El viaje de una palabra. Autor: Adrián Valle Rubio

La palabra se adentró en el autobús, recorrió el pasillo, de un extremo a otro,  una, dos, tres veces, observando con todas sus letras el rostro de los ocupantes, y, finalmente, decidió colarse por la boca entreabierta de la persona cuyos ojos le inspiraron más confianza, la única de los tres viajeros lectores que leía con un lápiz en la mano. Albergaba la esperanza de que esta lectora, una mujer de edad indefinida y de mirada limpia, le devolviera el protagonismo perdido. Si una palabra no es pronunciada al menos de vez en cuando, pierde su razón de ser, se queda en un significante sin significado, en un significado sin significante, y ella, la palabra que había entrado en el autobús, llevaba demasiado tiempo en silencio forzoso. Al aire libre, la gente, con demasiadas prisas, sólo hablaba a gritos, cuando hablaba, y casi siempre a un aparato diminuto de luces chillonas. Y una palabra cuyas connotaciones remiten a lo más noble de la humanidad, requiere una articulación sosegada, sin gritos ni aspavientos, algo que cada día resultaba más difícil que sucediese en el guirigay que imperaba en las vías públicas de las grandes y medianas urbes (y, pronto, salvo milagro, también en las  pequeñas), por eso se había animado a entrar en un autobús con un destino tan tentador:  Capital, una villa de la que se hacían lenguas los adjetivos más sublimes del    diccionario, por algo sería. Confiaba en que, dentro de un vehículo, sin posibilidad de escapatoria (al menos hasta la siguiente parada), los humanos, si la ocasión lo requería, no se avergonzaran de vocalizarla, a ella, a la palabra discriminada. En un objeto  rodante, entre rostros desconocidos, los viajeros no corrían el riesgo de  que la intelectualidad les clavase en el corazón de la autoestima alguna de sus envenenadas puyas. Sí, había sido una buena decisión la de montarse en este autobús.

Por mucho que cavilaba, y llevaba años estrujándose las dos sílabas compuestas  por sus seis letras y las seis letras que componían sus dos sílabas, no acertaba a comprender cómo ella, quizá una de las tres palabras más hermosas del idioma, se veía obligada a deambular por la Lengua como un vocablo clandestino o, ay, apestado. Sabía cómo y cuándo el desdén se había cebado con su significado, pero ignoraba la razón. El caso es que, decenios atrás, de la noche a la mañana, unos intelectuales de postín, acaso de pacotilla, de esos que pregonan a los cuatro vientos la maldad innata del hombre, empezaron a tildarla de empalagosa, después de engolada, más tarde de sensiblera y, como remate, de cursi. Con empalagosa, engolada y sensiblera le usurparon una parte de la reputación cosechada durante una larga siembra cuyo inicio se remontaba a la noche de los tiempos hablados; pero fue el epíteto cursi el que más daño le hizo. Cursi, como todos los buenos conversadores saben, es la gripe de los vocablos. Una gripe contagiosa que, para su curación, exige un remedio muy particular. Esto es lo que buscaba en el autobús con destino a Capital: el remedio al largo ostracismo que padecía. Un remedio que, dadas las circunstancias, sólo podría anidar en las cuerdas vocales de algún alma samaritana. ¿La lectora? Hacía unos minutos, la palabra habría respondido que sí sin vacilar, ahora se limitaba a encoger las sílabas, una manera de no decir ni sí ni no, sino todo lo contrario. Todavía quedaba un buen trecho de viaje, y si una mujer como la del lápiz, con la elegancia y la personalidad que irradiaba, la incluía a ella, a la palabra, en una frase dicha en público, seguro que provocaba una reacción en cadena. De la noche a la mañana había dejado de ser pronunciada, y de la noche a la mañana volvería a estar en boca de casi todos;  la curación se transmite por los mismos derroteros que ha utilizado la enfermedad para propagarse. El bien y el mal nacen en la misma fuente, una fuente que mana sangre: el corazón del hombre. No sería la primera vez que en un autobús floreciese el germen de la revolución social. Y una revolución es lo que necesitaba con urgencia la palabra, tal era su estado de consunción. La actividad confiere vida al Verbo, la inactividad lo mata lenta e inexorablemente.

