Mundito. Autor: Geoffrey Firmin

Cartografías

Si los datos son correctos, fue en 1923 cuando el Real Instituto Geográfico Británico acabó de cartografiar la colonia de Costa de Oro, que hoy en día forma parte de Ghana junto al antiguo imperio de Ashanti y una pequeña franja de lo que hace algo menos de un siglo llamábamos Togolandia y que ahora conocemos simplemente como Togo. Pese a que algunas zonas resultaban casi inaccesibles, por culpa de la orografía y la selva envolviéndolas, se hicieron mediciones tan exhaustivas como para hacernos sudar sólo de pensarlo. Podemos imaginar a un grupo de hombres de una flemática determinación abriéndose paso a través de la espesura, después de que varios africanos, a golpe de machete, hubiesen abierto un camino entre ceibas, caobas y cedros, donde las hienas, los lémures y los leopardos, también las cobras, las pitones y las víboras cornudas, acechaban. No, no resultó una tarea sencilla. Además de los peligros tangibles, de los ataques y las mordeduras, estaban la fiebre amarilla o la malaria, un catálogo de enfermedades no apto para hipocondríacos. Eso por no hablar del calor sofocante, de la humedad, de la falta de agua potable… Y tantos y tantos imponderables. Cada jornada de trabajo duraba una eternidad, de ahí que todo el mundo quisiera acabar cuanto antes con aquellas engorrosas responsabilidades, absurdas en la mayoría de los casos porque ¿a quién le importaba realmente conocer al dedillo una parte del mundo tan impracticable? Un grupo de expedicionarios debió de entenderlo así cuando, a punto de regresar a su campamento para reponerse de un día durísimo, se dio cuenta de que atrás dejaban una pequeña colina adonde aún no habían llegado y quedaba pendiente de ser medida.

−No os preocupéis –dijo entonces uno de los miembros de la expedición−, acabaremos el trabajo más tarde, mientras brindamos con scotch y soda, por hoy ya ha sido suficiente.

Al llegar a su tienda de campaña, sin siquiera haberse mudado de ropa, dibujó la silueta de un elefante sobre una cartulina, la recortó, la colocó en la parte del mapa de la zona donde se suponía que estaba la colina y trazó sus contornos. Seguramente era la única colina del mapamundi con forma de paquidermo, todavía sigue siéndolo si deseamos comprobarlo en el ángulo noroeste de la página 17 de la serie cartográfica 1:62,500 publicada por el Real Instituto Geográfico Británico bajo el título Africa: Costa de Oro, según lo cuenta Alberto Manguel en el prólogo de la Guía de Lugares Imaginarios.

Ni esto ni lo otro

Nuestra tendencia natural, la de los occidentales, consiste en hacer inventarios para llegar a conclusiones más o menos científicas, creemos que a mayor número de nombres mayor es nuestro rigor con respecto a las cosas. Lo malo es que con África nos atragantamos. Antes de la colonización se supone que había algo así como diez mil países, contando los estados, los reinos, las federaciones y otros caprichosos agrupamientos territoriales. ¡Diez mil! Incluso Georges Perec se habría sentido abrumado ante un número tan descomunal, demasiadas posibilidades combinatorias, un puzle cuyas piezas uno no acabaría de juntar en toda su vida. Diez mil países, ni más ni menos. Dudo que haya o que haya habido jamás alguien capaz de memorizarlos del primero al último, siempre se le olvidaría alguno, pronunciaría mal los nombres, se haría un lío. Sin embargo, ahora que esa cifra se ha reducido a 54 países, seguimos teniendo un conocimiento de África bastante impreciso. Por ejemplo, ¿dónde están Botsuana, Chad y Lesoto? ¿O  los ríos Limpopo y Orange? Un breve viaje a Gambia y Senegal me acaba de dejar muy claro la incapacidad de la memoria para recordarlo todo, empezando por las etnias (los wolof, los mandinga, los malinke, los fula, los tukulor, los serer, los diola, los serahuli, los aku o los yoff) y acabando por las aves (los barbuditos, las carracas, las cisticolas, los guiamieles, los búceros, los turacos, las nectarinas, las viuditas, o las chotacabras), y eso sin necesidad de extenderse con los árboles, las especias y mil y una cosas que no tienen cabida ni en la mejor guía de Lonely Planet. Las listas de mi ignorancia serían inabarcables, aunque ser consciente de mis lagunas ya no me permite decir “África” con la alegría con la que lo decía anteriormente. Ahora, cuando poco, digo “A-F-R-I-C-A”. Me pregunto si en mi lengua, o en el conjunto de lenguas europeas, existen palabras suficientes para nombrar cuanto he visto. Wittgenstein, en este caso, me habría recordado que «los límites del mundo son los límites de mi lenguaje», una verdad que a veces un simple pasaporte pone en duda.

