Saliendo a cubierta. Autor: Karen Elisa Zambrano Pérez

Estoy cansada de volar. En otro tiempo, volar siempre me pareció lo más divertido para hacer bajo el cielo púrpura, pero ya me aburrí. El asunto es que debo salir a cubierta y no quedarme abajo, más de la cuenta, con los filamentos en remojo. Es tan reconfortante que siento ganas de postergar todo lo demás. Después de varios giros sobre mi propio eje, subo por el tubo ámbar y al llegar a la parte más angosta, me detengo, respiro, cierro los ojos y siento en mi núcleo el par de punzadas frías, ahogo el grito y salgo disparada por el otro extremo del tubo cuyo radio es tres veces menor.

Estando afuera, comienzo la búsqueda.

La cubierta puede cambiar su apariencia: un laberinto desolado, una cordillera de formas suaves o una jungla enmarañada. Como sea, lo que busco es un objeto duro que pueda asir hasta lograr la conexión. Debo estar atenta e identificarlo para hacerme de él lo más rápido que pueda porque se torna volátil.

Hoy la cubierta es una superficie parda con numerosos agujeros del tamaño de mi pie. Debo andar con cuidado y sortearlos para no perder tiempo. Todos están vacíos excepto uno, presiento que la búsqueda tomará varias horas pero nunca antes ha sido infructuosa. Sigo mi instinto, camino un rato en línea recta y luego en diagonal hacia el noreste. La luz de tres soles calienta mi espalda; es bastante molesta, por eso prefiero no mirar hacia atrás. Sudo, la boca se me seca y mis filamentos parecen crujir con cada paso.

Distingo a lo lejos la parte saliente de un elemento consistente y oscuro que contrasta en la explanada.

Comienza la carrera.

Correr es más fácil cuando los filamentos se han hidratado bien durante el descanso, una vez secos, duelen y no sirven para nada.

Mi hallazgo puede ser un espejismo mas no tengo otra opción. Voy hacia él usando la energía que me queda. Me agacho, lo extraigo del agujero y cierro mis dedos a su alrededor con una fuerza creciente. Mis nudillos palidecen al tiempo que nuevos sentidos se instalan en mi cuerpo. En un instante ha desaparecido todo lo indeseable: el calor de dos soles, las perforaciones y el crujido de mis filamentos. Me siento renovada y poderosa.

Puedo seguir hacia delante pero de retroceso alcanzo una velocidad mayor. Sobre la cubierta lisa no tengo de qué preocuparme así que decido ir hacia atrás. Cuando alcanzo la velocidad máxima, comienza mi vuelo. Durante el despegue recreo ante mis ojos un cosmos apetecible; proyecto mi cabeza, junto mis pies y dejo los brazos caer a ambos lados del núcleo etéreo. Estando elevada peso apenas la cuarta parte.

Abajo veo las cúpulas afiladas de los habitáculos.  Son perladas y despiden destellos tenues bajo la luz de un sol único. Cuando desciendo sobre alguna, salpica, se deforma y vuelve a ponerse rígida. Hasta que termine la sincronización no aparecerá nadie por aquí, ni en las calles ni dentro de los habitáculos. Luego, el caos invadirá la ciudad mientras cada quien trata de prevalecer con sus deseos poniendo a prueba sus filamentos.

Ya he volado muchas veces, ahora quiero nadar y recorrer los océanos sin tener que emerger a tomar aire.

Como una ráfaga me alejo del orbe desolado para llegar a la costa. Voy perdiendo altura hasta que mis pies tocan la arena mucilaginosa. El agua púrpura se confunde con el cielo y mis filamentos vibran ansiosos por la humedad de aquella masa inmensa.

Camino hacia delante para mojarme los pies. Una sensación deliciosa que puede terminar en cualquier instante al otro extremo del tubo ámbar, bajo la cubierta. Entrar no será tan doloroso porque el radio abajo es tres veces mayor, pero quisiera quedarme aquí.

Resuelvo sumergirme completa y al abrir los ojos observo que el fondo es tan plano, como el de una piscina. Los peces me doblan en tamaño y se abren paso coreográficamente evitando mis brazadas.

Un murmullo melodioso me acompaña todo el tiempo y burbujas tornasoles reflejan los rayos de luz que entran a través de la superficie. Poco a poco aparecerán los demás, buscando cualquier cosa para asirla y lograr la conexión, algunos saldrán expelidos queriendo volar porque nadar ya se les hizo aburrido. Advierto que me fui a la cama sin cenar porque mientras exploro el lugar voy tomando puñados de confites, de los que se ocultan en los resquicios de los corales, y me los meto a la boca. Hay mucha gente feliz aquí en el país de los onironautas.

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