Viaje al centro de la conciencia Ambiental. Autor: Roy Armando Martinez Seña

Había una vez dos niños de nombres Arturo y Santiago. Esta historia relata lo que les sucedió en unas vacaciones escolares de fin de año, donde ellos tomaron la decisión de emprender un viaje espacial, con la complicidad de su abuelo.

Desde la más alta montaña engalanada de un verde esplendoroso, se puede contemplar la belleza del paisaje. Al fondo, un mar de nubes blancas y suaves como el algodón, en veloz carrera se desplaza por el ancho cielo y tapan a intervalos cortos, los cálidos y dorados rayos del sol. En las verdes praderas se ven florecer las primeras flores de la primavera: amapola, margaritas, rosas, tulipanes….

El abuelo era un hombre de unos setenta años, de estatura y constitución normal; el subido color de su semblante ponía en evidencia un temperamento sanguíneo; su expresión era fría, y en sus facciones, que nada tenían de particular, sobresalía una nariz grande, voluminosa; de mirada muy apacible y más inteligente que audaz, otorgaban un gran encanto a su fisonomía; sus brazos eran largos y sus pies se apoyaban en el suelo con el aplomo propio de los grandes personajes. Era desgarbado, la nieve cubría totalmente su cabello, grandes y profundas arrugas surcaban su maltratado y asoleado rostro. El color azabache de sus ojos, grandes y redondos, armonizaban con su camisa.

El abuelo,  era un viejo jubilado que vivía con su hija Yina y sus dos nietos en aquella cabaña ubicada a 20 kilómetros de la ciudad y a 52 de la capital, la que había comprado con el dinero que le dieron producto de su jubilación. Ahí vivía con su hija Yina, quien había decidido vivir con su abuelo en la cabaña, pues no tenía los recursos económicos para vivir en la capital, su esposo había fallecido en un accidente automovilístico y le había dejado sus dos hijos. Desde ese día, el abuelo se había convertido en el padre de sus nietos.

El anciano tenía la costumbre de dormir a sus nietos contándoles  largas y animadas historias que los hacía fantasear, hasta el punto que un día le comunicaron a su abuelo que querían emprender un viaje a la luna, este al escuchar tan descabellada propuesta se enfureció, pero minutos más tarde lo convencieron y se convirtió en cómplice de sus fantásticas aventuras.

Arturo y Santiago en compañía del abuelo se dirigieron al cuarto de estos primeros;  empujaron la cama hacia un costado y debajo apareció una placa con una hendidura en la parte inferior, la abrieron y penetraron por un pasadizo oscuro de regular tamaño; se arrastraron a lo largo de unos metros hasta quedar frente a una pequeña puerta que el abuelo abrió con una llave que escondía bajo sus ropas.

El cuarto estaba lleno de cachivaches viejos, colchones, tablas, juguetes, pailas, sillas deterioradas, cajetas de cartón desocupadas, maletas viejas, abanicos dañados, hasta repuestos de carro y moto. Era el cuarto de San Alejo, lugar poco visitado por Yina, pues le daba mucho pavor  por estar tan lejos y oscuro En ese lugar comenzaron a construir la nave espacial.

El abuelo que era una persona bastante habilidosa para  este tipo de cosas, animó a los niños y, de inmediato, se pusieron a trabajar: tomaron un cajón de manzanas, un poco de pintura, papel plateado, papel o cinta adhesiva metalizado, igualmente tomaron un rollo de cinta plateada de las que se usan para reparar la carrocería de los coches, es adhesiva y de un material metálico muy adecuado para forrar las piezas que requieren esta textura e iniciaron la construcción  de una réplica perfecta de Apolo 11.

