El embrujo de Toledo. Autor: María Dolores Haro Barrionuevo

Cuando las puertas eléctricas de la moderna estación de autobuses se abrieron nos sorprendió alzada sobre la meseta la bella dama iluminada: Toledo. Pequeñitos a sus pies, la contemplamos deliciosos minutos en silencio.

Después, cargados con nuestras inseparables y enormes mochilas, y un poco ya embrujados ante su encanto, ascendimos bordeando su señorial muralla hasta llegar a una de las primeras entradas, “La puerta de Bisagra”. Levantada como un arco triunfal y sujeta por dos grandes torreones semicirculares nos daba la bienvenida y nos permitía el paso y el inicio de nuestro caminar por callejuelas estrechas que conformaban un laberinto. El frío, que ya se dejaba sentir y el viento cada vez más potente nos invitaron pronto a buscar un hostal. Mientras callejeábamos sentimos por primera vez estar en una época diferente: las tenues luces de las farolas que figuran como candelabros, las tiendas comerciales ya cerradas, el empedrado de las calles, las innumerables iglesias y ventanas forjadas; nos convencieron que de un momento a otro caballeros ataviados con sus armaduras nos indicarían la única posada dónde poder dormir. Por momentos oímos los chasquidos del trotar de sus caballos, y un poco intimidados, confieso, por la situación y el contexto apresuramos nuestra búsqueda dándonos de bruces y sin querer, con la imponente Catedral, con la “Giganta”, como la reseña Vicente Blasco Ibáñez en sus libros.

Rodeándola fue cuando descubrimos el hostal que seguro nos acogería. Cuando uno viaja sin reservas, reconoce al instante qué lugar para dormir le conviene. Son como un conjunto de energías paralelas, que por alguna misteriosa razón hacen que estas cosas sucedan, y todo fluya. Así que justo allí, casi rozando la catedral, una económica y ambientada habitación nos esperaba.

Cuando entramos, una amable señora nos dio la bienvenida y nos acompañó a nuestra estancia. Fue toda una sorpresa encontrarnos con candelabros, con mesitas y arcas de madera sutilmente refinadas; pero sobre todo nos fascinó la gran llave de plata envejecida que pertenecía a nuestra habitación. Cansados, dejamos nuestras mochilas y tras una pequeña ducha nos acostamos deseando iniciar nuestro recorrido al día siguiente. Abrazados, los ojos descansaron observando las viejas vigas de madera que sostenían nuestro techo.

A medianoche, algo desveló nuestro sueño. Miles de pasos se oían en la callejuela del hostal, y a través de la semitransparente cortina bordada, se vislumbraban antorchas y se oían susurros exigentes en espera de una muerte…Al abrir nuestros ojos, vimos su imagen claramente: una mujer asustada se escondía en uno de los rincones de nuestra habitación. Con una desabrigada túnica marrón estaba esperando ser llevada. Incrédulos los dos, cerramos nuestros ojos temblorosos sin pronunciar palabra; dos segundos después, al volver a abrirlos, ella ya no estaba. Fue desde la ventana de hierro la última vez que la vimos, arrodillada ante toda la muchedumbre y ante la puerta de la Catedral. Después todos desaparecieron, y Luis y yo perdimos la noción de lo acontecido; aturdidos y asustados ya nunca pudimos conciliar esa noche el sueño. Cuando amaneció decidimos bajar a desayunar, con la barriga llena y la claridad que otorga un buen café estábamos seguros de que encontraríamos una explicación.

En el pequeño y acogedor comedor decorado con tintes judeocristianas nos atendió el dueño del hostal. Con la respiración entrecortada por la mella de miles de cajetillas de tabaco, nos contó con verdadera emoción que llevaba más de cuarenta años regentando aquel lugar. Conocía más que cualquier preciado guía todos los rincones de su Toledo natal. Nos habló del Alcázar, de sus puertas y murallas, del Museo del Greco, de las mezquitas, de los conventos. Su amada tierra había sido “La Toletum” de los romanos, la capital de reino en la época visigoda, la Tulaytula de los musulmanes, la elegante Toledo cristiana. Su honorable cuna de nacimiento, era la conjunción de una convivencia de generaciones históricas, de culturas, reinados y religiones diversas.

