Noche de viento. Autor: María del Carmen Guzmán Ortega

El amo y señor del pueblo, sin un respiro, ensañándose con él como una fiera hambrienta, acamando sin piedad las mieses, rompiendo cornisas, desgajando las ramas de los añosos árboles de la alameda y retorciendo sobre los tendederos la ropa recién lavada.

Un grupo de albañiles recogía sus herramientas apresuradamente. Se levantó un torbellino de papeles, hojas secas y tierrecilla de la obra. Las faldas de Juana se levantaron, así como risitas, silbidos y alguna grosería. Aligeró el paso. Las ramas de los árboles se troncharían de un momento a otro. Los miles de granos de arena apilados se esparcían por el aire, se clavaban en sus ojos, flagelaban sus piernas y la obligaban a cerrar la boca para no masticarlos. Por fin, trabajosamente, llegó a su casa, abrió la puerta y vaya, hombre, no había electricidad.

Empezaba a oscurecer. La casa iba poco a poco sumiéndose en la penumbra. Juana, a pesar de todo, consiguió acicalarse a la luz de una vela. Voy a llegar tarde— se dijo, mientras se encajaba su mejor vestido y sus zapatos de tacón alto— mis amigos me estarán esperando y ya es noche cerrada. El viento, cada vez más fuerte, ululaba como los perros asalvajados de las montañas que rodean al pueblo. Por el hueco de  la vetusta chimenea se podía escuchar un vibrante zumbido metálico. El tejadillo de uralita del patio se iba a romper de un momento a otro. Crujían las carcomidas vigas de la techumbre, gemía el maderamen del desván y empezaba a descoyuntarse el corazón de la muchacha de puro miedo. Se caían las tejas de las casas haciéndose añicos sobre las aceras. Juana, tras los visillos, contemplaba la calle solitaria, sin un solo transeúnte. Sintió un escalofrío por su espalda. La Luna había dejado de brillar, como si le diera miedo asomarse. Vaya nochecita toledana. Si mis padres estuvieran aquí… Pero qué miedo más absurdo ¿seré tonta? la discoteca no está muy lejos. Total, una carrerita y ya está. Me planto allí enseguida. Ánimo, cobarde.

Se dirigió a la puerta de la calle. Imposible abrirla. Forcejeó. Ni se movía. El viento empujaba en sentido contrario, como un titán, como un invisible gigante que se burlaba de ella. Pataleó, pegó, arañó, y arañaron su garganta todas las palabrotas que sabía.

La tozuda puerta se negaba a obedecerla. Pensó en salir por una ventana, pero recordó al instante que estaban protegidas con rejas bien macizas. Saltaré la tapia del corral. Demasiado alta. Los zapatos de tacón y el bolso podría con dificultad llevarlos en la boca, pero ¿y el estrechísimo vestido? Si se lo cuento a la panda  ni se lo creen. A resignarse. Ajo y agua, o sea, a joderse y a aguantarse. Cenaré cualquier cosa y a la camita se ha dicho. Me pongo mi camisón y a dormir. Y yo qué pensaba pasármelo de puta madre…todos mis planes se han venido abajo. Si al menos pudiera leer, porque, vamos,  no tengo ni una chispa de sueño, este puñetero sueño que no quiere venir. Así que, se agarró a al último recurso que le quedaba: pensar en el viaje que iba a disfrutar con sus amigas… sin saber la pobre que otro viaje muy diferente la esperaba.

Mientras Juana pensaba, el viento se había vuelto huracanado y sacaba redaños y bríos de no se sabe dónde. Cuanto más arreciaba el viento, más crecía el miedo de Juana: aquel elemento enfurecido repiqueteaba en los cristales de las ventanas y un silbido casi musical penetraba por todas las rendijas de la casa. El crujido de las ramas del viejo membrillero y el ulular del viento entre los árboles de la calle se mezclaban con otros sonidos que en su exacerbada imaginación  creía percibir: Aquello era un concierto, un homenaje al dios Eolo, una sinfonía terrorífica. Los latidos de su corazón eran como el contrapunto, el acompañamiento de timbales en aquella barahúnda de música concreta, en aquel fragor de batalla, silbar de balas, crujir de huesos machacados y ayes de moribundos.

