrebatado el aparato. Cuando intenté ver de qué se trataba, me vi conducido a la fuerza  al interior del matorral. Eran dos tipos quienes me empujaban desesperadamente. Uno de ellos con el revólver en la sien. -Necesitamos ese vehículo.

Esto me llenó de pánico, de seguro me matarían para llevárselo. Recordé que mi mamá siempre decía que Megan significa “fuerte, capaz”, por eso saqué arrestos y le pegué una patada en las pelotas al que estaba más expuesto, el compañero se me abalanzó tratando de derribarme de un topetazo. Escuché el martillo del arma, la había accionado tres veces, menos mal, no dio fuego. Esto me llenó de pánico, y en pos de mi supervivencia, tomé un garrote y lo estrellé en la cabeza de mi enemigo. El otro sacó su arma, pero antes de que la accionara, ya tenía el garrote sobre sus costillas. Cuando di el primer paso para escapar, sentí el jalón por detrás. Sus gruesas manos me acortaban el aire, ya estaban por asfixiarme cuando se me dio por tirarle un puñado de arena en el rostro, con lo cual tuve tiempo de quitármelo de encima. En una acción rápida intentó coger el arma, pero yo fui más rápido, le descerrajé un tiro en el pecho. Sin titubeo alguno el compañero trató de accionar la suya, pero también recibió una certera bala en el bajo vientre.  Corrí al vehículo. En ese instante me acordé del celular, no lo podía dejar porque sería mi perdición. En medio de mi desespero no lo encontraba, por lo que aproveché para tirar las armas a la corriente,  tampoco convenía que hallaran mis huellas. Le vi la esquina que sobresalía de entre la arena.

Ahora conduzco a toda velocidad, no obstante reflexioné sobre lo que estaba haciendo, me podía accidentar o llamar la atención de la policía. Reduje la velocidad. Pensaba en todo, pensé en entregarme, pero ¿no irían a dudar de mí? Esta era una historia poco creíble. ¿Un hombre sin experiencia en las armas había dado de baja a dos asaltantes? Además, ¿cuántos días debía permanecer mientras se esclarecían los hechos? Decidí continuar la marcha. Era Jueves Santo, la carretera estaba casi sola. En ese momento vi las señales que con afán me hacían. Pasé de largo. Miré por el espejo la infinita tristeza de aquella figura, decidí retroceder.

-¿Qué sucede?

-Lléveme a alguna parte, quiero salir de aquí, se lo imploro.

La reparé por unos segundos, en verdad estaba desesperada, casi a punto de entrar en pánico.

-Suba-

Una vez en el carro su mirada se fue al piso. Pasó un rato así, se acomodó un poco para mirar hacia atrás. Me fijé otra vez en ella. Era hermosa, casi de mi edad y estatura; delgada, piel blanca, ojos verde marino, cabello negro, corto,  lacio. Vestía una blusa blanca, de encajes y una pollera negra, amplia, con flores bordadas en surco. Quise hablarle, pero comprendí que era mejor dejarla en paz. Cerró los ojos y los volvió abrir encontrándose con los míos. Fui incapaz de sostenerle la mirada, la desvié a la carretera, poniendo más atención en mi caso. Saqué el celular, le marqué a Jaime. La llamada  no entró. La volví a mirar. Tenía la mirada en la nada. Sentí hambre. Desde hacía horas que no había probado bocado. Orillé el carro.

-¿Qué vais hacer?

-Necesito comer algo.

-No, por Dios, no te detengáis, os suplico.

-¿Sucede algo? Necesito saberlo.

Guardó silencio mientras le sostenía la mirada implorativa.

-Está bien, os suplico que no demoréis.

-¿No vas a venir?

Logré que se bajara. Ya  casi a la entrada se aferró a mi brazo como si fuéramos esposos.

Comimos de prisa, aunque no nos fijamos. Noté que le incomodara que la pareja recién llegada no le quitara la vista de encima. Se paró con la intención de ir al baño.

-Procura pagar porque nos vamos enseguida que vuelva, me dijo.

Me quedé haciendo las vueltas del pago, por eso no vi cuando tomó la daga de entre el adorno artesanal que estaba cerca de la entrada. Ni cuando los dos señores irrumpieron al baño. La daga entró en el estómago del primero sin mayores contratiempos. En tanto que el otro recibía un fuerte golpe en el mentón. Sin perder un segundo le rapó la botella de agua que tenía en la mano y le descerrajó un tiro en el pecho con el revólver del que yacía en el piso. Como el recipiente de plástico ahogó el ruido, acá afuera todo seguía normal.

