Un vuelo privado. Autor: Jairo Sánchez

Decidió bajarse  para desocupar la vejiga, tenía horas de venir conduciendo. El lugar le llamó la atención. Se lavó la cara, el cuello y los brazos. De nuevo se refrescó los brazos para sentir lo agradable que estaba el agua. Se puso de pie y dejó caer un grueso chorro de orín que la corriente se llevó apaciblemente en forma disgregada. En ese instante sonó el celular.

-Hola Jaime.

-¿Qué hubo Megan, por dónde andas?

-Todavía me faltan tres o cuatro horas para llegar. ¿Y tú, dónde te encuentras?

No tuvo tiempo de escuchar la respuesta porque en ese preciso momento le fue arrebatado el aparato y conducido a la fuerza  al interior de aquel matorral. Eran dos tipos quienes lo empujaban desesperadamente. Uno de ellos con el revólver en la sien. -Necesitamos ese vehículo.

Esto le llenó de pánico, de seguro lo matarían para llevárselo. Recordó que su mamá siempre decía que “Megan” significa fuerte, capaz, fue por eso que sacó arrestos y le pegó una patada en las pelotas, éste se retorció de dolor, mientras que el compañero se le abalanzó tratando de tumbarlo de un topetazo. El primero accionó el arma, pero no le dio fuego, por lo que fue sorprendido con un garrotazo que lo dejó fuera de combate. El otro se apoderó del arma, pero antes que la accionara, ya tenía el garrote sobre sus costillas. Todo transcurría velozmente. El garrotazo lo dejó desmayado. Cuando dio el primer paso para escapar, el primero que había caído lo derribó por detrás. Lo estaba asfixiando, menos mal le tiró un puñado de tierra en el rostro, lo cual dio tiempo a quitárselo de encima. Sin embargo, en una acción rápida intentó coger el arma, pero muy tarde, el tiro le impactó en el pecho. El compañero despertó y sin titubeo alguno también trató de accionar el arma, pero para recibir una certera bala en el bajo vientre.  Corrió a su vehículo. En el instante se le prendió la lucecita. El celular, no podía dejar el celular porque sería su perdición. Dentro de su desespero no lo podía encontrar, por lo que aprovechó para tirar las armas a la corriente,  tampoco le convenía que hallaran sus huellas. Le vio la esquina que sobresalía de entre la arena. Ahora sí conduce a toda velocidad, no obstante reflexionó sobre lo que estaba haciendo, se podía accidentar o llamar la atención de la policía. Redujo la velocidad. Pensaba en todo, pensó en entregarse, pero ¿no irían a dudar de él? Esta era una historia poco creíble. ¿Un hombre sin experiencia en las armas había dado de baja a dos asaltantes? Además, ¿cuántos días debía permanecer mientras se esclarecían los hechos? Decidió continuar su marcha. Era Jueves Santo, la carretera estaba casi sola. En ese momento vio las señales que con afán le hacían. Pasó de largo. Miró por el espejo la infinita tristeza de aquella figura, decide retroceder.

-¿Qué sucede?

-Lléveme a alguna parte, quiero salir de aquí, se lo imploro.

La reparó por unos segundos, en verdad estaba desesperada, casi a punto de entrar en pánico.

-Suba-

Una vez en el carro su mirada se fue al piso. Pasó un rato así y se acomodó un poco para mirar para atrás. Él se fijó otra vez en ella. Era hermosa, casi de su misma edad y estatura; delgada, piel blanca, ojos verde marino, cabello negro, corto,  lacio. Vestía una blusa blanca, de encajes y una pollera negra, amplia, con flores bordadas en el ruedo. Quiso hablarle, pero comprendió que era mejor dejarla quita. Su estado no estaba para dialogar. Ella cerró los ojos y los volvió abrir encontrándose con los de él. Éste fue incapaz de sostenérsela  y la desvió a la carretera, poniendo más atención en su caso que en la presencia de esta bonita mujer. Se acordó del celular, lo tomó, marcó al amigo. La llamada  no entró. La volvió a mirar. Tenía la mirada en la nada. Sintió hambre. Desde hacía horas que no había probado bocado. Vio el aviso en la vía, se orilló.

