Y yo sin billete. Autor: Cándido Sanz Gil

Son altas horas de la noche, no es que no sea capaz de dormir, es que no quiero dormir, estoy cómodo, refugiado en este sillón que forma parte de mí, mirando desde mi ventana el horizonte que hay al otro lado. Respiro esa tranquilidad que no siempre se entiende, que no siempre somos capaces de interpretar. Qué importa el significado del silencio, prefiero callar y disfrutarlo. Estoy bien, siendo consciente que el mundo aún tiene asuntos grandes, graves y muy delicados por resolver.

Suena el timbre de la puerta, se escucha un ruido extraño, a estas horas, espero confundirme pero me huele a broma de mal gusto…no obstante siempre abro, en mí es una norma. Me lo tomo con calma y lo que me encuentro ante mis ojos es algo increíble.

Me espera un tren que ha pisoteado mi alfombrilla de la entrada. Una lástima tenía que haberla cambiado hace tiempo, pero ahora es irremediable.

Toda una locomotora que ha salido de la nada, resoplando con un pitido infernal, pero delicado, que me suena a otros tiempos.

Antes que vuelva a abrir y cerrar los ojos sorprendido algo o alguien me empuja dentro. Sin pensarlo dos veces camino por un largo camino, las viejas maderas y el olor a carbonilla me saben bien. Niños que duermen en los regazos de algunas madres, parejas de señores mayores que hablan en voz baja, alguna timba improvisada, gente que fuma junto a una ventanilla entreabierta. Alguna cáscara de naranja por el suelo. El traqueteo lento y parsimonioso de una locomotora que se me antoja que proviene de cualquiera de mis sueños. Pero todo es tan real que no me atrevo a cuestionarme nada. Y al fondo como un imán, una silueta femenina que mira detrás de los cristales fijamente. Pensé que miraba la luna, esa noche estaba tan llena que parecía mayor que otras veces. Vestida de negro, discreta, elegante, marcando un cuerpo insultante.

– Te estaba esperando. Llevas años escribiendo sobre todas y todos, tus sueños, tus deseos, tus vecinos… y yo aquí noche tras noche. El revisor debe pensar que este puto tren es mi casa. O aún peor que es mi negocio.

– Perdón…nos conocemos???…

Fue lo único que me dio tiempo a decir. Se levantó, cerró la puerta, el habitáculo para seis personas era suyo. Yo su presa. Bajó las cortinillas. Mordió sus labios sobre los míos con tanta furia, tanta ternura y tanto fuego, que su lengua se apoderó de la mía. Desnuda sobre mi cuerpo entró en todos mis rincones, en todos mis secretos. El pitido, el traqueteo, el chaca-chaca y los gemidos mutuos se mezclaron con la noche y la luna.

– Ahora que todo ha terminado, ahora que aún babeas y no sabes cómo explicar lo que aquí ha pasado. Ahora vas y te bajas en la próxima estación.

Su dedo índice me selló los labios. No pude decir nada.

La máquina frenó con un chirrido de amor. Pisé mi alfombrilla arrollada de nuevo, mi puerta seguía abierta. Extenuado me acosté y dormí con una sonrisa perdida entre la luna y los raíles de un tren que aún camina hacia el infinito y la nada.

El vecino del 4º

Posdata: me alegro de NO haberme cruzado con el revisor, no tenía billete…

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