Ya habíamos andado un buen trayecto, sin embargo ella no dejaba de mirar para atrás.

-¿Qué te sucede?

-¿No puedes acelerar más este auto?

-Tranquila, nada está pasando.

-Te aseguro que corremos inminente riesgo, así que por favor acelera lo más que puedas.

-Te digo que nada está más tranquilo que el ambiente que nos rodea.

Pero cambié de idea cuando vi que una moto se acercaba a toda marcha. Aceleré a fondo y frené bruscamente. Esto hizo que casi chocaran, lograron evitarlo y pasar al frente. -No te detengas, me dijo ella-.

Los individuos se bajaron y apuntaron. Sentí un quemón en el hombro izquierdo, esto hizo que virara hacia el lado para donde se había apartado uno de ellos, quien quedó en mitad de la carretera. El compañero corrió a la moto, pero desilusionado vio que una llanta estaba arruinada.

Fijé la mirada en la lista amarilla.

Ella intervino de nuevo.

-Podrías bajar la velocidad, creo que nos podemos accidentar.

Le sostuvo la mirada unos segundo, sin atreverme hablarle por verla tan apabullada.

-¿Cómo te llamas?

Me sorprendió que fuera ella la que tomara la iniciativa. Ahora bajé la velocidad, pero sin contestar a la pregunta.

Ella se avergonzó.

-Excusa que me entrometa en tu vida, no debí hacerlo, pero quiero que sepas que me llamo Alicia Almodóvar.

-You speak English?

-Prefiero que me hables en español.

-Very well. ¿Eres turista?

-No, me dedico a las finanzas.

La volví a mirar. Me pareció que mentía, dado su facha.

-¿Para dónde vas?

-Necesito ir a Bogotá.

-¿A Bogotá?

-Sí, ¿por qué?

-Porque yo apenas llego hasta Cartagena.

-No hablamos más, aunque la notaba incómoda.

Cartagena nos acogió con los cielos abiertos en una tarde asoleada y maravillosa. La ciudad vieja estaba apacible y casi desierta. La nueva se veía alegre, moderna, movida, por el influjo de los turistas. Se quedó ella con la vista perdida en el saliente. Yo la contemplaba fijamente.

-¡Cuidado!

Si no me alerta a tiempo hubiera arrollado a un peatón.

-Gracias. Dime, ¿a dónde te llevo?

No contestó. La dejé rumiando su interior, al tiempo que busqué un cajero del que extraje una cantidad considerable de dinero. Cuando volví, no estaba, miré para todas partes, alcancé a ver que tres individuos la obligaban abordar un carro. Sin pensar en lo que hacía, seguí detrás de los secuestradores, quienes tomaron rumbo sur, seguían ahora la ruta que nosotros habíamos dejado antes. Con satisfacción comprobé que mi auto era más potente, así que  alcancé a golpearlos por detrás. Me preparaba de nuevo para otro topetazo, pero alcancé a ver cuando ella se abalanzó sobre el conductor, logrando que el carro se meciera con la cuneta y diera el bote. Ya estaba cerca para socorrerla, casi la sacaba cuando uno de los malhechores la retuvo por la pierna. Viendo que era en vano este esfuerzo, la dejé en el suelo para propinarle un patadón en pleno rostro. Ahora es el conductor quien intenta salir con el revólver en la mano, corro  para golpeársela contra la puerta del coche, lo hice dos veces hasta que la soltó y pude  dispararle en el pecho. La cargué entre mis brazos y la metía al coche.

-¡Ay mi cabeza, me duele mucho!

-Tranquila, te compraré unas pastas.

-¿Dónde estoy?

-Entrando a Cartagena.

-¿Otra vez?

-Así es.

-Qué vergüenza meterte en tanto lío. Créeme que lo siento mucho.

-Tranquila, es asunto mío, no podía dejarte en brazos de esos criminales.

Le compré las pastas. Ella me rogó que me hiciera ver la herida del hombro.

-Estoy bien, no te preocupes. Necesito saber en qué problema estás metida, es lo más lógico que me lo digas.

-No puedo hablar, entre menos sepas, más seguro estás.

-¿Cómo voy a estar arriesgando mi pellejo sin saber por qué?

-¿No crees que así como está de averiado el carro puede llamar la atención de la policía?

-Sí, creo que sí. Es rentado, lo dejaremos en un estacionamiento y tomaremos un taxi, estarán buscando un carro con esas características.

Cuando salimos del estacionamiento retomé el diálogo.

-Ahora sé que no puedo alojarme en Cartagena, ni tampoco puedo dejarte ir sola para Bogotá.

-Repito, siento haberte metido en esto, déjame por aquí, yo veré qué hago.

