¿Y qué podía decir?. Autor: Rossana Sala Estremadoyro

—Vámonos a Morrocoy —me animó Elisabetta con su acento italiano a pesar de los casi treinta años que vivía en Caracas y añadió—: Nos llevan en peñeros a los cayos que bordean la costa. El hotel organiza todo. Es solo por el fin de semana. Conoceremos gente linda. Además nos vamos en el Alfa Romeo descapotable de mi ex esposo.

¿Y qué podía decir?

Nos pusimos los lentes de sol y partimos.

Ya instaladas en el hotel, contratamos al famoso peñero que resultó no tratarse de un yate de lujo ni nada por el estilo.  Un sencillo bote de madera con motor fuera de borda, guiado por un hosco pescador que, cual autobús de los mares, desembarcaba a los pasajeros en diferentes islotes que forman el Parque Nacional Morrocoy.

—¡Que se alisten los del cayo Sombrero! —avisó el conductor asegurándose que no le hagamos perder el tiempo.

Nos bajamos unas ocho personas, cargadas de coolers y maletines, listas para pasar un gran día en la isla más popular de la zona.

—¡A las cinco de la tarde los paso a buscar! ¡No espero a nadie! —nos advirtió mientras se alejaba dejándonos en tierra sin siquiera mirarnos, para seguir su ruta con los demás pasajeros.

El sol se anunciaba severo. Habían pronosticado unos cuarenta grados centígrados para ese día. La arena blanca, suave, estaba colmada de gente, toallas, sillas, mesas. Muchas personas se protegían bajo las palmeras, lo que me parecía por demás peligroso, en especial cuando vi caer algunos cocos que los niños corrieron a recoger felices para saborear su néctar.

En la orilla del mar, nos acomodamos como pudimos bajo la amplia sombrilla  que, precavidas, alquilamos en el hotel.

¡Pero bueno, es el Caribe!  ¡Qué lujo! El mar tranquilo, sus aguas transparentes de diferentes tonos de celeste, verde, turquesa, parecía un lienzo de movimientos serenos. Embadurnadas con cremas solares, para regresar bronceadas a Caracas cuales diosas del Olimpo, nos dispusimos a gozar de un poco de paz, descansar del trabajo, leer, dormitar, conocer gente simpática. Entonces empezaron a ofrecer sus productos, alrededor y encima nuestro, los vendedores de pareos, collares, helados y de todo tipo de menjunjes macerados con mariscos afrodisíacos de denominaciones extravagantes. —¡Rompe colchón! ¡Siete potencias!  ¡Vuelve a la vida! ¡Vendo! —pregonaban sin respecto alguno.  Al rato, nos animamos a comer  pescado con tostones y queso que llevaban hasta la playa desde los pocos restaurantes del lugar. Mientras saboreaba mi platillo, con esas lonjas de plátano frito y aroma a miel, un muchacho atrevido que caminaba por la orilla me quitó el apetito al gritar desde lejos y para el oído y mirada de todos los vecinos: ¡Mami, no comas tanto pescado que te va a crecer la barriga!

Solo me bronceé la espalda aquella tarde.

Las cinco en punto. Elisabetta, yo, la sombrilla y todos nuestros corotos nos dispusimos a esperar en el muelle a nuestra embarcación. USNAVY, así se llamaba. —Es el nombre de mi nieta mayor —nos había explicado el dueño del peñero.

Las cinco y treinta.   Los lanchones partían atiborrados de gente agotada después de un largo día de playa. Familias enteras se trepaban en ellos. USNAVY no se veía ni de lejos. Cientos de mosquitos comenzaron a atacarme.

—Ten cuidado con esos bichos. Son jejenes y su picadura arde mucho —me previno Elisabetta—. ¿Trajiste repelente?

¿Y qué podía decir?

Solo me quedó meterme al mar con el agua casi hasta la nariz, para esperar al bote.

Mi pobre amiga, iba y venía por el corto muelle. —¡Hola! ¡Hola! —intentaba comunicarse por teléfono celular con alguien del hotel hasta que al fin le contestaron. En ese momento casi pude notar la sangre italiana que recorría sus venas y le salía de la boca a borbotones convertida en furiosas oraciones: ¿Cómo que no quisimos subirnos al peñero? ¿Ma che cosa dice? ¡Vaffanculo! ¿Qué vinieron por nosotras y se fueron? ¡Cretino!

