Un mercado africano o la esencia de las cosas. Autor: Alicia Ortego

Llegamos a Gorom Gorom para dos noches y un día de calor y humanidad. Después de dejar nuestras cosas en el único alojamiento del lugar, un campement que por la noche se llenó de bichos de todas clases, especialmente alrededor de los fluorescentes de la puerta de entrada, haciendo crujir nuestros pasos, dimos una vuelta por las calles de éste humilde pueblo donde la gente ya tomaba el fresco sentada a la puerta de casa, y nos saludaban y sonreían con afabilidad.

En la plaza, prácticamente desierta, un grupo de chavales se afanaba en jugar un último partidillo de fútbol. Esos chiquillos nos arrancaron la promesa de un balón de fútbol “decente”, a adquirir al día siguiente, el Día del Mercado.

Volvimos al campement envueltos en la más absoluta oscuridad porque no hay alumbrado público ni privado, seguidos por los silencios de la noche y algún que otro sonido de pasos misteriosos que al pronto se alejaba. Pasos de seguramente alguien que volvía a su casa, o que iba a la del vecino.

Ausencia de luz y de ruido que nos invitaban a aprender a caminar de nuevo, en lo desconocido.

No está mal para una primera vez en África Subsahariana. Sorprendente la primera vez, maravillosa el resto de las veces.

A la mañana siguiente el lugar se había transformado y reinaba una cierta actividad, aunque no del todo la esperada. Y es que era pronto…

El mercado semanal de Gorom Gorom, a la entrada del Sahel, en el extremo sur de Burkina Faso, es toda una institución en la región.

El mercado se construye minuto a minuto, con la llegada paulatina de los que en él van a participar, como si de un rito se tratara.

Hasta bien entrada la mañana no se puede decir que “han llegado todos”, y es que la gran mayoría viene de lejos.

Gentes que han caminado durante horas por los caminos del Sahel.

Por su propio pie, o a lomos de burritos que no levantan dos palmos del suelo, se desplazan kilómetros desde sus asentamientos o sus poblados, por caminos polvorientos y entre acacias protegidas por sus pinchos y matorrales que aparentemente no tienen vida… pero acompañados del fluir de incontables pajarillos de vivos colores que sorprenden a la mirada que los busca. Hablo de rojos rabiosos, de naranjas, de verdes y azules. ¿Cómo las aves tienen los colores del Paraíso en un entorno que se nos presenta pardo y ocre, semidesértico? ¡Quién sabe por qué la naturaleza quiso hacerlos destacar! A lo mejor para romper la monotonía, o para atraer a los insectos que les sirven de alimento… si es que los insectos distinguen colores.

Estos que acuden al mercado lo hacen con sus mejores galas, demostrando y representando a su tribu, a su etnia, a su clan, y a su posición social.

Telas de colores chillones con dibujos imposibles y texturas lo más suntuosas posibles, joyas de plata y cobre repulido, espadas que pasan de generación en generación con ricas empuñaduras, perfumes fuertes y embriagadores, peinados elaboradísimos…

Las mujeres, sobre todo ellas, despliegan sus encantos y doy fe de su belleza y elegancia.

Pero los hombres, en especial los Jefes, también lo hacen luciendo los turbantes más largos y abultados que tienen (probablemente uno, además del de todos los días), y las túnicas más vistosas que poseen. Algunos completan su atuendo con fastuosas gafas de sol de corte rayban o algún otro detalle “moderno”.

Casi todas las piezas y ornamentos tienen un sentido: el de señalar quién eres, de dónde vienes, a qué etnia perteneces, qué es lo que tienes. Peuls, Fulanis, Shongai, Bellas se dan cita allí, pero mis ojos inexpertos se acaban rindiendo, no puedo diferenciarles y para mí son “sólo” un conjunto maravilloso de personajes que atraen mi atención constantemente.

Vienen dispuestos a vender y comprar los productos necesarios para el día a día: grano, sal, azúcar, harina, patatas, ganado, telas, esterillas para la casa, utensilios para coser o para cocinar, piezas para arreglar la ansiada bicicleta que por fin consiguieron… y quizás caiga algún capricho, si la pequeña fortuna lo permite. Alguna golosina para los niños, seguro, que para eso son su gran amor y su futuro; algún refresco en los minúsculos bares, seguro, para endulzar un poquito la vida o ése “gran día”… y si no llega para tanto, al menos un té verde fuerte y amargo, o dulce, que acompañe a la conversación.

