Cita ciega. Autor: Antonio Tejedor Garcia

-¿Te has informado a conciencia?

-No he sacado ni los billetes. Mañana iré.

-Así no se puede ir a ningún lugar, Javi.

-Roberto, recuerda lo que te he dicho siempre; un viaje es una cata ciega. Marca un punto en el mapa, que él solo se basta para esparcir sus mejores sabores. Sin desdeñar el olor que emane de cada rincón.

Alimentar la sorpresa es un riesgo con el que me gusta jugar. Añade, además, un plus de misterio al caos de tanto orden. ¿Puede haber espacio para una agenda en la maleta de las vacaciones? Ni eso ni la mente llena de las fantasías a contemplar. Poca ropa, los ojos abiertos y en la mano un libro con el que compartir tiempo y lugar en el avión que nos deja en Charleroi. A Bruselas, en autobús. Un hotel cercano a la Grand Place donde el idioma no es obstáculo y el personal de recepción es todo cordialidad.

-¿Quién te iba a informar mejor que ellos?

Un city map y cuatro indicaciones para recorrer lugares tan poco trillados como interesantes (amén de los habituales). Si ha desaparecido la aventura de los descubrimientos, de lo inédito, al menos disfrutar como si pudiera aparecer por cualquier esquina.

En cuanto ponemos un pie en la calle tiramos de lógica para extraer el primer corolario: Bélgica necesita una revolución. No porque existan dos naciones en un mismo país, dos idiomas, dos formas diferentes de ser y sentir y las relaciones entre ellos se parezcan mucho a la unión del agua y el aceite. No, la razón es bien distinta y los mismos ciudadanos nos la dan: cada mañana la ciudad amanece sembrada de adoquines. En París los cubrieron de alquitrán en cuanto los de aquel famoso Mayo del 68 sospecharon que la playa esperaba bajo tales guijarros y quizás en Bélgica, por ese antagonismo de vecinos viejos, la desnudez de las piedras no sea más que una forma de provocar la revolución, otro Mayo, de incitar al pueblo a buscar bajo las piedras una capa de arena fina y el calor del sol. En último caso valdría como motivo, igual que en París, para asfaltar las calles y caminar sin tropiezos, esguinces de tobillo y rodillas desolladas.

A Roberto se le cae una joven encima. El tacón queda clavado entre dos adoquines, quiebra y si no da con los huesos en el suelo es por la reacción de mi amigo y sus brazos abiertos. Pienso en la simulación del desmayo ante un moreno guapetón, espaldas de estibador portuario y casi 1’90 de estatura, pero su prisa por la despedida me dice que no ha lugar. Más adelante el que tropiezo soy yo: la uña rota y un ¡ay! de dolor. Esto me hace pensar en los borrachos. ¡Pobres! ¿Quién se atrevería a cruzar cualquier calle en estado de ebriedad? Empatía, señores del gobierno. Hay que pensar en los demás. No quiero hablar de los abuelos que arrastran los pies con el apoyo de la cachava, del traqueteo de los bebés en los carros sin amortiguadores, de los ciegos que tantean las aceras ayudados por el bastón, de cualquier pierna rota que pretenda salir de casa….

Pero sobre todo los borrachos, señor.

Una cata ciega pretende desentrañar los secretos del vino desconociendo el origen. Del vino o de la cerveza, da igual. Depende del país en que te halles. En Bélgica me olvidé del vino, pero siempre se encuentra algún tipo de composición alcohólica que añadir a la leyenda, que sin vicios es difícil alardear de virtud. De este modo nos topamos con la rubia.

La buena cerveza es como la buena vida, cara. Hay otra vida / cerveza más barata, pero no es vida / cerveza. Y sin embargo, es la que la mayoría vivimos (vida) o bebemos (cerveza). Dicho sin esa querencia a caer en el derrotismo o al lagrimeo impúdico. Es lo que hay y solo se necesita abrir los ojos para verlo. En Bélgica (por lo que respecta a la cerveza) la desgracia por tal carestía es de mayor calado; casi un delito, me atrevería a decir. La tierra de las mil cervezas y todas buenas. Exquisitas. Una copa de rubia ilumina la Grand Place desde las mesas de “Le Roi d’Espagne”.