Se dice que en África, desde hace siglos, las tribus se desplazan de un sitio a otro cada cierto tiempo, en caso de necesidad, aquejadas por la hambruna, por la sequía o por guerras en las que llevaba las de perder. Nadie puede estar seguro, por tanto, de que los mandinga o los wolof sean oriundos de Gambia o Senegal pese a ser las etnias más numerosas en ambos países, pudieron llegar de cualquier otra parte y algún día puede que no habiten más aquellas tierras. En estos momentos 3.000 somalíes cruzan las fronteras de Kenia y Etiopía huyendo de la hambruna, también hay conflictos en Sudán, Yemen o Costa de Marfil, y no digamos en Libia, Túnez, Egipto o Siria, un conjunto de situaciones desventajosas para mucha gente  en movimiento, en tránsito hacia Dios sabe dónde.

Noruega no es la jungla

Alagie Joof, bajito, generoso, simpático, todavía de buen ver (supongo), un cuarentón a quien conocí en el hotel Sunset Beach de Kotu, en Gambia, me contó que llevaba años viviendo en Noruega y que allí, en aquellos inviernos y paisajes interminables donde había encontrando un buen puesto de trabajo como asistente social tras años de esfuerzo, le daba la sensación de no conocer a nadie por mucho que la gente pareciese no ir a ninguna parte y haber sido la misma durante siglos. Anders Berihng Breivik le da la razón, con las 77 muertes que acaba de causar en Oslo y en la isla de Utoya por un motivo ideológico bastante peregrino, el golpe más inesperado y doloroso que ha recibido la sociedad escandinava en su historia reciente. Al verlo en las fotos de los periódicos, escoltado por la policía, nadie diría que pudiese matar una mosca. Muchos de los que lo conocían jamás imaginaron nada raro con respecto a él, en absoluto, su tono de voz no les resultaba peculiar, además –si a Breivik le daba por ahí− podía ser bastante chistoso.

«Es cierto que a veces tenía ideas un tanto extravagantes, pero de ahí a imaginar que un día le iba a dar por matar a alguien…», pensarán sus amigos más cercanos (si es que tenía alguno) y sus familiares.

Para Alagie Joof −que parecía muy seguro mientras me lo contaba−, nuestro problema en Europa es que podemos vivir puerta con puerta con un desconocido durante décadas, sin cruzar una sola palabra con él o sin percibir algo extraño en su manera de decir las cosas.

−En África, por el contrario, sabemos quiénes son nuestros amigos y quiénes nuestros enemigos porque los amigos nos hablan con el trino de los pájaros y los enemigos con el rugido de los leones, y todos te desean las buenas noches aun poco antes de irte a matar.

Volver

Gambia y Senegal son países muy calurosos, polvorientos e incómodos, donde a veces dar dos o tres pasos bajo el sol del mediodía nos recuerda las palabras de Cesare Pavese cuando aseguraba que viajar es una atrocidad. Sin embargo, allí la gente actúa un poco como aquí: hay quienes están quietos y se hunden poco a poco, y hay quienes se ponen en marcha porque los remolcadores los han abandonado. En ocasiones no es fácil distinguir a unos de otros porque todos se amontonan en torno a los mismos sitios: paradas de autobús, puertos, mercados… O bajo la sombra de los árboles. Hay momentos en que es difícil creer que alguien vaya a moverse, es tanto el calor, tanta la sed, tan desproporcionado el apetito, paraliza sólo de pensarlo, pero de pronto uno se levanta, impelido por una fuerza comparable a la de La guerra de las galaxias, recoge su hatillo –si es que lleva encima alguna pertenencia− y reemprende su camino sin pensárselo demasiado. Nadie lo despide, no hay cruces de miradas, sólo la fastidiosa sensación de que la noche tardará en caer  tanto para quienes se van como para quienes se quedan.

