El viaje de la Tau. Autor: María Dolores Haro Barrionuevo

“El viaje de la Tau”. Una aventura dedicada a mis abuelos Francisco y Rafael

                      El verde pistacho de la pared se iluminó tímidamente cuando mamá encendió la luz de la mesita. Eran apenas las seis, y su dulce voz nos dio los buenos días. Mi hermanito y yo brincamos enseguida de la cama. Desayunamos rápido y en menos de veinte minutos estuvimos listos. Marc insistió en llevar la cámara, la colocó atada en su pequeño cuello y guardó un álbum aún vacío, acoplándolo cómodamente entre la botella de agua y sus dos muditas. Por último, colocamos nuestras mochilas en la espalda; la aventura tan esperada iniciaba con el alba.

Mamá llamó a un taxi y nos dirigimos a la estación de autobuses. Nuestro autobús partía del andén 29, allí, un banquito apostado junto a la máquina de refrescos nos sirvió de espera. Justo a las siete en punto, salimos hacia Jaén. Poco a poco amanecía y Valencia quedaba atrás. Marc y yo iniciamos pronto la batalla contra el aburrimiento jugando a contar las luces que iluminaban aún  las calles. Un concurso de meritado esfuerzo por la atención que se requiere al contar las farolas y las bombillas hogareñas que siguen encendidas. Gané yo, provocando el lloro desconsolado de Marc, estaba seguro de que había perdido por su mala posición en el asiento del pasillo, así que ganándome él en ternura consiguió el majestuoso puesto de la ventanilla.

En poco tiempo empezamos a atravesar campos repletos de naranjas. Marc hacía fotos que eternizaban la imagen de los colores anaranjados arrastrados por la velocidad y el reflejo de la ventanilla. Luego cabeceamos largo tiempo despertando con el aviso del conductor: “Estimados viajeros realizaremos una primera parada de veinte minutos”. Compramos papas para complementar el almuerzo que delicadamente mamá había preparado ya en casa, deliciosos bocadillos de atún con aceitunas. Después, relajados regresamos al autobús y pacientemente avanzamos kilómetros, amenizados en lecturas y cuentos coloreados por Marc.

Enseguida nos envolvió el verde aceitunado de los campos de olivos que visten la tierra jiennense. Durante el camino Marc hizo muchas fotos; entre sueños, comidas y juegos elegimos cuáles colocaríamos ya en el álbum. Finalmente, y tras ocho horas de viaje estábamos en Jaén, allí, otro pequeño autobús nos esperaba para llevarnos a nuestro destino.

Hinojares se encuentra protegido entre barrancos. Escondido tras la última curva del cerro, reposa en el fondo más hondo custodiado por la sierra. La entrada al pueblo, cuesta abajo, es a través de una estrecha calle que da a la plaza principal. Allí paró el autobús, justo enfrente de la única panadería del pueblo.

Hinojares es pequeño, muy pequeño, pero orgulloso de pertenecer a la comarca de la sierra de Cazorla. Pastos, matorrales, tomillares lo rodean dejando mínimos espacios para bancales de frutales y olivares. Desde la plaza se ve la casa de los abuelos, arropada por las montañas blancas y ocres que conforman la parte este del pueblo. Podríamos decir que Hinojares es un mundo en un pañuelo, es un rompecabezas de paisajes en altura y llano. La geología y su historia definen su bello paisaje. La aventura ya tenía escenario.

Por la tarde iniciamos nuestro plan. Primero fuimos al pequeño bancal del barrio alto, un  poco más allá de la cañada, dónde más de veinte olivos elegantes retaban al sol. Hicimos una fotografía por cada olivo, y a todos en su conjunto. Marc y mamá posaron en muchas de ellas. Después nos entrevistamos con Jacinto, que tantos años había trabajado para el abuelo en el cuidado del bancal. No paró de reír recordándolo, tomamos al menos diez fotos de sus carcajadas, tenía memorizados todos los chascarrillos que mi abuelo había contado toda la vida, y aunque mi hermano no los entendía sonreía también:

– ¿María, te acuerdas? “¿Qué llevan las mujeres debajo del bikini? ¡Pues dos con leche y un cortado hombre!”- le dijo a mamá pícaramente.

– Claro que me acuerdo Don Jacinto, lo escuché mil y una veces, y siempre reí con él- contestó mi mamá sonriendo.

De vuelta paseamos por el puente que va del barrio alto al barrio bajo y fotografiamos cada paso, cada casa, cada ángulo de nuestra mirada. También retratamos el bar de la plaza, la iglesia, el consultorio… La tarde antes de regresar, mamá nos dejó salir con algunos muchachos del pueblo, les pedimos que nos llevaran hasta las montañas blancas. Fotografiamos las rocas, su tierra. Preguntamos por su misterioso color ocre, pero nadie quería explicarnos. Marc y yo tuvimos claro que era un secreto.