O cualquier otro bar, por lúgubre que sea. En esta época del año (finales de agosto) y aprovechando el buen tiempo, cualquier terraza. En cada plaza, en cada chaflán, en cada acera. Terrazas para todos los públicos y, por fortuna, público para todas las terrazas. En cada terraza, varias mesas; en cada mesa, varias cervezas. Cada marca, en su vaso. Un rito. En Le mort subite o Delirium Tremens añaden otros detalles: estética retro con toques de Art Nouveau, el primero, y una especie de museo antropológico con mil variedades donde elegir, el segundo

El Manneken Pis sigue meando. Agua, no cerveza. Un despropósito. Quizás sea para evitar excesos etílicos y que los borrachos derrapen sobre los adoquines cualquier día de lluvia. O que hagan la revolución. Ante la posibilidad de que nos acusen de semejante tropelía, nos proponemos un recorrido por el resto del país. Un bono de diez viajes y el tren nos deja en cada ciudad con puntualidad europea y comodidad hispana. En el corazón de la Europa neoliberal, trenes públicos, por cierto.

A Brujas (Brugge, en flamenco) le clavaron el nombre. Como anillo al dedo. La perfecta simbiosis entre denominación y fotografía. Una ciudad de brujas o construida por ellas o al menos bajo su aliento; una fantasía de calles y edificios labrados en el barro rojo del ladrillo y que el silencio del agua besa o lame en cada canal. Los rincones bucólicos se suceden tras las esquinas y la cámara perpetúa la sonrisa de los enamorados entre los cisnes del lago o la filigrana de las flores en los parterres. Antes de partir, me la habían comparado con Venecia, por aquello de los canales. Como si llevara implícita la obligatoriedad de una elección y, por tanto, un descarte. Ni caso. Nosotros firmamos la paz entre ellas delante de una buena rubia y no hubo ni asomo de guerra.

Hay que reponer fuerzas. Croquetas de queso, por ejemplo. O moules con patatas fritas. Cada cual a su albur, que una combinación tan poco frecuente no encuentra acomodo en todas las bocas. Lo de la patata frita no tiene parangón con ningún otro país. Hasta un museo le han dedicado, el Friet Museum. Llegando a este punto, no me resisto a desvelaros un secreto: todo el tipismo de la patata frita choca contra la realidad más prosaica y la diferencia con las de aquí queda en agua de borrajas.

Gante nos recibe con nubes, el chaparrón diario y una sensación de humedad que cala hasta los huesos. Un clima que, a poco que sople el viento, se presume desagradable. ¿Fue esta la razón por la que su Majestad Cesárea, Carlos I, en mala hora vino a Castilla a reventar la revolución comunera y hacernos creer que íbamos a ser un imperio por los siglos de los siglos hasta la llegada de doña Merkel?

-Mira, Javi, qué mar de bicicletas, ¿alquilamos un par de ellas?

Me da la tentación de pedirlas prestadas al Cordero Místico, pero veo que los belgas son muy educados y esas cosas no las hacen. Además, Roberto me lo recrimina con su sonsonete europeísta y entramos en una discusión sobre quién roba más, Berlín, Bruselas o Madrid, que no cerramos hasta llegar al muelle de los graneros, el Korenlei y nos sentamos en una terraza con un par de rubias de testigo. Al otro lado del río, el muelle de las hierbas, Graslei, y las viejas viviendas enfrentadas en una batalla estética que merece horas de contemplación. Pero hay más cosas que hacer y no podemos faltar a la cita con Van Eyck y su Adoración del cordero místico. Muestra una sonrisa iconoclasta y nos mira con cierta insolencia, como presumiendo de chorro de sangre. Tampoco íbamos a olvidar la ruta de la cerveza y el descubrimiento del Gruut, nombre doble para la fábrica donde finaliza el recorrido y la mezcla de hierbas con que la aromatizan.

Lovaina, nueva parada. Como bienvenida nos ofrece una lluvia fina de lo más vulgar y cotidiano. La zarandean unas ráfagas de viento con entidad suficiente para romper al primer envite las varillas del paraguas chino. La culpa es de Roberto por  empeñarse en utilizarlo como objeto de uso cuando lo han fabricado como simple elemento decorativo o, como mucho, para un por si acaso. Solución: un café calentito y un cigarro, que aún es pronto para la cerveza.

