Lluvia y arena. Autor: Isabel Mª Rojas Herrera

El calor se hacía más pastoso, más difícil aún de sobrellevar, casi no se podía digerir, ni resistir… El aire se hacía más irrespirable, la boca se secaba más, yo casi ya no tenía saliva y la humedad permanecía allí, instalada en mi cuerpo, tan pegada a él como el corpiño de los preciosos saris de vistosos colores que visten las mujeres de aquí…

Nos adentrábamos en uno de los desiertos de mis sueños, en aquel mar de arena fina donde quisiera bucear hasta encontrar el agua del pasado de los tiempos… si no fuera por el miedo que me da… ¡Cómo puedo amarlo tanto y temerlo tanto al mismo tiempo!

El desierto del Thar… plagado de ciudades doradas, azules, rosas… perdidas bajo la arena, escondidas en medio de oasis, surgidas de la nada, o de un cuento de Las Mil y una noches… Mágicos lugares donde compartir el cielo, con una taza de chai en las manos, oyendo contar historias de los dioses por boca de los lugareños con turbantes multicolores y alucinantes, al caer la tarde, cuando el naranja del sol se confunde con el rosa oro de las dunas… Y contemplar las estrellas… y esperar ver una fugaz para pedirle un deseo que por fin se cumpla…

Llegamos a Jaisalmer, la ciudad dorada, encaramada en una colina de arenisca, recibiendo los reflejos dorados del sol… como queriendo quedarse para ella todos los rayos del astro, los pocos de aquella tarde de gris monzón… Y nos hicimos mil fotos, sonriendo, o a veces cerrando los ojos ante la cámara… y al fondo veíamos la ciudad, guiñando su arenisca silueta, saludándonos y diciéndonos “Namaste, namaste”…

Eran las cinco y pico de la madrugada del día siguiente a nuestra llegada a la ciudad de cuento en el desierto: me caía de sueño, me asfixiaba de calor pero salí de mi habitación, no sin antes llamar a la puerta de mi joven vecino, con el que había quedado la noche anterior para ver la salida del sol pero el sueño lo había vencido más que a mí y no me contestó… Subí a la terraza y esperé que la aurora tocase la ciudad y la hiciera brillar con sus sedosos dedos dorados, pero aquel día estaba nublado y sólo se veían diminutas manchas rosáceas pintadas en el horizonte, al otro lado de la ciudad… Avecinaba lluvia, yo lo presentía en el olor, en el ambiente… y en algunas diminutas y esporádicas gotas de agua que cayeron… Eran ya las seis y volví a mi habitación, dejándome mecer en los brazos de Morfeo hasta la hora del desayuno…

Salimos a las calles de la ciudad, bulliciosas, con sus havelis impresionantes y ahora desiertos, antiguos palacios habitados antaño por ricos príncipes con un harén de bellas mujeres, paredes con magníficos frescos de animales, dioses y diosas de colores estridentes, arrebatadores, casi hirientes, a la vista, patios iluminados y multitud de celosías desde donde parece que aún nos observan miles de oscuros y bellos ojos…

Por la tarde tomamos la carretera que nos lleva a las afueras de la ciudad… El cielo amenaza lluvia, puede que se cumplan mis previsiones de la mañana… pensé… pero el agua se resiste a caer… todavía…

Llegamos a un resort, con jaima incluida… y yo me resisto a subir al camello, no sé por qué razón, seguramente por algún empecinamiento tonto de última hora, un miedo irracional y bobo… pero nuestro guía, Ra, me convence y me dice que tengo que ver el desierto del Thar, que me gustará, que no me lo pierda… y yo pienso que soy como una cría a la que necesitan convencer de algo ante su impulsiva inseguridad… y él mismo me ayuda a subir al camello, teniendo además el soporte de mi camellero…

Soy la última de la fila, la más rezagada de los compañeros de viaje… que van delante, avanzados… Mi camellero me dice que si tomamos un atajo y yo me niego, ya que estoy aquí, sigamos el camino largo, le digo… Me he colocado un pañuelo a modo de turbante, pero no tengo un camellero beduino que me lo sujete con esmero, aunque este guía es un sol: me ayuda en todo, me dice cómo me siento, me sonríe… A lo lejos ya se divisan las dunas, moldeadas en el horizonte, como montañitas de azafrán, como montoncitos de canela en un bazar de especias… y yo le pregunto al chico si vamos allí, cómo se llaman aquellas flores liláceas que vemos en aquellos arbustos del camino, no paro de preguntar…

La tarde va cayendo, lentamente, los colores se van oscureciendo… y de repente grandes goterones empiezan a caer, golpean mi rostro con fuerza, empañan mis gafas, me impiden la visibilidad… Me coloco como puedo el chubasquero pero dejo que las gotas choquen contra mi piel: me hacen daño, toco mi cara, mis pómulos, y las siento como alfileres punzantes… pero me gusta, jamás había sentido algo así: la lluvia en el desierto; nunca había notado frío aún de día en el desierto, era una sensación agradable, diferente, inusual… Le di mi pañuelo al camellero, que no tenía con qué cubrirse la cabeza… y empezamos a subir las dunas rojizas, ahora empapadas, montañas de arena mojada, gélida a la luz de un tenue sol, entre jirones de nubes negras…

Llegamos a lo alto de aquella duna, descendí con ayuda del camellero y mis compañeros ya estaban allí, los unos por aquí, los otros por allá… Nos refugiamos al abrigo de unos arbustos… y llovía cada vez más… nos reíamos y nos mirábamos unos a otros, mojados como pollos…

Y entonces Ra, de no sabía dónde, sacó una botella de ron y una coca-cola… aquello ya rozaba el surrealismo total, era casi un esperpento: aparecieron vasos de plástico en sus manos y en un pis pas estábamos tomando un cubalibre en el desierto bajo una lluvia monzónica increíble, que no cesaba, al contrario, aumentaba por instantes… aquello era de película, casi de obra de Ionescu… Brindamos, bebimos despacio el cubata, y un ratito más tarde subimos de nuevo a los camellos e iniciamos el lento camino de vuelta…

Antes, por un momento, el tiempo parecía haberse detenido, incluso podría decirse que la tierra había dejado de moverse… Nadie decía nada, apenas se oían los sorbos que dábamos a aquel combinado… mientras cada uno de nosotros se perdía en sus más íntimos pensamientos, en sus más deseados sueños, en sus recónditas o visibles penas… allí, en aquel desierto de ensueño envuelto en agua…

Desierto del Thar (Rajasthan, India)

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