Lluvia. Autor: Alberto Arecchi

Llueve. Llueve en el desierto.

Sin duda, no es nuestra “lluvia de marzo”, ni el tiempo triste de nuestros días de otoño.

Anoche vimos unas grandes nubes negras más gruesas hacia el oeste, justo encima de la montaña de Adrar. Después del atardecer, de repente la oscuridad de la noche estrellada fue golpeada por un rayo, desde el punto oscuro, que sobresalía por encima de la montaña lejana. Nuestro guía, después de haber atentamente mirado el horizonte, desplazó el campo para una posición elevada. Por lo general nos colocabamos en alguna depresión, al abrigo de los vientos y remolinos bruscos de arena. Sin embargo ayer por la noche dormimos en un alivio bastante alto, afuera del curso del arroyo (ued), a salvo de las inundaciones repentinas.

Parece paradójico hablar de inundaciones aquí, delante de un arroyo seco como una esponja exprimida, después de cuarenta días de sequía absoluta y cielos despejados, sin ver nin una sola gota de agua. Sin embargo, alrededor de las cinco de la mañana, nos desperta un retumbo lejano, que pronto se convierte en rugido sordo. Un fenómeno muy preocupante, que parece llegar más cerca de nosotros. Crecidos con las películas de vaqueros, nos sentimos tentados a pensar en una manada de bisontes galopando.

Veinte minutos más tarde, precedida por un frontal de aire muy frío, una pared de agua se rompe en blanco en la valle del ued, con la velocidad de un tren. El arroyo se llena rápidamente, a una altura de cinco metros. Si hubiéramos acampado allí, estaríamos reducidos a escombros y transportados a unos kilómetros más bajo, junto con las piedras llevadas por la inundación y rolladas por todo el fundo del río. Nuestra suerte fue encontrarnos a una pequeña distancia de la montaña y podermos llegar a ser conscientes de la lluvia inminente. Cincuenta kilómetros má adelante, la ola de água llegará sin previo aviso.

Quedamos aturdidos, mientras nuestro guía se apresura a recoger las tiendas, para arreglar todo lo que pueda ser arrastrado por el viento, y grita para nos poneamos a cubierto. De hecho, tras la ola llega – casi de inmediato – una violenta tormenta de viento, acompañada por el polvo grueso y los primeros estrépitos de lluvia. Es como si alguien fuera a lanzar en nosotros, en oleadas repetidas, el contenido de una enorme mezcladora de cemento en la cual tenía mezclado agua, arena, tierra y pequeñas piedras afiladas. Estamos cerrados en los camiones, pero, sin embargo, ningun cierre podría darnos refugio de las salpicaduras de agua y de tierra que penetran en el interior. Desde las ventanas no podemos ver más allá de tres pies, ni realizar si todavía estamos firmemente en el suelo o si – por casualidad – nos deslizámos en el fundo del ued, arrastrados abajo por la corriente. El impacto de los fuertes vientos, que sacuden los medios de transporte, nos consuela de no estar bajo el agua y de tener todavía los pies – o por lo menos las ruedas – en el suelo, y nos tranquiliza a no ser arrastrados por la fuerza del agua.

En la completa oscuridad estamos traqueteados, como sobre un tren fuera de control, en una tormenta de polvo de carbón mojado. El aire es irrespirable y saturado con la humedad. Una pesadilla de cuarenta minutos.

Rápida y repentina, como había llegado, la lluvia desaparece. La luz se abre el camino entre los vapores que emanan de la tierra mojada. Descendemos en el suelo húmedo y lleno de charcos, a tiempo para ver el nacimiento de un gran arco iris hacia el este, en torno a los rayos del sol que atraviesan la nube.

Debajo de nosotros, en el arroyo, el agua se detuvo. La cinta del ued forma un obstáculo insuperable, a lo largo de algunos cientos de kilómetros.

Alrededor de nosotros, el desierto es rápidamente poblado. Enjambres de insectos voladores en el aire y sobre los charcos de agua, moscas, mosquitos, escarabajos, moscas de mayo con las alas iridiscentes. Los escarabajos de colores brillantes emergen de la tierra. Reconozco un insecto de color rojo bermellón, que en Malí se llama “el ángel de la lluvia”: no podía faltar. Los lagartos y las ranas pequeñas aparecieron, aparentemente de la nada, y con ellos una gran variedad de aves. Hay incluso unos mamíferos que llegan para beber. Una pequeña gacela trata de conseguir una bebida, manteniendo su distancia de nosotros. Un fenech (zorro del desierto) en vez se atreve a venir más cerca de nuestras tiendas, en busca de alimento. Antes de la tarde, los horizontes lejanos aparecen como los pastizales. No es un espejismo, sino el resultado de la reactivación de las semillas que estaban esperando – tal vez por años – una gota de agua. Es como si la tierra se había abierto el vientre, para una segunda creación. Aquí en el desierto se percibe y comprende todo el esplendor y la energía total de los elementos primordiales: fuego, tierra, aire, agua. El agua es el elemento final, en que todo termina y todo vuelve a nacer en un nuevo ciclo de la vida.

Decidimos quedarnos unos días en este pequeño oasis improvisado. Movernos ahora entre las rocas y los parches de arena puede ser más peligroso que con la seca, ya que corremos el riesgo de hundimiento de las ruedas en el barro. Pero – lo más importante – no quieremos perder esa alegría primigenia, para sentir el amanecer de la creación, para ver el nacimiento y la primavera de la vida, donde antes estaba el Sahara: la gran nada.

Llega la noche, otro día ha pasado. Hemos jugado como niños, observando con prismáticos y teleobjetivos todas las especies de plantas y animales, para fijar la memoria de este singular fenómeno. El desierto vive y es como si todos los seres que lo habitan habían salido de una obra de teatro privado, cada uno a ocupar su lugar. Pero sabemos que mañana, o otro día, nos levantaremos y nos encontraremos en el desierto de siempre, seco y marchito.

El sol baja en el horizonte, ni siquiera se ve una nube. Un escorpión captura a su presa, una pequeña rana, que ya está paralizada por el veneno de su cola. Un lagarto mira la escena y mueve su gran cabeza amarilla, como un ser humano que sigua negando. El fenech decide escapar: él sabe que el lagarto se dio cuenta de su presencia, y sabe que es más ágil que él. Tiene que encontrar otra cena de hoy.

Nuestro guía pone la alfombra para la oración (salat) y se inclina en la dirección del este, donde el cielo se oscurece, de forma rápida. Movimientos milenaristas, en una naturaleza en la cual se repiten los rituales del nacimiento, de la vida y de la muerte. Nos sentimos como hojas, transportadas en este escenario por una nube que pasa y por un golpe de brisa.

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