Viaje por el norte de Uruguay. Autor: Francisco Molina Infante

Día 15-11-2.010: Rivera, Tranqueras, Masoller y Artigas. La mañana estuvo un poco triste y nublosa. Las nubes habían bajado o se habían concentrado para anunciarnos una blandura del tiempo, que mitigase el calor del día anterior o quizás el sentido de amanecer así podía tener otro significado, como ocurre por mi tierra de la Alta Axarquía Malacitana: allí, las blanduras que aparecen durante los meses de junio y julio –se dice, por tradición de los agricultores lugareños-: que son para madurar las brevas, que por San Juan (24 de Junio) es cuando las higueras brevales empiezan a dar sus frutos. Desayunamos plácidamente, como de costumbre en el hotel y como ya teníamos hecho el equipaje, para proseguir el viaje; sin causar tardanzas de desocupación al hotel, recogimos la maleta y algunas bolsas, pagamos la cuenta en recepción y acoplamos todo en el auto. Antes de salir de la ciudad, quisimos visitar el Museo del Indio y del Gaucho que estaba cerrado hasta las 13 horas según nos informaron. Sin más dilación decidimos meternos en ruta hacia Rivera y ya iríamos quemando el tiempo a lo largo de ella. Enfocamos la ruta 5, pasamos el puente “Manuel Díaz” sobre el río Tacuarembó; poco después dejamos la desviación a la ruta 29 por nuestra derecha –la que podría habernos llevado a la Represa de Cuñapirú –hoy en día en ruinas, pero fue la primera central hidroeléctrica de Sudamérica, quedando inactiva después de la rotura de su dique, como consecuencia de las inundaciones del 59 y la gran crecida del río Cuñapirú-. Los cerros chatos abundan por todo el horizonte y son muy característicos de este paisaje norte uruguayo. Nos hubiese agradado mucho visitar la Gruta de los Helechos, pero había que andar algo más de un kilómetro para llegar a la gruta donde se encuentran las variedades más significativas, (dicen que existen una gran variedad de especies de tamaños increíbles); a regañadientes y dudándolo bastante, decidimos pasar de largo por la desviación y proseguir nuestro viaje acercándonos hacia Rivera. En algunos tramos largos de las inmediaciones de la calzada -grandes alamedas de troncos y esbeltos eucaliptus cortaban el horizonte, dando un destacado verdor al fondo gris del cielo, pues aún no se había decidido el sol a aclarar la atmósfera; aunque había grandes rasgos de que estaba esforzándose en conseguir darnos un azul esperanzador. Las grandes alamedas pasaban como esforzados soldados en un desfile y en la lejanía podíamos ver otros grupos, como si hiciesen la guardia a los campos cuajados de vacunos pastando. Los troncos de cono que formaban algunos enormes montículos, me llevaron a pensar en la erosión del viento y los elementos climáticos sobre el terreno: -lo que un día pudo ser un volcán escupiendo lava, cenizas y calor, hoy sólo parecían enormes hormigueros de termitas, o la imagen dejada al verse con una gran lupa que hubiese dejado a todos sus huéspedes atrapados dentro de sus compartimentos. La carretera nos condujo –casi sin pensarlo- hasta el mismo centro de la ciudad de Rivera, donde pudimos estacionar el vehículo en los aledaños de la gran plaza Internacional, con las banderas de Brasil y Uruguay hermanadas por el Obelisco, que comparten -en su base- tierras de ambos países. También contemplamos dentro del recinto de la inmensa plaza: el monumento a la Madre, algunos bustos –que ahora no recuerdo sus nombres- y, nos recreamos en la gran fuente que tenía el aspecto de estar muy bien cuidada y ser muy hermosa al estar iluminada cuando cayese la noche. Estuvimos también en las ruinas del Cerro Marconi -que me recordaron al acueducto de Segovia, pero este estaba hecho de pilastrones de barro cocido y mucho más corto que aquél- y desde donde se veía una muy bonita panorámica de las hermanadas ciudades de Rivera y Santana do Libramento. Como tantas otras ciudades fronterizas, el gentío inundaba casi todas las avenidas y establecimientos –al menos yo escuchaba por doquier una mezcla de español y portugués, que difícilmente podría entender-; por otra parte, parece ser que en tiempos no muy lejanos estas dos ciudades constituían el enclave fundamental de todas las transacciones efectuadas por los mineros del oro, que en épocas pasadas estaban extrayendo por la comarca al preciado mineral. Antes de emprender de nuevo la marcha -cada uno- nos tomamos un buen trozo de pizza a la napolitana, con un vaso de zumo de naranja; desde la pizzería en la que nos encontrábamos, estábamos viendo casi el mismo monumento de la mano –como el que vimos en Ciudad del Este-pero éste tenía la mano mucho más saliente del suelo y se apreciaban las tres falanges completas. El estadio de futbol Paiva Olivera y el Parque Oriental Otilio, fueron los últimos