-No voy hacer eso, presiento que eres una buena chica, muy malvado sería si te desamparo ahora. Ya esto es personal.

Paré un taxi.

-Tome señor, 500 dólares para que nos lleve a Bogotá.

-¿A estas horas? No mi don, por ningún dinero, la guerrilla está alborotada y no quiero caer en sus manos. ¿Por qué no esperar a que amanezca?

-Tenemos prisa.

Si les parece puedo hablar con un amigo que es amante del riesgo y la aventura, ¿qué dicen?

-Vayamos allá.

-No es necesario, ya mismo le llamo.

Esperamos quince minutos a que apareciera. Viajamos con un sentimiento entre asustados y seguros. Ella se corrió más y dejó caer su cabeza en mi hombro. Esto pareció espontaneo y la dejé reposar tranquila, al punto que sentí los suaves tañidos del reposado sueño.

-¿Cuántos kilómetros amigo?

El conductor miró por el espejo, no me vio del todo porque estaba oscuro.

-Mil. De no haber ningún contratiempo, llegaremos en unas 15 horas.

-Ok.

Me quedé  mirando la negrura de la carretera. También me dormí, tan sólo vine a despertar cuando escuché voces. Me incorporó asustado. Eran las del conductor hablando con los uniformados, quienes daban la orden de no continuar porque adelante había contacto con la guerrilla. Detrás de nosotros había tres carros, luego ya fueron seis. Ahí se mantuvo el número hasta cuando fueron las cinco de la mañana en que abrieron el paso.  Una hora más tarde arrimamos a desayunar. Había varios carros frente al local, por eso tuvimos que estacionar un poco más adelante.

Ya estábamos por  terminar cuando arribó una moto por el camino que conducía a las veredas de la región. Vi que a ella le llamó la atención el aspecto del motorizado. A decir verdad, no era para menos, todo lo que estaba ocurriendo obligaba a tomar las medidas necesarias.

-Por el bien de todos, nos debemos marchar enseguida.

-No temas, que nada está pasando.

Agarró algo del plato y se puso de pie. No me quedó otra que marchar al lado de ella. Estábamos por subir al coche cuando escuché aquella frío voz.

-No tan de prisa señores.

Era el mismo individuo de la moto. Sin dar tiempo a nada trató de rodearla por el cuello con su brazo, pero se llevó la sorpresa de su vida al sentir el trinche en la yugular. Ahí mismo intervine yo propinándole un puñetazo en el rostro, dejándolo inconsciente. Vimos venir un carro, procedimos a ocultarlo antes de que nos vieran. Lo amarramos de pies  a cabeza.

-Un momento, dijo el conductor.

Se bajó y rodeó por detrás al carro, creo que sí lo dejan ahí, muy pronto tendré la compañía de la policía o de quien sea, será mejor que lo metan en la cajuela y más adelanto lo tiran a un barranco.

Rato después de ir andando, el conductor volvió a hablar.

-¿Ya ven como sin querer se mete uno en un lío de padre, madre y señor?

-Sí, extremadamente es cierto.

-Ya que lo reconocen, es conveniente que hagan algo por mí, ahora que me he salido de la ley.

-¿Y cómo qué podemos hacer?

-Creo que con doscientos dólares me habré lavado la conciencia.

-Está bien, tendrá sus $ 200, pero en Bogotá.

-No hay problema en que sea allá.

El carro continuó sereno y veloz. La carretera estaba casi solitaria, así que era enteramente  para nosotros tres. De vez en cuando pasaba un carro de turistas o un carro tanque, rumbo al puerto de Coveñas.

-Patrón, el carro va seco, requiero efectivo para llenarlo.

Una vez lleno, continuamos  por una carretera bien asfaltada, con paisajes de sol y montañas distantes, pero casi desierta.

-Creo que una siesta nos caerá de perlas, le dije a mi compañera, en inglés.

-¿Tú crees?

-Así lo creo, y le pregunté al conductor cuánto faltaba para llegar.

-Estamos a tan sólo 280 kilómetros.

-Detente aquí.

Entramos a la pequeña ciudad. El conductor nos alojó en un hotel de dos estrellas. La dejé allí y fui con él al centro, donde regresamos con ropa y cosméticos para ella. Después de la siesta bajamos al comedor para cenar. Quedó encantadora, asombrosamente bella.

-¿Cómo supiste mi talla?

-Porque es la misma de mi ex. Tenía tú mismo cuerpo, pero tú eres más deslumbrante.

-Gracias por la flor.

-Nada me cuesta decir la verdad.

