Italia en ‘siena’. Autor: Ricardo Martínez-Conde

Decía el sutil don Álvaro Cunqueiro que una de las cosas  que más placer le había proporcionado en su vida era el haber apreciado la utilización del color siena en la obra de Piero de la Francesca. Y la expresión, intimista y poética, semeja una metáfora que nos lleva a presentir, una vez más, que don Álvaro tenía razón. No solo por la alusión a la obra de este genial pintor, sino porque dicho color, a la percepción del viajero, ha adornado (y sigue adornando) buena parte de Italia.  Lo que equivale a decir que pasear por algunas de las ciudades históricas de este país nos traslada (y evoca) una sensación de armonía tan serena como difícil de expresar.  Paseando por Siena o Módena o Ferrara el cuadro del pintor es como si se trasladase al paisaje mundano, recreando un escenario emocionante, ordenado, intimista y culto “No es –ha expresado el profesor Giulio Lambetti- un color rojo, ni pardo, ni amarillo, ni gris, ni ámbar; no es naranja tostado ni ocre o como oro batido.. y es todos ellos a la vez” Alguien, incluso, yendo un poco más allá, ha llegado a referirse a este color como “el divino color siena”

La segunda observación del viajero sería, acudiendo a la memoria y a la literatura, que, si la realidad en que vivimos (y actuamos) es el gran teatro del mundo, ¿no es verdad que el escenario importa por cuanto condiciona la labor del actor, su comportamiento y actuación? Y el primer escenario siempre ha sido la calle, no lo olvidemos. Un escenario que distingue y, acaso, dignifica.

La tercera observación equivale, en realidad (o tiene su fundamento) en el periplo elegido para este viaje, y que ha comprendido desde Piacenza a Ravena, desde Perugia a Florencia (Se ha de incluir, en este recorrido de más de 1600 kilómetros, la ruta de Pisa a Parma, esto es, el litoral Tirreno, más el gozo visual-vegetal de cruzar los Apeninos centrales hasta tocar las lindes del inmenso valle del Po, definidor en buena medida del paisaje norteño de Italia.

Ello quiere decir que he tenido ocasión de visitar los escenarios más armoniosos y majestuosos que ha generado la mano (y la sensibilidad) del hombre: La arquitectura renacentista. Un escenario que ha venido perdurando en el tiempo desde hace más de seis siglos y que pervive todavía, asumido por sus habitantes.

Si yo, viajero, hubiera tenido oportunidad de vivir (de actuar) influenciado por unos escenarios así, si fuese el heredero de distintas generaciones de hombres y mujeres que han desarrollado las actividades de su vida en este paisaje natural y urbano, necesariamente –a buen seguro-habría de responder a unas características determinadas: sentido de armonía, capacidad estética, sensibilidad… Una forma de educación elevada. Y tal ha sido mi percepción: aquí he encontrado gente cordial, de gesto amistoso y gusto probado por el uso del color, algo que se pone de manifiesto incluso en la vestimenta; también gente de grato comportamiento social a pesar de las duras circunstancias por las que están atravesando (Quiero creer, incluso, que quien sigue usando preferentemente la bicicleta como medio para desplazarse por la ciudad no podría ser de otro tenor: amable y cortés)

He observado un campo cultivado (y cuidado) hasta el menor retazo. Unas vías de comunicación bien trazadas sobre las que fluye el tráfico con suficiente soltura. Una población que sigue haciendo uso de un lenguaje educado como un don y, sobre todo, una herencia patrimonial, artística, que ha servido para definir, tantas veces, la belleza, lo sublime. Piero de la Francesca y Arezzo, Giotto y la sobriedad de Asís. La vaga decadencia, hermosísima, de Venecia (he empezado a pensar que Venezia, escrito con ‘z’, le sienta mejor a ese paisaje melancólico). La discreta tranquilidad de Piacenza y la luminosa acogida de las cúpulas en el interior de San Vitale, en Ravena. La cordura estética de Pisa y la prestancia, en tantas ocasiones recatada, de Florencia…Y también el horizonte, tan abierto, de la Naturaleza. La extensa masa boscosa de los Apeninos, ya próximos a Parma. La llanura feraz, con perspectivas pictóricas, de las llanuras del Po. Las humanizadas colinas de la Toscana y la Umbría.

