Vías muertas. Autor: Mei Morán

Esta vez sí irían a París.

Le encontró una pamela rosada y unos calcetines de lana gruesa. Ella siempre tenía los pies fríos. Aún medio dormida, se puso el jersey del revés, pero no se olvidó de Iris, tuerta, de porcelana y su mejor amiga.

No hay tiempo que perder. La torre Eiffel nos está esperando.

Entraron apresurados en el compartimento para coger buen sitio.

-Yo quiero ir al lado de la ventana.

Le colocó un cojín y una manta ocupando los tres asientos.

Nada más sentarse empezó a bostezar como si ésa hubiera sido la señal para dormirse. Le pidió que se pusiera a su lado para recostar la cabeza sobre su hombro. Y, en un santiamén, se quedó traspuesta. Cuando empezó a oír la respiración pesada de su hija se levantó sigilosamente y salió con rapidez del vagón.  Ella se durmió profundamente, al principio inquieta pero más tarde se dibujaba en su cara un gesto de placidez. Fue una noche lenta. El frío se hacía sentir. Se oían incesantemente traqueteos de tren lejanos.

Por la mañana se despertó desperezándose como un gato mirando curiosa ávida de novedades.

-No, mejor que no vayas al servicio. La señora de la limpieza aún no debe de haber pasado. Aquí tienes una toallita húmeda, refréscate la cara que después te voy peinar.

En realidad, los claros en la cabellera eran mucho más abundantes que las matas de pelo pero él le hablaba como si tuviera una melena leonina.

-Tengo unas galletitas que compré para el viaje. Sacó un trozo de papel arrugado de periódico en el que había unas migajas, restos informes de algún dulce y se las dio con un actitud ceremoniosa.

El servicio de las bebidas todavía no funciona, es muy temprano. Aquí tienes un poco de agua.

Además no te olvides de las pastillitas de colores. Por la mañana la amarilla, para que te salga la sonrisa, al mediodía las dos de color naranja, para que espantes el cansancio.

Cuando terminaron las sesiones de higiene y de alimentación le acomodó de nuevo la almohada y le dijo que mirara por la ventana. A ella se le iluminaron los ojos. Por la mejilla infantil resbaló  juguetona y decidida una lágrima.

-Papá estamos en París, acertó a decir.

En efecto, una imagen más bien borrosa de la torre de metal a lo lejos daba a entender que se encontraban ya en su destino.

-Papá ¿no vamos a bajar? Quiero verlo todo. Andar por las orillas del Sena, sentarme en las terrazas para  parlotear contigo y correr detrás de  las palomas.

-Tranquila, no hay prisa, tenemos tiempo. El tren acaba de llegar y por lo que he entendido por el altavoz…

-Pero papá, si tú no hablas francés.  

-Sí hija, nada, que el tren se ha quedado parado sin haber llegado a la estación central. Pero no

me digas que no tenemos una buena vista. Te he traído unos pasatiempos y yo leeré el periódico.  

De vez en cuando echaremos una ojeada al panorama esperando que el tren vuelva a ponerse en marcha.

Pasaban las horas, permanecían sentados en silencio, luchando contra el frio. Ella combinando palabras, él haciendo ver que leía. Echaba cabezadas y ella con una malicia inofensiva levantaba la voz obligándole a recomponerse y a estar atento.

El, en realidad pensaba en otra cosa. Le vino a la memoria la última vez que estuvo en París. A ella no le había hablado nunca de aquel encuentro con Sophie, su madre, hacía tres años.

Recibió una carta sin remitente. El supo rápidamente quién era. La abrió fríamente pero su interior temblaba como una hoja. No había vuelto a tener noticias de ella desde lo que pasó entonces. Con palabras dulces que a él le sonaban huecas le invitaba a ir a Francia para decirle algo muy importante. Al principio, resolvió no hacer caso a la misiva pero estuvo días y días dándole vueltas. Casi al mismo tiempo en que decidió ir a verla volvió a recibir otra carta con la dirección en la que podrían encontrarse. Mintió a su hija. Le dijo que por cuestiones de trabajo tendría que ausentarse.

Fue a la calle que indicaba la carta. Le abrió la puerta con una generosa sonrisa. Estaba sóla pero no tardó mucho en darse cuenta de que en el piso vivía otra persona y que era un hombre.

Le ofreció algo de beber y se sentaron. Le empezó a hablar de cómo les echaba de menos. A él le dio un vuelco el corazón. Sabía que estaba mintiendo pero cúantas estrategias urde el corazón para justificarlo todo cuando se quiere a alguien y, eso era un hecho, él aún la amaba. Le habló durante largos minutos de sus sentimientos hacia ellos dos. Que se había equivocado y que estaba dispuesta a volver a su lado. Se lo creyó todo. Sólo le pedía que para poder dejar París le prestase dinero. Le dijo a todo que sí. Pasó la noche con ella. Como antaño. Los besos y las caricias no podían mentir. Ella también le quería, no cabía ninguna duda.