Después de cenar nos quedamos en la mesa para facilitar la digestión. Quise ver algo de televisión,  tomé el control, salió el canal de CNN.

-¿Lo dejo, o prefieres otro?

-Me da lo mismo, tú decides.

Ya lo iba a cambiar cuando salió algo que me atrajo el interés. “Atención, Bogotá, la periodista Alicia Almodóvar, del Diario De Telegraaf, secuestrada por la guerrilla colombiana desde hace dos meses, acaba de escapárseles. Las autoridades guardan total hermetismo sobre el caso. Se supo que fue corresponsal de guerra en el litigio del Golfo y  que vive con una hija de 9 años.  Nacida en Alicante,  hace 29 años, estudió en Washington en donde terminó la carrera de Comunicación Social, desde entonces reside en Holanda donde trabaja como reportera del importante diario. La periodista enfrentará  cargos como  auxiliadora del grupo terrorista, intervención en asuntos internos y engaño a las autoridades de inmigración”.

Jamás había visto un rostro tan aturdido, me suplicó que partiéramos enseguida.

-¿Con que a las finanzas, eh?

-No podía decirte toda la verdad, entre menos supieras, más seguro estabas, pero fíjate que aún no sé quién eres tú.

Hablaban en inglés.

– ¿Todo lo del noticiero es verdad?

-Sí, menos lo de la niña, no está conmigo, vive con su padre, un petrolero de Ormuz.

-¿Ya fueron a juicio?

-Sí. La puedo ver cuántas veces quiera y me la manda en vacaciones.

El conductor interrumpió el diálogo.

-A cada paso que damos es más el riesgo en que me meten ustedes. Ahora soy cómplice de una prófuga de la justicia, mi vida no vale un pepino a partir de hoy, ayer era libre, sin ningún lío judicial y hoy amanezco delincuente.

-Creo saber lo que buscas, claro, yo te curaré esos cargos de conciencia, ¿cuánto?

-Me encantan los acuerdos, creo que unos trescientos bastarán.

-Está bien, que sean unos trescientos, pero en Bogotá, ¿eh?

-Que sea en Bogotá, para allá vamos.

Ella se irritó. –Oiga no abuse, no se aproveche.

-Mi noble dama, ustedes no me buscaron para poner en riesgo mi vida.

La carretera tiene más tráfico ahora, llevamos rato de andar sereno y sin inconveniente alguno. Vimos un letrero que señalaba la nueva ciudad que se avecinaba. Pasamos de largo, nos aferramos a la  Providencia para que todo sea un viaje liso hasta la capital. Un poco de alegría asoma a nuestros corazones al ver el nuevo letrero: “Bienvenido a Facatativá”, escrito en letras blancas y fondo verde.

-¿Saben qué significa Facatativá?

-Ni remotamente.

-“Cercado fuerte al final de la llanura”

-Entonces creo que ya estamos en territorio seguro.

No había ella terminado de decir esto cuando oyeron la sirena. Sin esperar ordenes, el conductor puso a fondo el acelerador. Sobrepasamos la pequeña ciudad, a escasos kilómetros se nos ocurrió ocultarnos en un camino rural hasta que oímos alejarse el ulular de aquella sirena. Con la debida precaución dimos vuelta y nos introdujimos a la ciudad. Menos mal que el conductor nos salió viejo zorro. Nos escondimos en un lava auto.

-Aquí estaremos a salvo por poco tiempo, dijo, es imposible continuar, ya estamos reseñados, de aquí hasta que nos capturen, será cuestión de minutos.

-Tienes razón.

-Entonces entréguenme mi dinero y ustedes sabrán qué hacer.

-Mira buen hombre, te agradecemos lo mucho que has hecho por nosotros, ten esta tarjeta, aquí encontrarás lo suficiente para que un buen abogado te saque de la cárcel.

-No ofendan mi condición, soy bueno, pero no imbécil.

-Debes confiar en mí.

-Creo que me he portado bien y de que me he ganado ese dinero de manera justa.

-Mira gran cretino, ¿ya pensaste qué les vas a responder si te encuentran esa gruesa suma de dinero?

-Que es el pago del viaje.

-Te lo decomisarán por haber ayudado a un par de prófugos.

Se quedó cavilando, se dio cuenta que lo que le decía era cierto.

-Creo que la tarjeta es mi única opción.

-Toma

-¿Y la clave?

-¿En qué año estamos?

-En el 1999.

Nos dimos la mano y nos separamos. Cuando estábamos por alcanzar la salida, fuimos detenidos.

-¿Qué ocurre?

-Me buscaron para un viaje a Bogotá y a Bogotá los he de llevar,  tome su tarjeta y deme para pagar un soborno.

