Un remolino de colores. Autor: Iván Edilberto Sócrates Zuzunaga Huaita

¿Te acuerdas de Federico Esquerre Altamirano? De esto, hace ya tanto tiempo. Quizás unos diez o quince años. Sí, te debes de estar acordando de él. Locazo, el puta. Le decíamos Albert Einstein o Arquímides. Y él creidazo como él solo. Soñaba con inventar un aparato de la putamadre; un aparato que le permitiera viajar hacia el futuro o hacia el pasado. Acuérdate que tuvo que abandonar sus estudios en la universidad para dedicarse a realizar experimentos científicos en un laboratorio adquirido y equipado por su padre, un acaudalado empresario de productos de importación y exportación. Acuérdate que, a veces, en las clases de Física Superior o Geometría Analítica, se desplomaba en el piso, bufando como un cerdo herido, alucinado por visiones celestes, echando espumas por la boca, con los ojos vidriosos, mascullando fórmulas y tablas científicas que nadie comprendía. Muchas veces, tú mismo ayudaste para sacarlo del aula y trasladarlo hacia la enfermería donde le hacían beber agua helada con algunas pastillas y entonces se calmaba…

En aquellos años, él vivía en ese edificio de paredes grises y ventanas enrejadas. Aquel que está junto al cine Orrantia y frente al Banco de la Nación. Ese mismo de ocho pisos, que da hacia la avenida Arequipa y al Paseo Parodi. Dicen que dormía en el piso de un pequeño laboratorio, sobre un petate de junco, con un ojo abierto, cuidando que nadie le robara las fórmulas que estaba creando y descubriendo. Nunca salía de allí. Ni para comer. Y tenían que alcanzarle la comida en ese mismo lugar. Ahora ya vive, como te digo, en la Molina. Allí, su padre le mandó construir un hermoso chalet donde tiene su laboratorio y su taller científico…

No te rías, compadre, que después de lo que te voy a contar no te van a quedar ganas de hacerlo. Más bien, acuérdate de cuando quisimos llevarlo donde las putas  y él nos dijo:

-Cuando llegue a ser famoso por mis inventos voy a tener putas como mierda. Entonces, voy a tener la necesidad de inventar un aparato que me multiplique la pinga para darme abasto con tantísimas chuchas…

Bueno, lo que voy a contarte empezó a suceder una tarde cuando llegué a mi apartamento, agotado por el arduo trabajo de la oficina. Serían como las seis o un poquito más, había trabajado como un esclavo. Me quité el saco, desanudé la corbata y me tendí sobre la cama…

Llevaría así unos minutos, cuando el timbre del teléfono empezó a repiquetear. Lo dejé sonar durante unos instantes, sin ánimos de levantarme. Pero, finalmente, me puse de pie y descolgué el auricular…

-¿Aló?…

Se trataba de quien te estoy hablando. Esa voz. La misma de años atrás. Un tanto aflautada. Un poco tartamuda. Me llamaba para comunicarme que había tenido éxito en su experimento. Quería que yo fuese el primero en saberlo…

– … Porque tú eras el que se reía más de mí, huevón. ¿Vendrás ?…

– Descuida, hermano. Allí estaré…

Deposité el auricular sobre su horquilla y me dispuse a salir. Un mar de recuerdos apagados y distantes me absorbió. Me arreglé lo mejor que pude y bajé las escaleras del edificio. Me ubiqué tras el volante de mi auto, lo saqué del garaje y empecé a recorrer las calles de la ciudad. A lo largo de la pista, las luces brillaban otorgando al ambiente un tono irreal, mágico. Había cesado de lloviznar y ahora estaba todo húmedo. Recordando a Federico, contuve unas ganas de reír. Tú sabes, pues, cómo era él. Un tipo excéntrico, fuera de lo común. Un locazo de mierda. Era un ser menudo, de aspecto duendil, con una nariz enorme y unos ojos extraordinariamente vivaces e inteligentes. Vestía casi siempre de blanco, ropas muy finas, con una corbatita de lazo, de color rojo, perteneciente a una moda anterior. Su postura y sus ademanes nos hacían pensar inmediatamente en un muñeco de cuento de hadas, en el Pinocho que una vez vimos en una película…

Recordé que, unos meses antes, me crucé con su padre, el señor Darío Esquerre, quien estaba caminando por el Jirón de la Unión, llevando un portapliegos de color negro y un montón de años encima…

– ¿Cómo está su hijo Federico, señor ?

