Rostros y voces en Valparaiso. Autor: Rafael Restaino

                                 “Existen ciudades abiertas, ciudades amuralladas,

                                   Ciudades alegres, ciudades tristes, ciudades voladoras…”

                                                               Rafael Sedda

I

Existen lugares que exaltan de inmediato la imaginación. En Valparaíso, ciudad voladora, lo primero que sentí es que el hombre debía tener alas y no pies. Es que en esta ciudad de escaleras se lleva el día y la noche a cuestas como se lleva una guitarra o una cruz. Sentí, además, apenas llegué, lo difícil de abarcar esta ciudad tan pintoresca en una cuantas recorridas o en unas cuantas miradas. Es que en este lugar el paisaje se descubre frente a nosotros, nos mira y nos rodea y nos envuelve y nos despierta, y nos separa, y nos habita. Nos convierte en paisaje absurdo de lo inabarcable. Es que en Valparaíso además de ese increíble mar que se mete por todos lados, de sus habitados y coloridos cerros, de sus originales ascensores que buscan suplantar los pies por alas; de los sabrosos platos marinos y de los otros, de esa casa mágica del gran Pablo Neruda; existen, están presentes por todas partes, los rostros y las voces de sus habitantes.

En Valparaíso un niño, una muchacha, un pescador, un anciano tiene algo que decir o con la palabra o con el gesto. Es que todo habitante de este lugar, desde la edad más tierna, ha visto y ha oído mucho más que otros habitantes del mundo porque caminan entre nubes.

II

En las zigzagueantes calles que llevan de manera errática a los poblados cerros es posible encontrarse como si tal cosa con un poeta, un muralista, un pescador, un titiritero, una muchacha exótica, o un niño con un globo en la mano. Lo magnífico es que todos ellos tienen historias para contar porque han visto desde lo alto de un techo, de un cerro, otras lunas, otras estrellas, otros soles. Han visto desde alguna abertura o desde alguna rendija de vida ese mar que los rodea desde siempre y han escuchado relatos de violentos terremotos, de monstruos marinos, de ataques de piratas, de personajes extraños, de nubes vestidas de cristal que caminan lentas por las calles, trepando cansadas por los cerros.

Sin ir más lejos Martín Rey, poeta inédito, me cuenta de un tirón, mientras bebemos cerveza negra y comemos mariscos como si fueran caramelos, que la poesía es un gesto, un paisaje, los ojos de una muchacha, un día de invierno en Valparaíso donde arde y se apaga la melancolía en que entra la ciudad; y como si todo eso fuera poco, me confirma con énfasis que la poesía de Pablo Neruda sigue estando viva, más viva que nunca; mucho más viva que la de Vicente Huidobro, la de Pablo de Rokha o la de Gabriela Mistral. Y recitó para probarlo, con esa inconfundible tonada chilena, los versos transparentes del Gran Capitán.

III

Valparaíso tiene como pocos lugares en el mundo un museo a cielo abierto. Sus ascensores, sus calles o sus casas de diversos estilos y diversos materiales entre los cuales la chapa común y silvestre ocupa un lugar de privilegio. Todo ello es un museo a cielo abierto, pero lo que hace que sea un auténtico museo son los murales que se encuentran desparramados sobre todo por la calle Alemania, la calle que lleva casi sin quererlo a La Sebastiana. En uno de esos paseos me encontré con Pedro Membel, joven estudiante de artes visuales, quien de manera sencilla y lleno de amabilidad, como si un hijo le hablara a su padre después de saber lo difícil que es ser buen padre, que la declaración de patrimonio de la humanidad que obtuvo Valparaíso permitió entre otros cosas embellecerla o al menos intentarlo. Me explicó con lujo de detalles quienes son esos muralistas, quien de ellos es el considerado el mejor, los materiales que se utilizan, el beneplácito de los vecinos para dejar el espacio de una pared, un portón, o un tapial para que sea utilizado como una gigantesca tela. Él mismo para demostrármelo me enseñó su trabajo y me desasnó diciéndome que esas figuras desgarradas sobre un portón de doble hoja son los cerros y las nubes alzándose como si fueran serpientes que disputan un cuerpo que es su cuerpo y que en una mano tiene los pinceles dispuestos a hacerlos vibrar y en la otra una trompeta para sacarle cuando lo disponga los sonidos del amor y de la vida. Sin duda se requiere imaginación para interpretar esa profundidad, pero se requiere algo más: haber nacido en un lugar donde son necesarias las alas.