La gran mayoría prefiere moverse aunque no resulte fácil. ¿Hacia dónde van? Ese es el gran misterio. Durante siglos, supongo, esa misma gente ha estado yendo de acá para allá, y aún hoy parece que lo único que han hecho es pedalear en una bicicleta estática. Pero todo esto quizás es una falsa impresión y en realidad ya no están donde estaban. Quizás están cada vez más cerca o más lejos, quizás se nos acercan o se alejan de nosotros, es imposible decidir al respecto. Un poco ingenuamente, durante una semana Güily y yo los hemos seguidos hasta donde nos permitían las fuerzas, y nos hemos asombrado al ver que cuando nosotros nos íbamos a dormir cada noche, ellos seguían su marcha, su marcha hacia Dios sabe dónde. Caminando con determinación. Mis sueños, en aquellas noches extrañas y sudorosas, eran bastante simples: atravesaba sabanas, bosques de baobabs, reservas, ríos, cruzaba el mar en ferrys atestados, hacía rutas en todoterrenos, exploraba junglas tupidas como los barrocos bordados de nuestras abuelas (que no sabían cómo matar el tiempo) y finalmente llegaba a la falda de una altísima montaña, acaso el Kilimanjaro, donde se suponía que me aguardaba algo, un misterio, un contacto, no sé, el caso es que acampaba allí y esperaba, con paciencia a veces, impaciente también, y a la mañana siguiente, sin saber bien qué me había sucedido, si es que me había sucedido algo, reemprendía la marcha, sólo que esta vez en sentido contrario.

Nunca he entendido esas películas africanas en las que un grupo de exploradores −ataviados a lo Coronel Tapioca−  atraviesa un territorio lleno de peligros, en busca de las minas de rey Salomón o vaya usted a saber, sorteando mil y un peligros con determinación. Me resultan muy difíciles de procesar. ¿Cómo es posible, por ejemplo, que acaben justo cuando el grupo, mermadísimo porque en el camino a alguno se lo han tragado las arenas movedizas o porque lo ha devorado un imponente león o porque termina en la cacerola de una tribu de pigmeos, llega a su destino y consigue sus propósitos, que no son ni el oro ni la gloria sino una rubia insólita en aquel paisaje agreste y malencarado? Que alguien me lo explique. Nunca he entendido ese tipo de películas porque noto que les falta algo, sin ir más lejos el camino de vuelta. ¿Es que a la vuelta no se van a encontrar los mismos peligros que a la ida? ¿Es que ya no morirá ninguno más porque al fin han aprendido algo que los protegerá en adelante. Si es así, que alguien nos cuente el secreto, por favor.

Todo es caótico, más o menos

Al llegar al aeropuerto de Banjul, da igual si es por la tarde o de madrugada, la multitud se agolpa en torno a los viajeros. Muchas familias van a recibir a un primo o un tío procedente de Europa, pero la mayoría de la gente sólo está allí para hacer negocios. Los africanos saben que casi todos los occidentales nos sentimos intimidados al poner un pie en África, como si de pronto nuestras pequeñas seguridades hubiesen desaparecido, y el miedo a ellos les parece negociable. No nos creen capaces de salir adelante sin su ayuda, por eso se ofrecen para cualquier cosa: para llevarnos las maletas, para hacernos un buen cambio de dinero, para sobornar a los inspectores de aduanas en caso de que transportemos medicamentos o comida, para encontrar un bar abierto de madrugada… Te dirigen sin que todavía les hayas dicho a dónde quieres ir ni qué quieres hacer, cogen tu pasaporte y se encargan de que te lo sellen, aparecen y desaparecen sin dar demasiadas explicaciones, a veces con tus pertenencias, mientras tú esperas de brazos cruzados, nervioso porque en realidad no controlas la situación y porque te das cuenta de que tanta diligencia es propia de los buenos ladrones. Cuando los ves regresar con los trámites resueltos, no tienes tiempo para relajarte, de nuevo te ponen en marcha, dirigiéndote hacia el aparcamiento y obligándote a montar en un coche donde el conductor sólo escucha sus instrucciones en una lengua incomprensible para ti. Y antes de que te des cuenta, te adentras con dos extraños en carreteras mal iluminadas, llenas de baches y en dirección a Dios sabe dónde. Por desgracia, ya es tarde para reaccionar y lo único en lo que piensas es en que lo que haya de ser acabe pronto y que sea lo menos doloroso posible.

Pero todo eso, en general, no son más que las típicas aprehensiones que sentimos los occidentales.

