Volver al hogar. Autor: Carmen Nelly Rodríguez Franco

Llegamos a España con las primeras luces del día. Viajaba con mi hija que por ese entonces tenía 22 años de edad.

Sabía que me corría sangre andaluza por las venas. Sin embargo, la que me aguijoneaba, y ejercía sobre mí una influencia esclavizadora, era la gota de sangre mora detectada en un estudio dactiloscópico que me había realizado. Esta me revolucionaba la sangre toda y hasta el pensamiento. Creo que eso explica la fascinación que siempre sentí por el palacio de la Colina Roja.

Desde muy pequeña, aún sin tener muy claro de qué se trataba, quise conocer La Alhambra.

El solo hecho de oír su nombre me oprimía el pecho y el llanto era inevitable. En mi niñez no sabía explicar qué me pasaba; con el paso del tiempo supe que algo muy poderoso me ligaba a ella; algo tan poderoso como para emocionarme ante su sola mención.

El viaje, algo impensado para mí, pues era inalcanzable para mi poder adquisitivo, se concretó porque todas las fuerzas del universo se articularon para que fuera posible. Mi niñez transcurrió en la pobreza donde los viajes eran quimeras destinadas a flotar sobre nuestras cabezas, más cerca del cielo que de la tierra, hasta que crecíamos y la realidad terminaba por desintegrarlas.

Hasta el día de hoy desconozco de donde saqué el empuje que me llevó a efectivizar el viaje. Acostumbrada a no alejarme demasiado de mi lugar de origen y caracterizada por la irresolución y la inercia, jamás se me había cruzado por la mente la posibilidad de realizarlo, por más que en ocasiones me permitiera fantasear con hacerlo.

Lo cierto era que ya pisábamos suelo español y yo seguía sin poder creerlo.

España era el país admirado por mi madre; soñado por mi padre que cantaba el flamenco como cualquier andaluz teniendo solo un lejano ancestro de ese origen. También mis abuelas mostraban inclinación afectiva por el país ibérico. Para mi familia no era raro entonces que eso, sumado a la idealización trasmitida por canciones e imágenes motivara ese embrujo que La Alhambra ejercía sobre mí. Yo sabía que no era así. Pues mi recuerdo más lejano en el tiempo es de cuando tenía tres años, quizá menos, y desde entonces no recordaba haber visto u oído algo que me hubiera marcado de tal modo. Tampoco creo que ese sentimiento tan arraigado en mí, se debiera a la influencia del sentir de mis padres.

El taxista que nos trasladaba desde el aeropuerto de Barajas al hotel situado en el centro de Madrid no paraba de preguntarnos sobre la economía, la educación, la seguridad de Uruguay, nuestro pequeño país del Sur. Viendo pasar veloz el paisaje desconocido y ajeno a través de la ventanilla, fue cuando tomé conciencia y comencé a cuestionarme aquella decisión que ahora nos ubicaba a miles de quilómetros de nuestra tierra. Me asaltó un miedo repentino, un vacío en el estómago, pero nada le comenté a mi hija.

La visita no era ambiciosa. Los ahorros nos permitían un viaje sin muchas pretensiones. Me bastaba con conocer los puntos más significativos de la capital española, de Andalucía, y, por supuesto cumplir con el motivo primordial del viaje: conocer el gran palacio moro; responder a la mano que me tironeaba desde más allá de los mares. Quizá aquella esculpida sobre el arco del pórtico de la puerta de la Justicia.

Nos quedamos tres días en Madrid y una neblinosa mañana salimos rumbo a la patria del flamenco.

Siguiendo la ruta del Quijote, cruzamos Despeñaperros, una herida profunda y gris tras la que se comienzan a ver las entrañas de la tierra andaluza.

Por primera vez durante el viaje se me hizo un nudo en la garganta y los ojos se me llenaron de lágrimas. Mi esposo, conocedor de la conmoción que me agita ante todo lo relativo a aquel lugar, me había recomendado no llorar. Según él, el llanto me pondría un velo en los ojos y me impediría ver con claridad. -Dejá para llorar cuando vuelvas. Allá, disfrutá al máximo –me decía-. Pero ¿cómo sobrellevaría yo tamaño enfrentamiento sin ahogarme en lágrimas?

Ya cerca de Granada, la Sierra Nevada se presentó a lo lejos, inmensa, majestuosa.

-¡Año de nieves, año de bienes! –gritó entusiasmada Pepa, la guía, al verla totalmente blanca, porque se cree que la nieve en abundancia augura un buen año. También nos recomendó pedir tres deseos a los que la veíamos por primera vez, pues, según ella, era lo mismo que pedirlos en una iglesia.

Granada no fue el primer punto de la comunidad andaluza que pisamos. Había henchido mis pulmones con la primera bocanada de aire flamenco en Bailén, donde ya noté cómo había variado el carácter de la gente. En la capital serios y hasta hoscos; acá estallantes en alegría y buen humor. Aunque en Granada percibí una ciudad más austera, más sosegada, más espiritual, no tan chispeante como los otros puntos de Andalucía que conocí.

Estaba cada vez más cerca de cumplir mi objetivo. Me sentía tranquila y no dejaba detalle sin observar. Tomaba fotografías a todo; todo me parecía digno de perpetuar. –Deberías tener un obturador en los ojos, así con cada parpadeo sacás una instantánea, -bromeaba mi hija-. Si bien ella coincidía en que cada rincón que se mirara merecía ser capturado para siempre.