Era un vehículo espacial construido con todos los elementos que consiguieron en aquel lugar, diseñado para llegar a la luna. Las patas estaban equipadas con un sensor de contacto, al menos tres de ellas. La cuarta pata servía para la escalera de ascenso o descenso. La nave tiene un motor de frenado con una fuerza impelente de gran capacidad. Posee también dos ventanillas para la observación y la escotilla ubicada en la parte superior de la nave. En la parte inferior de la misma se encuentra un motor cohete de ascenso, alimentado con combustible líquido. En la construcción de la nave espacial se utilizó una aleación de aluminio, de uso habitual en la aeronáutica. Algunos elementos del fuselaje lo construyeron con aluminio. La nave comprendía de dos motores reusables, de múltiple encendidos. Estos motores funcionan a base de oxigeno líquido. No sé cómo lo hicieron, pero construyeron una verdadera nave espacial.

Los primeros  rayos del sol comenzaron a beberse las gotitas de rocío impregnadas en las verdes hojas de las plantas. La tranquilidad y la quietud de ese lugar se vieron interrumpidas por el trinar de los pájaros y por la suave brisa que jugueteaba entre las ramas de aquellos frondosos árboles.  El incansable esfuerzo de toda la noche se vio reflejada en el incandescente y estruendoso instante, que produjo la nave. El corazón del abuelo se detuvo momentáneamente, mientras los dos niños: Arturo y Santiago, dejaban el mundo que probablemente nunca más volverían a ver.

El abuelo vio partir la nave espacial, reflejándose una gran tristeza en su rostro, porque sus nietos nunca habían tripulado una nave de esta clase. Quedó preocupado porque sabía perfectamente que sus nietos no tenían experiencias en viajes espaciales, ni las peripecias para conducir una nave de esta índole, tampoco no conocían la ruta de navegación. Una tenue brizna de tranquilidad inundó su mente, al pensar que sus nietos eran muy inteligentes y podían sortear fácilmente todos los peligros.

Poco a poco la nave iniciaba su ascenso hasta entrar en la órbita alrededor de la luna. En pocos minutos, los ruidos, el trinar de los pájaros y la voz del abuelo empezaron a bajar su volumen hasta perderse por completo. Las cosas y las personas fueron disminuyendo su tamaño hasta convertirse en hormigas y, enseguida, desaparecer.

Los niños, después de unos minutos de reconocimiento del lugar, procedieron  a descender de la nave, pero su sorpresa fue tan grande cuando se dieron cuenta que sus cuerpos no flotaban en el espacio, sino que caminaban normalmente por la superficie lunar, nunca supieron la razón.

La luna era fabulosa, mucho más bonita que cuando se la veía desde la Tierra.
Se bajaron de la nave y empezaron a jugar a las escondidas. Con todos los cráteres y el terreno desigual, había un millón de escondites. Luego jugaron a las cogidas y así fueron explorando toda la luna. Después de muchas horas de exploración quedaron dormidos.

Arturo fue el primero en abrir los ojos, pero al intentar moverse, se dio cuenta que tenía los brazos y las piernas fuertemente atadas, amarradas a un grueso poste de madera

Arturo y Santiago se encontraban en una inmensa cueva iluminada por una tenue antorcha que pendía del techo de aquel extraño lugar. Los rayos del sol entraban por las hendiduras de la cueva, la luz era tan intensa que hería los ojos de los indefensos muchachos.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad disipada un poco por los rayos solares, se dieron cuenta que algo avanzaba lentamente por el oscuro pasillo de esa tenebrosa cueva, era una figura extraña, una figura pequeña, no alcanzaba los 55 centímetros de altura, de la cintura hacia arriba tenía aspecto de un hombre con una inmensa cabeza de donde emergían dos puntiagudos cuernos, de ojos grandes y saltones; sus piernas descarnadas, cubiertas de pelo negro y brillante, parecían las extremidades de un macho cabrío. En lugar de pies tenía pezuñas. Mientras en una de sus manos llevaba un arma que mostraba desafiante y les dijo que el Sol los había hecho prisioneros y él era su carcelero. El enigmático personaje también les advirtió que mañana los llevaría delante el Sol.

