Los amantes. Autor: Manuel Avilés Martínez

Como lecho, la hojarasca de los robustos olmos. La noche allá en lo alto, ocultaba con sombras las veredas perdidas. Los amantes trémulos buscaban sus cuerpos con torpes abrazos. El tiempo azuzaba burlón, y las manos de ciego buscaban y palpaban enardecidas casi con desesperación. Y con su ardor tosco y desenfrenado, consumaban con precipitación y desencanto lo que con tanto anhelo habían ido a buscar.

Marcelo y Carmina, deseosos pero al mismo tiempo hartos de aquellos encuentros furtivos que los llenaban de inquietante zozobra y que los devoraban día a día decidieron fugarse, escaparse, irse lejos, rompiendo ataduras, donde solamente fueran dos personas que se amaban. Que caminaban juntas porque así lo habían querido.

Todo lo tenían previsto: el día, la hora y el tren al que debían subir. Irían por separado y una vez en el lugar de destino se juntarían.

Pero…, ¿Por qué Marcelo y Carmina estaban predestinados a no volverse a ver? ¿Por qué tuvieron en una confusión estúpida que subir a trenes diferentes y partir en direcciones opuestas hasta el fin del mundo? Pero a veces, el destino es impúdico y se solaza ridiculizando los más sagrados sentimientos.

Pasaron muchos años y ni Marcelo ni Carmina regresaron a su ciudad. Pero un día…, dos trenes perdidos en los confines de la tierra, pararon en una estación…

Dos pasajeros se encontraron con miradas indescriptibles de desconcierto y angustia. Se cogieron las manos como queriendo sujetar algo que ya se había ido. Se contemplaron unos instantes, absorbiendo cada rasgo añorado y deseado durante tanto tiempo. Habían envejecido, pero en sus miradas aun latía el deseo de fundir sus cuerpos en un abrazo de infinita ternura.

De pronto…, las locomotoras lanzaron un alarido que sonó atroz a los dos pasajeros: otra vez los ladridos del tiempo cortaban como cuchillos el cálido encuentro de los amantes. Carmina, soltó las manos de Marcelo gritando:

–  ¡ Mi equipaje!- y corrió hacia el vagón.

Marcelo con voz de súplica intentó retenerla.

– ¡No! ¡Carmina, no vayas!- un amargo presentimiento paralizó a Marcelo, cuando la vio subir los dos peldaños.

Aún Carmina se volvió para exclamar:

¡ Es mi equipaje!

El tren, como si fuera un papel empujado por una ráfaga de viento, dio un fuerte tirón y en pocos segundos se alejó imparable hacia un horizonte de neblinas.

Marcelo sintió que algo frío se interpuso entre su corazón y la vida. Con sus manos aún extendidas, le pareció escuchar un silbido que como un postrer adiós de su amada, le mandaba aquél puntito lejano que ya no era nada. Sin embargo, aquella poca cosa hizo que su corazón diera un latido más. Ya el último. La estación dio vueltas como un carrusel, a su alrededor, hasta que su  cabeza cayó sobre el carril.

–  Y allí quedó sin vida, mirando el cielo, cómo a algo extraño que no hubiera visto jamás.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Dicen que el tiempo es como un perro mordiéndose la cola.
    Los amante volvieron a encontrarse pero el destino, que no perdona, volvió a separarlos y esta vez lo hizo para siempre.

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