Más allá de la ventana protectora, la panorámica se extiende por una plaza (con adoquines, faltaría más) y, en medio, un mástil gigantesco en el que habían pinchado un escarabajo de metal con los élitros anhelantes por reflejar un rayo de sol. Al fondo, la Biblioteca de la Universidad, un espléndido edificio al que los nazis demostraron una ojeriza rayana en la fijación fetichista (ya se sabe de su afición a sacar las pistolas o las bombas en cuanto oían la palabra cultura). Hasta qué punto llegó la inquina que tras quemarla y destruirla en la 1ª guerra mundial, repitieron la hazaña en la segunda. Luego, los rencores nacionalistas se repartieron los restos y los libros de la A a la L quedaron en propiedad de los flamencos y los de la M a la Z, se fueron con los valones. Sin comentarios. Universidad Católica de Louven. La misma que entre otros méritos les cabe el de haber descubierto que el caminar fluido en la mujer, el paso enérgico y sensual y los músculos no bloqueados indican la existencia de orgasmos vaginales en la relación sexual. ¿Comentarios?

Nada de esto fue óbice para desentendernos de una visita al mayor bar del mundo, la Oute Markt o plaza Vieja. ¡Luego dirán que en España hay muchos bares! Allí, puerta con puerta, sin perdonar ninguna. Las sillas de una terraza y otra se confunden. Todo un espectáculo que compartimos con unas rubias en cuanto asoma un rayo de sol. Sobra decir que el marco, incomparable. Bebemos, comemos. Roberto se adormece. Jan, en la mesa de al lado, me encarece una visita al Begijnhof o beaterio, una isla del medievo con sus casas de ladrillo, las ventanas tapadas con los visillos que labraban, las puertas de madera, las calles adoquinadas, el río… Y el silencio. Alguna huella válida habría de dejar el deplorable espectáculo de las cruzadas a Jerusalén.

El nombre de Antwerpen proviene del mito de un centurión romano (un neoliberal de los de espada en ristre, seguro) que no se anduvo con remilgos y primero cortó y luego lanzó al río Escalda la mano del gigante que cobraba impuestos a los marinos que entraban al puerto. Así florece cualquier negocio. Aquí, el de los diamantes. A este simple turista, a quien jamás le ha tentado la prosopopeya de los brillos, le cuesta entender las luchas –incluso a muerte- que a lo largo de la historia han sucedido y suceden detrás de tales pedruscos. Pero algo debe de haber, que el escote de las mujeres se desvive por ofrecerse como sede y asiento de su espectáculo, la sonrisa se les ensancha con una sola mirada y un bailoteo de agujas les recorre el cuerpo ante el espejo. Y los diamantes, en lenguaje universal, corresponden a tal cariño: ¿deslumbrarían de la misma forma en el pecho de cualquiera de nuestros gobernantes o empresarios, barrigudos, peludos y canosos? Los judíos, que saben de negocios, solo los ofrecen a las señoras mientras ellos firman la Visa Oro (o Diamante). A Roberto y a mí, que conste, nos ignoran. Así que nos vamos hasta la Grote Markt, el puerto y la zona del Zuid. No es que me atraigan especialmente los yukis,  antiguos yupis que han cambiado de empleo y ahora se dedican al diseño, el arte, la moda. La verdad que la gentrificación o aburguesamiento del barrio por parte de este colectivo contribuye a darle un aire distinto a la ciudad. Nos tomamos un waffle con chocolate y nata con el que alimentar el colesterol (mentira, en verano no afecta en absoluto y al turista, menos) y escuchamos al viejo músico de calle que mima un saxo lleno de boleros y algún destello de jazz.

Un país curioso, Bélgica. Más de un año sin gobierno y no le ha caído encima ni un simple terremoto. ¿Será que sobran los gobiernos? Ninguna pelea entre flamencos y valones aunque la rivalidad otea en el horizonte, una nube que amaga, que va y viene sin decidirse a descargar la tormenta. Ni unos ni otros harían ascos a la independencia, pero comparten un problema (o la solución, según se mire): ambas respiran con el mismo pulmón –Bruselas- y ninguna quiere quedarse sin riego sanguíneo. Y sin rubias.

Roberto y yo regresamos enamorados, de las rubias.

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Un Comentario

  1. elena2704

    Qué buen recorrido por Bélgica, exactamente por las ciudades que más amo de ese pequeño país en el cual viví algunos años como estudiante universitaria.

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