Dejó de pensar. Se hundía en el pavor. Un regustillo acre ascendía desde su estómago hasta su garganta. La voz del viento sonaba en sus oídos como suenan las ruedas de una carroza mortuoria. Porque el viento—maldita sea—el viento tenía voz. Sí. Estaba segura. El viento tenía voz, una voz lejana, vaga, casi imperceptible al principio. La voz se hacía más clara, se materializaba, se concretaba hasta llegar a tener matices claramente humanos:

— Juana— en un susurro.

— ¿Quién me está llamando?

— Juana—un poco más recio.

— ¿Quién eres?  !Por Dios, contesta!

—Soy el viento.

— !El viento? Vamos, anda. Tú eres un bromista. Alguien que quiere asustarme. Déjate de bromas pesadas, quienquiera que seas. Tengo mu…mucho miedo.

—No temas. No quiero asustarte ni hacerte daño. Vengo por ti. Serás mía. Vendrás conmigo.

La cabeza de Juana se debatía en un caos de dudas y horror. Sentía tanto miedo que casi no podía pensar con lucidez. Sin embargo, con gran esfuerzo logró sobreponerse del pánico, aunque sólo en parte. Trataba de convencerse a sí misma de que aquello no era real,

que se trataba de la broma de un gamberro o de su imaginación. Pero la voz sonaba muy cerca, como si se expandiera por todos los rincones de la casa y los impregnara con su fuerza. No provenía de ningún sitio exacto, sino de todos a la vez, como si saliera de un aparato estéreo, se filtrara por las vigas del techo y se deslizara como una sierpe por el tubo de la chimenea.

—!!Esto pasa de castaño oscuro!!  Si eres un miserable capullo bromista, te voy a descubrir ahora mismo, y como te encuentre, te vas a enterar de quién es la hija de mi madre, desgraciado !Vaya si te vas a enterar!

La voz calló de repente. Era una tregua en la batalla, y ella lo sabía. Un pesado silencio ocupó su lugar. Un silencio tan tétrico como los ruidos anteriores. Juana, armándose del poco valor que le quedaba, se levantó del lecho. Debía de ser muy tarde, pensó ¿Por qué no regresaban sus padres? El jodido viento debía de ser el culpable. Sus padres habían ido a una fiesta, a casa de unos amigos, y posiblemente esperaban a que amainara, seguro. Encendió una vela y con ella en una mano y el atizador de la chimenea en la otra, se dispuso a recorrer la casa hasta encontrar al intruso. Investigaría. Quizás se tratara de una grabación.

Buscó y rebuscó por toda la casa. El blanco y largo camisón le daba el aspecto de  personaje de película de miedo, de aparecido de ultratumba. La oscilante vela proyectaba fantasmas temblorosos sobre las paredes y ahora, sin viento que hablara, el silencio se hacía más oneroso. Miró en los armarios, dentro de la chimenea y debajo de las camas. Salió al patio. Ni una brizna de viento apagó la vela. Todo estaba en calma ¿Y si alguien estaba agazapado sobre el tejadillo? ¿Y si miraba en el tejado de la casa? A por él  !Quieta! Es demasiado alto. Ya está. Apiló unas cajas  vacías, y encaramándose sobre ellas, pudo atisbar sobre el tejado. Allí no había nadie. Se disponía a descender, cuando de pronto !fiiiiiizzz! una sombra negra saltó por encima de su cabeza. Soltó un alarido al tiempo que rodaba por el suelo, entre cristales rotos, cajas de cerveza descuajaringadas y demás desperdicios que suelen acumularse en los patios. No se hirió de milagro, pero al incorporarse, un poco magullada, tuvo tiempo de ver como un gatazo negro huía en estampida, posiblemente más aterrorizado que ella !Zape! !Uf ! qué susto me has dado, minino. Por poco me mato por tu culpa.