– Ahí, como siempre, metido en sus cosas…

– Por favor, dígale que me llame –le dije, alcanzándole mi tarjeta personal.

Intercambiamos algunas frases formales más, y yo, incómodo, opté por retirarme discretamente, alegando estar en carrera con el tiempo…

Al cabo de media hora de viaje, pregunté a un transeúnte por la dirección e ingresé en una carretera sin asfaltar y fui avanzando entre árboles y cercados, a lo largo de esporádicos postes de luz. Recordaba la vez en que Federico trajo a la universidad una jaula que tenía un pequeño huevo en su interior…

– Este es mi petirrojo que viajó hacia el pasado en la máquina que estoy inventando. El poder de mi máquina experimental es todavía muy débil e imperfecta, por lo tanto, aún no puedo volver al pájaro a su estado original…

En el aula de clases reinaba un silencio sepulcral, ¿recuerdas? Pero, de pronto, todos estallamos en risas…

– ¡Anda, locumbeta !

– ¡Se te aflojaron los tornillos de la cabeza!

Pero, el profesor nos pidió calma a todos. Que no debíamos burlarnos de él. Se colocó el índice en los labios y nos guiñó un ojo: naturalmente, debíamos creerle a Federico Esquerre Altamirano…

– ¡Pobre muchacho! – se lamentó después el profesor- ¡Cada vez más está peor! ¡Terminará en un manicomio!…

Ahora, Federico vive en una residencia de campo, en una construcción amplia rodeada de álamos y eucaliptos. Imagínatelo: prisionero de una existencia extravagante, rodeado de tubos de ensayo y cables y botones y planos… Su padre, a quien tú conoces, hombre de recursos más que suficientes, le ha asignado ese ambiente en un lugar de la Molina para que termine de restablecerse de un tratamiento psiquiátrico. Él, pues, se niega a abandonar esa rara obsesión por los inventos científicos que lo han apartado del resto de su familia y amigos…

Esa noche, detuve el auto frente a la casa; la rodeaba un terreno amplio con césped bien cortado y parejo. Me apeé del vehículo y avancé a apretar el timbre de la vivienda. Hermosa residencia, qué carajo. Para tener una así,  hay que tener un culo de plata, compadre. Rosas, geranios y buganvillas fragantes por doquier. Álamos y eucaliptos cercando todo el predio. Fachada blanca y enrejados de color negro. Piso de loza fina y tejado andino en el techo…

Federico no tardó en salir.

– Hola, ¿Cómo estas?

– ¡Uy, tantos años sin verte! Pasa… Pasa, hermanito…

Su semblante estaba iluminado de júbilo y tenía entre manos un gato pequeño, cachorrito aún…

– ¡Lo logré, Roberto! ¡Lo logré!

Sus ojillos vivaces poseían un brillo febril, extraño. Tenía la cabeza completamente pelada, cortada al rape, seguramente por imitar a los grandes genios de la ciencia. Sobre su nariz descansaba unas enormes gafas y en su mentón colgaba un puntiagudo mechón de pelos. Mismo chivato, el puta. Aspecto completamente cómico…

– ¡Lo logré, Roberto!

Entre burlón y pacienzudo, escuché la explicación que me hizo sobre una fabulosa máquina de tiempo…

– ¡Qué emoción! Por fin, después de tanto esfuerzo, de tanto estudio, de tantas pruebas voy a poder mostrar al mundo mi invento: ¡ la Máquina de Tiempo! La máquina que servirá para trasladar a un ser viviente hasta cualquier punto de su vida pasada o hacia el futuro. El traslado en la vida determinará también un traslado en el tiempo, naturalmente… Mi máquina va a ser más famosa que las computadoras y las naves espaciales. Voy a ser más famoso que Tomás Edison, Julio Verne, Isaac Peral, Gutemberg… Voy a disfrutar de mi fama. Me voy a reír de todos los que, más antes, se rieron de mí.  Así como tú, vendrán el resto de compañeros de la universidad. Sí, aquellos que me tomaban el pelo, que no querían estudiar conmigo porque decían que yo era un loco de mierda y que mi comportamiento era muy extraño, excéntrico.  ¡Estúpidos!,  si hubieran podido adivinar a lo que yo iba a llegar, me habrían tratado de otro modo. Ahora, seguro que vendrán a felicitarme; a rendirse ante mi genio; a adularme y a ufanarse de mi amistad; a querer tomarse fotografías junto a mí; a hacer declaraciones ante los periodistas sobre mi vida pasada… Y yo, claro, como soy buena gente, generoso como siempre, los perdonaré. Y, más aún, los trasladaré en el tiempo en mi máquina fabulosa, cuando lleguen a la ancianidad y quieran volver a ser jóvenes… Por aquí, Roberto… Por aquí, por favor…

Federico me condujo a través de varios pasillos hasta llegar a unos peldaños que descendían al sótano de la vivienda. Bajamos y desembocamos en un amplio laboratorio…

– ¡Carajo, esto es fenomenal!