dos recintos que estuvimos comentando mi compañera y yo antes de alcanzar la ruta 5 para salir de la ciudad en dirección sur y enlazar con la ruta 30 en dirección a Artigas. Al paso por Tranqueras, la carretera se desvía periféricamente haciendo la circunvalación del pueblo, pero nosotros seguimos rectos por la Avenida 18 de Julio, pasando por la plaza de los 33 Orientales, con su rueda dentada, su majestuoso árbol y la estatua de la Madre con su niño, en color blanco; finalmente pasamos el puente sobre el río Tacuarembó y enlazamos con la circunvalación. La subida del Pena, nos aconsejaba mediante una señalización clara y concisa que la velocidad máxima permitida en aquellas pendientes y curvas no podía sobrepasar los 20 kilómetros por hora. Llevando a nuestra margen derecha el río Rubio Chico, que terminaría uniéndose al arroyo Lunarejo –quizás con más agua que él- y que ambos formarían el gran valle de Lunarejo. Poco más adelante cruzamos por Masoller -que me trajo a la mente la población barcelonesa de Granollers, con nada más que el nombre por parecido-, destacando sobre la calzada el monolito al caudillo Aparicio Saravia. Cruzamos el río Pintado Grande y casi nos encontrábamos en las inmediaciones de Artigas. Habíamos venido por un larguísimo tramo de la ruta 30 paralelo a la frontera con Brasil y no hubo ninguna desviación sensible –o mejor dicho apreciada por nosotros- en todo el trayecto. Como en todas las capitales por donde pasamos, nos encontramos con el gran letrero de bienvenida, pero en esta ocasión el letrero en si nos decía: “Bienvenidos a Uruguay”, como dando a entender que nosotros veníamos del país vecino Brasil y, no era así; –era muy posible que sin darnos cuenta hubiésemos entrado a Artigas por la ruta que proveniente del país citado, entraba a la ciudad. El río Cuareim –límite natural de la ciudad con Brasil- hace de Artigas un paraíso estacional para el viajero: en sus riberas existen muchas zonas donde abundan los pequeños establecimientos de hostelería, dispuestos a dar un buen servicio al visitante que lo solicite; sus terrazas bien ordenadas y limpias, te invitan a tomar asiento y permanecer un buen rato tomando algún refrigerio, disfrutando de la tranquilidad del ambiente y de una naturaleza espléndida en todo su apogeo. Junto al lago artificial de bonitas playas, se alza y extiende con una construcción sólida el Balneario Municipal y a la misma entrada del recinto, como amenizando el murmullo de los pájaros, existe una conseguida fuente que se ilumina al caer la tarde, al lado mismo del Puente Internacional de la Concordia, sobre el río Cuareim. No habrá: -me dije para mis adentros- un lugar más sibarita por el entorno para disfrutar de una cena esta noche: –un chivito uruguayo, acompañado de un buen vino del terreno, serían ideales. Nos habíamos adentrado a la ciudad por la amplísima Avenida de Baltasar Brum –de doble calzada y gran seto central, va haciendo grandes rotondas en los cruces más importantes-, menguándose a una sola vía al llegar al centro y desembocar en la avenida del Coronel Carlos Lecueder, por donde accedimos al gran Parque Rodó en la inmediaciones del río Cuareim y, fue por el Paseo del 7 de Septiembre, por donde anduvimos a pié dando un largo paseo por las inmediaciones. Bajo el puente Internacional de la Concordia se une al río Cuareim, un afluente proveniente de la zona brasileña que recoge todas las aguas pluviales y residuales de la zona, incluida la ciudad hermana de Quarai, tan sólo separada de Artigas por el mencionado puente. Volvimos al coche y nos acercamos al centro hasta las inmediaciones de la Plaza del Ferrocarril, donde también se encuentran las instalaciones de la Estación de Autobuses y un gran árbol: que nos impresionó gratamente; quedando justo enfrente del edificio. Es el árbol de Ibirapitá -según nos contaron posteriormente-; sobre él ronda una hermosa historia de amistad y romanticismo:-el árbol padre del actual, fue traído del Paraguay por el señor Baltasar Brum, en gratitud por haberle dado protección durante su exilio-. El señor Brum, debió ser un procer muy importante para la ciudad y, se nota que es recordado con mucho cariño y respeto; –es el mismo personaje que da nombre a una de las mayores avenidas de la ciudad- por la que se accede a la ciudad desde el sur o mejor dicho desde la ruta que viene de Rivera, que fue la que trajimos nosotros horas antes. Habíamos hecho un rápido recorrido, muy animados por lo que vimos y ahora acordamos buscar hotel para poder alojarnos esta próxima noche. Encontramos alguna dificultad para conseguir habitación y, ya pensábamos que tendríamos que proseguir la marcha hacia otros lares, cuando a la tercera tentativa por algunas recepciones hosteleras: encontramos alojamiento y nos