Una fugaz puesta de sol. Autor: Balthazar M. Royuela

La puesta de sol le sorprendió cuando salía, atolondrado, del elevador que comunica el puerto con la parte alta de la ciudad. Sentía su estómago revuelto por la travesía en barco desde la isla de Itaparica, a través de la Bahía de Todos los Santos, azotada durante aquellos días por un fuerte temporal del Atlántico. Y cuando unas repentinas nauseas le obligaron a detenerse en seco, vio en un charco el reflejo ensangrentado del crepúsculo.

Encontró un banco de madera desocupado, pese a la numerosa presencia de turistas, que se tomaban fotografías con el incendio del horizonte a sus espaldas. Y, sentado allí, presenció consternado la puesta de sol, como si se tratara de la hemorragia de una herida propia, aún reciente y sin restañar. Mientras sus lágrimas brotaban hacia adentro en una corriente invisible, lenta y silenciosa, fue sintiéndose mejor. Hasta que cayó la oscuridad, como una gasa sanadora, que contuvo la hemorragia, en el cielo y en su alma.

Fue entonces cuando advirtió la presencia de alguien a su lado. Giró la cabeza y allí estaba ella, sentada en el otro extremo del banco, tan oscura como la misma noche, recién llegada, expectante e inmóvil, como un felino al acecho. Un leve escalofrío recorrió su espalda, quizás provocado por la fresca brisa marina del anochecer o, tal vez, por la inquietud que sintió ante aquella desconocida, que de forma tan sigilosa se había acercado tanto que casi podía escuchar el sonido de su respiración.

Pero la muchacha enseguida le dedicó una sonrisa, y el blanco de sus ojos y de sus dientes refulgió en la oscuridad, y su rostro de ébano se iluminó tanto que sus murallas defensivas saltaron en mil pedazos. A partir de ese momento fue dominado por un sentimiento de ternura y deseo hacia la muchacha, que, al fin, rompió su silencio. Se presentó con el nombre de Cibelle y comenzó a susurrar palabras en un suave murmullo que sonaba como una canción, como una bossa nova cuyo estribillo delicioso repetía, una y otra vez, las palabras voçê é lindo.

Cuando empezaron a caminar muy juntos, ella le tendió la mano, y sucedió lo que les sucede a veces a los niños y a los enamorados, que se sienten elevados por la felicidad a dos palmas del suelo. Y así anduvo de su mano, como si flotara por encima de las calles empedradas y turísticas del centro, calles que pronto dejaron atrás para adentrarse en oscuras callejuelas descendentes, jalonadas por bolsas de basura, devastadas por las lluvias torrenciales del Trópico.

Pero ya no había marcha atrás. Había decidido traicionarse a sí mismo, al ser desconfiado y temeroso, que en realidad era. Así que subió las escaleras de aquella humilde pensión como si ascendiera al séptimo cielo y la cháchara estridente de la transmisión de futebol, que salía de la la televisión de la planta baja, sonara a música celestial. Y no le importaron la puerta desportillada, el jergón hundido en una malla metálica oxidada, las sábanas raídas y festoneadas por manchas y agujeros… la decrepitud general reinante de aquel mísero cuarto.

* * *

La observó mientras ella iba desvistiéndose despacio en un viejo diván, sobre el que dejaba cuidadosamente sus ropas, ensimismada y con el ceño fruncido, en lo que parecía una lucha interna con sus dudas e indecisiones. Y cuando quedó únicamente ataviada con su minúsculo conjunto blanco de ropa interior, que casi resplandecía sobre la negritud de su piel, levantó la mirada y casi pareció sorprendida al verlo. Sin embargo, apenas tardó un instante en dar unos pasos decididos y abalanzarse sobre él con furia, como si hubiera sido repentinamente poseída por algún orisha invocado, quizás por Oxum, que, según le habían explicado en una ceremonia de candomblé, era la divinidad yoruba de la sexualidad femenina, de las aguas de los ríos y los manantiales.

Después de ese trance inicial, en el que todo pareció tambalearse, consiguió enfundarse un preservativo, antes de que la muchacha se montara a horcajadas sobre él, le agarrara el miembro sin demasiada delicadeza y se lo introdujera dentro con rapidez y precisión. Para iniciar a continuación un movimiento pélvico cadencioso, con la espalda enderezada, como si cabalgara sobre él igual que una amazona sobre su bestia. Y poco a poco fue acelerando el ritmo, hasta alcanzar un trote cada vez más vertiginoso, mientras emitía una especie de jadeo ahogado, un sonido gutural parecido al ronroneo de un animal, un ronco gemido desgarrador que se elevaba por encima del ruido chirriante del catre.