Los verdaderos peligros en África suelen sobrevenir cuando uno se comporta con el miedo de costumbre, sin darse cuenta de dónde está: en un lugar donde el miedo debería ser otro. Está claro que a uno lo pueden robar, engañar, matar incluso, sin embargo lo peor sería que de repente tuviera que atravesar una situación típica para un africano y no tanto para un occidental. Una enfermedad, sin ir más lejos, puede ser letal para un occidental y un mero trámite para un africano. ¿Por qué? Pues porque los africanos tienen cuerpos vírgenes a los medicamentos y hasta el menos eficaz pone en funcionamiento sus defensas. Con una aspirina se recuperan de dolencias que para nosotros requieren compuestos químicos explosivos. Y algo así marca muchas diferencias. También puede marcar diferencias que lo que a nosotros nos interesa, a ellos la mayoría de las veces les trae sin cuidado. Ellos, por ejemplo, apenas se acercan a los animales y a nosotros nos encanta acariciarlos, sin apercibirnos de los muchos riesgos que corremos. Cuando nos ven alborozados delante de una pareja de rinocerontes, nos observan intrigados, pensando si en realidad no estaremos locos de atar. Aunque cuando de verdad se parten de la risa es al notar nuestro temor hacia cualquier culebra por pequeña que sea, porque nunca sabemos lo venenosa que podría ser, o al hacer una mueca de fastidio ante una simple cucaracha. Si les contásemos la historia de Gregorio Samsa, seguramente no la entenderían por mucho que intentásemos explicársela, tampoco entienden que huyamos de un insecto inofensivo cuya única función para ellos consiste en que sea o no sea comestible. Quevedo, Góngora y Cervantes les dan igual, y nuestros miedos metafísicos les resultan incomprensibles. Claro que ¿quién los entiende a ellos? Sobre todo a los animistas, con sus ritos ancestrales y sus deidades dispersas por el paisaje: una roca, un árbol, una nube, el viento…

En el pueblo de Ghanatown, en la frontera sur entre Gambia y Senegal, uno de los profesores de la escuela tenía muy claro lo que a nosotros nos costaría muchísimo entender:

−¿Por qué la lluvia cae de arriba abajo y no de abajo arriba? Es sencillo: porque en el cielo no existen tierras que arar ni elefantes que necesiten aliviar su sed. En el cielo sólo es necesario el viento, para que cuando el maíz esté listo sus hojas te avisen chocando unas con otras.

Por las carreteras

Un noche en Senegal, a la altura de Toubakouta, después de un día duro en la reserva de Fathala, íbamos en un todoterreno destartalado con el que poco antes nos habíamos adentrado en la jungla sin que emitiese quejidos demasiado serios y que ya en la carretera se paró de pronto, por un motivo que ninguno de nuestros guías consiguió descifrar. Abrieron el capó y lo cerraron enseguida, como si con un ligero vistazo hubieran comprendido que no estaba en su mano solucionar los problemas del vehículo. Güily y yo, mientras tanto, nos preguntábamos si tarde o temprano nos darían alguna explicación. Bajamos para estirar las piernas, tratando de controlar el nerviosismo porque a cada minuto que pasaba la posibilidad de llegar al último ferry que salía de Barra se hacía más remota, y en Barra ni siquiera sabíamos si podríamos encontrar alojamiento para pasar la noche.

Las jirafas, rinocerontes, gacelas, cebras, búfalos, hienas y demás animales que habíamos visto hacía tan sólo unas horas dejaron de interesarnos, preocupados por nuestra suerte si esa noche no conseguíamos cruzar la frontera, porque en los cien kilómetros que acabábamos de dejar atrás apenas habíamos visto aldeas a ambos lados de la carretera, todo lo más cabañas desperdigadas aquí y allá, ni un poste del tendido eléctrico ni una señal indicativa de que la civilización estuviese cerca. ¡Qué ridículo se siente uno en situaciones así! Nosotros, Güily y yo, no pensábamos en lo que verdaderamente nos estaba pasando sino en lo que nos podía pasar, el coche y su motor nos interesaban tanto en aquel momento como los pozos petrolíferos de Libia o como los estragos que fuese a causar un huracán cualquiera en la Costa Este de Estados Unidos. El resto del mundo nos la traía al pairo; de hecho, el mundo entero, con sus bosques, animales y personas, nos importaba un bledo. A nuestros guías, sin embargo, el mundo parecía importarles más que el atolladero donde nos habíamos metido. Uno fumaba un cigarrillo mientras su compañero le contaba algo gracioso que los hacía reír a ambos. Resultaba una risa tan dolorosa para nosotros. No tenían teléfonos móviles ni números a los que pudiésemos llamar desde el mío, tampoco tenían ganas de complicarse la vida más allá de lo necesario. Simplemente charlaban un rato y luego se quedaban mirando la espesura de la jungla otro rato, sin dar siquiera importancia a que poco a poco el sol fuese cayendo y muy pronto la noche más rotunda fuera a caer sobre nuestras cabezas.