-¿Qué vais hacer?

-Necesito comer algo, ven bájate.

-No, por Dios, no te detengáis, os suplico.

-¿Sucede algo? Necesito saberlo.

Guardó silencio mientras le sostenía la mirada implorativa. Pero éste no desistió.

-Está bien, os suplico que no demoréis.

-¿No vas a venir?

Ella se bajó y casi a la entrada se aferró a su brazo como si fueran esposos. Este contacto le agradó a él. Deseó de veras que la distancia fuera mayor.

Comieron casi de prisa, aunque ellos no lo notaron. Ya casi para concluir, ella se sintió molesta al ver que la pareja recién llegada no le quitaba la vista. “Mal presagio”, dijo mentalmente, se paró con la intención de ir al baño.

-Procura pagar porque nos vamos enseguida vuelva, le dijo su compañero. Camino al baño tomó una daga de entre el adorno artesanal que estaba cerca de la entrada. Enseguida los dos señores irrumpieron, pero ella los esperaba. La daga entró en el estómago sin mayores contratiempos. En tanto que el otro recibía un fuerte golpe con el tacón. Sin perder un segundo le rapó la botella de agua que tenía en una mano y a través de ésta le descerrajó un tiro en el pecho con el revólver del que yacía en el piso. El recipiente de plástico ahogó el ruido, por eso cuando salió todo seguía normal.

El carro había transitado ya un buen trayecto, sin embargo no dejaba de mirar para atrás.

-¿Qué te sucede?

-¿No puedes acelerar más este auto?

-Tranquila, nada está pasando.

-Te aseguro que corremos un grave riesgo, así que por favor acelera más.

-Te digo que nada puede estar más tranquilo que el ambiente que nos rodea.

Pero cambió de idea cuando vio que una moto se le acercaba a toda marcha. Aceleró a fondo y frenó bruscamente. Esto hizo que los de la moto casi chocaran, lograron evitarlo y pasar al frente. -No te detengas, le dijo ella-. Los individuos se bajaron de la moto y apuntaron. El  tiro rozó el hombro izquierdo del conductor, esto hizo que virara hacia el lado para donde se había apartado uno de ellos, quien quedó arrollado en mitad de la carretera. El compañero corrió a la moto, pero desilusionado vio que una llanta estaba arruinada.

Quiso descargar  la ira contra ella, pero tal vez esto se debía a lo ocurrido en el arroyo, guardó silencio y fijó la mirada en la lista amarilla.

Ella intervino de nuevo

-Podrías bajar la velocidad, creo que nos podemos accidentar.

Tomó el celular, llamó al amigo. La llamada no entró.  Colocó el aparato sobre el tablero. Ella lo miró a los ojos, él le sostuvo la mirada y la desvió unos segundo más tarde, sin atreverle hablar por verla tan apabullada. No obstante escuchó la voz

-¿Cómo te llamas?

Le sorprendió que fuera ella la que tomara la iniciativa. Ahora bajó la velocidad, pero sin contestar a la pregunta.

Ella se avergonzó.

-Excusa que me entrometa en tu vida, no debí hacerlo, pero quiero que sepas que me llamo Alicia Almodóvar.

-You speak English?

-Yes, why?

-To change the routine.

Prefiero que me hables en español.

-Very well. ¿Eres turista?

-No, me dedico a las finanzas.

La volvió a mirar. Le pareció que mentía, dado la facha que presentaba.

-¿Para dónde vas?

-Necesito ir a Bogotá.

-¿A Bogotá?

-Sí, ¿por qué?

-Porque yo apenas llego a Cartagena.

Cartagena les acogía con los brazos abiertos en una tarde asoleada y maravillosa. La ciudad vieja estaba apacible y casi desierta. La nueva se veía alegre, moderna, movida, por influjo de los turistas. Se quedó ella con la vista perdida en el saliente. Él la contemplaba fijamente, ella miró para la avenida.

-¡Cuidado!