El jovenzuelo del lavadero le dijo dónde cambiar las placas. Hacia allá salimos. Nos refugiamos en un solar a la espera de la operación.

La contemplé un poco sosegada. Aquel rostro era hermoso, sobre una figura atractiva e influyente.

-Dos meses secuestrada, pero te ves hermosa, ¿cómo que te trataron muy bien, no?

-Si vas hacer un recital irónico, guárdate de que no sea dirigido a mí. Fueron muy gentiles, debo reconocerlo,  pero ¿en qué te consuela si al final eres un secuestrado? Logré el contacto para el reportaje, me exigieron que fuera sumamente discreta, por eso entré como turista.

-¿En dónde te tenían?

-En el Sur de Bolivar, cada semana me cambiaban de lugar, ahora me llevaban para San Onofre, en la orilla del mar, pero el carro se les averió, me internaron en una cabañita al cuidado de dos desalmados, mientras los otros dos salieron en busca de un medio de transporte. Uno se durmió y el otro me quitó la mordaza, así pude decirle que tenía necesidad de ir al baño, me llevó al campo, me quitó las esposas, pero tuve que orinar al pie de él. Estaba por pararme cuando sentí que me arrastraba salvajemente hacia el rastrojo, creí que me iba a violar, pero la razón era que había divisado a un par de campesinos camino al trabajo. Ahí me retuvo con su sucia mano en mi boca, hasta que desaparecieron los campesinos. Entonces se excitó al ver mis bragas abajo, ahora si intentó violarme, luchamos unos segundos, al ver que sería vencida, le dije que no fuera violento, que todo fuera concertado. Colocó el fusil en un tronco y cuando subió en mí, lo tiré bruscamente y me apoderé del arma. Al intentar usar el revólver, le di de culatazos. Sacando el valor necesario me encaminé al rancho, ya el otro venía a ver qué era de nosotros, lo sorprendí con un fuerte golpe en la cabeza, le di otro y otro más. Tiré el arma y le puse alas a mis piernas. Ahí fue cuando te encontré.

-¿Uno de los que fueron a buscar transporte tenía un lunar rojo en la cara?

Ella se incorporó. -¿Cómo lo sabes? ¿A caso eres uno de ellos?

-No, no, pero contesta a mi pregunta.

-Sí, sí lo tenía.

-¿El otro era regordete,  con una cicatriz en el brazo derecho?

-Me sorprendes, ¿quién demonios eres?

-Tranquila, estoy de tu parte. A esos tuve que eliminarlos porque me iban a despojar del carro. Después te cuento los detalles.

-Oh, señor, cuan unidos estamos en este lío. Ahora sí creo que llegó el momento de que me digas quién eres.

-Mis padres llegaron de escocia, se radicaron en Nueva Jersey, aquí se hicieron ricos laborando toda clase de manufacturas. Yo fui a la universidad donde me gradué de ingeniero civil. La suerte me sonrió, en pocos años me volví rico, dado los buenos contratos que le llovieron a la empresa que me afilió. Ya mis padres no existen, la empresa familiar la maneja mi hermana. A pesar de su historia tenía ganas de conocer este país, apreciar sus tierras, campos, sembradíos, playas y urbes. Mira lo que he ganado.

El conductor nos interrumpió, se apareció con gaseosas y rosquillas. Después de esto partimos  rumbo  a la capital. El disfraz de ancianos nos quedó de maravilla, por eso pasamos dos retenes móviles sin ningún contratiempo. De  nuevo llamé a Jaime, no me había podido contestar porque se encontraba con una chica en Apulo, a cien kilómetros de la capital, con el inconveniente de que allá no había buena recepción, pero ya tenía media hora de haber llegado. Se encontraba en el hotel.

-Está bien, vete enseguida para el aeropuerto.

-Listo patrón, suerte.

Ella me miró intrigada.

-Nunca más trabajarás de reportera sino de niñera, atendiendo nuestros niños.

-Vaya, que hombre más divertido.

-Eso va en serio, ya lo verás.

Llegamos al hotel de ella donde tenía sus documentos. Por precaución se había llevado los duplicados. Los recogimos en un santiamén y salimos para mi hotel. Faltaba poco por terminar de recoger mis cosas cuando fui alertado por el conductor de que había un movimiento sospechoso. Logramos salir y escapar a toda máquina. Llegamos al aeropuerto en busca de mi jet privado el cual ya Jaime, como excelente piloto, tenía preparado.

Apenas subió, la tomé entre mis brazos y nos dimos un apasionado beso. En este instante supimos que seguiríamos juntos por el resto de nuestra larga vida.

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