El enano se alejo, pero antes les había desatado, hecho que aprovecharon para descansar.

Arturo, al momento que se recostaba en el suelo, le informó a Santiago que esa misma noche escaparían, Esperaron que todo estuviera en silencio y de inmediato comenzaron a escarbar con las manos en el interior de la cueva, apartando la arena hacia un lado. Estaba amaneciendo cuando, por fin, terminaron el túnel.

Tenían los dedos destrozados, adoloridos pero había valido la pena, pues estaban a punto de huir de ese lugar.

Santiago se fue arrastrando por dentro del túnel como un conejito en su madriguera hasta que pudo salir al otro lado de la cueva.

A continuación, Arturo hizo la misma operación, se arrastró muy despacio, sin hacer ruido para no despertar al enano que estaba detrás de la puerta de la cueva.

Pero Arturo tuvo la mala suerte de tropezar con algo que estaba tirado a un lado de la cueva y hacer un estruendoso ruido, suficiente como para que el enano se despertara. Cuando el enano entró a la cueva y se dio cuenta que los niños habían escapado, estalló en cólera.

Arturo y Santiago, se dieron cuenta que el enano venía tras ello, de inmediato reanudaron su huida. Corrían y corrían sin rumbo fijo, a través de los cráteres y las rocas lunares.

Arturo, recurriendo a su imaginación, comenzó a rellenar la boca de un profundo hueco con una empalizada frágil y suave que cubrieron con la fina arena lunar, cuando el enano cruzó sobre el lugar, este cayó en lo más profundo de ese inmenso hueco.

El perverso hombrecillo fue devorado por las inmensas serpientes que habitaba en el interior de  ese hueco. Los niños no habían avanzado mucho, cuando observaron que dos o tres figuras se acercaban a ellos, venían cabalgando por las alas del viento. Arturo y Santiago se abrazaron llenos de miedo y terror.

Los hombres cabalgaban sobre buitres enormes, y utilizaban dichas aves como caballos. Los buitres son enormes y con dos cabezas. Los hombres bajaron cerca a los niños y le impidieron el paso. Después de convérselos, los niños subieron al lomo de unos de los gigantes pájaros. Horas más tarde, estos entraron con los niños en sus lomos y los depositaron muy cerca al trono de la Luna. Era esbelta, erguida, de ondulantes cabellos plateados que caían como un cascada brillante a sus espaldas, su cabeza adornada con una corona de oro, de su cuello pendía un inmenso collar de plata y con un corazón de cristal. Su rostro angelical dibujaba una placentera risa de amabilidad y de alegría, pues en este lugar, los niños se encuentran resguardados de los rayos mortíferos del Sol.

La Luna, sentada en su trono aurífero, brillaba entonces con serena magnificencia, eclipsando con su intensa irradiación las luces circundantes de su lujoso aposento. Los niños dirigieron sus miradas a su centelleante disco. El astro de la noche era mirada con tanto avidez como una hermosa dama de alta alcurnia.

Los niños perplejos por la encantadora belleza de la Luna, los suaves matices que provienen de ella, con un brillo deslumbrante, ilumina  la oscuridad antes reinante.

La Luna se dirigió a una gran habitación seguida por Aturo y Santiago, quienes no salían de su asombro.

Era un enorme cuarto donde había un inmenso telescopio provisto de un espejo al menos diez veces más grande que utilizan los terrícolas

Este telescopio tiene una capacidad de resolución de un espejo colector de 100 metros, dotado de sistemas de óptica adaptativa que eliminen las perturbaciones atmosféricas de las imágenes, podría distinguir dos puntos en la Tierra separados por sólo dos metros.