Su compañero casi arrolla a un peatón.

-Dime a dónde te llevo.

No contestó. A él se le ocurre cuadrar el carro frente a un cajero, de dónde sacó una cantidad considerable de dinero. Cuando volvió, no estaba, miró para todas partes, alcanzó a ver que tres individuos la obligaban abordar un carro. Sin pensar en lo que hacía, siguió detrás de los secuestradores, quienes tomaron rumbo sur, seguían ahora la ruta que ellos habían dejado antes. Con satisfacción pudo comprobar que su auto era más potente, así que  alcanzó a golpearlos por detrás. Se prepara de nuevo para otro topetazo, pero su amiga se había adelantado asiendo al conductor por el cuello, logrando que el carro tropezara con la cuneta y diera el bote. Él ya estaba cerca para socorrerla, casi la sacaba cuando uno de los malhechores la retuvo por la pierna. Viendo que era en vano este esfuerzo, la deja en el suelo para propinarle un patadón al otro en pleno rostro. Ahora es el conductor quien intenta salir con el revólver en la mano, corre  para golpeársela contra la puerta del coche, hasta que la soltó y pudo  dispararle en el pecho. Recoge a la dama y se va.

-¡Ay mi cabeza, me duele mucho!

-Tranquila, más adelante te compraré unas pastas.

-¿Dónde estoy?

-Entrando a Cartagena.

-¿Otra vez?

-Así es.

-Qué vergüenza meterte en tanto lío. Créeme que lo siento mucho.

-Tranquila, es asunto mío, no podía dejarte en brazos de esos criminales.

Le compró las pastas. Ella le rogó que se hiciera ver la herida del hombro.

-Estoy bien, no te preocupes. Necesito saber en qué problema estás metida, es lo más lógico que me lo digas.

-No puedo hablar, entre menos sepas, más seguro estás.

-¿Cómo voy a estar arriesgando mi pellejo sin saber por qué?

-¿No crees que cómo está de averiado el carro puede llamar la atención de la policía?

-Sí, creo que sí. Es rentado, lo dejaremos en un estacionamiento y tomaremos un taxi, estarán buscando un carro con esas características.

Cuando salieron del estacionamiento retomó el diálogo.

-Ahora sé que no puedo alojarme en Cartagena, ni tampoco puedo dejarte ir sola para Bogotá.

-Siento haberte metido en esto, déjame por aquí, yo veré qué hago.

-No voy hacer eso, presiento que eres una buena chica y que malvado sería si te desamparo ahora. Ya esto es personal. Oiga señor, 500 dólares para que nos lleve a Bogotá.

-¿A estas horas? No mi don, por ningún dinero, la guerrilla está alborotada y no quiero caer en sus manos. ¿Por qué no esperar a que amanezca?

-Tenemos prisa.

Si les parece puedo hablar con un amigo que es amante del riesgo y la aventura, ¿qué dicen?

-Vayamos allá.

-No es necesario, ya mismo le llamo.

Después de un corto tiempo todo estaba arreglado. Esperaron quince minutos a que apareciera. Viajan con un sentimiento entre asustados y seguros. Ella se corrió más y dejó caer su cabeza en su hombro. Esto le pareció espontaneo y la dejó reposar tranquila, al punto que sintió los suaves tañidos del sueño.

-¿Cuántos kilómetros amigo?

El conductor miró por el espejo, no lo vio porque estaba oscuro

-Mil. Sin ningún contratiempo llegaremos en unas 15 horas.

-Ok.

Se quedó mirando la negrura de la carretera y también se durmió, tan sólo vino a despertar cuando escuchó las voces. Se incorporó asustado. Eran las del conductor hablando con los uniformados, quienes daban orden de no continuar porque adelante había contacto con la guerrilla. Detrás de ellos había tres carros, luego ya fueron seis. Ahí se mantuvo el número hasta cuando fueron las cinco de la mañana en que abrieron el paso.  Una hora más tarde arrimaron a un local a desayunar. Había varios carros frente al local, por eso tuvieron que estacionar un poco más allá.

