Los pasos de Byron. Autor: Ricardo Gómez

1. Cintra Antiga

Las dos chimeneas cónicas del Palacio Nacional, un estrambótico capricho arquitectónico que rompía la armonía estilística de la bella y pequeña localidad de Sintra, despuntaban en el terso cielo serrano nada más apearme del vehículo. Había llegado al “Glorioso Edén” de Lord Byron, uno de los lugares en los cuales el escritor romántico por antonomasia compuso La Peregrinación de Childe Harold, la ciudad mediterránea que había sido disfrazada de exótica fantasía centroeuropea por encaprichamiento real en la primera mitad del siglo XIX. La explanada del Palacio Nacional era una superficie abierta a la luz, batida por un viento cortante de principios de febrero, sobre la cual los rayos de un sol de tímido resplandor apenas lograban crear la sensación de calor. La fachada del palacio, ennegrecida por la acción del salitre y el descuido acumulado a lo largo de los años, ofrecía al visitante incómodos asientos de piedra sobre los que algunos viajeros, con el rostro oculto tras los altos cuellos de sus abrigos y sus variopintas bufandas, trataban de parapetarse del zarandeo eólico sin conseguir visibles resultados. Entonces, al alzar la vista con los ojos llorosos de frío, con el cabello despeinado por las coléricas ráfagas que barrían aquella explanada transformada en esplendoroso mirador, descubrí el “otro palacio” que tanta fama había dado al lugar, el palacio que Byron jamás vio porque su construcción no comenzaría hasta más de veinte años después de su visita a Sintra, con sus magníficas cúpulas coloreadas brillando difusas en lo alto de un altivo peñasco. Durante los días previos al viaje, había temido secretamente que la neblina se apelmazara en torno al singular monumento reconocido como Patrimonio Universal hasta volver casi irreconocibles las características que me había aprendido de memoria al verlo en imágenes estáticas. Sin embargo, mis temores ya no tenían fundamento. El día era gélido, el viento indómito, pero el cielo permanecía sereno y azulado, ajeno a cualquier amenaza de bruma que desfigurase los contornos del mágico edificio. Tan sólo por establecer conversación en una lengua portuguesa de la que únicamente poseía ligeras nociones, aunque intuyendo dónde podía hallarse lo que buscaba, pregunté a un agente de la Guardia Republicana, apostado con semblante serio junto a la entrada al Palacio, dónde paraba el autobús –el ônibus, como se decía en idioma luso­– que realizaba el circuito turístico en las alturas de Sintra. Por toda respuesta, el policía señaló en dirección a la omnipresente Oficina de Turismo, más allá de la cual, junto a las escadinhas que conducían al Hotel Bristol y a una tienda de souvenirs, se situaba la parada del vehículo que me ahorraría una escarpada subida de más de tres kilómetros. Si tenía que perder el aliento, prefería hacerlo allá arriba, ante la panorámica de belleza prometida, ante la perfección arquitectónica o la armonía vegetal. El autobús no tardó más de diez minutos en subirme hasta la cima, tras hacer escala en las ruinas del Castelo dos Mouros. Según emprendía el ascenso, comprendí súbitamente, tras haberlo visto con mis propios ojos, un pasaje del poema que tanto me fascinaba:

En variado laberinto de monte y cañada… Después escala lentamente los numerosos caminos que serpentean y vuélvete con frecuencia a posar la vista en ellos, pues a medida que vayas dejando atrás las rocas hacia otras más altas, podrás vislumbrar nueva belleza”.

