El viaje de un inmigrante. Autor: Rudy Hedemann

Siendo marinero de profesión, después de la guerra me contrataron en un viejo buque de carga con el que tocábamos puertos de Grecia, Egipto e Italia. En esa rutina, cada veinte días regresaba a mi casa de Pescara para pasarla junto a mi madre y mi hermanita de diez años.

Todo seguía un ritmo normal, casi aburrido, hasta que un compañero me propuso trabajar en una línea que iría por Brasil, Uruguay y Argentina. Como me gustaban las aventuras, visitar puertos y disponer de dinero en el bolsillo, acepté de inmediato. Una de las condiciones era que la semana siguiente debía presentarme en Génova. Recuerdo cuando se lo dije a mi madre:

—No te preocupes, mamá, cada sesenta días estaré de regreso —mi intención era tranquilizarla.

Ella no respondió, lagrimeó disimuladamente y siguió trabajando como de costumbre.

La noche antes de partir, me planchó la ropa que llevaría en la valija y me entregó una caja de cartón con pasas de uva preparadas por ella: “son para el viaje”, y me dio un beso. Sería imborrable la mañana que dejé Pescara: mi hermanita me siguió hasta que subí al ómnibus, como si quisiera asegurarse de que me iría. En cambio, mi madre caminó hasta la salida del pueblo llevando una vara con un pañuelo blanco en la punta, que sostuvo bien alta hasta que los brazos se les acalambraron, mientras lloraba desconsoladamente. Quería que su saludo se viera desde lejos y me acompañara en un viaje que ella intuía sin regreso. Cuando dejé de ver el pañuelo sacudiéndose en el aire, sentí una oleada de arrepentimiento por lo que estaba por hacer y lloré sin tener vergüenza.

Partimos de Génova con la carga completa. Tocamos Santos, Montevideo y por fin llegamos a Buenos Aires. ¡Qué ciudad! ¡Qué país! ¡Cuántas mujeres hermosas! ¡Cuántos paisanos!

Por suerte para mí y mala suerte para el dueño del buque, sufrimos una avería en el motor que nos dejó anclados en el puerto durante quince días. Durante la espera, visité la ciudad e hice varias excursiones al campo con algunos compañeros. En uno de esos paseos conocí a la hija de un italiano que cultivaba hortalizas. Ella me habló del trabajo de su padre, de la riqueza de la tierra y del futuro promisorio del país. Yo le hablé del mar Mediterráneo, de mi pueblo y de países con culturas muy distintas.

—Aquí, la gente es igual que en Italia —le dije—. La gran diferencia es que en la Argentina está todo por hacer.

—Mi padre dice lo mismo, y sus amigos también. Solamente se necesita gente que quiera trabajar y progresar.

Me entusiasmé con esa idea porque el trabajo no me atemorizaba; al contrario, me agradaba sentir en el rostro la transpiración del esfuerzo. Además, esa mujer me gustaba. Sin dudarlo, al otro día fui a buscar mi paga a Buenos Aires y regresé a trabajar como “marinero de tierra”.

Mi madre había tenido razón, ese viaje me alejaría en forma definitiva de Italia y de mi familia. Aunque prometí escribirles todos los meses y enviarle fotos, solamente cumplí el primer año. Mucho después, mi hermana me escribió diciendo que nuestra madre había fallecido.

Traté de esconder mi tristeza pero no pude. Cientos de pensamientos me abrumaron hasta hacerme saltar el corazón: recordé el pañuelo saludándome desde lejos, su voz, sus pasas de uva, el olor de las salsas de tomate casero, sus manos callosas. A pesar de que mi mente trataba de consolarme diciendo que estaba a quince mil kilómetros de Pescara y que hacía doce años que no la veía, mi corazón me respondía con nostalgias, angustias y melancolías.

Aunque interiormente deseaba regresar a Italia lo antes posible, comprendí que mi vida estaba acá, donde me había casado y tenía un hijo. El país me había adoptado con generosidad, abriéndome los brazos. Me sentí un ingrato.

¡Qué sufrimiento ser inmigrante! ¡Cuántas congojas por la distancia! ¡Cuántas noches de insomnio pensando en el lugar donde se nació, en la familia, en los amigos lejanos!

Ya pasaron cuarenta y cinco años desde que llegué y todavía hablo con una pronunciación italiana que indica mi condición de inmigrante. Algunos me preguntan si estoy arrepentido de esta travesía iniciada en el Mediterráneo, y respondo que no, aunque a veces me siento triste de ver que, a pesar de su buena gente, la Argentina no avanzó como me hubiera gustado.

Pero lo más importante es que aquí, donde concluyó mi viaje por barco, pude formar una familia y poseer diez hectáreas en las que aún hoy cultivo hortalizas. Hacia el futuro, tengo la esperanza de ver a mis nietos haciendo lo mismo que yo, pues a ellos les he enseñado que todos dependemos de la tierra y debemos cuidarla.

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