Cuando uno emprende un viaje de placer pierde la noción del tiempo. El alejarnos de los lugares habituales y más cuando se sale del país, tiene el poder de hacernos olvidar la rutina, la cotidianeidad en la que estamos inmersos y así pasan a un segundo plano los relojes, las agendas, los calendarios y el estado alerta de nuestra mente siempre atento a marcarnos horarios y automatismos.  Aquí solo se debe prestar atención a los programas establecidos por los guías para no perder paseos, ni atrasar al resto del grupo, si es que no se viaja por la cuenta.

Yo no sabía si el día siguiente era miércoles, martes o sábado; porque tampoco sabía en qué día vivía, ni me interesaba. Sólo tenía presente que muy temprano en la mañana, debíamos estar prontas para la visita guiada al conjunto monumental de La Alhambra.

Me levanté mucho antes de que el servicio despertador del hotel llamara a nuestra habitación. Estaba emocionada, pero no angustiada como era de esperar.

Estaba tan cerca de La Alhambra, que respiraba el mismo aire que circulaba por sus laberínticos pasajes oxigenado por la frondosidad de sus jardines.

Y al fin la vi. Por fuera era un sobrio conjunto de torres y almenas. Los torreones permanecían impasibles ante el incesante desfile de los viajeros. Subí apurada y apartada del grupo la empinada senda que lleva al palacio. Vi la mano allá arriba. Ella bajaría hasta mí para llevarme a recorrer su morada. Sentí su poder, un poder que, en el crisol de los tiempos, hacía posible fundir en una sola a una cristiana del presente y a una mora de tiempos pretéritos; una fusión antitética impensable.

Me detuve ante el viejo alcázar. Allí estaba exponiéndose ante mí con la promesa de su belleza interior e imperecedera. Atravesé la puerta. Me interné por sus mágicos rincones. El agua murmuraba en el seno de las bajas fuentes de mármol. Las galerías parecían orladas de encaje y daban la impresión de flotar pues las columnas quedaban ocultas bajo las enredaderas.

Pese a mi gran afición por la fotografía y al gusto por captar cada detalle y más en este viaje, me descubrí apagando la cámara fotográfica; sentí que no era necesario; no allí. Ninguna fotografía sería capaz de reflejar la magnitud de lo que estaba viendo. Sin embargo, la impresión no fue tanto visual sino visceral; algo como un aldabazo me dio de lleno, pero no entró por los ojos. Algo que trascendía aquella imagen, cargaba el momento de agitación, de sentimientos encontrados, de misterios.

Atravesé una zona oscura, desierta. En el afán de no dejar rincón sin conocer, no me importó trasgredir las normas y entrar en los recintos vedados para los visitantes. Nadie notó mi presencia; mi hija, con el grupo y la guía ya se había perdido por otros senderos y yo me introduje decidida a recorrer los recoletos pasajes de la fortaleza morisca, si antes no era detectada por algún guardia que me obligara a retomar el camino autorizado. La placidez y el sosiego adentro invitaban al ensueño, a la abstracción. Iba boquiabierta ante aquella manifestación del arte nazarí. El encaje de yesería, las filigranas en el estuco, las estoicas y elegantes columnas, se sucedían en una catarata de belleza.

Fue al levantar la vista hacia las altas celosías cuando un ramalazo indescriptible me cruzó el cuerpo. Sentí un escalofrío y se me erizó el pelo de la nuca. Allá arriba presentía unos ojos oscuros de hurí cautiva que me observaban tras el sutil enrejillado.

Por momentos sentía en mi piel como el ardor que deja un latigazo. Acaso ¿llegaba yo con las mismas cicatrices que sobre la construcción mora labraron las reformas cristianas en el palacio?

Salí nuevamente a la luz. Mi hija, que esperaba afuera, al verme aparecer caminó con rapidez hacia mí. Para mi sorpresa me dio un beso y me dijo:

-¡Feliz cumpleaños! Y sonriendo extendió la mano hacia La Alhambra como indicando:

– “Ahí está tu regalo”.

Sí, era cierto, aquel era el día de mi cumpleaños y yo acababa de nacer de un útero moro como quizás hubiera sucedido varios siglos atrás. Ahora me arrullaban la campana de La Vela y el carrillón lejano del Ayuntamiento lanzando al aire la vieja canción que lleva el nombre de la ciudad.

Yo era la hija que volvía tras deambular por otras tierras porque sentía el grito del pasado, el forcejeo que desde tiempos remotos mantenían sus ancestros; unos ancestros que al fin descansarían en paz porque esta hija, ya estaba en casa.

Me dejé abrazar por la tibieza de quien recibe a un hijo que retorna al hogar tras una larguísima ausencia.

Y no lloré.

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  1. Raúl

    Participé del viaje y doy fe de la emoción de ese momento. El cuento narra fielmente la experiencia tan esperada de conocer un lugar, necesidad imperiosa de la protagonista sin motivos que se puedan explicar.

  2. perla

    HOLA, me encantó!!!! leyendo cada palabra, sentía exactamente lo que la autora…. felicitaciones, hermosisimo!!!!!!

  3. yanet flores

    con que placer lo lei, sabiendo que siempre fue tu anhelo visitar España.felicitaciones, hermoso relato

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