El autobús, en movimiento desde hacía varios minutos, circulaba por una carretera bordeada de una exuberante vegetación, y la palabra seguía sin escuchar su humanitario sonido. Empezaba a dudar de las dotes comunicadoras de su anfitriona. ¿Y si era muda? Temía haber cometido una lamentable equivocación, y el reflejo suyo que había vislumbrado en los rasgos faciales de la mujer lectora se correspondiese más con sus deseos que con la realidad. La palabra, ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, apeló al dios de las letras, el Alfabeto, para que, si no había errado el tiro al escoger a su anfitriona, dispusiera los hechos de tal manera que hicieran inevitable que la mujer la pronunciara a ella, o, como mal menor, a un sinónimo, no importa que fuese empalagoso. Si la lectora continuaba sin decir ni pío en los pocos kilómetros que faltaban para llegar a Capital, entonces la palabra perdería la fe en su capacidad para distinguir en los ojos humanos las auténticas huellas dactilares del alma. Y si no podía fiarse de lo que sus dos sílabas veían al otro lado de lo visible, en lo invisible, estaría irremisiblemente perdida, sin saber ni qué hacer ni a dónde ir para salvarse de la extinción.

La mujer, mientras tanto, atraída por el bello paisaje que entraba en oleadas por la ventana del vehículo, había cerrado el libro. La palabra, en cuanto echó un vistazo a la portada del volumen, suspiró aliviada. El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez. Una mujer que leía o releía un libro así, no tendría ningún reparo en pronunciarla a ella, seguro que no. La palabra, reconciliada consigo misma al comprobar que había elegido a la persona idónea,  invocó al bendito azar. Era lo único que necesitaba para que el corto viaje en kilómetros en el autobús, se convirtiese en la memoria en un viaje sin final.

Pero el azar bendito parecía distraído, si es que viajaba en el autobús, porque, quién sabe, a lo peor se había quedado en tierra, hipnotizado por el embrujo del tiroriro de algún aparato móvil. Los minutos transcurrían y la mujer continuaba absorta en el panorama exterior, sin mostrar ningún interés por lo que ocurría dentro del vehículo.

Éste se encontraba ya en la parte final del trayecto, y, a lo lejos, en el horizonte, se divisaba Capital. La palabra, dominada por la impaciencia, colgada de los labios de su anfitriona, se disponía a buscar otro Verbo más locuaz, cuando alguien profirió un grito estremecedor. El anciano que estaba sentado al otro lado del pasillo, a la altura de la mujer del libro, se había desplomado de repente, como si el emisario del más allá le hubiese propinado a traición el golpe de gracia. Ahora sí que no había nada que hacer. Las situaciones desesperadas favorecen la pronunciación de interjecciones, maldiciones y juramentos, no la de una palabra como ella. Y justo cuando iba a dar rienda suelta a  los lamentos, sus dos sílabas y sus seis letras, haciendo causa común con su excelso significado, se volvieron contra ella. Abrumada, entonó el mea culpa por el amago de egoísmo y, al instante, adoptó el comportamiento que, otrora, la había convertido en una leyenda. Sus seis letras, todas a una, raudas, se concentraron en el bienestar del prójimo, como así lo denotaba y connotaba su significado universal.

El hombre tenía toda la pinta de sufrir un infarto, los síntomas por desgracia eran inequívocos, y nadie en el autobús daba muestras de mantener la calma que propicia la adopción de las decisiones más atinadas. Bueno, alguien sí la mantenía. La calma y la determinación. Era la mujer lectora, quien, arrodillada, después de depositar una aspirina remojada en su propia saliva, la de ella, entre los labios del moribundo y de haber masajeado con energía el pecho de éste, se dedicaba a insuflar aire en los pulmones del anciano. El boca a boca, la aspirina y los masajes no sólo salvaron la vida al hombre, también le dejaron con una palabra en el extremo de la lengua.

Con los ojos abiertos de par en par, fijos en su ángel salvador, el anciano renacido carraspeó para aclararse la garganta. Fue entonces cuando se produjo el momento tan anhelado por la singular protagonista de esta historia.

-Gracias por su bondad, señora.

-Mis labios han bebido la bondad en los suyos.

-¿Detengo el autobús, y llamo a una ambulancia? –vociferó el chófer-. Hemos   salido de la autopista, y ahora sí que puedo hacerlo.

-No. Siga hasta el final –respondió la mujer del libro.

Cinco minutos después, la palabra, henchida de orgullo, flotando en una nube formada por sus seis letras, antes de apearse del vehículo, aún tuvo tiempo de escuchar los sonidos maravillosos que pronunciaba una voz grave y profunda, como la de un cantante de ópera. Era la voz de un hombre calvo y con perilla, algo cargado de hombros, y cuya camisa, en los sobacos, presentaba un cerco de sudor, la huella del trabajo bien hecho. Atención, mucha atención, el conductor ha tomado la palabra, y qué palabra.

-La bondad no es cursi. La bondad es la bondad. Una palabra que da la vida. Corran la voz, viajeros. Hemos llegado a nuestro destino: Capital. Gracias por viajar con “Transportes La Paciencia”.

Capital. Ese también sería el destino de la palabra, para siempre.

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