El Ánima de Taguapire. Autor: Miguel Feria Rodríguez

El Ánima de Taguapire-”no dejes de visitarla, hace milagros”- me dijeron antes de tomar el camino hacia Guayana. Cada día sucedía algo sorprendente en los amaneceres de la Caracas de los años 80, desde el tráfico, desordenado a más no poder, a los palos de agua repentinos, que hacían desaparecer cualquier medio de transporte y dejaban al ciudadano de a pie literalmente en medio de una tormenta y calado hasta los huesos, pasando por el caos de los servicios y  los asaltos o asesinatos por cobrar un mísero peaje de entrada a los barrios  de ranchitos de Catia o de Petare. Hoy era viernes, el día del viaje a Upata.

Aquella mañana en el Nuevo Circo, en el corazón de la urbe de Caracas, antaño de techos rojos y apabullante verdor, y ahora plagado  de rascacielos y tráfico inmenso, la gente se peleaba por entrar en los autobuses que partían hacia todas las direcciones del país. El Nuevo Circo, la estación central de autobuses  de Caracas, era un hervidero de personajes, a cual  más pintoresco, que lidiaban por  conseguir un puesto de pasaje entre un torbellino multicolor de razas y colores, buhoneros y vendedores de chicha, maletas y fardos desiguales, ruido, suciedad y calor tropical. No importaba si habías conseguido tu billete por unos pocos bolívares para Guayana, de igual manera  te podías quedar sin puesto,  pues había que estar presto y puntual, y muchas veces entrar a saco. Cuando llegabas a la estación y el autobús estaba al completo, tocaba viajar en “La cocina”, que eran los asientos del fondo, sobre el motor, allí donde las piernas colgaban y el plástico del asiento se calentaba horrores. Así era la vida en Caracas, una lucha constante por sobrevivir.

El viaje de Caracas a Upata, en el Estado Bolívar, podía tener una duración desigual, entre nueve y doce horas, dependiendo del camino tomado, de las paradas que se le antojaban al conductor, de las últimas lluvias y sus derrumbes, de los caminos cortados, de los controles de carretera repentinos, etc.…Uno de los viajes tomaba el camino hacia Valle de la Pascua y pasaba por el Santuario del Ánima de Taguapire, antes de llegar al Tigre y a Pariaguán. Normalmente aquella parada obligada era de madrugada, y la gente, en medio del sopor insufrible, del sueño, del la humedad de la noche y de  todas las incomodidades del camino, se apeaba del autobús para comerse una arepa, tomarse una Frescolita, beberse una cerveza Polar, comprarse unos pistachos o simplemente luchar contra las cucarachas del baño. Más de uno lo hacía por un motivo bien singular : visitar al ánima de Taguapire y  ofrecerle una promesa. En aquel viaje en particular, habíamos sido “bendecidos” por la compañía de un borracho que se había subido en Valle de la Pascua y había terminado en medio del pasillo, tumbado cual largo era, y al que el ánima seguramente le traía sin cuidado. A cada vuelta de la carretera, el borracho rodaba sobre sí mismo abrazado a su botella, a veces la botella escapaba de su abrazo y se largaba al baile ella sola, pasillo va, pasillo viene. Olvidado por el resto del pasaje, ya  casi se había convertido en una pieza más del transporte, al que añadía sus ronquidos y el sonar de su botella vacía de aquí para allá y de allá para acá, con cada  curva de la carretera hacia el Estado Bolívar. En la parada de Taguapire, el conductor despertó al personal con un: “¡Taguapire, media hora!”, y se largó, apurado, camino del servicio. La gente pasó sobre el borracho del pasillo y su botella, y salió en dirección al restaurante de la carretera y a ver a su  ánima.  La humedad de la noche y los sancudos del trópico se hacían de valer en aquella madrugada en  Taguapire.

“Un ánima”. Por ahí andaba yo pensando en la palabra. Rebusqué en mis recuerdos de niño. Aquello me sonaba de pequeño- seguro que del catecismo en el colegio de los curas. ¿Sería un espíritu perdido en las nebulosas de la imaginación? ¿Acaso alguien que se fue de este mundo sin dejar las cosas bien atadas con su conciencia? ¿Un personaje  que  había deambulado en esta vida entre el bien y el mal? ¿No era lo del Limbo? En todas esas pensaba yo por la vereda que daba a la puerta de la gruta, que era lo que me parecía en la penumbra de una noche sin luna. Bueno, cueva, gruta o santuario, entre la emoción del momento y la oscuridad de la noche, no se adivinaba exactamente como eran los aposentos del ánima en cuestión. Entrabas y te pasabas directamente al otro mundo. Cierto es que las velas y el olor a incienso, la poca luz y el recogimiento de la gente, con sus plegarias en voz baja, ayudaba a crear la atmósfera misteriosa en el recinto. Fotos, cuadros, manos, piernas, dedos, cabezas, cuerpos enteros de cera, colgaban de las paredes, como un racimo de estalactitas de las cavernas. Igual que en la Ermita de San Roque en San Cristóbal  de La Laguna, Islas Canarias, en los años sesenta, cuando niño-pensaba yo-  Promesas incumplidas y cumplidas, dejadas allí por los viajeros de la noche. El murmullo de la gente al rezar ayudaba a envolverte en un mundo de sombras y de fe inquebrantable. El ánima no apareció, ocupada en mil quehaceres, a tenor de los encargos que pendían de aquí y de allá. Sólo figuraba, en un rincón  del lugar, su cabeza de mujer mofletuda y morena, enfundada en un gorro colonial de trabajo. Así era el ánima de Pancha Duarte,  el Ánima de Taguapire, según la leyenda, una comadrona, buena y trabajadora, que murió de paludismo y fue enterrada allí, a tres kilómetros de Santa María de Ipire, al lado de la carretera nacional, sorprendida la comitiva mortuoria por una riada, para desde aquel momento hacer milagros y ayudar a la gente de fe. Vagaba por el ambiente y el subconsciente de las personas para echar una mano cuando se terciara y nada más. Nada de hacer apariciones para convertir aquella cueva en otra Fátima, nada de eso. O se  era un ánima o no se era, y si era un misterio, era un misterio. Así era Taguapire en los ochenta, un lugar de obligada parada en un viaje interminable camino del sur, con su ánima y sus promesas de cera…

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