La Luna, con sus luces celestes, se levantó de su trono y se dirigió hasta unas instalaciones ubicada muy cerca de ese lugar con un inmenso salón, donde permanecían algunos aparatos y maquinarias, similar a un observatorio astronómico. Los ojos de Arturo y Santiago se movían de un lado al otro, sin comprender que eran esos aparatos. En un extremo de la ancha mesa había un aparato con un inmenso espejo y un tubo desmesuradamente

Era, en efecto, uno de esos anteojos comunes que agrandan cinco o seis veces los objetos, o que los aproximan otro tanto, lo que produce el mismo resultado. Era un espejo o anteojos segmentados cuyo diámetro efectivo superan los 20 metros, con una técnica avanzada de óptica adaptativa para escrudiñar los límites del universo. Este sistema de óptica adaptativa utiliza una combinación de  estrellas reales y artificiales, producida mediante un laser para medir la turbulencia atmosférica y compensar sus efectos.

La luna movía el aparato de un lugar a otro e invitaba a los niños observar, de inmediato apareció en el espejo una ciudad que era arrasada por  fuertes huracanes, tempestades y terremotos, indicándole que esto también era producto de las malas acciones del hombre en la tierra. En otra imagen aparecía el desprendimiento de los casquetes de hielo que caían como castillo de naipes, producto de las altas temperaturas que se ha aumentado en la tierra. La lluvia, las inundaciones y desastres aparecieron en otra imagen que mostraba el espejo del gigantesco telescopio. La luna, al terminar de mostrar todas estas malas acciones realizadas por la mano depredadora del hombre, les dice a los niños que para frenar esta destrucción, ellos tienen que realizar un trabajo de concientización en la tierra.

Existe la obligación de concientizar al hombre de no realizar actividades que vayan en contra del deterioro del planeta y simplemente hay que realizar actividades, entre ellas, disminuir la emisión de gases contaminantes o gases de invernadero, reducir el consumo de energía eléctrica, utilizar bombillas fluorescente, limitar el consumo de agua y hacer mayor uso de la energía solar, sembrar árboles alrededor de las casas, reducir el uso de acondicionadores de aire, reciclar envases de aluminio, plásticos y vidrio, así como el cartón y el papel. Adquirir productos sin empaques o con empaques reciclables, hacer uso eficiente del automóvil y crear conciencia en otros sobre la importancia de tomar acciones dirigidas a reducir el impacto del calentamiento global.

La luna, después de concientizar a los niños de su misión en la tierra, les indica el camino para que tomen la nave y regresen a la tierra, pero antes llama a su amigo Ozono para que los acompañe y los proteja de los ataques del sol. Los niños, después de despedirse de la luna, salieron del castillo acompañado de Ozono, pero de inmediato el enemigo comenzó su ataque, el sol lanzaba y lanzaba su incandescentes rayos mortales, Ozono protegía a los niños, mientras que ellos corrían hasta el lugar donde estaba la nave espacial, en una de esas, un certero rayo solar impactó en Ozono ocasionándole una inmensa herida en su capa protectora, los niños al ver a su amigo herido, se devolvieron para auxiliarlo, pero Ozono les grito que no lo hicieran, que subieran de inmediato a la nave, pues el solo estaba muy furioso y los podía matar.

Los niños, bastantes asustados y con una inmensa preocupación al ver a su amigo moribundo, subieron a la nave espacial e iniciaron su recorrido de regreso a casa.

Arturo y Santiago gritaban fuertemente, dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas, al mismo tiempo que llamaban a su abuelo, temblaban de miedo, de terror, de asombro: -¡Despierten!!Despierten!-gritó el abuelo, un poco preocupado por la actitud de sus nietos.

-¡Abuelo!-gritaron al unísono los niños, al mismo momento que abrían sus ojos-Fue maravilloso.

El abuelo junto a su hija Yina, quien no entendía nada, estaban ahí viendo las sonrisas de Arturo y Santiago dispuestos a iniciar la misión encomendada por su amiga luna.

Sueño o fantasía, pero el CAMBIO CLIMÁTICO es una gran realidad.

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