El entrañable dueño del hostal nos contó historias y leyendas de las tres culturas que cohabitaron en Toledo, de la judía, de la cristiana y de la musulmana. Con él y sus viejos relatos, nos sentimos muy cómodos y nos transmitió una gran confianza; esto nos animó, medio asustados y avergonzados, a confesarle nuestro secreto nocturno vivido en su tan amado hostal.

Le describimos al detalle todo, medio acurrucados y con voz tan bajita que ni siquiera él podía casi oírnos. Atentamente nos escuchaba, y en su rostro no se atisbaba ninguna expresión de sorpresa, admiración o conmoción ante el testimonio, de quizás, dos locos de la cabeza. Cuando acabamos, solo nos indicó que le acompañásemos. Justo la siguiente casa, actualmente cerrada y abandonada, era una antigua cárcel de la Inquisición.

En aquellos muros, ahora tapiados, habían sido prisioneros hechiceros, brujas sacerdotes traidores y caballeros deshonestos. Luis y yo nos miramos, y ya no quisimos escuchar más. Nuestro amable anfitrión, comprendiendo nuestras caras, nos tranquilizó exponiéndonos dulcemente que todos los toledanos viven los misterios de la noche toledana; y que para ellos es una bendición esta posibilidad. Muchos encuentran hechiceros y hablan con ellos, otros acuden a las misas originales, otros reviven las batallas acontecidas en el río Tajo. Cada persona autóctona de allí, revivía las mágicas historias, y descubrían sus propias leyendas, todos y todas conocían a la perfección su historia, sus raíces. Su propia ciudad, cada noche se las presentaba.

Luis y yo cada vez más impresionados con lo que estábamos escuchando tuvimos el arrebato de huir y continuar nuestro viaje. Subimos a la habitación rápidamente y preparamos nuestras mochilas. Antes de salir, y cerrar la puerta con nuestra llave de plata envejecida, nos dimos cuenta que nuestros candelabros habían dejado de ser eléctricos y avivaban la luz de la habitación con fuego de verdad. Entonces comprendimos que Toledo y su historia nos invitaban a quedarnos, a no huir. Se nos ofrecía la posibilidad mágica de revivir y convivir con la historia.

Así que deshaciendo las maletas, timbramos al teléfono de recepción y pedimos amablemente a la señora de la noche anterior, que nos reservase la habitación hasta nuevo aviso de marcha. En aquellos momentos no intuimos, ninguno de los dos, que nos quedaban abundantes noches por delante desvelando misterios, conociendo y entablando amistad con brujas, aldeanos, soldados, herejes, moriscos y judeoconversos. No supimos descifrar en aquel instante, que quedaríamos atrapados mucho tiempo visitando por las noches baños islámicos, cobertizos, mazmorras, mezquitas y palacios señoriales. Nos supimos que cada vez que cerrásemos nuestros ojos observando las viejas vigas de madera caeríamos en un mundo de misterios y leyendas.

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  1. mar

    Me ha gustado mucho. Evoca en ciertos momentos al misterio de las Leyendas de Bécquer. Si te imaginas la historia con algunas imágenes del Greco como Vista de Toledo, El entierro del Conde Orgaz o retratos de época asusta el embrujo…

  2. Humberto Hincapie

    Hola Lola, muy bien llevado tu relato por los rincones de Toledo con misterio y todo! Felicitaciones

  3. elena2704

    Genial! Es exactamente el tipo de relatos que me gusta leer…y vivir!!!
    Fui a Toledo pero no me quedé a dormir allí.
    La próxima vez lo haré y ya se que en vez de asustarme y salir huyendo, me quedaré y disfrutaré la experiencia.
    Gracias, Maria Dolores!

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