Male. Autor: Marcelo Lopez

En Male caminaba por la calle con miedo a caerme del mapa. Todo tan pequeño, tan diminuto y reducido. Así es el espacio de esa ciudad oriental que se mezcla de algunas formas extrañas con occidente. Todo aquí se mueve lentamente casi pretendiendo ser lo que no es. Male es la capital, la ciudad más importante, la única en verdad.  Tuve allí una sensación extraña, he estado en muchas ciudades pero en ninguna parecida, es que la sensación que me acompaño en todo el recorrido fue la de estar inmerso en una maqueta.  Pequeños muñequitos, autitos a escala, edificios de cartón, todos montados sobre un vidrio pegado a un cartón turquesa.

La ciudad ha ocupado todo el terreno disponible y esa es la razón de mis sensaciones. El día esta nublado, apenas se mueven las hojas de los árboles, las casas y los edificios se ven excesivos, si se hincharan, si una noche comieran de más, terminarían apoyando al menos un pié en el agua.  La tomes por donde la tomes empieza en el mar y termina en el Indico otra vez. Recorrimos entre la gente de las culturas mas diversas que puedan imaginar pero lo que mas nos llamo la atención fue esa costumbre del islam. Las mujeres caminan detrás de los hombres, siempre. Ellos se detienen, ellas también, siempre detrás, manteniendo la distancia, separados por un recuadro invisible.

La mezquita mas antigua nos esperaba, nos descalzamos y respetuosamente admiramos un hermoso edificio que nace en un parque tan verde como solo aquí el verde puede expresarse, el blanco y el azul combinados, los espacios vacios de las paredes para que el aire pueda darse el gusto de envolvernos y acariciarnos a cambio de un alivio al calor que nos persigue. Seguimos paseando hasta llegar una calle que desembocaba en el puerto infinito. Chucherías, recuerdos y souvenirs nos llamaban desde las vidrieras. Aquí, aquí…insistían en decir. Me pare en un negocio y el señor de la túnica blanca y la piel de cobre me hizo pasar, el ingles tiene esa cosa tan interesante de ponernos en contacto con la mas lejana de las galaxias y entonces nos pusimos de acuerdo. Me prometió una remera y en esa remera imaginó corales, peces tropicales, el fondo de esponjas y una  medusa gigante. Lo miré curioso y le dije que no había visto nada semejante entre las cosas que tenía colgadas. Me pidió unos minutos muy amablemente paso detrás de una cortina y trajo una señora de manos tan flacas y huesudas que parecían dibujos trasnochados. Extendió la remera, blanca como estaba, saco una esponja de esas que cualquiera de nosotros solo podría usar para lavar un vaso, cuatro tapitas plásticas con pinturas distintas y empezó a pintar. En unos minutos el sueño del hombre de la piel de cobre había pasado por las manos huesudas de esa mujer pequeña y se había pegado a la que ahora era mi remera. Quise tomarla pero ella me detuvo con un gesto. Le puso un papel transparente encima y le paso una plancha china que parecía a pilas, recién entonces me la entregó. La mire. La miramos, busque a la señora pero ya había pasado a través de la cortina. Pagué y el hombre que soñaba me despidió con una sonrisa brillante. Salimos otra vez a la calle y bajamos hacia el muelle, se hacia tarde, el barco se iba.

Las Maldivas son como un collar caprichoso y Male esta engarzada cuidadosamente, como un pequeño y valioso diamante, en esa joya turquesa del Índico.

Ahh, por cierto…todavía tengo esa remera, siempre es bueno tener un sueño guardado, nunca se sabe cuando podemos necesitarlo.

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