Alfonso y Claudia. Autor: Adrián Valle Rubio

Delante de la pantalla del ordenador, con los dedos flotando sobre las teclas, Alfonso se muestra indeciso. Duda entre revelar la verdad o mantenerla en secreto en tanto las circunstancias se lo permitan, y, así, poder prolongar durante unas semanas más, acaso unos meses, la relación con Claudia, lo mejor que le ha pasado en la vida.

Mira el reloj: las once y media de la noche. Como todos los días de los tres últimos meses y medio, inmediatamente después de que sus destinos se encontrasen en el ciberespacio, ella le ha dado las buenas noches por teléfono hace unos minutos, qué voz; el ritual, si la verdad no lo impide, continuará por la mañana temprano, en el correo electrónico, con un revitalizador mensaje de buenos días. Pero la verdad de Alfonso lo impedirá. Claudia, en la pantalla, no se encontrará con las palabras que espera; el mensaje de Alfonso no delatará la impaciencia de un hombre que se ha enamorado de un sueño, sino que revelará la verdad de un incauto que ha soñado con un enamoramiento.

“Es la hora de la verdad”, se dice Alfonso, insuflándose ánimos, mientras teclea la palabra “Claudia”. Nada más que Claudia. Sus dedos se han detenido ahí, como magnetizados por el hechizo que dimana del nombre de ella. Vuelven a asaltarle las dudas.

Alguien, dentro de él, le apremia a que se decida. El tren para Capital saldrá a las ocho de la mañana, y cuatro horas después, ella le estará esperando en la estación, con el corazón desbocado por la impaciencia. Una espera eterna. No irá. No puede presentarse en Capital, ni mañana ni nunca; el Alfonso de Claudia está a una distancia ciberespacial del Alfonso de carne y hueso. ¿En qué estaría pensando cuando aceptó por  fin la invitación de ella? En ella, pensaba en ella; las estruendosas palpitaciones del corazón impidieron a sus neuronas trabajar con la tranquilidad necesaria para elaborar un razonamiento plausible. Si hubiese pensado sólo con la cabeza, sin interferencias cardiacas, habría postergado la cita hasta el límite del límite, o sea, hasta siempre. Y cuando el siempre fuese ahora, habría ganado todo el tiempo que le separa de entonces. Hasta es posible que, llegado ese momento, Claudia, más que desilusionarse, suspirara aliviada, harta de la falta de iniciativa de un hombre tan pródigo en palabras como parco en hechos. Aunque, claro, si se hubiera negado por tercera vez a viajar a Capital, quizá habría propiciado que el viaje lo emprendiese ella hacia él.

Llegadas las reflexiones a este punto, Alfonso vuelve a estar tan indeciso como hace unos minutos. Si va, malo; si no va, peor. Su presencia mañana en Capital, si bien multiplicaría la decepción de Claudia (la realidad ya no admitiría el bálsamo de la imaginación), al menos se redimiría parcialmente en la memoria de ella; con el tiempo, recordaría a un hombre embustero que, sin embargo, en el último momento, reunió el valor necesario para dar la cara… ¡Vaya cara!  “¿Tú eres Alfonso? ¿Y tus ojos verdes, y tu cabello medio rubio, y tus ciento ochenta centímetros?…” Si no va, malo; si va, peor.

Alfonso se siente como al principio de la noche, dominado por los nervios que acrecientan su falta de resolución y por las dudas que agudizan su nerviosismo. Se incorpora bruscamente y empieza a dar vueltas en círculo por el salón. Desde que conoció a Claudia, Alfonso es otro hombre; ella es el porqué que ha dado sentido al cómo de su vida. No puede renunciar a ella sin luchar hasta el último aliento. ¿Y cuál es el último aliento? ¿La mentira? ¿Por qué no? Lo suyo se asemeja bastante a una novela, y, en la ficción, las mentiras que insuflan vida a la historia, se erigen en la verdad de la Literatura. Se devana los sesos en busca de una razón de más peso que las dos anteriores; nada de gripe ni corrección de exámenes; debe excusarse con una eventualidad dramática, insoslayable.

Tras sopesar los pros y los contras de varias opciones, se decide por un trastorno repentino de su madre, el cual le obliga a viajar urgentemente a su pueblo natal… ahora mismo.

Impulsado por el afán de ganar todo el tiempo que pueda hasta que el tiempo, su tiempo con Claudia, concluya definitivamente, toma asiento delante del ordenador y empieza a teclear: “Lo siento, querida Claudia, no podré desplazarme a Capital a verte. Acaba de llamarme la hermana de mi madre, mi tía Dolores…”

Qué sarta de embustes. En las dos ocasiones precedentes, mintió relativamente, ya que en realidad sí que se encontraba corrigiendo exámenes la primera vez y algo griposo la segunda; pero la trola de ahora involucra a otras personas, y esa es una frontera que no traspasará. Está en juego el respeto por sí mismo, si es que todavía le queda algo que respetar. Marca con el cursor las frases escritas y las borra.

Ha llegado la hora de que Claudia conozca al verdadero Alfonso. La farsa ha terminado.

