Farolillos rojos. Autor: Isabel Mª Rojas Herrera

Hacía casi dos años que no veía nevar…

Mi pueblo tiene una especie de raro microclima que impide que cuaje la nieve en muchas ocasiones, cuando en cambio los pueblos de alrededor amanecen o anochecen nevados… Qué pena… por eso, cuando aquí nieva es una fiesta: todo el mundo sale a la calle para contemplar cómo cae, para verla de cerca, para tocarla con los guantes de lana enfundados los helados dedos; los que nunca han visto nevar, como los niños, viven las horas más felices de su vida jugando con la nieve, tirando sin cesar grandes bolas heladas a diestro y siniestro, haciendo grandes o pequeños muñecos de nieve… recordando aquel día en su corazón para siempre: el primer día que vieron nevar, la primera vez que vieron caer del cielo esos algodoncitos fríos, no se sabe cómo pero cayendo del cielo y dando a la tierra ese aspecto como de cuento de hadas… sólo falta el palacio cristalino y congelado de la Reina de las Nieves, mi cuento favorito, aunque nosotros podemos ir a jugar con la nieve a nuestro precioso castillo medieval…

Ver nevar es algo sólo comparable a la primera vez que vemos el mar, que está tan cerca de mi casa: nos faltan ojos para contemplar el inmenso azul, extenso y grande más allá de lo que nuestra vista abarca, sólo queremos jugar con las olas que llegan a la orilla, pequeñitas y tímidas en la costa sur del mar de mi vida, o bravas y altas en la costa norte, y nos llevamos el agua a la boca, para ver si sabe efectivamente a sal, como siempre nos han contado… El mar, siempre el mar

Era invierno y hacía mucho frío, eso ya lo sabíamos antes de iniciar el viaje, pero lo que menos esperábamos era que aquel día, camino de la visita a uno de los tramos de la Gran Muralla, empezara a nevar por el camino… y que fuéramos a sufrir, porque nuestro chófer era un conductor temerario e iba como una bala por aquellas carreteras estrechas y serpenteantes que conducían hasta lo alto de la montaña… en un par de ocasiones nos fuimos a la cuneta y otras tantas la furgoneta se desplazaba tanto de un lado a otro, como en una pista de patinaje sin rumbo, que creíamos que no llegábamos vivos a la Muralla…

Pero llegamos y pudimos ver, bajo los copos de nieve, que cada vez caían con más intensidad, una obra de construcción increíble, un gran muro de defensa que recorre este inmenso país, cúmulo de culturas, etnias y creencias, una maravilla del mundo, la Gran Muralla china bajo nuestros pies, los mismos pies que la recorren despacio, despacito para no resbalar, absortas y sin poder creer que estemos allí, en la Gran Muralla, envuelta en la niebla, que impedía ver su inmensa longitud en el infinito, sólo apenas percibirla y apreciarla tras la cada vez más espesa cortina de nieve que poco a poco la iba borrando y desdibujando cada vez más, como esos dibujos en la arena de la playa, o como un nombre escrito en la orilla y que las olas borran en un instante fugaz… un leve aliento, casi un suspiro…

En todo el país se preparaban para recibir el Año Nuevo chino, hacia finales de enero, y el color rojo dominaba aún más en los escaparates de las tiendas, en los puestecillos de los mercados, en los adornos de las calles, en las postales y sobres que se venden  a miles por aquellos días…

Siempre había pensado que esos farolillos redondos, con esa especie de borla dorada que cuelga, eran algo anecdótico, vistoso y atrayente de los restaurantes y tiendas chinos de mi país o de cualquier otro país occidental, pero cuando ves que allí están por doquier: colgando de un puente, envueltos en la niebla invernal, en la montaña; en la puerta de una escuela, en una tienda llena a rebosar, de todos los tamaños imaginables, al lado de una farola, o en la gran ciudad, bajo la niebla ahora contaminante que todo lo envuelve… entonces compruebas que esos farolillos rojos tan preciosos, con ese rojo tan intenso y bonito, que recorren el país de arriba a abajo, de norte a sur, como la propia muralla china, son más que unos farolillos rojos, son todo un símbolo…

La Gran Muralla (China)

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