Pero los gatos no hablan. El autor de la broma no podía ser un modesto felino. Contusionada, aunque ilesa, prosiguió en su busca, resuelta a encontrar a alguien o algo escondido en alguna parte. La vela se había roto. Entró en la casa fue a la cocina y prendió otra vela, resuelta a buscar en la calle. La calle. Era el único sitio donde no había buscado. Abrió la puerta y oh, esta vez se abrió sin dificultad, como si nada. Había cesado el huracán. La calle desierta, envuelta en la oscuridad, descubría a la tenue luz de la vela los restos desparramados de la tormenta.

De improviso, el viento comenzó de nuevo a soplar y antes de que Juana pudiera cerrar la puerta una ráfaga de viento huracanado la arrojó al suelo !!Plaf!! La puerta se abrió del todo con tal violencia que levantó cascotes en la pared, los platos de la alacena cayeron al piso para convertirse en polvo, y el viento, que había estado agazapado tras la puerta, escondido como un ladrón al acecho, habló de nuevo:

­­- !Ja ja ja ja!  Soy el viento. Estoy dentro de tu casa. Tú me has abierto la puerta.

– !!No, por favor, no, no me hagas daño!! —gritó la muchacha aterrorizada.

Un desorden, un caos, un rugido y un vendaval se apoderaron de la casa. Volaron las cortinas, los visillos fueron arrancados de sus rieles, se descolgaron los cuadros y todo el mobiliario tembló. Los papeles, como palomas asustadas, revoloteaban alrededor de Juana.

El débil rayo de Luna asomando por el horizonte iluminaba la escena con un misterioso tinte y en aquel ámbito embrujado las cortinas, papeles y visillos parecían fantasmas de brujas ectoplásmicas en la danza ritual de un aquelarre. Y entre el baile de sillas, lámparas, mesas, peroles y sartenes, la risa del viento tronaba como una galerna.

Juana, sus rubios cabellos  al viento  y su  camisón hinchado como las velas de un balandro a la deriva, contemplaba el espectáculo con ojos desmesuradamente abiertos por el estupor. No podía gritar. El terror paralizaba su garganta.

Suave y blandamente, Juana se sintió izada del suelo. La puerta se había cerrado de golpe, y en el momento que su cuerpo ingrávido se acercaba a la puerta, ésta se abrió violentamente unos segundos antes de que ella atravesara su marco. Salió a la calle con la velocidad de un rayo mientras notaba en su piel el roce de una fría y viscosa caricia.

A pesar de la velocidad su vuelo era tierno y delicado, como si unas manos cuidadosas no permitieran el menor daño. Siguió volando y volando, cada vez más rápido, cada vez más alto. Sobrevoló la solitaria calle iluminada por la Luna. Continuó elevándose, elevándose. Volaba ya por encima de los tejados, muy por encima del campanario de la iglesia, más por encima, mucho más por encima de las más altas montañas…

…………………………………………………………………………..

A través del tiempo una leyenda va tomando fuerza. Dicen, que en las noches de Luna, cuando sopla el viento solano, muchas personas han visto pasar por el cielo una extraña ave blanca, demasiado  grande para ser una paloma y demasiado blanca para ser un águila. Su velocidad es tal, que los testigos dudan entre identificarla con un fantasma, un meteorito o una nave espacial.

Los menos fantasiosos de todos, los cazadores, los que dicen la verdad, han desistido de darle caza. Los niños se han fabricado cometas con su forma y todos los años se organizan fiestas y hasta vienen turistas para ver el fenómeno, como ocurre con el monstruo del Lago Ness, y el cura párroco realiza aspersiones al cielo, por si las moscas.

Las malas lenguas  siempre abundantes dicen que se trata del alma en pena de Juana, la más bella moza del pueblo, que sufre el castigo por escaparse a lomos de una moto de gran cilindrada, abrazada a la grácil cintura de un jinete con chupa de cuero y botas altas. Dicen también que, quizás sufrieron un accidente de tráfico, y dicen y dicen que a lo mejor, ella y su amante secreto cayeron al río y nadie pudo descubrir sus cuerpos. Dicen tantas cosas…

Claro. No pueden saber la verdad. La verdad sólo la conocen los locos, los niños, los borrachos y los que a menudo conversamos con el viento.

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  1. MCarmen Guzmán

    Muchas gracias, Federico, por tu comentario.Me gustaría leer tu relato. ¿Cuál es? Por cierto, te llamas como mi abuelo materno.

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