Tal vez me había equivocado, y la escalada a pie hubiese valido la pena. Tal vez aquel esfuerzo físico me habría evitado la sensación de vértigo que se aferraba a mi cabeza como los tentáculos de un pulpo al sentir cómo el autobús doblaba milimétricamente curva tras curva. Podría haberme detenido también yo, como había hecho Byron en una época aún no motorizada, para posar la vista en los serpenteantes caminos que quedaban atrás, vislumbrando nuevas muestras de belleza en aquellas alturas rocosas. Para mi propio bienestar y el de otros pasajeros, que cerraban los ojos en los giros más bruscos con objeto de evitar que la molesta sensación de mareo empañase la grandeza de aquella subida al cielo de Sintra, el sinuoso recorrido del autobús llegó a su fin. Ya respirando el frío aire exterior, me encontré frente a un parque que custodiaba la entrada al palacio de las Mil y Una Noches: el Palacio da Pena. Más allá, me esperaba un mundo ecléctico y soñado compuesto por torreones y garitas, arcos moriscos, puentes levadizos, patios de armas, tritones alegóricos y tonalidades cromáticas amarillas y rosadas más propias del tecnicolor. Un diseño de cartón piedra para un decorado real y, al fondo, la estela verdiazulada del mar. El mismo Atlántico que bañaba las costas de Inglaterra se perfilaba sensualmente en la distancia, transmutado en un mar diferente, enunciado en otra lengua de musicalidad romance. ¿Qué habría sentido Byron al verlo desde aquellas latitudes meridionales? ¿Se habría acercado a escuchar la “música de su rugido”, a contemplar aquella “acuosa planicie” a la que se dirigía en el extenso poema? El Parque da Pena, el bosque frondoso que servía de antesala a aquel bosque de piedra policromada, también me recordaba a Byron. “Hay un placer en los bosques sin senderos”, escribió seguramente tras haber recorrido aquellos jardines mágicos, como yo mismo hacía ahora. Realmente, todo Sintra parecía ser un sendero hacia el recuerdo perenne de Lord Byron, que en 1809 se alojó durante dos semanas en el Hotel Lawrence’s, cuya luminosa fachada amarilla presumía de albergar el hotel más antiguo de Europa, situado en el camino hacia la lúgubre Quinta da Regaleira. Pero yo a la vez me preguntaba: ¿Qué pensaría Sintra de Byron? ¿Se había enamorado de las palabras del escritor tan pronto las escuchó salir de sus labios? ¿Cayó postrada a los pies del apuesto romántico de Newstead Abbey nada más verle? Quise deambular unos instantes por aquellos inexistentes senderos forestales antes de pagar la entrada que daba derecho a acceder al Palacio de las Maravillas. Aún había tiempo para entusiasmarse ante la belleza obrada por la mano constructora del hombre. Seguí recordando los versos del Childe Harold, mi verdadera orientación hacia el secreto intemporal de aquellos parajes, olvidándome de las guías, mapas o planos que me habían suministrado amablemente en la Oficina de Turismo.

Existe sociedad allí donde nadie irrumpe… No amo menos al Hombre, sino más a la Naturaleza”.

Apenas se distinguían otros seres humanos en la espesura aquietada mientras me iba adentrando en el vergel por el que había paseado Byron, con su elegante cojera, dos siglos antes. Era imposible no amar más a la Naturaleza en aquella paz natural. Era imposible no amar menos a la Humanidad, puesto que en aquel momento, sin irrupción de otros visitantes, la sociedad todavía no existía.

Cuando bajé a la villa de Sintra, aquel pueblecito alpino cuyas casas coloreadas y sonrientes parecían desmentir la melancolía que caracterizaba al país de Lluís de Camoens en forma de saudade, me sentí de nuevo cerca de Byron. Lo había perdido por momentos en los oscuros interiores de aquel palacio mucho más hermoso por fuera que por dentro, empujado a seguir obligatoriamente un recorrido en forma de flecha que desplazaba al visitante de una estancia a otra, admirando salas de porcelanas de Saxe, salas con deslumbrantes vidrieras, salas decoradas con cornamentas de venados, claustros manuelinos, salones de estuco, salas cilíndricas atravesadas por una larga columna a modo de eje, alcobas regias pero embrujadas y muebles de noble abolengo que transmitían una indefinible sensación de tristeza. Tal vez Byron hubiese hallado cierto solaz ante tan abigarrada decoración en los aposentos del Ayudante de Campo, de realización muy posterior a su estancia en Sintra, un siglo después, con sus audaces grabados de mujeres desnudas. Puede que hubiesen despertado el lado más dionisíaco de su naturaleza apolínea, haciéndole disfrutar con el estímulo de la provocación que tantas veces le había alejado de su Inglaterra natal. Tras entrar a tomarme un café con un travesseiro, el hojaldre relleno de compota típico de aquellos parajes, en A Piriquita -la pastelería más famosa de la ciudad, en la que debo reconocer que descubrí fortuitamente un dulce aún más sabroso: la queijada de limón-, me dirigí hacia la Quinta da Regaleira, que según la empleada de la Oficina de Turismo se hallaba a tan sólo diez minutos a pie del centro, al igual que la estación de ferrocarril a la que, al día siguiente, encaminaría mis pasos para regresar a Lisboa. “Todo está a diez minutos de aquí”, le repliqué con ironía. Sin embargo, por cercana que se hallase, no llegué a poner el pie en aquella mansión tesorera de bellos jardines, pozos iniciáticos y símbolos esotéricos sembrados por doquier. Apenas la vislumbré, me sentí repelido por un elemento siniestro en su composición arquitectónica y no tuve valor ya para descubrir sus misterios. En lugar de eso, volví hacia atrás y me detuve en el mirador que se halla junto a la parroquia de San Martinho, cuyo campanario cantarín parecía desdoblarse en un efecto óptico y erguirse encima de la oficina de correos para arrullar al cielo azul noche. Su interior, aunque mucho más sobrio, me recordó a la impresión que recibía en el pecho cada vez que surcaba el umbral de una iglesia italiana. Se respiraba un clima de paz en aquel templo, la paz que tal vez no existiera al salir del recinto, que ciertamente no bendecía la Europa napoleónica en la que Byron vivió sus días de esplendor. Aprovechando que me había quedado solo, encendí una vela sin dedicarle un propósito, sólo por ver brillar una luz anaranjada en un lugar lleno de paz y belleza. Cerré los ojos, visualicé sin dificultad la ciudad italiana que mayor fascinación había ejercido sobre mí desde siempre y, guiado por los pasos pioneros de Lord Byron, me trasladé allí con el pensamiento.

