¿Serían llaves azules?. Autor: Rossana Sala Estremadoyro

Hace mucho tiempo que Lucía no visitaba el Bosque Azul.  Durante más de veinte años vivió allí, hasta que un día se tuvo que marchar.

Por eso, cuando podía, tomaba el tren para pasar unos días en ese lugar donde, a pesar de sus viejos y espesos árboles, el sol siempre se las arreglaba para iluminar. Un leve resplandor plateado se elevaba en el aire debido al suave aceite que despedían millones de hojas azuladas de los eucaliptos que formaban aquella arboleda. Además, los riachuelos que recorrían la vegetación se convertían en cascadas cuyas aguas cristalinas y veloces no cesaban de destellar.

Los habitantes tenían así, la sensación de estar sumergidos en un inmenso bosque azul.

¿La edad de Lucía? Pues no tendría más de treinta años la muchacha, pero su contextura huesuda y ese carácter vivaracho la hacían parecer menor. En ese pedazo de bosque, para ella un trozo de cielo, se encontraba con amigos y en especial con tres niñas a quienes vio crecer y por las que sentía tanto cariño.

Como otras veces, durante su estadía en el Bosque Azul, dormiría donde Ana, una de sus amigas de la infancia. Al día siguiente temprano, visitaría a las tres pequeñitas para darles abrazos, contarles historias y llevarles galletas de chocolate bañadas con más chocolate que le reclamaban cada vez que las veía.

Cuando llegó a la casa de Ana, ella no estaba.  Sin embargo, encontró una nota pegada en la puerta que decía:

“¡Bienvenida! Tuve que salir. Llego a las diez de la noche.    Laura,  la vecina, te dará la llave de mi casa.”

Consiguió  la llave. Trató de abrir la puerta. Fue imposible. Laura la miraba curiosa desde su ventana hasta que por fin se acercó a ofrecerle ayuda. No pudieron abrir la puerta.

—¡Qué raro que no funcione!— exclamó Laura—¿Quieres esperar en mi casa hasta que regrese Ana?

Lucía miró el cielo. Seguía limpio y celeste. Faltaban varias horas para que fueran las diez.

—Gracias por la invitación, pero me gustaría poder saludar a las tres niñas que viven cerca de ese campo que durante la primavera se llena de flores amarillas— le dijo. Aún recuerdo el olor a vainilla del lugar…

—¡Sé bien dónde queda! ¿Quién no las conoce? ¡Son tan inquietas y amorosas!—le  respondió la vecina interrumpiéndola por la emoción— ¡Puedo llevarte en mi caballo y recogerte más tarde!

Y así lo hizo.

Cabalgaron durante unos veinte minutos hasta la casa de las pequeñitas.

¡Pero qué grandes estaban! ¡Cada vez que las veía eran menos pequeñitas! Camila, la mayor, acababa de cumplir trece años. Era seria y muy responsable. De vez en cuando se le escapaban unas caritas traviesas escondidas detrás de su largo cabello liso, rubio y siempre ordenado. Paula, la del medio, delgada y saltarina, era muy conversadora. Caminaba haciendo piruetas por toda la casa. Tenía once años,  grandes ojos negros y un rostro muy fino envuelto en unos largos y alborotados rulos azabaches. Y Delia, la más chiquita, a sus solo siete añitos, era como un bollito de algodón tibio y lleno de ternura. No se sorprendieron tanto al verla llegar como Lucía se había imaginado, pero la llenaron de abrazos y cosquillas. Parecía que por muchos años no habían estado juntas.

Lucía les describió lo que había pasado con la llave.

—¡Seguro que tiene un truco!— dijo Paula mientras ella y sus hermanas reían y cuchicheaban.

Tomaron un té helado de color rojo con sabor a cerezas y prácticamente se devoraron las galletas que Lucía les había preparado. —¡Más chocolate! ¡Más chocolate!—repetían. Se divirtieron un buen rato mientras les narraba historias de cuando sus hijos eran tan pequeños como ellas. —¡Cómo extrañamos este lugar!—suspiró— Seríamos tan felices si pudiéramos regresar a vivir al Bosque Azul—.

Un poco después de las diez, fue Ana quien llegó por Lucía. Se le veía  muy apenada por el inconveniente de la llave, cosa que a Lucía no le había importado ya que pudo estar con las niñas más de lo previsto.

—Mañana vendré a verlas en la noche— les prometió Lucía a las niñas al despedirse de ellas, dándoles un enorme beso a cada una.

Al llegar a la casa de Ana, abrieron la puerta en un instante.

—¡Pero qué raro!— se sorprendió Lucía — ¡Hace unas horas no funcionó!