La conversación es algo imprescindible, es necesaria, y sin ella poco tiene sentido en el mercado. Lo primero, es preguntar por la familia, uno por uno: qué tal tu esposa, tus hijos, tu padre, etc., etc. Se dará la enhorabuena si el interlocutor ha tenido algún evento feliz: una boda, un nacimiento. Y el pésame si se nos informa del fallecimiento de algún familiar, aunque haya sido hace meses. Se demuestra interés por todos estos detalles, no es un intercambio formal y rápido. El tiempo no importa, sí el contenido. Después, se preguntará por los negocios o por la vida en general. Por último, empieza la conversación que nosotros llamaríamos “de verdad”: últimas noticias locales o incluso de más allá, el tiempo, la cosecha, los animales, sucesos personales, la Vida.

Seguramente toda esa gente partió al alba hacia el mercado, porque la noche es el momento y lugar de los djin, los genios que pueden hacerte daño, que se te pueden meter dentro y volverte loco. Hay que tener cuidado con las sombras, no suelen traer nada bueno. Hay que tener cuidado con lo desconocido. Hay que tener cuidado con los espíritus de aquéllos que fallecieron y no encontraron el camino. Hay que evitar viajar por la noche, porque el hombre está hecho para caminar de día. Normas básicas que trabajan para la supervivencia física y mental.

Seguramente se detuvieron un poco antes de llegar a Gorom Gorom y se pusieron esas galas que van a lucir en el día de mercado, porque si no el camino las hubiera cubierto de polvo.

Hay que mostrar una buena imagen, es una fiesta y además los negocios saldrán mejor si estás presentable, si agradas con tu imagen a los potenciales clientes, a los potenciales socios. No puedes pretender encontrar el amor, o el matrimonio, con la ropa del día a día. No puedes pretender trocar ése magnífico camello por la vaca que necesitas si no estás presentable.

Cerca del mediodía el mercado está en su máximo apogeo. Los puestos de mercancía están desplegados, la zona del ganado va cobrando cuerpo con la llegada de las piezas a intercambiar (aquí sólo se mueven los hombres), los puestos de comida empiezan a tener lista la carne a la brasa, el arroz, los buñuelos fritos… y poco más, porque no hay más. ¿Quién dijo que no es suficiente?

El sol aprieta fuerte, muy fuerte, y a pesar de protegerme con un pañuelo en la cabeza al modo local, me doy cuenta de que prácticamente no he bebido nada en toda la mañana. Me pasa factura y necesito encontrar un sitio donde comprar agua y una sombra en la que cobijarme. Pero ambas tareas no son fáciles de cumplir allí. Doy vueltas por el mercado tratando de encontrar un sitio donde vendan agua mineral y si es posible fresca. Ahí me doy cuenta de la extensión que ocupa el mercado, más de lo que aparenta, mucho más… o es un laberinto en el que me he perdido. Mientras, el mareo que siento cada vez es mayor. Por fin encuentro un chiringuito y una sombra y allí me parapeto. Los críos se acercan a juguetear tímidamente, y una sonrisa se dibuja en sus caras y ojos al mínimo gesto de simpatía que muestro hacia ellos. Son afectuosos, les encanta cogerte la mano o jugar con los pelillos de tu brazo, que les abraces y que les hagas bromas. Están acostumbrados a una relación de afecto y respeto hacia los adultos.

Qué bien se está en África. Qué bien se está entre gente que se sigue comunicando porque sin ello la vida no tendría sentido, porque unos dependen de otros.

Qué bien se está en un lugar donde las cosas necesarias son las que imperan y no hay que preocuparse de comprar más, sólo de cubrir lo necesario y ser feliz por ello, porque se es plenamente consciente de que quizá mañana no puedas, o de que otros no pueden y tú puedes ser el próximo.

Una consciencia terrible pero justa y necesaria porque permite no abandonar al prójimo, no dejar de ser empático con él y su suerte, no dejar de ser humilde y digno.

Esto es lo que puede enseñarme un mercado africano. Esto es lo que puedo aprender en él y de él. ¿Y ustedes?

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  1. ana

    Mis 5 estrellas para ti. La verdad es que es mágnifica la forma en la que describes las cosas, ha sido muy fácil crearse una imagen del lugar tan solo leyendo tus palabras. Además la parte del “djin” me ha interesado mucho, ya conocía algo de estos seres, pero saber algo más siempre es interesante y curioso.

  2. Celia

    ¡Muy bueno! Siempre pienso que los mercados son sitios con mucho espíritu, ¡ahora me dan ganas de ir!
    5 Estrellas por aquí 🙂

  3. Sara

    Te doy 5 estrellitas. Me ha gustado mucho, sobre todo lo bien que describes los lugares, consigues que me lo imagine completamente. ¡Enhorabuena!

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