Ya estaban por terminar cuando arribó una moto por el camino que conducía al campo. A ella le llamó la atención el aspecto del motorizado.

-Por el bien de todos, nos debemos marchar enseguida.

-No temas, que nada está pasando.

Tomó algo del plato y se puso de pie, a él no le quedó otra que marchar.

Estaban por subir al coche cuando escucharon aquella frío voz.

-No tan de prisa señores.

Era el mismo individuo de la moto. Trató de rodearla por el cuello con su brazo, pero se llevó la sorpresa de su vida, al sentir el trinche en la yugular. Ahí mismo intervino él y le dio un puñetazo en el rostro, dejándolo inconsciente. Vieron venir un carro, lo ocultaron en la orilla del monte e intentaron abordar.

-Un momento, dijo el conductor.

Se bajó y rodeó por detrás al carro. Creo que sí lo dejan ahí, muy pronto tendré la compañía de la policía o de quien sea, será mejor que lo metan en la cajuela y más adelanto lo tiran a un barranco.

-Tenéis la razón. Gracias por la manita.

Rato después de ir andando, el conductor les habló.

-¿Ya ven cómo sin querer se mete uno en un lío de padre, madre y señor?

-Sí, extremadamente es cierto.

-Ya que lo reconocen, es conveniente que hagan algo por mí, ahora que me he salido de la ley.

-¿Y cómo qué podemos hacer?

-Creo que con otros doscientos dólares me habré lavado la conciencia.

-Está bien, tendrá sus $ 200, pero en Bogotá.

-No hay problema en que sea allá.

 

El carro continuó sereno y veloz. La carretera estaba casi solitaria, así que era enteramente  para ellos tres. De vez en cuando pasaba un carro de turistas o un carro tanque, rumbo al puerto de Coveñas.

-Patrón, el carro va seco, requiero efectivo para llenarlo.

Una vez lleno, continuaron  por una carretera bien asfaltada, con paisajes de sol y montañas distantes, pero casi desierta. Volvió a llamar a su amigo, la llamada entró pero no se escuchaba bien. La dejó para más tarde.

-Creo que una siesta nos caerá de perlas, le dijo a la compañera, en inglés.

-¿Tú crees?

-Así lo creo, y le preguntó al conductor cuánto faltaba para llegar.

-Estamos a tan sólo 280 kilómetros.

-Detente aquí.

Entraron a la pequeña ciudad. El conductor los alojó en un hotel de dos estrellas. La dejó allí y fue con el conductor al centro, donde regresó con ropa y colores para ella. Después de la siesta bajaron al comedor para cenar. Bajó encantadora, asombrosamente bella.

-¿Cómo supiste mi talla?

-Porque es la misma de mi ex. Tenía tú mismo cuerpo, pero tú eres más deslumbrante.

-Gracias por la flor.

-Nada me cuesta decir la verdad.

Después de cenar se quedaron en la mesa para facilitar la digestión, él tomó el control y salió el canal de CNN.

-¿Lo dejo aquí, o prefieres otro?

-Me da lo mismo, vos decide.

Ya lo iba a cambiar cuando salió algo que le atrajo su interés. “Atención, Bogotá, la periodista Alicia Almodóvar, del Diario De Telegraaf, secuestrada hace dos meses por la guerrilla colombiana, acaba de escapar de sus captores. Nacida en Alicante,  hace 29 años en el seno de un hogar de solvencia económica, por lo que pudieron enviarla a Washington en donde terminó la carrera de Comunicación, desde entonces reside en Holanda donde trabaja como reportera del importante diario. La periodista enfrentará  cargos como  auxiliadora del grupo terrorista, intervención en asuntos internos y engaño a la agencia de inmigración. Las autoridades guardan total hermetismo sobre el caso, tal vez para no desviar las investigaciones. Se supo que fue corresponsal de guerra en el litigio del Golfo y  que vive sola con una hija de 9 años”.

Ella palideció y le suplicó que partieran enseguida. Viajan a más de cien por hora.

-¿Con que a las finanzas, eh?