Volvió a casa para estar con su hija y a reunir la suma que Sophie necesitaba. Tuvo que desprenderse de algunos bienes pero daba igual podría trabajar más y volvería a ganar lo que hiciera falta. Lo importante era estar reunidos los tres. Quizá por un sexto sentido decidió no decir nada a su hija. Envió el dinero como habían acordado. Y esperó. Esperó y esperó en vano. Perdió todo lo que con mucho esfuerzo había ahorrado.

-Papá. Cinco letras. La ciudad de la luz.

Simulaba que no lo sabía. Cavilaba y se rascaba la cabeza intuyendo que eso la haría reír.

-¡Qué tonto eres! París, es París.

– Claro, ¡cómo no se me ha ocurrido! ¿Por qué sabes tantas cosas? Tienes que estudiar. De mayor irás a la Universidad. Cuando estés mejor…

Ya al empezar la frase sabía que se metía en terreno movedizo. No siguió.

Mira, ¿no quieres una manzana?

Ella no insistía en saber el resto. Pasaba como él a otra cosa. Los caminos del sufrimiento es mejor no pisarlos.

 

-Siií. ¿Son de esas verdes que te hacen tragar saliva de lo ácidas que están? Anda, dame una.

Mordisqueaba dos o tres veces y después le pasaba la manzana a él para que la acabase. Comer no era tan divertido como las adivinanzas, o los juegos o las canciones. El estómago era como un

carrusel y al final siempre acababa mareándose de tal manera que tenía que sentarse y cerrar los

ojos. Como otras muchas veces se quedó dormida. En la libertad de sus sueños era dichosa. Podía volar, nadar en los mares rodeada de ballenas y delfines, jugar con todos los niños del mundo y

muchas horas. Sin molestias, ni vómitos, ni dolores. Sólo risas.

Al abrir los ojos se sorprendió.

¿Dónde estamos? Hay campos, mucha hierba, vacas y viñas. ¿Por qué no me has despertado?

-Han dado marcha atrás unos cuantos kilómetros. Estamos en los alrededores, en el campo. Nos quieren llevar a la estación de Montparnasse. Están de obras y tardará todo un ratito más.

-Vale, pues entonces cuéntame cómo conociste a mamá. Me gusta mucho cuando hablas de ella.

-Te lo he contado tantas veces… Era una tarde de primavera. Todo el mundo parecía muy feliz. Cantaban los pájaros, olían las flores. Pero yo estaba de muy mal humor porque me iban a despedir del trabajo. Daba vueltas por las calles como un tonto. No sabía qué hacer ni adónde ir. Me senté en una heladería y como un niño pedí un cucurucho de chocolate. Después de darle dos lengüetazos se sentó en la mesa de al lado la mujer más guapa que había visto en mi vida. Los ojos negros en forma de almendra, el pelo corto y también negro y unos labios que invitaban a besarla, muy rojos. Me quedé tan embobado que el helado se me iba derritiendo sin que me diera cuenta. Ella empezó a mirarme y me puse muy nervioso. Para acabar de burlarse de mí me pidió la hora y yo precipitádamente giré la muñeca y el helado acabó en el pantalón. Ella no paraba de reirse y yo me moría de vergüenza. Como me vio tan torpe me prestó su pañuelo para limpiarme. Esa tarde acabamos paseando por el puerto, compramos palomitas y nos sentamos al borde del agua a ver pasar los barcos. Los días siguientes sólo hacía que contar las horas hasta el momento que podía ir a buscarla al despacho donde trabajaba.

-Y cuando le pediste que se casara contigo.

-Vuelves a tener la cara muy pálida. Tendrías que comer algo. Pero no nos queda nada ya…

-Va, venga,  dime cómo le pediste que se casara contigo.

-Sólo si te recuestas en el asiento. Estás blanca como la cera.

Enseguida se dio cuenta de que ella iba a vomitar. Le acercó una bolsa de plástico y casi no le dio tiempo a abrirla. De nuevo al darse la vuelta empezó a respirar de manera dificultosa y acabó sumida en el sopor de costumbre.

El aprovechaba esos intervalos para ordenarlo todo, ir a buscar comida, agua y cambiar el decorado.

Pasaron horas, había un gran silencio en la soledad de aquel vagón. El volvió a entrar en el compartimento antes de que ella le viera. La zarandeó con cariño.

-Tengo cerezas para ti. Le colocó un par en las orejas a modo de pendientes.

-Ah ¡qué buenas, y qué coloradas! Se puso unas cuantas en el regazo y lentamente las saboreaba. Como tantas otras veces, era más la alegría de la fruta y los colores que el gusto de ingerirlas.

Después de comer dos o tres empezó a jugar con ellas.

-Fue una noche de luna ¿verdad? En la playa. Tú te arrodillaste y en ese momento vino una ola que te tiró al agua. Menos mal que aún no habías sacado el anillo.

-Te sabes la historia de memoria.

-Sí. ¿Dónde está?

-¿Dónde está qué?

-Mamá, ¿dónde está mamá?