Comienza a escribir de nuevo: “No me esperes mañana en la estación, Claudia. Te diré por qué: me da vergüenza de que me veas al natural. Sí, soy un maestro de Literatura de instituto de treinta y cinco años, y procuro respetar al prójimo, y cuido el medio ambiente,  y soy aficionado a la lectura y al cine y a los museos, y me encanta viajar, sobre todo en tren, y mis platos favoritos son las berenjenas y el gazpacho y la tortilla española, y tuve una novia a la que quise hasta que ella dejó de quererme (lo cual me demostró a posteriori que en realidad la quería porque ella me quería a mí), y sigo soltero. Ese soy yo. Pero no soy un hombre bien proporcionado, de ciento ochenta centímetros de altura, ojos verdosos y cabello tirando a rubio… Ese no soy yo. Ese es el Alfonso del ciberespacio. Te he mentido, Claudia. Sí, cumplí  los treinta y cinco la semana pasada, pero apenas sobrepaso los ciento setenta centímetros, y mis ojos son marrones, y el pelo, castaño oscuro, se me clarea bastante en la coronilla… Soy un hombre de aspecto vulgar… Lo siento, Claudia. ”

Cuando se dispone a enviar el correo, vacila. Está decidido a contarle la verdad a Claudia, pero quizá sea mejor hacerlo de otra manera. Una persona como Claudia, que ha llenado de colores su vida gris, se merece mucho más que un escueto mensaje electrónico; merece escuchar la verdad en los propios labios del Alfonso embustero. Apaga el ordenador. Se lo dirá en persona, y soportará estoicamente los reproches, silenciosos y sonoros, de ella. La hora de la verdad ha sonado. A la cama, Alfonso, mañana hay que madrugar.

Mientras tanto, a quinientos kilómetros, Claudia, delante de la pantalla del ordenador, con los dedos planeando sobre el teclado, no se decide a escribir lo que bulle en su pensamiento. La Claudia que se presentó por Internet a Alfonso fue la misma Claudia que soñaba ser cuando, de niña, se deleitaba con los cuentos de hadas, una Claudia de Walt Disney: alta, esbelta, ojos azules, melena rubia, busto generoso… Si le hubiera dicho a Alfonso cómo era en realidad, a saber: una mujer corriente, de poco más de ciento sesenta centímetros, ojos menudos, cabello oscuro, busto pequeño, ¿se habría interesado por ella un hombre como él? Qué chasco se va a llevar el pobre. No acierta a comprender cómo cometió la torpeza de invitarle a pasar unos días en Capital. Se consuela diciéndose que se vio obligada a ello cuando él le dijo por teléfono que, ya que habían acordado verse al natural, no en fotografía, no estaban tan lejos el uno del otro para retrasar el encuentro hasta las vacaciones de verano. Sí, aquel día se vio obligada, pero ¿y las dos invitaciones posteriores? Que ella recuerde, él, tras excusarse la primera vez porque tenía que corregir exámenes, no volvió a sacar el tema a colación. El subconsciente la traicionó… o, quizá, fuese la conciencia. Cuando una persona se dedica a jugar con las palabras, corre ciertos riesgos, por ejemplo, que algunas de ellas sean pronunciadas o escritas en el contexto más inoportuno. Lo dicho no puede dejar de decirse. El error ya está cometido; de lo que se trata ahora es de minimizar sus consecuencias.

Claudia se dispone a deshacer el entuerto. Su conciencia se lo agradecerá. Sabe que él no se va a la cama hasta las tantas. Le llamará por teléfono y le describirá a la Claudia de carne y hueso,  en las antípodas de la ciberespacial; así, además de ahorrarle el viaje hacia la decepción, al menos podrá escuchar por última vez su maravillosa voz, tan varonil… ¿Y por qué no decírselo en persona dentro de unas horas?

Alfonso, enfundado en su mejor traje, delante del espejo, se peina cuidadosamente para disimular la calva de la coronilla. El tren está entrando en la estación de Capital.

“Que sea lo que Dios quiera”, se dice segundos después mientras se apea del vagón.

No la ve por ningún sitio. En el andén hay personas de diversas edades intercambiando besos y abrazos, pero ninguna mujer que corresponda a la descripción de Claudia. Siente alegría y decepción al mismo tiempo. Por un lado se alegra de que ella no haya venido, por el otro…

Claudia, por su parte, tampoco distingue a Alfonso entre los viajeros. El único hombre alto, musculoso y de pelo claro que ha bajado del tren, se ha fundido en un abrazo con una mujer emperifollada. Un abrazo al que sigue un apasionado beso en la boca. Opta por aproximarse a los vagones, tal vez  Alfonso se haya quedado dormido en el asiento.

“Ese hombre…”

“Esa mujer…”

Se han visto.

Alfonso y Claudia se aproximan el uno al otro a paso ligero, a grandes zancadas, a la carrera.

“Es él…”

“No es tan alta como pensaba, y tiene el pelo más oscuro, pero es ella… ¡Claudia!”

“Mide unos cuantos centímetros menos, y no es tan musculoso como imaginaba, pero es él. Su mirada es inconfundible… ¡Alfonso!”

Alfonso y Claudia se abrazan.

La realidad imaginada se ha encarnado en la imaginación de la realidad. Es la hora de la verdad.

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