-No podía decirte toda la verdad, entre menos supieras, más seguro estabas, pero fíjate que aún no sé quién eres.

Hablaban en inglés. – ¿Todo lo del noticiero es verdad?

-Sí, menos lo de la niña, no está conmigo, vive con su padre, un petrolero de Ormuz, fuimos novios, pero después me dejó, me la quitó.

-¿Ya fueron a juicio?

-Sí. La puedo ver cuántas veces quiera y me la manda en vacaciones.

El conductor interrumpió el diálogo.

-A cada paso que damos es más el riesgo en que me meten ustedes. Ahora soy cómplice de una prófuga de la justicia, mi vida no vale un pepino a partir de hoy, ayer era libre, sin ningún lío judicial y hoy amanezco delincuente.

-Creo saber lo que buscas, claro, yo te curaré esos cargos de conciencia, ¿cuánto?

-Me encantan los acuerdos, creo que unos trescientos bastarán.

-Está bien, que sean unos trescientos, pero en Bogotá, ¿eh?

-Que sean en Bogotá, para allá vamos.

Ella se irritó. –Oiga no abuse, no se aproveche.

-Mi noble dama, ustedes no me buscaron para poner en riesgo mi vida.

La carretera tiene más tráfico ahora, ya llevan rato de andar sereno y sin inconveniente alguno. Ven un letrero que señala la nueva ciudad que se avecina. Pasan de largo, se aferran a la  Providencia para que todo sea un viaje liso hasta la capital. Un poco de alegría asoma a sus corazones al ver el nuevo letrero: “Bienvenido a Facatativá”, escrito en letras blancas y fondo verde.

-¿Saben qué significa Facatativá?

-Ni remotamente.

-“Cercado fuerte al final de la llanura”

-Entonces creo que ya estamos en territorio seguro.

No había ella terminado de decir esto cuando oyeron la sirena. Sin esperar ordenes, el conductor puso a fondo el acelerador. Sobrepasaron la pequeña ciudad, pero a escasos kilómetros se ocultaron en un camino rural hasta que oyeron alejarse el ulular. Con la debida precaución dieron la vuelta y se introdujeron a la ciudad, escondiéndose en un lava auto.

-Aquí estaremos a salvo por poco tiempo, es imposible continuar, ya estamos reseñados, de aquí hasta que nos capturen, será cuestión de minutos.

-Tienes razón.

-Entonces entréguenme mi dinero y ustedes sabrán qué hacer.

-Mira buen hombre, te agradecemos lo mucho que has hecho por nosotros, ten esta tarjeta, aquí encontrarás lo suficiente para que un buen abogado te saque de la cárcel.

-No ofendan mi condición, soy bueno, pero no imbécil.

-Debes confiar en mí.

-Creo que me he portado bien y de que me he ganado ese dinero de manera justa.

-Mira gran cretino, ¿ya pensaste qué les vas a responder si te encuentran esa gruesa suma de dinero?

-Que es el pago del viaje.

-Te lo decomisarán por haber ayudado a un par de prófugos.

Se quedó cavilando, en verdad tenía razón.

-Creo que la tarjeta es mi única opción.

-Toma

-¿Y la clave?

-¿En qué año estamos?

-En el 2002.

Se dieron la mano y se despidieron. Cuando estaban por salir fueron detenidos.

-¿Qué ocurre?

-Me buscaron para un viaje a Bogotá y a Bogotá los he de llevar, tome su tarjeta y deme efectivo para pagar un soborno.

El jovenzuelo del lavadero le dijo dónde cambiar las placas. Hacia allá salieron. Se refugiaron en un solar a la espera de la operación.

La contempló un poco sosegada. Aquel rostro era hermoso, sobre una figura atractiva e influyente.

-Dos meses secuestrada, pero te ves hermosa, ¿cómo que te trataron muy bien, no?

-Si vas hacer un recital irónico, guárdate de que no sea dirigido a mí. Fueron muy gentiles, debo reconocerlo,  pero en qué te consuela si al final eres un secuestrado. Logramos el contacto para el reportaje, pero me exigieron que fuera sumamente discreta, por eso entré como turista.