Se hizo un silencio incómodo. Le costaba mucho decirle a su hija que su madre se había ido, que no había querido saber de su hija, de su princesa, por entonces muy pequeña, que ni siquiera se despidió, que sólo dejó una nota diciendo que a donde iba a vivir no había sitio para niños.

Nunca le había preguntado tan diréctamente, casi desafiante, con prisa por saberlo como si en ello le fuera la vida. Una premura inquietante que nunca antes había manifestado.

Pero a pesar de todo se negaba a decirle la verdad. No quería romperle el corazón.

-Mamá era muy atrevida, y siempre quería ayudar a los demás. Está en un país lejano ayudando a los niños que no tienen padres.

A ella le gustaba aquella idea. Una mamá aventurera y que repartía amor. Más tarde ella también se iría para encontrarse con ella. Cuando pasaran alguno años.

-Sabe que tú me cuidas y que si tú estás conmigo nunca me pasará nada. Por eso se fue tranquila. El giró la cara tocado por una gran tristeza y con los ojos humedecidos. Y en realidad tenía razón. Sophie sabía que él nunca hubiera abandonado a su hija. Menos aún cuando algún tiempo después del encuentro con ella su hija cayó enferma. Incluso tuvo que dejar el trabajo en el taller.

Volvió a querer estirarse en el asiento. Era presa de una somnolencia casi continua. Brazos y piernas no la obedecían y sólo encontraba alivio en el reposo. Entreabrió los ojos y miró hacia la ventana. Sólo entonces percibió que estaban frente a otra parte de la ciudad. La imagen de la basílica blanca rodeada de añil en el cielo.

-¡Qué bonito! ¡es el Sacré Coeur! Ahora sí que hemos llegado ¿verdad papá? Pero, ¿sabes? creo que no voy a poder bajar aunque me gustaría tanto subir a la colina contigo y que nos hicieran una foto…

Se acercó a ella temblando, con miedo en la mirada y temiendo lo peor.

-Papá no te preocupes, sólo estoy un poco cansada. ¿qué te parece si nos comiésemos un croissant? ¿Vas tú a buscarlo? Yo te espero aquí. Iris está conmigo. Pero no tardes.

Bajó del tren. Aceleró el paso, dejando atrás vías muertas, otros vagones sin locomotora olvidados  en esa tierra de nadie. Atravesó la zona industrial. Casi sin aliento llegó al centro comercial. Aún no tenía ni idea cómo conseguría el dinero para comprar. Se dirigió a una mujer vestida con ropas caras y casi con osadía le preguntó si le podía dar algo para comer. Al principio ella sólo le respondió con  una mirada fría y cierto desdén al comprobar el mal olor que despedía. Sin embargo, después movida por alguna fibra de compasión incompresible le dejó caer unas monedas. Era suficiente. Se acercó a una panadería y pidió  una media luna. Se dio prisa para volver. Al llegar ella se despertó.

-¿Me das un cuernito del croissant? Se lo acercó a la boca. –Mmm, sabe a París. Ni siquiera pudo

tragar el primer bocado. Lo apartó de su lado y forzando una sonrisa se lo dio a él.

¿te lo terminas tú? Sintió náuseas y hubiera devuelto si hubiera tenido algo en el estómago. Volvió a recostarse encima de la manta como si fuera a quedarse así largo tiempo. Cogió la mano de su padre y con una vocecita casi inaudible susurró:

-Papá gracias por el viaje. Sabía que había sido su manera de  mostrarle París del que le había hablado tantas veces. Aún le hizo un último guiño divertido de complicidad. Después sólo le quedó una mirada extraviada, una tenue sonrisa y el cuerpo rígido.

El le cerró los ojos.

Bajó a su hija en brazos del vagón. La aposentó sobre el colchón usado que les había servido de cama durante los últimos meses en aquel depósito de trenes deshauciados. Pensó echarle una manta para que no cogiese frio aunque ya no hacía falta. La observó durante bastante rato deleitándose con aquel gesto tranquilo y feliz.

No había podido pagar a los médicos cuando le hablaron de la enfermedad y de la estancia en un hospital. Pasaron el duro invierno en aquella galería subterránea, aislados del mundo exterior. A menudo no tenía nada para darle. A veces pedía en las calles y había días que le llevaba una sopa que calentaban con algo de leña que recogía en los bosques. Por las noches la arropaba y la atraía hacia él para darle aún más calor. Y se dormían los dos abrazados.

Semanas antes había ido juntando las fotos de París. Las encontraba al hurgar en los contenedores de papel de las agencias de viaje. Las pegaba en las paredes y ventanas del  compartimento de aquel vagón huérfano, fuera de servicio al que se subieron. Cada vez que ella se quedaba dormida cambiaba los lugares. Todos los rincones de la ciudad que a ella le hubiera gustado visitar. Ella se divertía haciendo ver que no lo sabía.

Empezó a descolgar esas imágenes, en parte arrugadas, amarillentas, deshaciendo así para siempre el último sueño de su hija. Sólo volvió al tren para bajar a Iris y llevarla a su lado.

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