El principio del fin. Autor: Francisco Bautista Gutiérrez

El hombre, Juan, se encuentra sentado en su despacho, a su alrededor un montón de documentos y en un extremo de la mesa la pantalla del ordenador que indecente parpadea de una manera incansable. El hombre se siente desamparado y desorientado, no es capaz de mantener fija la mirada en el folio en blanco que se encuentra ante él y menos aún expresar en el mismo aquello que le han solicitado, lo que tiene que hacer. El hombre prepara su viaje, está a punto de salir.

Ha pasado mala noche, ha escuchado todos los ruidos inimaginables, los que han sucedido, los que se ha imaginado y aquellos otros que no han ocurrido pero que él ha sentido y aquellos otros que no han ocurrido pero que él ha aceptado como propios, y ha vivido a su lado la respiración profunda de su mujer. Vamos, levántate ya- le ha dicho con un deje de desprecio cuando ha mirado el despertador, antes de que este desgranase su monótona melodía. Ya voy. –Le ha respondido ella, sabiendo que al hombre le pasa algo, aunque este no se lo haya comentado, y ella sepa que todos los problemas por duros que sean se resuelven enfrentándose a la realidad, cambiando la forma de ser y no escondiéndose de la verdad, tapando la angustia y el vacio existencial que le domina.

Juan, el hombre abandona la cama cuando escucha a su mujer salir del baño. ¿Qué te sucede? Le pregunta esta antes de caminar hacia la cocina y escucha la misma respuesta en forma de gruñido del hombre, nada, déjame en paz, palabras que ya se sabe desde que se hizo patente el distanciamiento, pero con la esperanza que esta forma de ser del hombre sea un mal recuerdo, que el poso que queda después de una pesadilla se vaya por el desagüe y no vea en sus ojos lo que está sintiendo en los del hombre, el desánimo unido al desprecio, y sin embargo, se atreve a preguntar el porque de su actitud, a aconsejarle que abandone su postura, que supere esa debilidad mental, aceptando sin pudor su depresión, que reconozca el problema para de esa manera salga favorecido y fortalecido.

Sabe la mujer que ser hombre no es sinónimo de ser mas inteligente ni mas fuerte y menos aún poderoso, que la igualdad de oportunidades en la vida llega a todos y siente pena por el hombre, por su marido, por su indefensión, por los sentimientos de angustia e impotencia que le invaden.

-¿Está el café?…-escucha la mujer el grito que le llega en forma de exigencia y lo admite sabiendo que de su silencio depende la estabilidad familiar y aunque tiene que luchar para poder ocupar su papel en la sociedad, ella es solo parte de esa corriente feminista que ha recorrido un largo camino y que aún tiene que recorrer un buen trecho lleno de dificultades hasta poder encontrar el lugar que le corresponde.

Juan, el hombre se encuentra mal, le duele la cabeza y a ello le achaca sus problemas de comunicación, el que tiene en casa y con sus compañeros, con el entorno, con el resto de hombres y de mujeres que trabajan y que pasan a su lado, que le es imposible a pesar de todo, aceptar los sentimientos de la gente, e incluso los suyos propios, no puede pensar con claridad, ni apoyarse en el estilo de vida que bueno o malo le ha acompañado siempre y que ahora encuentra carente de todo sentido a excepción de las palabras que le golpean, de su continua frustración y fracaso personal, carente de valores, de moralidad, de ideales, de ilusiones y deseos de triunfo.

-Las tostadas están quemadas- le había gritado a su mujer. No te preocupes, te paso otras rebanadas de pan.- ¡Que mas da!…le había respondido de malos modos. Y ella había guardado silencio aunque puso el pan en el tostador, sabiendo que cuando se está en un medio desfavorable hay que huir de él y dedicar la energía a transformarlo y no a defenderse de un hecho que se sabe perdido de antemano.

El hombre, Juan, aislado, guarda silencio con el temor a perder su imagen de macho viril, de duro y masculino y escuchando solo lo que quiere oir, sin saber que para ser hombre no hay que demostrar nada y que sus derechos, el de tostar el pan son los mismos que las obligaciones, que él puede hacer lo mismo que la mujer que en silencio se le acerca con la cafetera, que le salpica al depositar el café en su taza con el líquido caliente, que escucha el grito de enfado.- ¡Eres imbécil!, como si él fuera perfecto, sabiendo que durante siglos, la cultura ha legitimado el derecho que tiene de insultar a la compañera, él, solo el hombre porque de esa manera no pierde el poder, aunque en su fuero interno sepa que las decisiones, que la convivencia, que el estar al lado de una persona hace que la vida sea mas llevadera, que el deterioro de las relaciones afectivas pueden llegar al funesto camino de la violencia doméstica.

La mujer siente deseos de hablarle, de decirle que evolucionamos, que no podemos quedarnos anclados en el pasado, que si el pantalón se ha manchado se cambia, que si se ha quemado el dolor dura solo unos instantes, que la angustia confunde y embota el cerebro y que hay que vivir que son dos días, pero no lo hace, soporta las lágrimas, soporta el dolor.

Juan el hombre sentado en su despacho trata de centrarse en lo que hace, en el ordenador, en la pantalla, trata de asimilar lo que dicen los papeles, el expediente que tiene frente a él pero no puede, sabe que tiene mucho tiempo por delante, que dentro de poco se alejará del correo, que no tendrá folios en blanco frente a él y el monitor del ordenador no le guiñará indecentemente el parpadeo de la pantalla.

Juan sabe que en unos instantes mas o menos lejanos tendrá que levantarse de la mesa, que será el blanco de todas las miradas y que nadie moverá un dedo para defenderle, sabe que será acusado y conoce sus derechos como conocía sus deberes, pero sabe el hombre, Juan, que el aburrimiento, que el hastío y el cansancio le han empujado y eso no son ni quiere que sean, razones para amortiguar su condena.

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