El gusanito. Autor: Gustavo Ivanoff

La mañana del domingo es “para un cuadrito”.

Como no puedo creer lo que veo, un cielo azul-azul, y las copas de los álamos  totalmente quietas, decido corroborar que no es un sueño; enciendo la computadora y me fijo en el pronóstico de los noruegos “no falla nunca” me digo. Exacto, sol a pleno, cero viento, 15 grados centígrados al mediodía… El día ideal para emprender mi viaje favorito: ir de pesca. Despierto dulcemente a compañera de vida para anunciarle que me voy a pescar, se levanta y me sorprende con un “te acompaño”.

Entre mate y mate, cargo en el auto mi equipo superliviano de mosca. “¿Vas a llevar la caña 2?” me pregunta con sorpresa. Ella sabe, es comienzo de temporada y es suicida pescar con equipo pequeño. Si bien hace años decidió dejar de pescar, sus conocimientos cada día fueron en aumento, y es que vive al lado mío que soy “un pescador que me las sé todas”.

–          ¡Vamos al Río Malleo!, me dijeron que está muy bajo y buenísimo.

Lógico, llovió poco este invierno, es fin de noviembre, el agua está clara y fría…

Cargamos los sillones y nada más. Es que le prometo que “despuntaré el vicio un ratito nomás”. Paramos en la Estación de servicios para comprar el diario, su lectura de acompañante.

El auto marcha suave, sin prisa, por el asfalto, la música suave nos acompaña. Todo es perfecto. Busco un lugar sin alambrado para acercarme al río. Mientras cruzo a campo traviesa me prometo que mi próximo vehículo será una 4×4. Estaciono a metros del agua, ¡fantástico!

Una silueta femenina e identificable como pobladora del lugar, atraviesa el campo veloz en línea recta. Nos explica que ese campo es privado, que le pisoteamos con el auto la pastura de sus animales, que ayer otros turistas hicieron lo mismo, apartándose del camino, y que está viendo de alambrarlo, que si me quiero quedar me cobra, pero que si dejo el auto en la ruta no hay problema… Ya me estaba subiendo al auto cuando mi benemérita señora esposa me pide dinero para no dar lugar a nada más.

Pongo las reposeras en el pastito que se introduce en el agua… me cambio al tiempo que alabo una vez más el privilegio de contar con un lugar así a 25 km. de Junín de los Andes. Hay una eclosión que me pone nervioso. Un lujo poder pescar con mosca seca al comienzo de temporada, y con este  equipo tan chico.

Ella ya está lista para leer el diario, pero me regala el observarme, que imagino es una cara de “niño feliz” porque estoy en “mi salsa”:

–         Dame un par de tiritos como para calentar y te saco una trucha – dije muy seguro.

 

El par de tiros se transformó, en 1 hora, el cambio de 10 moscas “de reconocida trayectoria”, afinar el leader y un par de pasadas a la corredera. De reojo la observaba leer el diario. Maldije un par de lances donde hice “nudos de viento sin viento”.

Cansado, retorno a mi reposera.

–         Que pena que no trajimos nada para comer y tomar. Un aperitivo con hielo y limón… unas papitas fritas…

–         ¿Probaste con el gusanito verde? – me dijo… de modo… natural.

–         ¡No! No es época, los gusanitos son de mediados de marzo.

–         Yo probaría con el gusanito…

–         Pero el que está pescando soy yo y no es época para el gusanito – espeté un poco incómodo.

–         “Hay que pensar como trucha”, acordate de eso, y yo si fuera una trucha, comería un gusanito verde que cae del sauce… daaaalee probá…

–         ¡¡¡Mirá bruja!!!, te voy a hacer caso porque las desgraciadas están comiendo arriba y a mis mosca ni la tocaron. Si llego a pescar con el gusanito… escribo un cuento

Acá estoy, escribiendo el cuento. Porque puse el gusanito y durante toda la pasada frente a ella no saqué nada, y cuando estaba desistiendo de mi jornada de pesca, con la línea suelta me fui acercando a la orilla y allí sí, una trucha, por llamarla de alguna manera, un alevino en realidad, “se suicidó” mordiendo la diminuta mosca. La tuve que “operar” para sacar con cuidado la mosca y devolverla con el menor daño posible. Volví a mi reposera sabiendo que venía la frase que me apuñalaría:

–         ¿Que te dije papito?

–         Era un alevino suicida

–         ¡Una trucha al fin!

–         Sí, pero esa “miñanga” ni siquiera conoce los gusanitos verdes porque nació cuando… ¡má sí! ¿que te explico?, el año pasado no hubieron gusanitos verdes en febrero por las cenizas del volcán, así que éste alevino no pudo saber de los gusanitos.

–         ¡Ahhh cabeza dura!, ¿No ves que éstas truchas son de la new age? Que se viene el 12 del 12 del 12 y anuncan el fin del mundo y genéticamente poseen información y esa truchita quería experimentar el gusanito verde…

–         ¿Vamos a ver si tanta perorata es cierta?

Entré al agua como una tromba.

Apunté a un sauce cuyas ramas estaban apoyadas en el agua, justito detrás, el remolino. “Debe haber una buena trucha, es un lance largo, pero no hay viento y mi cañita nro. 2 es un cañón…” me dije por lo bajo.

Y hacia allá voló mi gusanito, y quedó en una rama, con un pedacito del leader incluso, quizás esperando la llegada de febrero, si es que el mundo no se termina antes…

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  1. Carlos

    Es increíble como la pluma simple nos transporta a la imaginación de los hechos…. reales o no, tal vez recreados en la imaginación del autor o quizás, en la simple realidad de un día como tantos… pero narrados como dije antes, con la simpleza de una pluma que nos lleva a ese lugar, lejano para mi, pero que al fin comparto con el autor.
    Carnioli

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