-¿En dónde te tenían?

-En el Sur de Bolivar, cada semana me trasladaban de lugar, ahora me llevaban para San Onofre, en la orilla del mar, pero el carro se les averió, me internaron en una cabañita al cuidado de dos desalmados, mientras los otros dos salieron en busca de un medio de transporte. Uno se durmió y el otro me quitó la mordaza, así pude decirle que tenía necesidad de ir al baño, me llevó al campo, me quitó las esposas, pero tuve que orinar al pie de él. Estaba por pararme cuando sentí que me arrastraba salvajemente hacia el rastrojo, pues había divisado a un par de campesinos camino al trabajo. Ahí me retuvo con su sucia mano en mi boca, hasta que desaparecieron. Entonces se excitó al ver mis bragas abajo e intentó violarme, luchamos unos segundos hasta que le dije que no fuera violento, que yo me dejaba, pero que no utilizara la fuerza. Colocó el fisil en un tronco y cuando subió, giré bruscamente y me apoderé del arma. Cuando intentaba sacar su revólver, le di de culatazos. Sacando valor me encaminé al rancho, ya el otro venía a ver qué era de nosotros, lo sorprendí con un fuerte golpe en la cabeza, le di otro y otro más. Tiré el arma y le puse alas a mis piernas. Ahí fue cuando te encontré.

-¿Uno de los que fueron a buscar transporte tenía un lunar rojo en la cara?

Ella se incorporó de inmediato.

-¿Cómo lo sabes? ¿A caso eres uno de ellos?

-No, no, pero contesta a mi pregunta.

-Sí, sí lo tenía.

-¿El otro era regordete,  con una cicatriz en el brazo derecho?

-Me sorprendes, ¿quién demonios eres?

-Tranquila, estoy de tu parte. A esos tuve que eliminarlos porque me iban a despojar del carro. Después te cuento los detalles.

-Oh, señor, cuan unidos estamos en este lío. Ahora sí creo que llegó el momento de que me digas quién eres.

-Mis padres llegaron de escocia, hace mucho, se radicaron en Nueva Jersey, aquí se hicieron ricos laborando toda clase de manufacturas. Yo fui a la universidad donde me gradué de ingeniero civil. La suerte me sonrió, en pocos años me volví rico, dado los buenos contratos que le llovieron a la empresa que me afilió. Ya mis padres no existen, la empresa la maneja mi hermana. Cada año, para esta época, me doy mis vacaciones, tenía ganas de conocer este país, mira los resultados.

El conductor les trajo gaseosas con rosquillas. Después de esto partieron  rumbo  a la capital. El disfraz de ancianos les quedó de maravilla, por eso pasaron dos retenes móviles sin ningún contratiempo. De  nuevo llamó a su amigo, esta vez sí entró claro la llamada. Su amigo no le había podido contestar porque se encontraba con una chica en Apulo, a cien kilómetros de la capital, con el inconveniente de que allá no había buena recepción, pero ya tenía media hora de haber llegado. Se encontraba en el hotel.

-Está bien, no te pierdas de ahí, espera mi llegada que te voy a presentar la joya que me ha deparado este viaje.

-Listo Megan, suerte.

-Ella lo miró intrigada.

-Nunca más trabajarás de reportera sino atendiendo nuestros niños.

-Vaya, que hombre más divertido.

-Es en serio, ya lo verás.

Llegaron al hotel donde ella tenía sus documentos. Por precaución se había llevado los duplicados y había dejado los originales en la caja fuerte del hotel. Los recogieron en un santiamén y salieron para el hotel de él, en donde su amigo lo aguardaba tranquilamente. Estaba recogiendo sus cosas cuando el conductor lo alertó de que había movimiento sospechoso. Lograron escapar a toda máquina. Llegaron al aeropuerto donde tenía su jet privado, su amigo era el piloto.

Después del apasionado beso que se dieron al subir, se tomaron de la mano y les dijeron adiós para siempre a las patrullas que en  ese preciso instante arribaron al aeropuerto.

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