La felicidad en 6 actos. Autor: Marc Llopis Hernández

Tengo que salir de aquí. Tengo que salir. Verte al menos una vez más.

I

“La noche previa a mi encuentro contigo apenas duermo. Suena el despertador al fin, y me levanto puntual, sin remolonear. Me ducho y, mochila al hombro, salgo de aquella caja llena de oscuridad que tengo por habitación. En la estación compro el billete, solo ida, por favor, como si esperara quedarme más tiempo a tu lado. Porque el tiempo a tu lado nunca es suficiente. El viaje es pausado y entrecortado. El tren traquetea, se detiene en cada estación, y se aleja de la ciudad que me oprime. Baja y sube poca gente. Intento leer un libro, pero no puedo. Miro el horizonte, pero no me inspira ningún pensamiento profundo. Solo quiero llegar. Tras un par de horas de trayecto bajo del tren y subo al bus, como me indicaste. Parece que me estuviera esperando. Comparto asiento con un grupo de jóvenes. Son alegres y ruidosos, pero no me molestan. Hoy no. Van a pasar el día a un parque acuático. Por fin llego al punto acordado, la cruz del tesoro en el mapa. Bajo y te escribo un sms, “Ya he llegado”, como acordamos. Espero nervioso. En pocos minutos apareces y es como si el sol, ya bien entrada la mañana, saliera de nuevo.

II

Bajamos a la playa. Extendemos la toalla y me meto en el agua. En la orilla tú miras absorta hacia el horizonte, pensándote si entras o esperas un poco. Yo me armo de valor y nado hacia la claraboya en un acto para demostrarte no sé muy bien qué. Luego, los dos ya en el agua, nos alejamos de la toalla para nadar a pocos metros de las rocas, bajo el acantilado, abandonados al capricho del agua y a su corriente. Y llegamos a la cala siguiente. Tu salida del agua es espectacular, Ursula Andrews y su famoso bikini no estaba tan guapa. Volvemos a pie, descalzos, caminando por un bosque de pinos. Nuestros pies se abrasan y nos pinchamos la pinaza. Todo más mediterráneo que la siesta. Recogemos toalla, zapatillas y regresamos. Un  reguero de gotas cae de mi bañador formando un camino hasta tu casa. Nos cambiamos, tendemos la toalla y preparas la comida. Permite que te ayude. Corto el tomate con mimo, lo mejor que sé. Quiero agradarte. Comemos en la terraza mientras hablamos de eso de aquello. De cosas nuestras, cosas pendientes.

III

Esperamos a que baje un poco el calor. Y que la digestión pase, mínimo dos horas, como decía mi abuelo. Al rato, preguntas: ¿Vamos al agua? Esta vez a la piscina. Bajamos y nos metemos despacio, el agua está fría. Nado hacia ti. Te escabulles. Insisto. Buceando, me aproximo a ti, lo percibes y te revuelves de nuevo, con elegancia, y te alejas. Qué le voy a hacer, precisamente eso me gusta de ti, no se te puede atrapar. Eres cercana y distante. Brillas como una estrella, pero si tú no quieres, es imposible llegar a ti. Salimos con los bañadores mojados. No importa, hace calor, dices mientras nos acercamos al aparcamiento de tu padre. Allí cogemos dos bicis y paseamos por un pueblo que comienza a salir de la modorra. Callejeamos un rato, sin cansarnos, con la piel todavía fresca por el baño. Verano azul.

IV

Atamos las bicis a una farola y subimos por el camino de ronda. El sendero zigzaguea por entre los árboles. Cae la tarde. Bajamos a una cala solitaria, apenas una brecha en la roca, y nos sentamos sobre las piedras. No hay arena. Hablamos de todo y de nada, de ti y de mi, de salvar nuestros corazones… y te siento mientras oscurece. Se agudizan mis sentidos. Y deseo que nunca acabe este momento. Pero se hace tarde y debería regresar. Lo digo con la boca pequeña. El último tren sale dentro de poco. Y de pronto, tras un silencio prolongado, más de lo normal en ti, me ofreces pasar la noche contigo. Una prórroga antes de la vuelta. Regresamos pedaleando, sin prisa, cruzando la plaza mayor  y las calles, ahora sí, repletas de turistas, hasta tu apartamento. Cruzamos la carretera, siempre peligrosa. No me preocupa, tú me proteges.

V

Cenamos, de nuevo en la terraza. Y hacemos sobremesa hablando, sin tele, sin mosquitos. ¡Todo me parece tan extraordinario! Hasta los detalles más pequeños y mundanos contienen tu magia: recoger la mesa, fregar los platos, preparar café… Parece que pasa a cámara lenta, como dándome tiempo a fijarme, a saborear cada pequeño gesto, cada detalle. Pero se hace tarde y tú mañana madrugas, no quisiera abusar. Me preparas la cama, un mueble falso que se abate y se convierte en catre improvisado. Buenas noches, que descanses. Y apagas la luz. Hablamos pared a través, a oscuras, cada uno desde su cama, a escasos metros el uno del otro. Al rato, el silencio que precede al sueño. Pero hoy tampoco duermo, no quiero que acabe el día. Intento prolongar un poco más este  instante irrepetible.

VI

Me despierto antes que el sol, y veo los distintos tonos naranjas que adquiere la pared a medida que amanece. Quiero agradecerte tu hospitalidad con un gesto sencillo. Me levanto y sin hacer ruido, sin despertarte, bajo al horno y compro unas pastas de chocolate. Sé que te gusta el dulce. Regreso y me abres con cara de sueño. Buenos días, ¿desayunamos? Pero el momento inevitable llega ya, debemos separarnos. Es hora de partir. No me gustan las despedidas, lo intuyes y no lo alargamos. Espero verte pronto. Cuídate. Adiós.

M., si lees esto, siempre fuiste mi felicidad.

Costa Brava, julio de 2010

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Un Comentario

  1. elena2704

    Precioso relato en donde se nos recuerda que la felicidad generalmente anida en pequeños detalles, tan pequeños que hasta podrían pasar desapercibidos.
    Felicitaciones

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