IV

Uno no conoce del todo Valparaíso si no navega su mar. Gracias a la disposición de unos amigos pude hacer esa jornada decisiva que me permitió ver desde un ángulo diferente la forma de herradura que tiene esta gigantesca bahía. Es un anfiteatro con un público permanente, pero no un público-espectador. Es un público-hacedor, un público-constructor, un público-movimiento. En movimiento permanente.

El capitán de la pequeña embarcación después de los saludos y algunos chistes referente a mi condición de argentino fue haciendo de guía y señalaba como buen conocedor los nombres de los cerros, las características y pertenencias de algunas casas. El recorrido se inició en la Caleta El Membrillo, donde me presentó con gran bonhomía a sus amigos pescadores. Hay que ver esos rostros. No pude dejar de pensar en Van Gogh cuando dijo que prefería pintar rostros humanos, porque en ellos había más belleza que en las catedrales.

Este capitán, Don Centurión, como lo llamaban mis amigos se detuvo particularmente en la parte que se encuentran los recintos portuarios y me explicó el bombardeo que sufrió ese lugar en 1866 por medio de la armada española. Ante la pregunta ¿por qué sucedió un hecho semejante? Me detalló la historia que es siempre la misma: diversos intereses en juego. Luego, con la paciencia de un maestro de escuela, me describió el lugar de cada uno de los ascensores, cuyos nombres en ese momento no pude retener, pero si el nombre del magnífico Palacio Baburizza, perteneciente al empresario salitrero, el croata Pascual Baburizza. Un edificio llamativo de estilo Art Nouveau donde se destacan su juego de volúmenes en torno a un torreón central y el esplendoroso detalle de su decorado exterior. Me dice que allí actualmente alberga al Museo de Bellas Artes, donde se exhibe una valiosa colección de pinturas que datan del siglo XIX. Me hace comprometer, podríamos decir, juramentar que lo visitaré.

Desde esa lancha, lugar de privilegio, diviso el Cerro Alegre, donde me encuentro alojado, el Cerro Panteón, el Cerro Loma, el Cerro Bella Vista, el Cerro Florida, el Cerro Mariposa, el Cerro Monjas, el Cerro La Cruz, el Cerro Merced, el Cerro Lechero y recibo la cuidadosa explicación del por qué de esos nombres.

Al regreso de esa pequeña travesía este jovial Capitán destapó una botella de vino tinto de buena cepa chilena y después de llenarnos los vasos y de brindar por la vida y la muerte, comenzó a relatarnos las peripecias sufridas en sus constantes viajes a la Isla de Pascua.

V

Después de llevar adelante la ineludible visita a la Sebastiana, esa maquillada casa de Pablo Neruda y Matilde Urrutia, detuve mi andar para hacer posible la reflexión en la Plaza de los Poetas, que está a menos de una cuadra de la afamada vivienda. Allí se encuentran rígidos y en bronce el mismo Neruda, su archienemigo en la poesía Vicente Huidobro, y la gigantesca Gabriela Mistral. Detenerse en cualquier lugar de Valparaíso es mirar y ver algo: casas, calles, vapores, escombros, árboles y gente, la maravillosa gente de esta ciudad que pasa cansina por faltarles las alas que se requieren en esta ciudad. Este lugar en el que me detuve no es diferente a cualquier otro de esta ciudad.

Recuerdo que miré y vi a un costado de la plazoleta, vestido de ropa negra algo desteñida, un titiritero. Estaba sentado sobre una vieja valija. A su lado se convergían inalterables una mariposa de alas gigantescas, un perro con resortes en vez de patas, un gato famélico, un automóvil muy cómico y otros elementos que no me atrevo a definir. Seguramente, me vio solo o me sintió solo este artista callejero, y entonces sin que se lo pidiera comenzó a darle vida a cada uno de esos animales de papel y alambre con música de Bach y de Vivaldi. Me obligó de alguna manera a darle de comer al saltarín perro, a sonreírme con el dislocado automóvil e hizo diversos trucos con otros elementos. Al ver que estaba faltando algo, como un Dios o algo parecido, le dio vida a la mariposa. La misma voló sobre los hombros del estático Huidobro, se asustó ante la adultez del rostro de la gran Mistral, y luego, blandamente, dulcemente, se posó sobre mi hombro y caminó mi estructura como si fuera una muchacha enamorada. En ese momento miré y vi la sonrisa de este personaje, de este titiritero, que  se instaló cómoda, pero muy cómoda en mi corazón.