No creo que haya viajero que, habiendo ido (e intentado vivir con la curiosidad y los sentidos) esta parte de Italia pueda decir –y, sobre todo, pensar- que sigue siendo el mismo a su regreso. Me resisto a entender que un viajero que lo sea de verdad, comedido en el gesto y  humilde en la percepción, pueda decir que algo no ha despertado (o nacido) en él después de un viaje así. Y no hay por qué aludir  únicamente a los grandes escenarios, no. Con que sólo haya reparado en el enclave bizantino (germen de la primera Venecia) de la isla de Torcello, con que se haya detenido en el silencio expresivo de alguno de los colores nuevos que exhibe Burano… Con que haya meditado, aunque solo fuese un momento, en alguna de las expresivas y rubicundas figuras que adornan la fuente sita en la parte alta de la Piazza del Campo, en Siena, o haya advertido, con una sonrisa, el humor del arquitecto que ha colocado ese fuste quebrado en el ábside de la catedral de Arezzo, habrá motivo suficiente para decirse que algo ha cambiado en su percepción, que algo ha visto, distinto y mejor, y le ha aportado felicidad.

¿Cómo ignorar esa luz de oración que llena el aire en la tumba de Gala Placidia, en Ravena, o el desnudo (no solo humano) que impregna al observador cuando repara en una de las capillas laterales dentro de la iglesia del Santi Spirito, en Florencia, y observa el cristo crucificado de Miguel Ángel? El valor de la soledad (ese rasgo definitorio del atribulado hombre de hoy) necesariamente habrá de cambiar si el viajero se deja nutrir por ese escenario pétreo y proporcionado de los pueblos de la Toscana, todos ellos al amparo de una torre de iglesia, de un castillo, de unas murallas. Todos ellos definidos por ese color milagroso que tiene algo de rara inspiración espiritual, de trascendencia significativa.

Las ciudades, es cierto, han sido hechas a la medida del poder, pero también a la medida del ciudadano, lo cual queda reflejado en el sinnúmero de plazas y plazuelas que son una invitación implícita al diálogo, a la charla, a la función de vivir en comunidad. Rememoran, a buen seguro, el ágora –he ahí, tal vez, la herencia arquitectónica de las logias- donde el hombre se complementa, por la palabra, en la compañía de los otros hombres, donde se  valoran los dones – o desasistencia- del cielo por el  clima. Y cabe decir que en el paseo demorado por esas calles y plazas, el caminante observador acaso  llegue a preguntarse, ¿Por qué les preocupaba tanto la forma de medir el tiempo? (Tal vez el Tiempo, con mayúscula) Recordé, por un momento, de un viaje anterior, la fachada de una iglesia en Ragusa: aquel dibujo frío, de línea firme, diseñado con perfecta geometría sobre la fachada oro viejo del templo, donde me quedé absorto pensando en el porqué de tan aparente reloj casi solar (no estoy seguro de ello), emitiendo su ecuánime dictado, exponiendo  su cualidad medidora. Una decoración añadida llena de función temporal

Ahora, en Piacenza y Módena, en Florencia y en Perugia, de nuevo me topo en algunas fachadas, ya sean civiles o religiosas, con esa imagen de un diseño –todos distintos y muy elocuentemente evocadores- medidor del tiempo. De nuevo la reiteración de esa imagen grande, muda, plana, redondeada o dibujada en ángulos, impresa claramente en el frontal del Palazzo Ducale o el Duomo;  ese trazo grueso, algo más denso de color, definitorio.

Con evidente voluntad –así parece- expresiva, informativa, como diciendo al caminante, al curioso: pregúntame, solicita de mí la medida del tiempo y yo te informaré, ay!, de la medición numeral de ese tiempo, más también, explícitamente, espiritualmente, la medición de ti mismo, el paisaje ignorado de tu transición, de tu condición perecedera (Uccello llegaría a pintar un reloj casi perfecto, casi viejo, en un lateral de la santa Croce, en Florencia, cuya vigencia, hoy, semeja eterna)

Ojalá, en fin, vea el lector en este texto -en estas curiosidades volanderas, en estas ‘afinidades electivas’ – la comunidad implícita con el lugar que, siempre lo he pensado, es (o ha de ser) una de las condiciones necesarias del viajero: dar libertad a la sorpresa, a la curiosidad. Ser humilde en la deducción, transigente con lo desconocido, distinguido en la cortesía.

El viaje, todo viaje, es una renovación. Eso lo reitero (me lo reitero) en cada ocasión, en cada lugar que visito.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s