 

2. La isla más verde de mi fantasía

Con esta frase definía Lord Byron, el aristocrático poeta inglés enamorado de Italia, su sentimiento hacia la ciudad de Venecia. Aquella hermosa sustitución de un topónimo ya de por sí tan hermoso como el nombre de la Ciudad de los Canales fue empleado por el escritor en la carta que envió a su amigo Thomas Moore, el 17 de noviembre de 1816. Allí me encontraba también yo, como Byron siglos atrás, después de un periplo que me había llevado desde el Tajo hasta el Brenta y, siguiendo este arbolado canal surcado de villas palladianas, para desembocar finalmente en la luz impresionista que envolvía la laguna adriática de la que una vez fue gloriosa República Veneciana.

 

Me detuve en Venecia sobre el Puente de los Suspiros

Un palacio en una mano, una prisión en la otra;

Vi cómo de las olas sus estructuras surgían

Como por obra de la varita de un prestidigitador

 

No era la Praça do Comercio, abierta al luminoso estuario del Tajo, era la Piazza di San Marco, abierta al mundo. Lisboa había quedado atrás, con sus empinadas cuestas y egregias avenidas interminables, para dejar sitio a aquella urbe acuática, una Atlántida nunca sumergida totalmente pero en grave peligro de hacerlo en cuestión de unos cuantos siglos. Byron la había bautizado como “una Cibeles recién surgida del océano, regente de las aguas y de sus poderes” y no se había quedado corto con semejante epíteto. Era cierto que “los monarcas habían participado de su fiesta y habían visto su dignidad incrementada”, como rezaba el Canto IV de La Peregrinación de Childe Harold, el libro de cabecera que me servía de cicerone a lo largo de aquel viaje que había dado inicio en la sierra de Sintra y que ahora me veía postrado de admiración ante la Serenissima. Nunca antes se habían visto embellecidas con semejante profusión de ornamento las orillas de un canal de agua en este planeta. Nunca más se volvería a construir con mayor elegancia y derroche artístico. El cielo que se cernía sobre Venecia era un cielo escapado de una de aquellas vedute pintadas por Canaletto, rasgado por dispersas nubes pero tenazmente reacio a dejarse arrebatar su esplendor lumínico. El mismo cielo había visto arribar a Byron a aquella ciudad en la que su cojera pasaría más desapercibida al ser trasladado en góndola de un lado a otro, evitándole el esfuerzo físico de caminar, a finales de 1816. Con sólo veintiocho años, el consumado poeta se dedicó a aprender armenio en el monasterio de la isla de San Lazzaro y a cortejar a la esposa de su casero, un “mercader de Venecia” volcado enteramente en sus mundanos negocios. La bella Marianna, con sus ojos orientales y su apariencia de antílope, fascinadora y fascinada por el encanto byroniano. Palacios como el de Albrizzi o el de Benzon, a cuyas tertulias y fiestas fue invitado el poeta, y el Palazzo Mocenigo, donde se alojó con su extravagante zoo particular, testimoniaban la presencia de Lord Byron en aquella città de la que apreciaba todo excepto su ponche de ron. Mientras yo admiraba el interior de la Fenice, la majestuosa ópera veneciana, a la que asistió el escritor en más de una velada, también recordaba las palabras de Byron con las que éste explicaba lacónicamente por qué no le había decepcionado el estado de lánguida decadencia en que se hallaba la monumental Reina del Adriático:

He estado familiarizado con ruinas durante mucho tiempo como para que me desagrade la desolación”.