VI

Angelina es artista plástica y estaba por esos días preparando su primera exposición de marinas realizadas en acuarelas y oleos. Vestía como una hippie de los años sesenta, pero su rostro es bien siglo XXI. Yo le comenté mi estadía en Mendoza, el conflictivo viaje que padecí al cruzar Los Andes y exageré el argumento de una novela que estaba escribiendo. Ella me mostró una foto de un barquito de pescadores lleno de pájaros y me dijo que era un cuadro suyo y que tenía fecha para una exposición individual en un Centro Cultural que se había abierto hacía unos días en la calle Almirante Montt. Se trataba de un abandonado garaje reacondicionado como galería, un lugar que tuve la oportunidad de conocer un tarde en que jugué a perderme.

Angelina me invitó con un gesto salir a la azotea para poder fumar tranquila. Desde ese lugar pude observar maravillado el titilar de los cerros, una danza que me hizo pensar en esos amores secretos. Estuve tentado a comunicarle mi pensamiento. Pero ella estaba excitada con su futura muestra. Y hablaba. Me habló de pintores y de música y músicos y del actual teatro en Chile. Ama profundamente al pintor Francisco Corcuera, adora la música brasilera, tiene pasión por el tango cantado por Cigala; y según sus propias palabras prefiere el vino argentino al vino chileno; y es amiga de la actriz Eugenia del Soler. Estos personajes como Angelina son fáciles de encontrar en la noche de Valparaíso. En cualquiera de estos bares o restaurantes que abundan y están ubicados, generalmente, en los cerros Concepción o Alegre, se encuentran bebiendo, o hablando sobre arte y política.

A Angelina que habla un español con giros chilenos (a pesar de que es italiana) que no me caían muy cómodo a mis oídos, la conocí en el Bar El Mito, una noche de lluvia y de viento de esos que suelen azotar a esta ensenada. Me la presentó el dueño del Bar y la convidé con una copa de vino de la casa. Desde esa noche la supe encontrar en diversas oportunidades. En una de esas noches –no recuerdo bien si fue la última-  le pedí que me hablara de su amiga la gran actriz. Dejó de inmediato la pose de l´efant terrible para hablarme con sumo cuidado y respeto.

Una copa de vino y saber escuchar hizo que tuviera un conocimiento muy firme de lo que fue el golpe de estado liderado por Pinochet en Valparaíso. Supe como los artistas fueron detenidos, torturados, encarcelados y como gran parte de ellos tuvieron que exiliarse como el caso de la actriz Eugenia del Soler, gran amiga de Víctor Jara. Supe detalles que dificultosamente se encuentren en los libros de historia sobre la forma vergonzante que actuaron los milicos en Chile y supe de los dolores, del sufrimiento de cientos y cientos de chilenos que tuvieron que dejar el país. En algunos casos como esta actriz, cuyo único pecado no fue otro que ser amiga de ese artista integral que fue Víctor Jara.

Y supe, por la misma Angelina -algo que sabía-, pero que en ese momento tomó su máxima magnitud que ese “maldito golpe militar destrozó dos o tres generaciones”.

VII

Fresca es amiga de Angelina y viste de igual manera. Es chilena por donde se la mire, sobre todo, en esa forma tan particular de la boca. Es desprolija en su peinado y en su vestir, pero si uno presta atención se puede observar que hay peluquería de estilo para desparramar esos cabellos castaños que le caen sobre sus hombros y que las prendas son de marcas muy conocidas. Ella siente, en esa noche tan especial, que el clima está tenso por los rostros adustos que teníamos. No puede ser de otra manera cuando se habla de una dictadura asesina. Quiso romper ese clima y lo consiguió, preguntándonos:

– ¿Ustedes saben que la energía del Himalaya se trasladó a la Cordillera de Los Andes?

Una pregunta semejante requiere la inmediata atención. Es imposible no contestarle y al hacerlo se viene esa andanada de palabras que suelen largar los locos o los fundamentalistas. Como siempre alguien le contestó y es así como me encontré escuchando que la tierra mueve todo el sistema cada 26 mil años y que ahora está confirmado científicamente que se ha movido 10 centímetros de su eje y que esa es la causa por la cual la energía que pasaba antes por los Himalayas, pasa ahora por la Cordillera de los Andes, cuyos picos hacen de antenaje, generando una elevación de frecuencias en quienes están en el entorno, los que adquieren mayor claridad mental y espiritual.

Y siempre hay alguien que no tiene buen tino y preguntó:

– ¿En  que te basas para afirmar tan alegremente esa teoría?