Una hora más tarde, que a Güily y a mí nos pareció comparable a la eternidad o a un fin de semana en Guadalajara, los faros de una gelli-gelli (una furgoneta que hace rutas recogiendo a viajeros en cualquier lugar) iluminaron la carretera. Nuestros guías entonces reaccionaron por primera vez, levantando los brazos para que se parase. En su interior se apretujaban pasajeros de todas las edades que tuvieron que hacer un hueco para que Güily y yo pudiésemos entrar. Como las cosas sucedieron bastante aprisa, apenas tuvimos tiempo de despedirnos de nuestros guías, que agitaron sus brazos en señal de despedida, seguramente deseándonos suerte para que pudiésemos coger el último ferry que salía de Barra.

Al arrancar la gelli-gelli, la noche se tragó muy pronto a nuestros guías y al todoterreno testarudo donde ellos nos habían llevado durante todo aquel día por junglas y caminos impracticables. No recuerdo haber visto una noche tan oscura en mi vida, lo juro.

Lamin

Lamin Cham fue el primer gambiano a quien conocimos, nada más llegar al aeropuerto de Banjul, donde nos esperaba para que no tuviésemos problemas en la aduana, porque transportábamos veinte kilos de leche en polvo a punto de caducar y algo así podía ocasionarnos quebraderos de cabeza si a algún oficial le daba por hacer preguntas. Lo enviaba Ahmed Gustavo Acevedo, que iba a ser nuestro huésped en Kerrgallo, la aldea en la que había ayudado a construir una escuela y un dormitorio para los estudiantes, y adonde nosotros queríamos ir con nuestro cargamento, un pequeño grano de arena que David Urban (uno de los responsables de la organización Mensajeros por África) enviaba a través de nosotros para un  proyecto de nutrición destinado a lactantes.

Con Lamin al lado, tanto Güily  como yo nos sentimos algo más seguros pese a que nos obligó a darle dos veces la misma suma de dinero (150 dalasis, algo así como 4 euros) para pagar dos sobornos que no llegamos en ningún caso a ver cómo se producían. De camino a nuestro hotel, nos contó un par de datos sobre su vida, una vida ligada al ejército durante casi veinte años, un divorcio, dos hijos, tres amantes que le dificultaban mucho la vida (porque, según él, «tener a una mujer contenta ya es complicado, imaginaos a tres») y un pequeño piso adonde se había mudado recientemente y al que nos invitó a ir sólo para que viésemos su televisor nuevo (un lujo que pocos africanos pueden permitirse), con antena parabólica, capaz de captar la señal de cualquier país.

Ya delante de su televisor, comprobamos que, en efecto, el menú de canales era infinito. A todo esto, eran cerca de las diez de la mañana (hora local) y a Güily y a mí se nos cerraban los párpados después del largo viaje, pero no queríamos desairar a Lamin, que nos retaba a que le dijésemos un país para ver si conseguía sintonizar un canal. A nosotros lo primero que se nos ocurrió fue decir China y en unos segundos pudimos ver en la pantalla varias imágenes de operarios trabajando en un enorme edificio, no sé si de oficinas o de apartamentos, en Shanghai. Luego, en Rusia, vimos un desfile de modelos rutilantes enfundadas en abrigos de visón. Y en un informativo francés comprobamos cómo las cosas no iban demasiado bien en Siria. El mundo seguía igual que siempre, o sea que no teníamos de qué preocuparnos. Cuando finalmente pedimos que pusiese algunos de los canales de Gambia, a Lamin no le divirtió la idea, aun así apretó uno de los botones del mando a distancia para cumplir nuestro deseo. En la pantalla entonces aparecieron unos niños jugando en torno a un hombre mayor, cantando y bailando como en cualquier programa infantil de la Primera o Antena 3. Durante un rato, quizás cinco o diez minutos, pudieron ser más (o menos), Lamin, Güily y yo estuvimos viendo aquel programa, Güily y yo sin entender nada en absoluto y Lamin riéndose de cuando en cuando con chistes y ocurrencias que no se molestó en traducirnos, hasta que pronto me dijo mirándome fijamente:

−Es hora de que lleves a tu hijo a casa.

Apagamos el televisor, nos montamos en su coche y al cabo de media hora nos dejó frente a nuestro hotel.

Fue la última vez que vimos a Lamin.

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