La balsa de la medusa. Autor: María del Carmen Guzmán Ortega

He cruzado todos los océanos compartiendo con mis compañeros el horror de morir ahogado, la sed, el hambre y la desesperación. Sentí con ellos la angustia de ser abandonado por la insensibilidad de los que los que pudieron ayudarnos y no lo hicieron. Sufrí con ellos el temor a ser devorado por un hambre ancestral e inhumana. Morí con los jóvenes, grité con los que aún sentían una fugaz esperanza y me uní a la desesperación del viejo que vuelve la espalda  resignado a la fatalidad.

Pero luego, en la relativa paz de mi camarote, reflexioné sobre la impresión que el cuadro ”La balsa de la Medusa” me había producido. Bueno, más que cuadro era una reproducción en una vieja y arrugada revista que me prestó un compañero. Eso es la vida: una balsa a la deriva. Todos viajamos sobre la nave Tierra, sorteando tempestades y bonanzas, sin atracar en ningún puerto, porque esta nave no se detiene nunca. Esta nave luce un  mascarón de proa con la imagen de la Medusa: una espantosa mujer cuyos cabellos son serpientes venenosas. Quien osa mirarla se queda petrificado y luego se convierte en polvo.

Nadie se atreve a hacerlo, pero cuando ella decide mirarnos no podemos escapar del destino y somos expulsados de la balsa hasta hundirnos como piedras en ese mar infestado de tiburones, o lo que es peor, seguir navegando en una eterna diáspora.

No sé si estoy soñando. Ni siquiera sé quién soy. Llevo tanto tiempo flotando en esta oscuridad que no distingo el día de la noche. Tengo extrañas experiencias, flashes de recuerdos, pero nada concreto que aclare mis ideas.

La memoria no es lineal, sino que va a círculos, unas veces concéntricos, otras espirales y hasta da saltos, como ese polvo de estrellas escapado de las vertiginosas colas de las galaxias, saltos cuánticos, agujeros negros, fogonazos, cometas errantes y lluvias de estrellas. Esta memoria que se niega a venir, porque cierro las puertas a momentos de dolor, porque intento abrir ventanas a instantes gloriosos, pero todo se mezcla en un conglomerado, en una galaxia de chispas, de prismas de luz y estancias vacías.

A veces, como en un milagro, consigo atrapar a la memoria y estamparla en un cuadro abstracto donde en confusas pinceladas de color brillan puntos de luz dispersos por el lienzo en blanco, donde las manchas negras, las sombras, se desprenden, se lanzan al ataque de tu cerebro y te deja ciego y mudo para expresar lo que intento plasmar.

En una de esas experiencias entre el sueño y la vigilia  yo era un joven. Me enrolé como grumete en un barco mercante. No recuerdo el siglo, pero sí las ropas que llevaba puestas: una blusa raída que me quedaba grande, unos pantalones ceñidos y los pies descalzos. Huí de mi casa porque mi madre apenas podía mantenerme y mi padrastro me pegaba unas palizas bestiales. Así que, el Capitán del barco, un hombretón rudo y malhablado, pero en el fondo de buen corazón, me aceptó en su barco de grandes velas, donde yo, no sólo era grumete, sino recadero, limpiador, barrendero y ayudante de cocina. A cambio, disponía de un lecho cómodo y de tres comidas diarias. Era todo lo feliz que puede ser un joven de quince años.

Al principio, aquellos rudos marineros se reían de mí, pero poco a poco me gané su respeto cuando vieron que yo me afanaba en mi trabajo como el primero. Todo fue bien hasta que llegó la extraña enfermedad. Uno a uno, hasta mi Capitán, todos murieron. Sus cuerpos se fueron pudriendo sobre cubierta hasta que sus huesos rodaron hasta el mar. Yo seguía vivo. No sé por qué me respetó la epidemia.

El barco permanece envuelto en la oscuridad, y yo, recostado sobre cubierta, intento ver las estrellas por un resquicio abierto entre los celajes de la niebla.

Ya me he cansado de llamar a mi madre, pero nadie responde a mi lamento. Lo único que deseo es la muerte que nunca responde a mi llamada, pero he perdido la cuenta de los años, los siglos, que llevo esperándola, solo, bajo esta oscuridad aterradora…

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