El lunes por la tarde llegó de imprevisto, y esta vez las mochilas a medio hacer guardaron bultos y ropa mal metida y arrugada. No queríamos volver. El pequeño autobús nos recogió temprano en la puerta de la panadería, Isabel, su hija y su nieta, las  dueñas del pan y los dulces, nos despidieron. Subir el barranco de nuevo en escalera de caracol nos impresionó mucho más, cada kilómetro, cada curva alejaba a Hinojares en la profundidad. Desde arriba el mestizaje se convertía en un cuadro impresionista vestido por el verde árido, el verde olivar, los marrones, y el blanco.

Llegamos a Jaén en una hora, pero nuestro autobús no saldría hasta caer la tarde, así que buscamos una tienda de fotografía y entre los tres seleccionamos todas las fotos que queríamos que en instantes nos imprimiesen. En total fueron unas cien. Contentos y cansados subimos al autobús. Dormimos al menos dos horas despertando en medio de la nada con las luces de neón de la gasolinera dándonos la bienvenida. El menú fue buenísimo, y mamá conversó largo rato con otra pareja que visitaba por primera vez Valencia. Marc y yo el resto del viaje estuvimos seleccionando las mejores fotos y montando el álbum, no podíamos dormir; nos robó el sueño el secreto de las montañas blancas. De madrugada llegamos a Valencia, era muy tarde y aunque lejos del amanecer la estación estaba repleta de gente. Todos y todas tendrían ya un destino marcado en un billete y seguro aún sin tenerla planeada aguardaban una aventura. La nuestra aunque breve había cumplido con todos los objetivos propuestos, o al menos teníamos la esperanza de que así fuese.

Al día siguiente, mamá nos recogió a las cinco en la puerta del colegio. En coche fuimos hasta la casa del abuelo. Allí estaba sentado en su verde sofá, recostado sobre el gris y viejo cojín. La abuela nos dio un montón de besos y nos preguntó mil cosas sobre el viaje. Mamá se encargó de ir contestando poco a poco,  nosotros dos fuimos a saludar al abuelo. Nos miró de manera extraña, y volteando la mirada a la abuela, sonriendo le dijo:

– María, ya están otra vez aquí, se le escaparon de nuevo a don Pío- después nos miró fijamente y con voz seria nos recriminó -Tenéis que volver a la escuela, como vuestro padre os vea aquí veréis.

Mamá le besó en la frente y él la miró de manera muy desconfiada, tampoco la reconocía. Después quiso levantarse y andar, pero no pudo, quería ir al bancal; la abuela lo calmó con ternura.

– Es tarde, ya arreglaron hoy los olivos – y lo deslizó suavemente de nuevo sobre el sofá.

Enseguida se calmó y nos volvió a mirar confuso. Poco a poco nos sentamos cerca de él, y le mostramos el álbum que traíamos como regalo. Era su cumpleaños. Llevaba meses sin reconocer su entorno más inmediato, y revivía como en un lejano sueño Hinojares, su pueblo natal. Se alegró enormemente al reconocer el rostro de amigos, y criticó el estado de los bancales, no le interesó mucho la foto de la panadera, pero le enterneció la imagen de la iglesia reformada. Le contamos que los olivos estaban más lindos que nunca pero que cada vez había menos tierra fértil alrededor del pueblo, le hablamos de Elena la hija de la panadera que por fin se había casado y de su eterno amigo Jacinto. Nos escuchaba alegre y melancólicamente miraba las fotografías una y otra vez.

En las últimas páginas del álbum habíamos colocado las fotografías de las montañas blancas; cuando el abuelo las vio empezó a llorar y abrazando a la abuela le susurró que en breve volverían a su tierra. Después se adormeció con el álbum entre sus brazos. La abuela nos miró y entendió que debía contarnos el secreto.

-Hace siglos y siglos Hinojares no existía y un gran lago lo cubría todo; misteriosamente un día el agua desapareció arrastrando fango y lodo pero dejó todas las bellas rocas acumuladas en su fondo como un tesoro que corresponde ahora a las montañas. Todo ser humano que nace en Hinojares quiere ser enterrado cerca de ellas, por ello el cementerio se halla junto a sus pies. Hay una leyenda que dice que allí nada desaparece para siempre, que siglos después volverán las aguas y de nuevo su fondo cobrará vida. Allí estarán enterrados nuestros cuerpos y entonces resurgiremos de nuevo. La memoria de tu abuelo se desvanece, pero siempre reconocerá ese lugar, por eso se ha emocionado tanto.

Marc y yo nos quedamos asombrados ante el misterioso secreto, los abuelos en algún momento del ilimitado tiempo, volverían a existir. Marc miró al abuelo que de nuevo estaba despierto.

-Abuelo, ¿yo podré ser enterrado en las montañas blancas solo por ser tu nieto?- le preguntó rápidamente.

– Pequeño- le dijo tiernamente- vaya usted a la escuela y estudie que es lo que tiene que hacer, aún somos demasiado jóvenes para pensar en entierros- y sonrío guiñándole un ojo a la abuela con su álbum entre los brazos.

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Un Comentario

  1. luisa cacheiro q

    Hola me ha parecido humano y sensible este relato.Sobre todo cuándo recuerda a través de su abuelo el paso del tiempo.
    Sin duda tiene estilo y nuestros antecesoires son los qué iluminan nuestras vidas.

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