Las caras del amor. Autor: Adrián Valle Rubio

Nadie había visto jamás a un hombre tan feo subir a un tren de cercanías. Se trataba de una fealdad imposible de describir, por fea. Con decir que en un concurso universal de feos, con el jovencito Frankenstein de participante, hubiese figurado entre los candidatos al triunfo, está dicho todo.

En cuanto el sujeto avanzó por el pasillo buscando algún hueco para ubicarse, los viajeros encogieron las piernas para evitar rozarse con él, como si temiesen un contagio de fealdad. Pero el hombre, por lo visto, además de su infortunio estético, también era más torpe que un arado, y, en un leve bandazo del vagón, perdió el equilibrio y, tras golpearse contra el respaldo de un asiento, quedó tendido en el suelo, como un boxeador noqueado.

Fue entonces cuando ocurrió lo increíble.

Una mujer hermosa, en todas las acepciones del término, salida de Dios sabe dónde, quien no desentonaría en un concurso de bellezas tradicionales, sí en uno de esos certámenes de mujeres escuchimizadas a las que los entendidos en huesos cataloga de beldades,  acudió en ayuda del ser que yacía aturdido en el pasillo.

La escena que se desarrolló a continuación tuvo tal fuerza emotiva, que los ocupantes del vagón, todos excepto un hombre que siguió a lo suyo en su ordenador portátil (o ipad o ipod o tableta), como si obedecieran a una misma voluntad, intuyendo que iban a asistir a un espectáculo extraordinario, apagaron unos los chismes electrónicos que manejaban con  parejo entusiasmo, en tanto que otros cerraron los periódicos cuyas páginas de “Sociedad” un día más informaban de las dietas que seguían los famosos para mantener la esbeltez  y de los zapatos y los vestidos que acababan de estrenar las princesas y las Belenes Esteban de turno. Todos los artilugios electrónicos menos uno apagados, incluidos los teléfonos móviles, y los ojos de los viajeros pendientes de lo que le sucedía a un desdichado que, para más inri, era más feo que Picio: unos hechos insólitos en la historia del transporte público moderno y posmoderno.

El otro acontecimiento, el que adquiriría el rango de indeleble en la memoria de los presentes, tuvo lugar inmediatamente después.

La mujer hermosa, que olía a mar profunda, no se limitó a apiadarse del caído, sino que, acuclillada junto a él, empezó a acariciar con suma delicadeza el rostro imposible del hombre. Los viajeros, extasiados ante el conmovedor espectáculo a lo Disney que se representaba en el vagón: la belleza y la fealdad rindiéndose mutuos honores, fueron formando varios círculos concéntricos en torno a la estrambótica pareja.

“Una escena así sólo puede producirse en un cuento de los míos”, reflexionó, ebrio de orgullo, el hombre del ordenador mientras aporreaba las teclas como si le fuera en ello la vida.

-Te equivocas –susurró alguien.

El cuentista, por unos instantes, se quedó de una pieza, con los dedos flotando por encima del teclado, sin saber qué escribir.

-El amor tiene muchas caras –añadió la misma voz.

-¿Quién ha sido? –preguntó el escritor, desconcertado ante los impensables derroteros que había tomado la historia.

-La fealdad –dijo una voz.

-La belleza –respondió otra.

-El amor  –proclamaron al unísono las voces de la fealdad y la belleza.

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