Aferrado a las caderas de la muchacha, cayó hipnotizado por el balanceo de sus pechos, coronados por unos pezones tan duros y negros que parecían de una materia distinta a la carne. Y cuando pronto sintió que estaba a punto de derramarse, consiguió cerrar los ojos y acudieron a su mente visiones de algunos animales amazónicos del jardín zoológico. Pensó en un roedor gigante llamado capibara; en los araras o guacamayos, de vivos e imposibles colores; en el coata da cara o mono araña, un revoltijo de pelos encaramado en lo alto de una rama; en la onça pintada o jaguar, enloquecida por su cautiverio; en la sucurí o anaconda, emergiendo lentamente de su estanque cenagoso, cubierto de hojarasca… Así, hasta que la muchacha lanzó un grito sofocado, que le pareció más agudo y más humano, expulsó un líquido muy caliente entre sus piernas y se derrumbó a su lado.

El sueño le atrapó dulcemente poco después, drogado de placer, anestesiado por aquel olor denso y fuerte, una mezcla embriagadora de sudor, fluidos corporales y el aroma dulzón, a fruta selvática, que exhalaba el cuerpo de la chica.

Hasta que despertó al sentir durante el sueño el peso de su mirada, sus ojos como llamas resplandeciendo en la oscuridad, clavados en su cara, escrutando su expresión mientras dormía. Estaba ya vestida, acuclillada al lado de la cama, envuelta en esa quietud suya tan animal. Durante unos segundos se miraron fijamente en silencio y, de pronto, comenzó a acariciarle la cara con sus labios carnosos, que, formando un círculo, aspiraban suavemente de su piel como una ventosa, mientras con su pelo denso y encrespado le hacía cosquillas y provocaba su risa. Pero él ya sabía que esos besos anunciaban la despedida y que el encantamiento estaba a punto de romperse, lo que sucedió en cuanto ella le pidió poco después que le pagara. Aturdido se levantó, extrajo la cartera de su pantalón, tirado en el suelo, y le fue tendiendo los billetes que ella consideró suficientes.

Antes de partir, le pidió que no se demorara mucho, porque el chico de la pensión le estaría esperando para acompañarle al ponto de taxi, ya que el barrio era muy peligroso a esas horas. Luego abrió la puerta y se fue, y él se quedó allí de pie, escuchando el eco de sus pasos en la escalera, como si escuchara los compases finales de su bella canción de amor, esa bossa nova cuyo estribillo repetía voçê é lindo una y otra vez.

* * *

Joâo era uno de esos mulatos espigados y atléticos, de aire risueño y despreocupado, vestido como cualquier otro joven del barrio, con una camiseta algo raída y unas sencillas bermudas, además de las gastadas chancletas habaianas. Enseguida salieron afuera y nada más emprender la subida de aquellas sucias y fantasmagóricas callejuelas, sintió pinchazos en la entrepierna, de modo que tuvo que aguantar el dolor para seguir el paso rápido del chico. El lugar realmente infundía temor a esas horas, pero, sin embargo, sólo tuvieron que sortear a algunos meninos da rua, que yacían en la acera sobre cartones, inhalando efluvios tóxicos en bolsas de plástico. Así que en pocos minutos llegaron al Centro Histórico, donde ya podía sentirse seguro, pues había bastante presencia policial.

Antes de despedirse, entrechocando las manos como dos viejos amigos, Joâo le contó lo que ya sabía acerca del nombre del barrio, es decir, que Pelourinho significa picota, una columna de piedra, instalada aquí en el pasado, en la que se amarraba a los esclavos infractores y criminales para someterlos a suplicios públicos. El Pelô era algo así como el verdadero corazón de la ciudad, un barrio de postal que, en la actualidad, atraía como un imán a los turistas, con sus lindas casas coloniales de colores pastel y de balcones de hierro forjado, las iglesias centenarias, bellamente iluminadas durante la noche, las plazas y calles adoquinadas, las galerías de arte, los museos, las tiendas de souvenirs… Pero para ello habían tenido que acometer una rehabilitación a fondo que, según Joâo, supuso la expulsión de mucha gente del barrio. Porque el corazón de la ciudad antigua se había descuidado y degradado mucho a lo largo del tiempo y padecía las arritmias propias de la vejez. Hoy en día, en cambio, tras la operación, el Pelourinho funcionaba muy bien, era muito bonito y sus latidos sonaban rítmicos y vigorosos, como los tambores del grupo Olodum.

Encontró cierta animación en torno a la Praça da Sé, donde varios grupos de jóvenes tomaban cachaça, y quedó muy sorprendido al descubrir que no era tan tarde como había supuesto, porque todo había sido de tal intensidad desde la puesta de sol, que tenía la sensación de que hubiese transcurrido muchísimo más tiempo. Pero no era sólo eso, además se sentía diferente, más vivo y ligero tal vez y, al mismo tiempo, más curtido y menos ajeno a todo, como si su experiencia íntima con aquella muchacha misteriosa le hubiera ayudado a sobrepasar su condición de turista, para ser ahora simplemente una pessoa estrangeira.

