Aprender de la experiencia. Autor: Asier Suescun

Llevábamos una semana viajando. La única semana libre que nos permitían en el trabajo. Estábamos recorriendo Sicilia. Esa noche paseábamos por el puerto de Catania. La tranquila oscuridad que ofrecían las estrellas y el murmullo de las barcas chocando contra las maderas acabó seduciéndonos y nos sentamos a mirar y a escuchar.  Frente a nosotros, sentado en la borda de un barco,  un hombre se fumaba un cigarro. Le preguntamos por el mar.

Llevaba ropa desgastada, tenía la mirada perdida y el semblante serio. Nos dijo que no lo conocía, nunca había navegado tan lejos. Solo tenía un pequeño barco con el que remolcaba otras embarcaciones dentro del puerto y con el que nunca había ido más allá de las dársenas. El motor no aguantaría fuera, era lo que le decían todos en el muelle cuando él suspiraba añorando aquel horizonte. El resto de trabajadores que frecuentaban el astillero no entendían las ansias de ese hombre por salir de allí. El trabajo para vivir lo podía conseguir sin necesidad de salir a alta mar. Sin duda era más cómodo quedarse donde estaba.

Nos contó que en una ocasión lo había intentado, había dejado su pequeña barca aparcada y se había sumado a la tripulación de un barco pesquero que salía de madrugada a faenar. Pero no resultó tan bien como esperaba. Se toparon con una fuerte tormenta al poco de salir. Fue imposible la pesca. Las olas zarandeaban bruscamente la embarcación, con tan mala suerte que, dada la inexperiencia de este hombre en habilidades marineras, cayó al mar y tuvieron que lanzarse a rescatarlo.

Pero él seguía soñando con navegar allá fuera. Veía cada día multitud de barcos a lo lejos, se preguntaba cómo podría conseguir llegar hasta allá. Se imaginaba que los dueños de aquellas embarcaciones, a las que él miraba con sana envidia, algún día se encontraron anhelando el mar desde la orilla y ahora disfrutaban de la vista de las luces de la costa desde tan lejos. Conocía el trabajo y esfuerzo que le supondría llegar hasta allá. La gente le alentaba a no dejar su cómodo empleo, la experiencia le decía que algo podía salir mal.

Esa noche volvía a intentarlo, volvía a aparecer la oportunidad delante suya y sintió el coraje de tomarla. La oportunidad no era que saliera un barco, pues cada noche decenas de ellos partían del muelle. La oportunidad estaba dentro de él, en las ganas de ver aquella noche las lejanas luces de la costa y en la lucha por la búsqueda de su sonrisa, sonrisa que sabía que alcanzaría si cada amanecer lo sorprendiera en alta mar.

Y nos contó que no tenía miedo, había aprendido de la experiencia. Aprender de la experiencia no significa tratar de no cometer los mismos errores. Si no arriesgarse a seguir cometiéndolos sabiendo que tratas de conseguir lo que quieres. Cometerlos esta vez con perspectiva, consciente de las consecuencias y al mismo tiempo consciente de que el objetivo que quieres alcanzar merece la pena.

No volvimos a saber nada de aquel hombre. Al día siguiente no fuimos al puerto, ya habíamos dejado Catania. Esa noche al ponerse el sol decidimos que no volveríamos a casa. Quisimos que el amanecer nos sorprendiera con una sonrisa.

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