Al día siguiente temprano Lucía se fue al pueblo ya que tenía varias diligencias que hacer. Ana debía visitar a su  madre, por lo que no pudo acompañar a su amiga, pero antes le entregó otra copia de la llave para que no tuviera problemas.

A las doce, al volver para tomar un descanso, la pobre Lucía por segunda vez no pudo abrir la puerta. Vanos fueron sus intentos de empujar o tirar de ella, así que decidió ir a pie a visitar a las pequeñas.

En el trayecto, pasó por la casa en la que vivió por muchos años.  Era un lugar rodeado de vegetación y lleno de recuerdos. A pesar del tiempo transcurrido desde que se fue del Bosque Azul, todo se veía igual. Solo faltaban las sonrisas y  perros, loros, conejos y hasta hurones que habían criado allí sus hijos. En medio de la nostalgia y una que otra lágrima, fue feliz.

Siguió su camino hacia la casa de las niñas, cuando más rápido de lo esperado, llegó donde ellas. Allí estaban las tres, sentadas a la mesa, picoteando y jugando con unas migajas de pan que acababa de salir del horno. Listas para almorzar.

—¡Te esperábamos!—le dijeron casi a gritos, así como suelen chillar las muchachitas, con esas voces estridentes cargadas de algarabía cuando se ponen revoltosas.

—¡Pero yo les dije que vendría recién en la noche! ¿Por qué me esperaban?

—¡Seguro que no abrió la llave de la casa!— susurró Delia escondiéndose detrás de la jarra del jugo de naranja.

Después de almorzar juntas, salieron a pasear, a recoger flores.

Con tristeza, antes del anochecer, Lucía se despidió de las niñas. Al día siguiente temprano se marcharía en el tren. Al darles un beso, les prometió visitarlas pronto. Pero ellas, con esas miradas juguetonas  que no sabían ocultar, la dejaron ir con facilidad.

Volvió a la casa de su amiga preguntándose qué es lo que estarían tramando esas niñas.

No tuvo problemas para entrar, pero, a la mañana siguiente, cuando Ana quiso llevar a Lucía a la estación,  al tratar de salir de la casa, no pudieron.

—¡Estamos encerradas! ¡Perderé el tren!— exclamó Lucía preocupada.

—Paciencia, ya saldremos de acá—le dijo Ana buscando tranquilizarla.

Después de varios intentos de abrir la puerta, a las dos amigas solo les quedó pedir ayuda a gritos. Nadie las escuchó. Pensaron escapar por las ventanas, pero no era una buena idea. Se veía peligrosa esa solución.

Un silbido lejano anunció la partida del tren. El próximo vendría dentro de una semana.

Las dos muchachas, cansadas, al darse cuenta que no había nada que hacer, se sentaron a conversar cerca a la ventana. Laura, la vecina,  debía aparecer en cualquier momento.

Pero cuál sería la sorpresa de las amigas cuando, horas más tarde, empezaron a sentir  que el  bosque azul  brillaba más que de costumbre. La luz entró con fuerza a la habitación en la que se encontraban. En ese momento, entre cientos de hojas radiantes que caían flotando muy despacio desde lo alto de los eucaliptos, vieron aparecer en el bosque a las tres hermanitas. Caminaban juntas, agarradas de las manos. Llevaban puestos unos impecables vestidos blancos que parecían de fiesta. Se las veía decididas a hacer lo que se proponían.

Se detuvieron frente a la casa.

Sacaron algo de sus bolsillos.

Lucía y Ana no alcanzaron a ver qué era.

¿Serían llaves azules?

Entonces, a pesar de ser de día,  la puerta de la casa se iluminó y se abrió.

Lucía y Ana no entendían qué pasaba.

—Toma— le dijo Camila a Lucía al entrar a la casa— Esto para ti.

—¡Tú puedes hacer lo que quieras para ser feliz!— exclamó Paula levantando los brazos y pegando sus acostumbrados brincos.

—Cuando éramos chiquititas un hada nos contó muchos secretos—agregó Delia detrás de su tímida sonrisa y de las gasas transparentes del vestido de su hermana mayor.

Por varios minutos, Lucía contempló a las niñas sin decir ni una palabra.

Entonces, comprendió muchas cosas.

—¡Vamos a dar un paseo!—les dijo a las niñas despidiéndose de Ana— ¡Tengo una noticia que darles! ¡Les va a encantar!

—¡Viva!— gritó Camila entusiasmada— ¡Lo logramos!

—¡Yo le doy la mano! ¡Yo le doy la mano!— insistió la más pequeñita.

—Galletas de chocolate ¡todos los días! —le susurró Paula a su hermana menor— ¡Sí!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s