Fue como darle un pase exacto para que meta el gol. Fresa sonríe, es como si la estuviera viendo y sintiendo, y dice lo que ha leído y repetido en numerosas ocasiones: “en las profecías mayas, hopi, incas, aztecas…”

Y hablará Fresca, hablará y hablará, aún debe estar hablando. Yo suelo retirarme de esas tenidas, sobre todo, cuando sospecho lo imposible de volver a ese punto tan singular, tan concreto de la historia de nuestra América: los golpes de estado. Punto central de nuestra historia latinoamericana que nos ayudan a conocer y conocernos.

VIII

Valparaíso ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad. Tengo entendido por la pintora Angelina que esa designación se debió en gran parte a los ascensores, únicos en el mundo y de tanta antigüedad. Antes de marcharme hacia San Pedro de Atacama y luego pasar por el Salar de Uyuni, decido dedicarle un día entero a recorrerlos. Son quince en total: Artillería, Barón, concepción, Peral, Espíritu Santo, Florida, Larrain, Mariposas, Monjas, Polanco, Reina Victoria, San Agustín, Villaseca. Puedo detenerme en la información que está desparramada en mi mesa de trabajo y decir con exactitud cuál son las estaciones altas y las estaciones bajas, el recorrido que realizan, el nombre que tienen todos los funiculares de dónde provienen, el tipo de maquinarias, procedencias de cada uno de ellos y otros detalles.

Pero me detengo egoísta en sólo dos aspectos:

1.- La defraudación al encontrarme en que la mayoría de estos ascensores no funcionaban.

2.- En uno de los pocos ascensores que funcionaban me tocó compartirlo con un chileno muy embriagado, quien me miró de arriba y abajo para preguntarme:

– ¿Turista?

De manera escueta le contesté:

– ¡Sí!

Apuntándome con el dedo índice como si fuera un revólver, interrogó:

– ¿Argentino?

Le dije con cierto desgano:

– ¡Sí!

Me miró con una sonrisa y me contestó con un poco de esfuerzo (se le trababa la lengua) haciendo un gesto grandilocuente señalando los cerros:

– Es como estar metido en una acuarela saturada de colores ¿o no?

IX

La gastronomía en Valparaíso se parece a Valparaíso. Se parece a su mar, a sus calles, a sus cerros, a su gente por sobre todo. Es exuberante, artificiosa, desprolija, original, llena de colores, de olores y de gustos.

Me animo por experiencia propia a dividirla en dos. La gastronomía elaborada de los restaurantes que se encuentran en los cerros, lugar donde uno se anima a degustar sin miedo, un plato de cebiche con langosta, jaiba, erizos, cocidos sólo con jugo de limón o pedir una de esas ensaladas donde se encuentran las fuerzas mismas de la naturaleza. Esas ensaladas elaboradas con tomate, cebolla, ají, cilantro y trocitos de pulpo o de mariscos. No sólo tuve la oportunidad de deglutir algunos de esos platos artísticamente preparados, sino que gracias a mi amigo Favio probé un vino Sauvignon Blanc de Anayna, cuya sensación fragante hizo que con gestos estentóreos declarara a ese amigo, hermano de la vida.

La otra gastronomía se encuentra en la zona del puerto. En esa zona donde es posible el olor a mercado, donde los colectivos se enloquecen y las prostitutas envejecidas, y los buscavidas de todo tipo siguen luchando por su plato de comida. En este lugar los platos son exuberantes, llenos de calorías. En ellos está presente en su totalidad la esencia del pueblo chileno. Aquí están, en un todo, el hombre y la mujer de Valparaíso. En ese chupé de loco, que no es otra cosa que un guiso caliente compuesto por locos molidos, pan rallado y aderezos; en ese bife a lo pobre; en ese llamado jardín de mariscos donde se localiza esos preciados tesoros ofrecidos por el mar; en esa chorrillana,  compuesta de papas fritas pobre la que se coloca cebollas fritas, huevos revueltos, carne picada y chorizos; en ese mariscal con mariscos se descubre la auténtica sonrisa del hombre y de la mujer de esta región.

X

Una mañana por la calle Bella Vista iba un niño con un globo rojo. Me miró con sonrisa de sandía y me dijo sin titubear:

– Te regalo mi globo para que veas desde arriba… todo Valparaíso.

Rafael Restaino

(Viaje realizado en enero de 2010)

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  1. Marita

    Es un poético relato que me ha llegado a lo más profundo. Muy bien escrito. Viví lo que el autor me ha querido decir y me ha despertado deseos de conocer esa ciudad. Felicitaciones

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