El taxi recorrió a toda velocidad la ciudad dormida, irreconocible para él, aunque la hubiese transitado innumerables veces durante aquellos días, guiado ahora por un taciturno conductor que procuraba saltarse todos los semáforos en rojo que el escaso tráfico le permitía. Mientras él, en el asiento trasero iba mirando por la ventanilla para intentar distraerse, aunque esas calles no tuvieran mucho interés sin el bullicio propio del día. Siempre tenía esa sensación en el Trópico: la luz diurna era de una intensidad inigualable, pero también era más profunda la oscuridad del anochecer, aunque estuviera en una gran ciudad como Salvador de Bahía.

Al advertir sobre él la mirada circunspecta del taxista, a través del espejo retrovisor interior, se dio cuenta de que estaba tarareando una vieja y famosa canción, que trataba del carácter efímero de la felicidad respecto a la tristeza. Y aunque él básicamente siempre había estado de acuerdo con la canción, durante ese trayecto en taxi sentía una mezcla extraña de ambos sentimientos: alegría por la fantástica experiencia con la chica y tristeza por haberla perdido tan pronto. Si bien, conforme el taxi se acercaba a su hotel, parecía que el sentimiento de melancolía iba ganando la partida. Se preguntó si no sería eso lo que allí llamaban saudade.

* * *

Desde la habitación del hotel, la vista era magnífica. Podía contemplar la playa de punta a punta, hasta el Farol da Barra, instalado en el fuerte de Santo Antônio, considerado como el primero que los europeos levantaron en el país, y que indicaba la entrada norte a la bahía. Antes de dormir, le gustaba ver las olas romper en la playa desierta, iluminada por las luces de la Avenida Oceánica, mientras las ráfagas de luz del faro penetraban la oscuridad del Atlántico. Era pues un escenario cargado de magia e historia en el que resultaba muy fácil entregarse a la ensoñación.

Esa noche se sirvió un vaso largo de ron con hielo y, sentado frente al mirador, experimentó cómo, a partir del cúmulo de vivencias y sensaciones guardadas en su interior, se iba formando una marea poderosa que le hizo perder pronto el control de su pensamiento. Primero divagó rumbo al sur, hacia el Morro de Sâo Paulo, a hora y media de navegación, y recordó los días dichosos de playa y fiestas que había pasado allí. Después, la corriente le llevó mucho más lejos, en línea recta hacia el este, a través del océano, hasta las costas de África, donde estaban los orígenes de muchos de los habitantes de la ciudad. Se sintió conmovido al imaginar que justo por ahí, frente a esa Playa de Barra que estaba contemplando, llegaban en el pasado naves cargadas de personas, apresadas en África, para ser utilizadas aquí como esclavos en las plantaciones de caña de azúcar.

Y aunque intentó resistir todo lo que pudo, la marea de su pensamiento le arrastró finalmente hasta Europa, lo que provocó que su herida se abriera de nuevo y supurara recuerdos que, sin embargo, esta vez no le dolieron tanto, como si la herida hubiera empezado a curar y cicatrizar. Después de todo, se dijo a sí mismo que quizás Salvador le estuviera efectivamente salvando, tal era el efecto que ejercían sobre él sus gentes y toda esa naturaleza prodigiosa

Cuando sintió que la bruma del alcohol era ya tan densa que envolvía toda su mente y lo confundía todo, decidió retirarse a la habitación, una suite matrimonial enmoquetada, con una cama enorme, de la que sólo ocupaba la mitad. Entonces, al acostarse, vio la presencia de Cibelle en la muñeca negra de trapo colocada sobre la almohada del otro lado de la cama. La había comprado días atrás muy cerca de donde conoció a la muchacha y ahora lo consideró como una especie de premonición. Agarró la muñeca para mirarla atentamente y, emocionado, creyó ver en ella los mismos ojos grandes y centelleantes, su sonrisa luminosa, su mata de pelo rizado… Abrazado a la muñeca se quedó dormido y ya no despertó hasta mucho después del amanecer.

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  1. Humberto Hincapié

    Excelente relato Balthazar. Combinas muy bien tu narrativa, tu vena poetica y tu estadía en Salvador. Cautivas al lector de principio a fin

  2. Gustavo Luben

    Balthazar tiene muy buena narración y giros poéticos de inmenso valor que enriquece el relato, que tornan la historia simple en algo muy agradable de leer. Felicito al autor y a Moleskin por divulgar.

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