Y yo me preguntaba: Si aquello era desolación, ¿cómo sería el florecimiento? Venecia era una ciudad concebida para aprendérsela de memoria, aunque no para retener en la punta de la lengua las características de sus estilos artísticos o los musicales nombres italianos de los artífices de su engalanamiento, sino para ser capaz de recrearla con el pensamiento cuando no se tuviese ocasión o presupuesto suficiente para visitarla de nuevo. A lo lejos, divisé la silueta alargada de la isla del Lido, donde Byron acostumbraba a ir a montar a caballo tras bajarse de su góndola. Aquel medio acuático era el más indicado para un hombre joven con una deformidad en el pie derecho. Sobre aquellos corceles venecianos, debía de sentirse volar libre de cualquier tara física que impidiese su expansión sensorial en una ciudad que para él siempre fue “el lugar placentero de toda festividad, el regocijo de la tierra, la máscara de Italia”. Byron ya no estaba allí en persona, su época había desaparecido en la neblina del tiempo, pero la Belleza continuaba su mandato como regente de las Artes y de una Naturaleza que se habían perdonado sus desplantes mutuos y habían firmado un eterno pacto para hacer que Venecia nunca dejase de deslumbrar al viajero. El chapoteo de los remos de una góndola se dejó oír a mi espalda y me volví precipitado. Pasó majestuosa bajo el Puente de Rialto y siguió su trayectoria por el Canal Grande, envuelta en la luz de Canaletto, Guardi, Vermeer, Turner y tantos otros admiradores pictóricos de Venecia a lo largo de siglos y siglos de humanidad. El nombre de la embarcación, nítidamente pintado en la madera, me emocionó: La nave di Byron. Volví mis pasos hacia la Piazzetta di San Marco, con sus dos columnas de granito que representaban a San Teodoro y al león alado, símbolo de la ciudad, y la Librería que concibió Sansovino. De frente a la plaza, la laguna sconfinata -esa poética manera con que los italianos expresan que algo no tiene límites- me esperaba ya, bañada en una luz extrañamente blanquecina. Al otro lado del Adriático, en una ciudad griega bendecida también por una laguna que desaguaba en el Golfo de Patras, Lord Byron acababa de morir en Missolonghi.

 

3. El despertar

Los pasos de Byron sonaron cada vez más cercanos en mis oídos, sus ecos portugueses e italianos mezclándose en una algarabía donde la lírica en lengua inglesa pugnaba por expresarse con la intensidad mediterránea que se le había negado de nacimiento. Las chimeneas cónicas ya no sobresalían por encima del Palacio Nacional de Sintra, sino que ahora formaban parte de la fachada barroca de la iglesia de la Madonna della Salute, mientras que las fantasiosas formas orientales del Palacio da Pena se habían fundido con las cúpulas deuterobizantinas de la Basílica de San Marcos en un baño de color bilingüe. Alguien me despertó susurrándome unas palabras al oído que al principio no entendí pero que, horas después, mientras paseaba solitario por el Embankment de Londres, me vinieron de repente a la memoria, como si se las hubiese programado para que se materializasen con efecto retardado:

 

¡Inglaterra!, con todos tus defectos, todavía te amo

Dije en Calais, y no lo he olvidado

 

Seguí caminando ensimismado hacia la Aguja de Cleopatra, mientras analizaba el contenido de aquellos versos pertenecientes a Beppo, una historia veneciana, otro de los insignes poemarios del rapsoda inquieto. En la ribera opuesta del Támesis, del mismo río que había atravesado a nado George Gordon Byron en una de sus proezas atléticas, dirigiéndose con toda seguridad hacia la estación de Waterloo, me pareció distinguir un fantasmal  carruaje de porte tan egregio como su ocupante. No me cupo la menor duda de que en él viajaba el escritor que nació un año antes de que se produjera el estallido de la Revolución Francesa, como queriendo anticiparse a dicho acontecimiento con su espíritu libertario, y de que a Byron le acompañaba la Marianna original o un sucedáneo de ésta, fugitivos ambos de las nieblas londinenses con rumbo a su enésimo destino en latitudes no sólo más soleadas, sino también devotamente consagradas a la impetuosa vitalidad de la que él siempre había oficiado como alto sacerdote.

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