admitieron en el Hotel del Norte, situado en la Avenida Coronel Carlos Lecueder muy cerca de donde teníamos estacionado el coche; que estaba dentro del recinto de estacionamientos de un gran supermercado, -si mal no recuerdo- estaba en la Plaza Batle y Obelisco. Consideramos que era algo tarde para ir a cenar a la zona del Parque de Rodó -que habíamos visitado al llegar a la ciudad aquella misma tarde-, por desconocer la situación de seguridad existente a esas horas y pensábamos –que en tales circunstancias de dudas hacia lo desconocido- era más juicioso, el preservarnos lo más posible y no tentar la suerte; luego nos dijeron que la ciudad en toda su extensión es muy segura y los turistas son muy respetados, bienvenidos y queridos en todas partes. Después de tomar posesión de nuestra habitación en el primer piso, deshacer nuestro equipaje y adecentarnos adecuadamente; volvimos a la calle y cogimos nuevamente el vehículo, para proseguir nuestro recorrido en conocimiento de la ciudad y encontrar otro sitio que fuese de nuestro agrado para cenar. Indudablemente la mejor zona de relax en toda la ciudad de Artigas, estaba situada en los alrededores del Parque Rodó y muy especialmente a lo largo de la Avenida 7 de Septiembre; eso es lo que nos pareció a ambos y así lo relato. Después de un largo recorrido por las principales avenidas, calles y plazas; observando desde el interior del coche todo aquello que se aparecía ante nuestros ojos, volvimos a las inmediaciones del hotel para dejar el auto en el aparcamiento vigilado, hasta la mañana siguiente en que volveríamos a utilizarlo nuevamente. A pié, nos dirigimos a cenar en un restaurante que está situado en la Plaza del Ferrocarril. Acomodados en una mesa con sillones de mimbre pedimos para cenar un pescado a la plancha, que acompañamos de un vino blanco –recomendado por el camarero- y como aperitivo de espera dos chorizos bien cocidos a la barbacoa. Cuando probé una de las rodajas del chorizo, pensé en arrepentirme de la comanda solicitada y haber sustituido el pescado por más chorizo de aquel tipo, pero me mantuve callado por el hecho de estar ya en marcha, además no era muy saludable estar en cada comida alimentándote con carnes asadas y con más motivo por ser una cena. En el transcurso de nuestra cena, estuvimos comentando todo aquello que habíamos visitado y otros muchos lugares que observamos al paso lento de nuestro vehículo. Ambos coincidimos: en que la ciudad de Artigas se asemeja a la figura de un pulpo, que tuviese incrustado en su cabeza el Gran Parque Rodó y todas sus instalaciones; estando coronado por el gran meandro en arco que forma el río Cuareim –desde Pintadito hasta las inmediaciones del Aeropuerto-; es como si tuviese un sombrero verde ribeteado de una franja azul –conformadas por las aguas de su río-Habíamos dejado adrede, para visitar a la mañana siguiente el Museo Departamental Municipal de Artigas, donde se exponen piedras preciosas, recogidas por todo el Departamento de Artigas y especialmente por la zona del río Catalán; también se exponen o muestran otros elementos, como: armas antiguas, instrumentos, cosas y animales referentes o relacionados con su flora y fauna –muy rica y variada-; algunos animales conservados mediante el proceso de taxidermia, muchos minerales de diferentes lugares, formando algunas de las colecciones mejor conseguidas de la zona, etc., como pudimos comprobar a la mañana siguiente. –Esta mañana cuando circulábamos por la ruta 30 no sabíamos, ni nos percatamos de la existencia –a pocos kilómetros de la ruta- de los mejores yacimientos de piedras preciosas, tan características de este Departamento; pero es bien cierto –que aún sabiéndolo, no hubiésemos podido llegar a ellos para visitarlos, sin que alguien de la zona, nos lo hubiese explicado con más detalle e indicándonos el camino seguro y concreto de donde se encontraba el lugar. Me imagino que estos yacimientos, deben ser muy similares a los años atrás visitamos en las Minas de Wanda –en la provincia de Misiones, Argentina-, yendo camino de las Cataratas del Iguazú. Son piedras de diferentes volúmenes, muy pesadas y duras –geodas, creo que se denominan-, con un color entre azulado y grisáceo. En su interior –según los estudiosos- se formaron bolsas de aire conteniendo diversos materiales que cristalizaron en formas caprichosas –pero muy bonitas-: las ágatas, las amatistas, los corindones, etc.-; no soy un entendido en gemas, creo que son muy difícil de conseguir. Hay que partir las piedras con sumo cuidado para ver los cristales de las preciosas y para que tengan un buen valor en el mercado, pues de la técnica que emplees para hacerlo dependerá el valor que luego alcancen ante los entendidos.

 

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