En el piso estaban regados papeles de todo tamaño, con fórmulas y ecuaciones. También habían planos enrollados, botones, piezas raras, cables cortados… Arrimado a las paredes, unos aparatos extraños emitían lucecitas de colores y sonidos intermitentes. Todo el recinto parecía el interior de una nave espacial, compadre…

Federico avanzaba por delante, enfundado en una bata blanca:

– Apúrate, por aquí…

Pronto llegamos a estar frente a una máquina que tenía forma rectangular. Toda ella se encontraba llena de mandos, esferas, botones, palancas… No muy tranquilo, créeme, escuché un sonido agudo, intermitente, que llenaba todo el ambiente…

Permanecí abstraído por unos instantes…

– ¿Qué te parece, hermano? – me preguntó Federico, acercándose a un tablero de distribución, apretando en él algunos botones y acomodando algunas palancas…

– No me digas que funciona…

Al instante, me mostró el gatito que tenía entre manos y me dijo:

– Este fue, hace unos días, un gato adulto. Hice la prueba con él, enviándolo hacia el pasado, sólo hasta hace un año y medio atrás. Desapareció en la máquina y, después, lo hallé dormitando en el sofá de la sala, su lugar preferido cuando todavía era muy joven. O sea, cuando estaba así como está ahora…

– Pero, puede que éste sea otro gato, Federico…

– ¿Qué? ¿Dudas de mí?- nuestro amigo giró como picado por una víbora.

-No, no es eso… Es que…

Me estaba mirando de un modo que me causó miedo.

Dejó caer al animal sobre el piso y cogió una libreta de apuntes que se hallaba sobre el tablero de distribución. Se puso a hacer algunos cálculos, escribiendo en las páginas de la libreta, al tiempo que me decía en tono retador:

– Prepárate. Voy a hacer la prueba contigo. Viajarás por poco tiempo hacia el pasado. Tal vez, un par de horas para no correr riesgos. ¿De acuerdo?…

No tuve más remedio que aceptar. “Cojudeces de loco – pensé-. No puede ser cierto lo que me dice. El tiempo es una dimensión incorpórea, inmaterial, invisible, impalpable, irreal. ¿Cómo puede recorrerse? ¿Retroceder o adelantarse? Bah, todo es un absurdo…”

– Pasa por aquí, Roberto – me dijo -. Acomódate en la cabina. Es preferible que cierres los ojos…

Como en un sueño, dejé que Federico me coloque en la frente un aro cristalino, lleno de cables y botones y resortes; me quitó el saco, arremangó las mangas de mi camisa y puso en mis brazos los contactos de cobre de la máquina. Cerró la cabina, tabuló algunos mecanismos en el tablero y me preguntó:

-¿Listo?

Su voz me llegó a través de un micrófono situado a mis espaldas, a la altura de la nuca…

-¡Listo! – respondí en tono burlón…

Entonces, de pronto, Federico bajó una palanca que tenía a su alcance.

¡Mierda! En ese momento escuché un sonido estridente que invadió y estremeció todo el aparato. Un vértigo absoluto hizo presa de mí. Todo empezó a girar a mi alrededor. Sentí miedo; un miedo desbocado e irreprimible. Empecé a chillar como un chivo que está siendo desollado en vida… Lo último que vi fue la sonrisa irónica de Federico; en sus manos continuaba sosteniendo la libreta de apuntes…

Empecé a caer hacia el fondo de un  remolino de colores fugaces, vívidos, vertiginosos. De pronto, me sentí ingrávido, etéreo, sin consistencia de mi propio cuerpo…

Después, repentinamente, todo acabó. Fue un cese brusco, inesperado…

Me creerás o no, compadre: al instante me vi tendido sobre mi cama, completamente agotado, sin el saco y con la corbata desanudada, escuchando el repiqueteo insistente del teléfono, sin ánimos de levantarme…

¿Cómo explicas tú esto que me ha ocurrido?

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