El gueto del tren de media noche. Autor: Laura López Terrón

La noche de un día es la distancia que recorre el tren entre dos de las ciudades más importantes del mundo para los enamorados. El partir, al mismo tiempo que el sol se funde en el Adriático en Venecia. La llegada, entre un envoltorio de edificios que se abren paso en la ciudad de la luz, París.

Entre las dos ciudades, lejos ya del romanticismo: Milán. La antesala, a una puerta de acceso a soñadas oportunidades al otro lado de la frontera Italiana.

En la cola del tren, alejados de la magia de los románticos y turistas, se encuentran emulsionados, en cubículos reducidos, hombres y mujeres de olores, colores y orígenes diferentes. Gentes más del Sur que del Norte, Fatou, Tatiana, Ali, Momo, Moldavia, Macedonia, Pakistán, Azerbaiyán, China, Bangladesh, India y un innumerable mundo que viaja en algo parecido a un gusano gigante que se desliza por vías fijas e invariables.

Milán, la oportunidad también para quien por no tener, no tiene nada que perder, no tiene nada que ganar. A pesar del control policial, de los controladores, de las puertas bloqueadas, del riesgo de hacerse bajar en el medio de ninguna parte, existen los que arriesgan para intentar montar. Aquel día fueron varios los que lo consiguieron y vieron partir el tren desde su interior.

Sentada en la última mesa del bar, comprobé como un señor, corpulento, de bigote serio y cabizbajo llegaba con su reducida maleta. En una combinación más que extraña de italiano e inglés, aquel hombre comenzó una dialéctica con la responsable de tren de la que ambos llegaban a entenderse.

– Problemas de familia, tengo que ir a París… no había otra manera.

– Lo que has hecho no está bien, imagina que todos hiciesen lo mismo. Ahora, debe pagar 80 € – le decía la responsable.

– Sólo tengo 40 €.

– Entonces tendrá que bajarse en la frontera, no puede estar en el tren sin billete. Necesito su pasaporte y su permiso de residencia.

– Tenga, no quiero problemas.

La policía italiana controló su pasaporte pakistaní y su permiso de residencia italiano. Si compraba el billete no tendría problemas, pero en un tren donde casi ya todo el mundo dormía, todo indicaba que sus huesos terminarían en el frío de la frontera sin saber donde ir, sin tener a nadie con quien contar y sin saber si conseguiría pasar de esa noche.

– Si me bajan en la frontera, moriré. Llevo dos días sin comer, y ya se lo he dicho, sólo me quedan 40 €. Necesito llegar al París.

Durante más de 10 minutos sus ojos se quedaron clavados en aquella mujer responsable del tren, el silencio absoluto se golpeaba con el balanceo de los vagones en la oscuridad de la noche.

– Necesito ir al baño – demandó aclarando tímidamente su voz.

Pasaron más de 15 minutos sin que aquel hombre apareciese en el vagón. Entretenida en el ir y venir del grupo de jóvenes controladores del tren que, después de terminar su trabajo, discutían animadamente haciendo más llevadera la carga del de la larga noche que aún tenían por delante, no dejaba de pensar si aquel hombre volvería. De todas maneras, su pasaporte valía demasiado para irse sin más. Desde el primer momento que puse el pie en aquel tren, nuevas circunstancias golpeaban el ideal de viaje que había dibujado en mi cabeza. Un viaje que me llevaba de la risa al llanto por la inverosimilitud de la realidad espacial. Perdida en mis reflexiones, me sorprendí ante el regreso del hombre con el dinero exacto para pagar el billete. Aquel hombre, se había sumergido en el gueto del tren para, aún siendo un total desconocido, encontrar, en la solidaridad o audacia del viajero inmigrante, un salvavidas antes de ahogarse perdido en algún lugar de la frontera franco-italiana. Lo había conseguido, eran las tres de la mañana, y ahora, podía dejar que la adrenalina descendiese a sus pies para, cerrando los ojos durante algunas horas, evadirse antes de llegar a la lluvia de problemas que le esperaban en París.

Yo también regresé a mi compartimento, por suerte viajaba sola con mujeres. Puesto 36 del vagón 87. Desde el restaurante, reconozco que tuve que aligerar el paso… la oscuridad de la noche y el silencio quebrado por el ruido casi invisible a los oídos aturdidos por las subidas y bajadas, por las entradas y salidas de túneles, me dieron miedo. Ahora sí ya estaba en mi litera. Cerré los ojos, respiré, no muy profundamente e intenté dormir.

Muy de mañana, ya casi llegando a París, se encontró en un lavabo sospechosamente encerrado por largo tiempo, a un joven que, al abrir la puerta, sus ojos se murieron de miedo. Estaba más que aturdido, estaba asustado, el sueño le había vencido en su escondite, que sin tratarse de ningún juego, le había servido para pasar desapercibido, una vez descubierto, ahora no sabría que sería de él.

Casi de manera excepcional, llegamos a nuestro destino puntualmente. En el aire, se distinguía un sentimiento de entusiasmo e impaciencia del viajero al llegar, olvidando el largo camino dejado ya atrás. Mi mochila era ligera, y al descender, me sorprendí frente a un grupo de policías que llegaban para controlar aquel joven que no contaba con ningún documento de identidad. Los policías, vacunados contra todo ápice de humanidad, se quejaban de un individuo más a aprovecharse de los impuestos pagados por todos los ciudadanos de bien. Del grupo de oficiales, una muchacha de origen africano discutía con otro joven de origen argelino sobre la benevolencia de las leyes francesas que lo único que permiten al policía es a invitarle a abandonar el país.  Curiosamente, aquellos que no tienen tan lejos su origen inmigrante parecen ser los que resultan sentirse más molestos. Me pregunto si el muchacho indocumentado que argumentaba no conseguir trabajo, que huía del hambre y de la falta de oportunidad, se habría marchado si, en su hogar, las cosas se pasasen bien.

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