Y nos dejaron en la isla.

Poco a poco la playa empezó a despoblarse. Algunas personas montaron sus carpas para pasar la noche. Por supuesto que allí no había hoteles ni nada que se les asemeje.  Los botes partían cargados de gente y sin espacio disponible para almas desamparadas como las nuestras. Elisabetta  llamaba una y otra vez al hotel. Gritaba. La oí hablar y responderse sola varias veces. Me di cuenta que además del español y del italiano sabía hablar otras lenguas incomprensibles para mí.  Me imaginé que serían dialectos creados por ella.  Por momentos la vi tan desesperada, moviendo nerviosa las manos, los dedos, la cabeza que legué a la conclusión que más de una Elisabetta habitaba su delgado cuerpo. Seguro que por eso los jejenes ni se le acercan, pensé con  envidia. A mí en cambio,  calladita, metida en el agua, no dejaban de aguijonearme la cara.

Al rato, se me acercaron preocupados unos turistas, por coincidencia italianos, que al ver a una mujer  en el muelle quejarse sola contra el horizonte, sospecharon lo peor y no se atrevieron a hablarle directamente.

—¡Ma, non c´è problema! —me dijeron cuando les expliqué nuestras desventuras—. Ya no tarda en venir nuestra barca.  Allí nos acomodamos tutti.

Y así lo hicimos. Viajamos con ellos. Elisabetta  gesticulaba y hablaba en un italiano apretado con sus coterráneos que, a pesar de todos sus esfuerzos, no pudieron calmarla, como tampoco lo hizo al día siguiente el administrador del hotel.

—¡Cretinos! ¿Cómo que no quisimos subirnos al bote? ¿Ma che cosa dice? ¡Devuélvanos el dinero! ¡Nuestro dinero! ¡Además lo que pagamos por hoy!  Non siamo matte para ir con ustedes otra vez! —vociferaba con justa razón.

Y fue solo cuando alertamos de lo sucedido a los turistas que se acercaban por información, que nos devolvieron la plata y nos regalaron la sombrilla. Bueno, en realidad olvidamos devolverla. Fue una especie de botín de guerra.

Nos relajamos esa tarde en otra isla menos concurrida. Tomé sol boca arriba sin escuchar desatinados piropos.

Ya de regreso en el auto, con el techo descubierto, disfrutando del clima en ese tráfico lento y terrible que forma parte de las autopistas en Caracas, un muchacho unos diez años menor que yo, de cabello castaño y piel ligeramente tostada, se puso a conversar con nosotras desde el auto de al lado.

—Qué linda sonrisa tienes —me dijo.

No me sonrojé, pues porque ya estaba roja.

—Conversa rápido —me susurro Elisabetta— y ni pienses en quitarte los lentes de sol aunque se haga de noche.

El consejo llegó tarde. Para lucir mi bronceado, segundos antes me había deshecho de las gafas oscuras.

Elisabetta me miró de reojo. Una vez más invadida por sus ancestros romanos, me hizo muecas y, cosa rara en ella, no pudo pronunciar palabra. Solo atinó a señalar mis ojos. En ese  instante, algo extraño le pasó al muchacho de al lado ya que después de emitir un ruido ininteligible, al parecer de espanto, raspó a más de un automóvil en su frenética huída. Fue entonces cuando me vi al espejo y descubrí mis líneas de felicidad convertidas en grietas blancas, cinceladas en el rabillo de mis ojos. ¡Mis patas de gallo! Aunque todavía pequeñas, lucían hendidas y resaltaban sin pudor respecto al resto de mi tez ¡Merda! ¡Che vergogna! ¡Mamma mia! ¡Porca miseria! Ed io che non parlo l’italiano, scusa,  y yo que no hablo italiano, me expresé en aquella lengua romance con una fluidez envidiable poseída por más de un antepasado de esas tierras que —debo admitir— también llevo conmigo.

¿Ma che cosa posso dire?

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